miércoles, 13 de mayo de 2015

Tarde

Una vez más cometí el error de no simpatizar con el tiempo, de no cooperar con él y darle el valor que merecía. No tuve la dicha de coincidir con tus pensamientos, ni de hacerte saber los míos cuando era el momento adecuado. Tarde me di cuenta de los hechos, de las pequeñas cosas que ante los ojos de quien está enamorado, no debían de pasar desapercibidas. Me culpo a diario, aborrezco con el alma el silencio que habitaba en mí. Ahora y sin proponérmelo, estoy expuesto ante ti, a un grado de indiferencia que cala en espacios que no había descubierto. Y maldigo todos esos instantes en donde el corazón y la mente se creían más astutos. 
No advertí que al confesarme a cuenta gotas, a base de metáforas e historias, con cimientos de aforismas y frases de mi memoria, para crear un mundo con letras para nosotros, me encontré solo, con fragmentos de los dos y con una realidad que me repetía lo mismo constantemente: que no era la respuesta. Lo único que provocaba era eso, vivir en un estado de incertidumbre, de declive, con la vaga intención de encontrar algún refugio. ¿Cómo te explico que el tiempo no es motivo para dejar de pensarte? El alma no se cansa ni busca atajos, no sabe de contratos ni de propuestas que le inciten a olvidar. Tengo dudas desde el último día en que te tuve entre mis brazos, de esos momentos que estuve contigo y no lo sabía. 
Te busqué tantas veces para compensar mi silencio, para decirte de nuevo, sin excusas ni pretextos, que te quiero y me basta un abrazo tuyo para ser feliz. Y así lo demuestro, dejando de lado mis pretenciosas ganas de escribir algo nuevo, algo que trascienda y descubra un misterio, porque entendí que lo esencial es ser sincero con las personas que nos hacen sentir especiales. Pero, y de manera contundente y sin piedad, llega como puñal una verdad que aún no logro aceptar: que ya es tarde. 
Me cuesta asimilar que es cierto, que no cumplí con los estándares de tiempo para responderme a mí y a ti, lo que había sentido desde un comienzo. Tarde, como el hombre antes de morir y querer librarse de sus pecados. Los recuerdos no cumplen su parte del trato, me hacen verte en cada sueño, en cada pensamiento y me infunden el miedo de concebir la posibilidad de perderte. Tarde advertí de que sentía algo, tarde culpo a un corazón que creía haberlo vivido todo. ¿Qué fue lo que pasó? Creí haber sido cauteloso, paciente y constante, esta vez mi intención final no era el exilio. 
Vivía buscando la forma correcta de desatar mis palabras contigo, de explicarte, paso a paso, que desde que nos conocimos tuve la fortuna de volver a ser el mismo antes. En mi mundo el tiempo era infinito, sentía que volvía a los orígenes del amor, de las historias que emocionan a uno. Pero ya era tarde para empezar de nuevo, para borrar mi delito y hacerte olvidar las veces que estuve a tu lado en donde fuiste testigo de lo que callaba por dentro. Tarde resolví mis dudas de querer estar únicamente contigo. 
Y sin embargo, entre tanta histeria por el hecho de no poder recuperar el tiempo perdido, sigo aquí, endeudado de palabras, con el aliento a punto de acabarse y la mirada extraviada, con la compañía equivocada para pensarte menos cada día, con voces que creen saber la verdad que hasta hoy no dije: que aún conservo el recuerdo de tus besos, de tus ojos clavados a los míos en el momento cúspide en donde inició toda esta historia que aún quiero seguir escribiendo, a pesar de saber, con total lucidez, que ya es tarde.

