jueves, 23 de febrero de 2012

La Dama

En una tarde en pleno nacimiento del ocaso y sin presagiar su silueta, la vi llegar. Era tan hermosa que de su piel crecían rosas de magníficos colores. Inmediatamente me cautivó su belleza, de tal forma que conmovió en mi ser sensaciones indescriptibles, hasta el punto de tejer un aura en mí cada vez que la veía venir entre la luz del sol en aquellos días de verano. La majestuosidad de su presencia trazaba un encanto en mí, los destellos de sus ojos dibujaban aves en el cielo, sus labios color rojo escarlata eran el motivo de mi sonrisa, su voz calmaba mi día y su cabellera se mostraba como la guardiana hacia el camino de su alma.
La presencia de aquella dama adornaba el lugar, llevándome a un mundo de sueños sin que la gente se percatara de la admiración que sentía por ella. Cada tarde iba a verla a escondidas en las bancas del malecón, lugar que frecuentaba para pasar el rato con sus amigas. Advertí de que adoraba contemplar la serenidad del mar, debido a que había un momento en el cual ella iba sola a ver la paz que la magia del océano le brindaba, y yo era testigo de cómo la brisa la acariciaba como a una flor haciendo que su peculiar aroma se esparciera por todo el paisaje.
Atesoraba tanto aquellas tardes cuando la veía sonreír, su belleza y sencillez me inspiraban a escribirle versos, pues siempre llevaba conmigo una libreta donde plasmaba los secretos de todos sus encantos que me abrazaban tiernamente. 
Un día descubrí que vivía por los alrededores del malecón que solía visitar, y fue entonces que decidí ir a buscarla para hacerle alguna clase de sorpresa. Siendo de noche aproveché en dejarle escritos en su balcón sin que me viera. Aquel día me sentí espiritualmente más cerca a ella, la dama de mis sueños. Poco a poco empecé sentir un cariño sincero y un secreto en mis sentimientos que me incitaban a escribirle sin recibir nada a cambio. Desde que despertaba no podía dejar de pensar en volver a verla, tenía una duda en mis temores que desaparecía cada vez que ella se encontraba cerca.
La tarde del día siguiente la vi y pude percatarme de que estaba leyendo mis escritos junto a sus amigas. Cómo amaba que se perdiera en mis madrigales mientras la contemplaba de lejos sin saber que yo era su admirador secreto. Empecé a esconder mis sentimientos para evitar los nervios que me invadían a la hora de cruzar nuestras miradas, porque ella aún no sabía que yo era aquel joven que le escribía a escondidas, buscando una razón para involucrarme, de la manera más sincera, en su vida. Inesperadamente una noche empezaron los murmullos, cada día mi secreto se marchitaba entre la gente, ante ella. 
Los días siguieron pasando hasta que, por comentarios de sus más allegados amigos, descubrió quién era el que jugaba al enamorado anónimo, al eterno y fiel admirador. La noticia provocó en mí un miedo que pintaba mi rostro, dejándome sin saber qué hacer, pensando en cómo respondería por mis actos de escribirle sin decirle quién era yo. ¿Tal vez creería que soy un cobarde? No podría saberlo, pero mis escritos ya estaban en sus manos y esperaba que también en su corazón. La admiré por mucho tiempo, pero aquel día se acabó mi anonimato, había llegado el momento de confesarle que todos mis suspiros eran solo por ella. 
A altas horas de la noche mi alma descubre sus más íntimos secretos, doy a conocer el otro lado de mi corazón y en silencio caen como gotas de lluvia las esperanzas de que me diera una oportunidad el amor de aquella hermosa dama. El día de revelar mis sentimientos había plantado bandera en una noche de luna llena, pero el miedo de no saber con certeza qué diría me absorbió y quedé en absoluto silencio… Mi locura y tal vez, mi cobardía, me hicieron desprenderme de lo que tanto había soñado, aquella dama se alejaba como las olas del mar, y mis fuerzas de ir buscarla se evaporaron en el denso aire, al saber que su corazón pertenecía a otro lugar.


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