viernes, 20 de marzo de 2015

Libertad

En el despacho de los hombres que viven con la frente en alto, duermen todas las historias que muy pocos se atreven a contar.
Hubo un tiempo en el que los desdichados solían predicar la búsqueda del milagro eterno y la fuente de la efímera pero sagrada oportunidad. Muchos creyeron, otros ni siquiera prestaron atención. La cierto fue que sí había vida de osadía en sus palabras, pero aquellos tiempos eran de opresión y de voces vetadas por el miedo. Algunos vieron la forma de aprovechar esta tragedia espiritual, y abusando de la ignorancia de las personas, crearon un motivo tan certero que calo en lo más hondo de las almas hasta el punto de darles una vida únicamente de ficción. Se infundió una verdad carente de duda, todo elogio era cierto y bien recibido. 
La muchedumbre no opinaba al respecto, optaban por seguir a los demás y no verse afectados por el cambio de moralidad que impusieron en su vida. Los heraldos se vieron obligados a mentir descaradamente, a construir un puente sin final para que el cansancio tome de rehenes a los más sensatos y conscientes. Así se lucieron los caudillos, hasta llegar al mando de todo, de tal modo que nadie pudo moverlos ni sanar la fiebre de poder que tenían. Se produjo una catástrofe por el miedo, por la incertidumbre, y se perdió todo rastro de los hechos que marcaron su historia.
El pueblo se vio obligado a contenerse, su gente no podía volar ni verse a la cara sin sentir temor de que lo perdieran todo. Las mujeres más bellas se despreciaban y se mostraban tristes. Los hombres, impulsados por el orgullo, olvidaron que era tenerlo. Se perdió la esperanza y toda razón de vida. Nadie se miraba a los ojos, nadie sonreía, nadie decía lo que sentía por dentro. El constante atropello a los más honrados intimidaba el poco entusiasmo que había en el pueblo. Era implacable el odio y el rencor. Ya no había vestigio de seres que querían conocer la dicha de ser felices. Les habían quitado la identidad, y eso era lo que más les dolía.
Después de tanto abuso e injusticia a la vida, llegó el día en el cual todos los secretos guardados en el corazón de la gente no pudieron contenerse más. Dejaron todo atrás por descubrir la verdad, por recuperar la esperanza y las ganas de vivir como se debe. Formaron grupos de apoyo y de protesta, destruyeron todo a su paso sin arrepentimiento alguno. Hubo muchas pérdidas, pero sabían que la causa lo valía. La mañana, la tarde y la noche fueron testigos del infierno que se había desatado. Los niños vivirían por siempre con el trauma de un conflicto civil. No había otra salida, debían correr el riesgo para empezar de nuevo. No fue fácil, pero pensaban en su futuro, en sus hijos, en sus nietos, en su linaje. Buscaban algo más que la paz en sí misma, buscaban el amor y la alegría que tanto se les había negado, sobre todo la libertad y la identidad que alguna vez fue derecho principal en sus vidas. 
Con el tiempo pudieron lograrlo, no habían más trabas ni piedras en el camino, pero el pueblo quedó irreconocible, totalmente destruido. Sin embargo, se había forjado un pensamiento de apoyo comunitario y de noble causa, y volvieron a retomar sus caudales y a crecer como siempre lo habían soñado. La muchedumbre, entre tanta tristeza, volvía a sonreír, a despertar de aquella pesadilla que se había robado parte de su alma por mucho tiempo. 
Y fue de este modo que luchar por la libertad y la justicia se convirtió en un hábito, en un principio fundamental para crear un espacio de tolerancia y respeto, que dependía de todos y de cada uno de ellos, para honrar la vida de los que quedaron atrás y hacer valer de los que aún están por venir.

lunes, 16 de febrero de 2015

Estado

Detesto sucumbir ante este estado de ánimo, ante esta parte de un todo que no pretende ser feliz sino encontrar un equilibrio. Por mucho tiempo logré controlar la ansiedad que causa pensar en lo que está prohibido, sin embargo, no compensa mis ganas de desafiar a lo que muchos llaman imposible. Es como si pudiera posponer mi condena, mi amarga actitud de no llevarme conmigo lo que tanto aprecio y desprecio para no volver y ser el de siempre. No me basta nada, nunca estoy satisfecho, y voy en son de paz pero siempre empiezo la guerra. ¿Cómo es posible dividirse en tantos pedazos y seguir conservando la esencia? No busco respuestas, sino más preguntas que me mantengan vivo y a prueba. 
He aprendido a salir ileso del desprendimiento, de las ausencias, de las despedidas, sin dejar rastro alguno que provoquen volver al origen de todo. No es un tema de egoísmo, ni una cuestión de autonomía, sino más bien de un estado neutral, de sí o no, de resumidas respuestas que no dejen espacio a las dudas. «No solo cambies, mejora», es la frase recurrente por estos días, y no las típicas frases de aliento que, al fin y al cabo, si no nacen de ti, en palabras quedan. Quiero que alguien me diga qué es lo que pasará más adelante, aunque por dentro sé muy bien lo que va a suceder.
Qué difícil es vivir pensando con deuda al futuro, a los golpes que hoy ya no hacen daño y que ves por encima de ellos como retazos de impensables hechos vanos y de poca importancia. 
No le dediques tiempo a los besos sin amor, a las noches sin historias. Quizá no te guste lo que puedas sentir más adelante, en su agonía de cuatro paredes que conforman un mundo. Es así la idea de siquiera, mostrar un lado más humano, pero también frío y calculador. Y esto es para poder vivir en calma, como los hombres que en tiempos de cólera, encuentran la paz en la meditación que en las quejas y dilemas que surgen en esta nueva era. 
Los ángeles y demonios de los que tanto nos hablan, y que nos cuidan y atormentan, no son más que sombras de nosotros mismos, vigilando a aquellos por quienes nos preocupamos y haríamos hasta lo inhumano para poder cambiar su semblante y corazón. Tenemos la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo cierto de lo falso, solo que no nos atrevemos y queremos vivir en un frasco que nos mantenga seguros y cuerdos a lo que hay allá afuera.
Este es mi estado en un tiempo y en un momento de conflicto, de intenciones internas que calan cuando me quedo callado. Sigo aquí, entre orquestas y derrotas que alimentan toda esta ironía. Y todavía sigo viendo las cosas con calma, en un silencio que me ayuda y destroza cada cierto tiempo, pero que al final del día, me permite dormir en paz conmigo mismo.

domingo, 18 de enero de 2015

Verano

El verano siempre es una odisea, un milagro después del invierno para aquellos que no soportan el lado amargo del tiempo. En sus días se ocultan historias cortas pero casi imposibles de olvidar. En la mayoría de los casos, los protagonistas gozan de un asombro incalculable y cumplen el cometido de quererse mutuamente sin caprichos ni excepciones. 
Existen tardes llenas de prisa y de paciencia, noches que ignoran las horas, que solo buscan un pretexto y una buena compañía. Los caídos, sin ganas de nada, se encuentran en esta etapa del año para compensar el tedio del pasado y vivir nuevamente. Los que están arriba no sucumben y disfrutan, juegan y planifican bien su tiempo para salir ilesos y con una sonrisa traviesa en el rostro. Otros, los que viven en el limbo de lo vano y lo placentero, prefieren construir normas y espacios únicos para hacer de la privacidad el intermediario de emociones inexplicables. Curiosamente, los débiles irrumpen de manera sorpresiva y acaban siendo los más fuertes. 
Pero el verano es más que una fuente de paz y de locura, es una recopilación de momentos extravagantes, repletos de dichas y a veces, de arrepentimientos que no caben en una sola explicación, que se vive de diferentes formas, que cumplen la función de dar buenas nuevas, inesperadas y misteriosas. De modo que flagela el peso del tiempo, para renovarlo, para darle una mejor perspectiva a lo que se viene.
Es una etapa de descubrimiento, de insomnio y de ratos exclusivos que suelen marcar un antes y un después. Los encuentros se dan sin un acuerdo previo, suceden en el momento menos pensado y se proyectan para una experiencia más allá de lo agradable. Todos coquetean con la idea de ser libres y se abstienen a lo que tanto buscan pero que niegan, que es compartirlo con alguien especial. El resto, sí vive aquella dicha, y en silencio consumen y alargan su vida entre abrazos y besos sinceros. 
La decisión está allí, nadie obliga ni protesta, todos viven el solsticio a su manera. Sin embargo, los solitarios hacen del tiempo un escape de ayuda, de momentos alejados y firmes para con sus metas, y logran ejercer en esta época lo que muchos quisieran. 
En síntesis, los amores, las penas, los fracasos, las histerias y locuras que se viven siembran un recuerdo pleno e inimaginable. A veces, un poco brusco con los inocentes, pero gratos de volver a recordar. Deja, sin duda, un espacio para la nostalgia cuando un día miremos hacia atrás. Así es el letargo de esta temporada, infinita para los más locos y fugaz para los más cuerdos. Verano, origen de un ciclo, la propuesta interna de empezar de nuevo, el golpe certero a los malos tiempos y el comienzo a un nuevo estilo de vida.


jueves, 18 de diciembre de 2014

El otro

Él no entiende de desdichas, no cree en la mala suerte, no le teme al tiempo ni a los silencios, a nada en lo cual no pueda ver. El otro, sin embargo, busca el significado de lo imposible, el dilema de lo cotidiano, no recrimina las ausencias ni advierte a los que deciden quedarse. 
Son dos pensamientos convergiendo en un solo cuerpo, enredándose entre ideas, concepciones, doctrinas y creencias. No existe un final cuando defienden su posición, cada uno es juez y abogado de su propia palabra. De esta forma conviven, luchan internamente deseando ser uno solo pero intentando imponer sus formas de ser y de ver la vida. A diario suelen sucumbir ante las propuestas de cada uno, pero nunca llegan a un acuerdo sin morir un poco después de cada encuentro. Les cuesta mostrar un solo lado del rostro, un solo Yo ante la sociedad que los ve como un mismo ser.
A pesar de que ni uno es el bueno y el malo, uno cree ser el héroe y el otro el villano, y no advierten que a veces son un poco de ambos. Saben que es imposible, pero intentan permanecer distantes, solemnes entre el día y la noche. Uno crea leyes y el otro las rompe.
Se trata de una vida llena de contradicciones, de golpes que no hacen daño, de verdades inventadas, de solitarios con fobia a la soledad, de leyendas que no dejan huella, de historias escritas pero jamás contadas. 
Él no comparte su tiempo ni reparte su espacio, se cree el amo y señor de las ideas, de los hechos más importantes que han vivido. El otro, sin embargo, vive de limar asperezas, de olvidar castigos, de perdonar a ciegas. Son dos almas en un cuerpo, dos razones, dos verdades.
Viven en un debate constante, en un camino con atajos hacia el mismo paradero. Creen que la ruptura los haría libres, capaces de revertir la vida y ser uno mismo. Compiten siempre, no se miran nunca, juran poder sobrevivir solos pero no comprenden que son esclavos perpetuos del delirio cuya historia se encarga de difamar a cada uno.
«Déjame libre, aléjate siempre, quédate luego y vive sin mí», se suelen reclamar desde los orígenes del tiempo. La misma frase, corrupta y egoísta, pretenciosa y de doble filo.
En el podio del olvido nunca deciden a quién poner en lo más alto. Uno cree ser el dueño y considera al otro su esclavo, cuando en realidad son reyes sin corona de un mismo reino. No admiten sugerencias, velan por sí mismos sin saber que logran caminar solos y a la vez acompañados. Se condenan, se inventan conflictos, se aconsejan para provocar un mal paso, pero al final del día, al verse en los mismos problemas, se dan la mano y trabajan juntos.
Por momentos se encuentran en un tipo de resaca rencorosa, se esconden en la plenitud y se consuelan, discuten, pelean a morir y viven de nuevo. Viven en una guerra constante, donde los tratados, por orgullo, no son leídos ni tomados en cuenta. 
Uno tiene la idea de que el amor es la mentira más hermosa que jamás ha sido creada, tan sagrada como el destierro de una emoción que ya no cumple con su cometido, que es el de conmover y hacernos perder la certeza de saber si estamos vivos o muertos. El otro, en cambio, cree en la redención, en el capricho de que morir por amor es la muerte más sensata, donde no hay pierde si se entrega, si demuestra, sin temor al rechazo, la cartas que escribe en su memoria.
Ni uno acepta ser la sombra, el reflejo, el otro; creen ser el Yo real y reniegan de su contraparte, y aunque a veces dudan sobre quiénes son realmente, se aferran a la idea de ser el verdadero, de ser las dos caras de la misma moneda. Sin embargo, ignoran que entre sus discrepancias existe una armonía, una virtud, un equilibrio perfecto para convivir en la paz y en la guerra.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

La huida

Ya casi nadie pregunta por él, han pasado un poco más de cinco años y siguen sin haber rastros de aquel hombre. Se decía que había muerto, que después de que dejó a su familia, a sus amores, a sus amigos, perdió la cordura y decidió no volver. La última vez que lo vieron vestía un traje de gala, sostenía una copa de vino y un maletín con sus pertenencias, sentado en la barra del bar a unas casas de la plaza central de la ciudad. 
Su mejor amigo, Gabriel, jamás reveló el por qué de la huida de su compañero de casi toda la vida. Según él, nunca le confesó el motivo, pero hasta el día de hoy nadie ha llegado a creerle. Este recelo se debía a que los dos eran muy unidos, desde jóvenes se los veía andar en la ciudad, viviendo una vida desenfrenada pero muy centrada en cuanto a valores se refiere, conquistando lo que se les cruzaba en frente con la picardía que caracterizaba a los jóvenes de aquellas épocas, sin llegar a lo vulgar y mostrando un lado noble sin esperar retribución. Su familia sigue a la espera de su llegada, y aunque ya nadie comenta sobre él, tienen la esperanza de que regresará con buenas nuevas.
Una señora mayor, cuya edad exacta nadie conoce, relata que en los últimos meses vio al joven en situaciones muy extrañas, como si tramara algo y evitara que todos lo supieran. Al parecer, el hombre había perdido y descubierto algo sumamente importante, tal vez fue obligado a marcharse sin decir nada, tal vez fue testigo de una traición, o tal vez fue el simple hecho de conocerse así mismo. Sea cual fuera la causa, él tomó una decisión, coaccionada o no, no se llegó a saber más de él. Ciertamente, unos años antes de irse, habían llegado nuevas personas a su querida ciudad, con la promesa de ayudar a todos los que vivían con carencias. Sin embargo, hicieron lo contrario: abusaron de los inocentes y corrompieron a los que querían hacer bien las cosas. Debido a esto y a los continuos alardes y discrepancias con los nuevos hombres, se forjaron los rumores de que ellos fomentaron su inesperada desaparición. 
Nadie nunca lo supo con certeza, ni siquiera los amores que tuvo por aquella ciudad: Esmeralda, Ayda, Isabel, Piedad y Mercé, su último amor. Con ella tuvo una relación de muchos años, era una joven de tez clara y de rizos enormes, tenía la sonrisa más cautivadora y tierna de todas. La gente los veía como la pareja perfecta. Sin embargo, ni ella ni sus amores pasados pudieron explicar el frenesí y la locura que él tuvo para irse, para abandonar todo sin importarle nada, dando la idea que dejó de existir, que ahora solo merondea como un fantasma y vive como un misterio en el pueblo al cual dio su apoyo a muchas personas. No era tampoco el más querido ni mucho menos, pero siempre se mostró desinteresado al dar la mano, al comprometerse con brindar un poco de su tiempo para lograr un cambio en su ciudad que poco a poco emergía del olvido.
Por largo tiempo sus allegados vivieron confundidos, lo único certero fue que ya no se supo nada más de él, desapareció. Y aunque muchos quisieran saber el porqué de su adiós tan repentino, solo él podría explicarlo. Y mientras se mantenga como lo hace, distante, casi inalterable, los años seguirán pasando y su ausencia provocará toda clase de historias acerca de su paradero. Dirán que fue a buscar nuevas oportunidades, que conoció a alguien y dejó su pasado atrás para empezar de nuevo. Dirán que se volvió loco, que ahora vive en todas partes y en todos los tiempos, que su huida fue un reclamo a las injusticias que se vivían por aquellos días. Dirán lo mejor y lo peor, lo más extraño y lo más absurdo. Dirán tantas cosas hasta que él un día vuelva, para aclarar que su intención nunca fue abandonar a nadie, que su 'huida' como muchos llaman nunca existió, que en realidad fue una búsqueda inconclusa, un acto de ego masoquista por los constantes atropellos a sus semejantes, un exilio incomprensible en busca de esperanza, una venganza a él mismo por no poder salvarse del dolor que ocasiona el olvido. Tuvo que vivir una contienda divisoria entre perderlo todo para justificar su escape, y así hacer entender a los demás que su ausencia no fue en vano, que necesitaba hacerlo para cumplir lo que más quería, lo que nunca a nadie confesó.


martes, 23 de septiembre de 2014

La amistad

La amistad es una cadena, una promesa inquebrantable, eterna. Es un estímulo grandioso de confianza constante, de reflejos y momentos oportunos. No se sabe con certeza cuándo es que empieza, tal vez una complicidad te puede dar indicios, pero no siempre es fiable. Pienso que el punto de origen se encuentra en el momento en que no te sientes cohibido y te muestras tal y como eres. Allí se especula la compatibilidad que existe entre ese alguien y tú que, por circunstancias de la vida, promueven un pacto a ciegas, una seguridad instantánea que no compromete ni obliga, pero que te empuja al cumplimiento de verdades desveladas, al actuar sin temores, y al trabajo inherente de la duda, que poco a poco se despeja entre dos o más individuos.
La dicha se vive a la par, pero más aún en el infortunio. Y es ahí en donde se comprueba con más seguridad aquella complicidad, que al contrario del amor, no discute su tiempo, y se puede apreciar en el momento en el cual te ves en vuelto en un sinfín de risas y de angustias calmadas. Cuando existe amistad verdadera, no se pierde por el tiempo, mucho menos por la distancia. La amistad crea portales, momentos infinitos de total recaudo y exactos en la mente que siempre serán gratos recordar. Así pasen los años, nunca será suficiente viajar en el tiempo para volver al punto en donde empezaron a crearse todas estas historias.
El tema de la traición es una causa perdida, una incógnita, un dolor sumamente extraño, muy diferente al del amor. La confianza es un tesoro, un regalo muy preciado, que cuando se rompe, ya no hay vuelta atrás, ya nada vuelve a ser lo mismo. Y solemos culparnos a nosotros por haber confiado ingenuamente, por haber desnudado en parte, nuestra atmósfera, nuestras glorias y fracasos, a la sombra de un mal paso que creíamos conocer.
Sin más, la amistad se puede ver en el apoyo y en el afecto constante, en la búsqueda inconsciente de apreciar las contrapartes, en el placer que genera el respeto y la locura, y en réplicas de momentos de aceptación mutua, libre, y de una comprensión envidiable entre los que viven a la espera y alejados del mundo. Es la palabra sincera, la verdad oportuna, el abrazo eficaz y la copa del amigo. Por lo cual, la amistad no tiene precio, ni barreras, ni límites, transciende y convierte a extraños en hermanos por elección.


miércoles, 30 de julio de 2014

La gran casa

No hace mucho tiempo que aquel aposento era refugio de incontables anécdotas, historias y encuentros. Recuerdo muy bien los días de infancia que viví allí, los juegos, las reuniones, las fiestas, los buenos deseos. De niño siempre sentí la casa enorme, como si fuera un gran laberinto. Sin embargo, todos los días mi curiosidad me llevaba a descubrir puertas nuevas. 
La entrada tiene un pasadizo extenso, casi interminable al punto de encuentro y bienvenida, donde los saludos y abrazos se daban cada cierto tiempo para quebrar el mito de la distancia. A los lados, dos futuros diferentes, con fuentes de esfuerzo y ganas de salir adelante. Más allá, pero no tan lejos del centro de encuentro, había una fuente natural, en donde crecía un árbol para darle vida y color al patio de la calma. Al lado, se preparaban los más grandes festines y buffets para todo aquel que compartía un lazo familiar y de amistad de antaño. Al subir las escaleras, que en mi imaginación y en la de mis primos se convertía en un deslizadero cuando teníamos que bajar, se encontraban diferentes centros de noche para calmar el duro y largo viaje de sus visitantes. Y desde el último piso, casi rosando el cielo, se podía observar a las innumerables personas buscando un camino, una salida, un medio de sobre llevar el peso del día y llegar a su destino. 
Saliendo de todo ese laberinto acogedor, allá afuera existe un gran y hermoso parque llamado 'Seis de agosto', en donde los más jóvenes como los más grandes acuden y disfrutan de la paz que aún hoy en día mantiene. 
No habían fechas predeterminadas para la llegada de visitas, podía ser en verano o en invierno, o en el momento menos pensado. Siempre era grato recibir a los que venían desde lejos. 
Tuve la gran dicha de vivir allí cuando era niño, y también de más joven. Por tal motivo, guardo secretos e historias que nacían cuando los que estaban lejos, venían al lugar donde crecieron y que con mucho sacrificio habían creado. Recuerdo que a veces solía perderme a solas viendo los cuadros, los momentos retratados en una imagen, la foto de mi tío Hernán como si nos cuidara y se alegrara al ver a toda su familia compartiendo juntos. Cómo olvidar a mi abuelita Celith viendo sus novelas favoritas y al mismo tiempo hacer los quehaceres del hogar, cuidando de mí y de mis demás primos. Cómo olvidar a mi abuelito Higinio, siempre descubriendo objetos de muchos años atrás, contándonos y explicándonos cómo funcionaban en aquellas épocas. Su entretenimiento favorito era el juego del sapo, el cual todos pudimos disfrutar y pasar momentos agradables cada fin de semana. 
Todos y cada uno de estos recuerdos viven en esencia allí. Pero es curioso regresar, sentir nostalgia del ayer y recordar estos detalles. La gran casa, como solía decirle cuando llegaba, vio crecer a mi padre, a mis tíos, a mis primos y demás, los acogió, les dio refugio y unió a quienes estaban lejos, porque al final de todo de eso se trataba, pues a pesar de las situaciones que acarrean las pérdidas y la distancia, la gran casa nos enseñó que la familia siempre debe de permanecer en paz y unida.


sábado, 7 de junio de 2014

Señuelo

A veces tratamos de evitar los golpes, las constantes caídas, buscamos la forma de resistir un poco más para lograr llegar a la tan ansiada gloria, gloria que, a través de los años, la historia ha impuesto. Dicha gloria se manifiesta en distintas formas para cada uno, y al atar cabos somos felices por un momento. Sin embargo, el hecho de que en un lapso de tiempo es posible olvidarlo todo suele ser una gran y absoluta mentira, aunque solo se cumple si no has querido de una manera poco probable y conocida.
Jamás subestimé sus miedos, pero sí subestimé los míos y de la peor manera. Recuerdo muy bien sus últimas palabras, su último beso. ¿Qué hemos hecho todo este tiempo? Los señuelos cumplen su cometido, pero no son para siempre. Es mi castigo, merezco el delirio de todas esas miradas sin oficio, de todos esos cuerpos vivos pero sin alma. Y nos sentimos agotados por vivir una suerte de encuentros no planeados, una curiosa aventura de velos sin dueño, de símbolos con formas indiscretas a la par de un dicho extraño.
Desde el principio hasta el final, nos dominó la locura, y estuvimos tan locos que no advertimos todo lo que se perdería. Nos dio igual, no pensamos en las consecuencias. Cada quien por su lado, cada quien con su espacio, cada quien con su Dios, cada quien con su forma de ver la vida. ¿Y ahora? No tenemos nada claro, los señuelos son parte fundamental de las creencias, de los misterios, pero no existen respuestas claras, solo una acción que equivale por segundos a la verdad que fue creada en tan solo una noche. De una u otra forma, somos un pasado cautivo de errores, con una misión que cualquiera creería imposible, mas no nosotros.
Perdimos algo y tuvimos la osadía de recuperarlo, pero… ¿Quiénes somos para decidir qué perder y qué ganar? No podemos exclamar el dicho que lo dejamos al destino, el destino depende exclusivamente nosotros, sin permiso de nadie, sin obligarnos a nada, actuando únicamente por una razón que nos impulsa a hacerlo. 
Éramos discretos como las historias que se cuentan los mejores amigos, pero siempre hubo una pared entre nosotros, una distancia escondida que no dejaba querernos a nuestra manera. Este olvido nos envejeció el alma, mas no la vida. Me atrevo a decir que somos como una analogía casi perfecta, una catedral que se derrumba pero que al día siguiente está de pie nuevamente. 
Cuando busco una similitud de ti con mi pasado, me recuerdas mucho al sueño que solia tener de niño, en el cual solo corría para poder sobrevivir y despertar para tener una vida nueva. 
No, no te pido que vuelvas si no estás segura, porque al final soy yo quien siempre comete el suicidio de volver en un desesperado intento de olvidarte sin arrepentimientos, para amarte un poco más cada día. Y me duele este juego inútil en el cual pierdo casi siempre, sin saber cómo empezar de nuevo.
Los señuelos no compensan el ruido que ya no haces. No conozco días que no sepa u oiga algo de ti. A veces creo verte entre la gente que para mí no existe. No me cabe en la memoria otra historia que no quiera repetir si no es la tuya. Odio los desprendimientos, pero la vida trata sobre eso. Y los señuelos no son capaces de reemplazar un momento inolvidable, ni siquiera de aparentar la gran mentira que corre por los hechos de la soledad y la compañía.


viernes, 16 de mayo de 2014

La estación

La conocí en una estación del tren en las fueras de la ciudad, se veía distraída observando a cada momento a las personas que entraban y salían perturbando su lectura de un libro cuyo nombre no recuerdo ahora. Tenía en el brazo una cicatriz de cera con forma de lágrima de fuego, opté por no llenarme de curiosidad pero era inevitable. De alguna forma, me llamó la atención de que no lo disimulaba, sino que se veía extravagante con los tatuajes de alas de ángel que llevaba en la parte lateral de cada brazo. 
Intenté distraerme mirando el reloj para aparentar que se me hacía tarde, pero su presencia era muy llamativa. Se levantó del asiento de la estación y recogió su zurrón el cual parecía estar muy pesado. El tren llegó y la gente empezó a entrar y a tomar asiento, y debido a que no habían muchas personas por lo tarde que era, ella se encontraba a mi lado, tratando de retomar su lectura. No tenía el valor suficiente para hablarle, se veía muy concentrada en los textos que descansaban en sus manos. Pero de un momento a otro guardó todas sus cosas. 
Intenté recordar si la había visto antes, usualmente mi retorno era por esas altas horas, aunque casi siempre llegaba un poco más tarde. Ya muy cerca a mi destino, seguía con mil idas y venidas sobre tan extraña chica que a mi parecer, no tenía nada de extraña, sino algo peculiar que me hacía querer saber sobre ella. 
Entre la multitud caminábamos juntos pero todavía siendo extraños. Fue entonces que, a punto de salir de la estación para no verla jamás, volteó, me miró y me dijo, como afirmando, casi hablando a la nada: «Siempre llegas tarde a la estación, cansado, preocupado». Al parecer, se había percatado de mi presencia mucho antes de que yo advierta la de ella. No supe qué decir; no pensé que me hablaría y diría eso. Empecé a recordar la historia de un libro cuyo tema era la conexión y la energía de pensamientos, y era la primera vez que experimenté algo como eso. 
Le respondí sin pensar, con voz temblorosa, nervioso y un poco desconcertado: «¿Disculpa? Ah, sí, no me había dado cuenta». Me dijo: «Descuida, todos viven así hoy en día, más bien, perdón si te asuste». Estaba muy tranquila, hasta parecía causarle un poco de gracia mi reacción por su inesperada conversación conmigo. «No te preocupes, así es la vida en la ciudad», contesté, ya más suelto. No le iba a decir que estuve mirándola desde que llegué a la estación, aunque lo más probable es que ya se hubiera dado cuenta. Le pregunté sobre a qué se refería con que las personas viven así ahora. Me dijo que como terminaba temprano sus actividades, llegaba primero a la estación del tren, y veía a casi todas las personas llegar tarde, con un ademán de molestia, de incertidumbre, como a mí en algunos días. No solo era por tal vez perder el tren, sino por los problemas que viven y alteran su vida durante su jornada. 
Me dijo que estudiaba psicología y que ya estaba a punto de terminar su carrera. Me comentó que siempre notaba eso en las personas, con sus gestos, su forma de caminar, de mirar a todas partes, en su manera de quejarse y mirar la hora a cada segundo. Me sorprendió mucho, no lo había visto de esa forma. 
Se llamaba Anel, cuyo nombre no olvidaría jamás. Conversando fuimos caminando por el mismo rumbo sin prisa. Le conté muy poco sobre mí, pues era como si la conociera desde siempre y yo solo quería seguir escuchándola. Prosiguió contándome sobre las continuas apreciaciones que tenía y sobre las conductas de las personas que advertía en su vida diaria. Sus reflexiones me parecían increíbles, su filosofía de vida era encontrarle solución a todo a base de métodos netamente humanos. Tenía respuesta para todo y alguna que otra acotación cuando yo comentaba algo, era muy curioso. 
El tiempo me dejó de importar en todo ese lapso que estuvimos hablando, nunca había tenido una conversación de tal magnitud con una desconocida, que al parecer me conocía mucho con solo haberme observado algunas veces en la estación. Notó mi interés por su cicatriz en el brazo, y aunque no le comenté nada me lo hizo saber: «Vi cómo me mirabas el brazo en pleno viaje, es normal, muchos lo hacen». Empezó a contarme la historia de cómo fue que le sucedió tal hecho. Recién había cumplido diez años, unas semanas después de haber recibido como regalo la llegada de su padre del extranjero. Recuerda que ese día vio salir humo de la habitación de un primo que había venido de visita por unos días. Según ella, él era muy liberal, había viajado por muchos países a darse la buena vida a sus tan solo veinte años. Y ese día salió un momento como solía hacerlo por las noches, pero olvidó apagar el cigarrillo que dejó en el buró al lado de su cama. Fue una noche en la que ella se encontraba sola con su hermana menor cuando el siniestro empezó a crecer. El fuego se expandió por toda la casa, no supo qué hacer más que abrazar a su pequeña hermana para que las llamas no la acorralen. Los vecinos empezaron a entrar para sacarlas de ahí, pero fue demasiado tarde, casi toda la parte de su brazo derecho había sido afectado por el feroz siniestro, pero felizmente no paso a mayores.
Ya muchos años después de aquel accidente, me contó que le alegra ver a su hermana, ya más grande, linda como siempre, quien ahora la considera a ella como su heroína preferida. 
Me conmovió mucho su relato, sobre todo por cómo llevaba su vida después de eso, tratando de ayudar a las personas con palabras y comprensión. Y como todas las personas que se ven un día, al azar, la despedida era inminente. Ella se fue y yo también, con un 'mucho gusto' por habernos conocido. Luego, me puse a pensar sobre las historias que las personas llevan consigo en cada esquina, en cada calle, en cada avenida, en cada estación. Fue un día para no olvidar, y tal vez mañana la vea de nuevo, ahí sentada como hoy en el mismo lugar, pero esta vez procuraré ya no llegar tarde y tampoco preocupado.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Repentino

Ni siquiera tuve el tiempo de pensarlo, de entenderlo; pero allí estabas tú, nuevamente a mi lado. Sin dudas y totalmente libres, nos vimos juntos, olvidando y riéndonos de lo que alguna vez nos separó. 
Sin presagiar el tiempo fuimos abrazando una amistad y una locura tan remota e inigualable, la cual, pienso, debió mostrarse así desde un principio. Admito y recalco en el miedo que todo esto dejó en algún momento, tal vez siempre nos quisimos pero ninguno se atrevió a decirlo hasta ese día. Ya cuando mis intentos y planes se veían perdidos, olvidé todo pasado confuso y herido para dar paso a esa parte de la historia que siempre vivió en nuestra memoria.
Dicen que lo más lindo en la vida no dura mucho porque nos deja con preguntas y nunca nos hace ver la realidad en todo su esplendor. ¿Cómo puede ser posible que nadie se arrepienta antes de morir en un intento sin precedentes? Tengo el recuerdo de un camino cubierto de sombras; tú, yo, involucrados sin miedo al tiempo, con un gran gesto salido de la más grande utopía entre dos seres descubiertos pero nunca antes vistos en el pleno que es la vida. 
Extrañarte no me salva ni me libera, es un castigo por no aceptar lo que sentía en aquel momento. Pretender que nada pasó, que nada fue como lo recuerdo cada día, es inaudito. No puedo mencionar con seguridad qué fue lo que tú sentías. Sin embargo, tampoco me llevo dudas. Por eso es que tal vez mantengo y sigo cumpliendo lo que en su día te prometí, a mi manera, tan desesperada y extravagante, con detalles que quizás nunca vayas a advertir, pero que son parte de los dos aunque tú no lo sepas. 
Espero, sí, aún tengo la esperanza de que vuelvas en un estado de tu yo que nunca promulgas y escondes, pero que logré conocer, no en su totalidad, pero sí en una parte importante de lo que es y no demuestra. No me gusta hacerme ideas imposibles, pero cuando las hago, intento todo para que sean tan reales como fue lo que llegamos a vivir: juntos sin ánimos de nada, solo de eso, de compartir sin preguntas ni respuestas… 
Pienso y trato de buscar en las memorias de mi antología, sobre cuándo fue que sentí esto que ahora siento contigo, pero no encuentro respuesta alguna. Despierto de un sueño, o más bien de una pesadilla, no me cabe en ninguna parte este silencio que hay entre nosotros. No me anima, no me culpa, no me hace feliz. Ojalá no hubiera callado y dicho más, «no hace falta» me digo, pero tampoco me compensa. 
Te necesito y a la vez no, para entender a descubrir quién fui, quién soy y quién seré, sin ti. Vivo en una confusión de personalidades, que buscan, que llaman, que extrañan y entienden menos cada día. Ni siquiera puedo hablar de mí cuando sé que otra vez dejé ir a quien me hacía recordar quién era. 
Fingir siempre y nunca, mañana y ayer, cansa, atormenta, consume y quita lo que mi corazón cree que nunca tuve. Me pregunto si todavía me recuerdas, si todavía vive en ti algo de lo que dejamos sin poseerlo. No puedo consolar este exilio con un recuerdo que ya no es el mismo, que se ha desgarrado del pasado y ha impuesto sus propias reglas para darme la contra. Solo sé que te llevaste algo de mí y ya no he vuelto a ser el mismo…


martes, 18 de febrero de 2014

Inocencia

Hubo un tiempo en donde las preocupaciones no existían, en donde los juegos y la imaginación eran parte de todo. Hubo un tiempo en donde el pasado no era tan lejano, y en donde las horas no tenían un principio ni un final. 
El día era una completa aventura, las tardes y las noches no se diferenciaban. El mundo era pequeño pero infinito en aquellos tiempos. Logramos disfrutar de manera tan sublime y diversa esos momentos que pasaron tan rápido y no nos dimos cuenta. 
Los sueños eran el refugio de los amores secretos, dichos solo con la mirada y con las mejillas pintadas de rojo. Nuestras bocas  solían callarse pero nuestras mentes imaginaban infinidades de momentos. El amor inocente solo ve lo necesario y lo que importa. Así eran esos días de sentimientos sinceros.
No habían miedos de culpa o daños a un corazón ajeno, tal vez solo los nervios de cruzarte con aquel amor que vivía únicamente en tus sueños. La noche solía ser un escape, y aunque a veces nos obligaba a soñar, solíamos tomar el control de su tiempo para nuestro propio y secreto beneficio. 
Los tiempos cambian tan rápido cuando lo pensamos que ahora mismo ya estamos viviendo algo nuevo… Y en un recuerdo difuso, me veo otra vez caminando por los parques, mirando los alrededores, siempre con una frase, una pregunta y una duda por dentro: «¡Qué inmenso es este paraíso! ¿Qué cosas habrán más allá?». 
Dicen que somos ángeles, que fuimos un milagro, fruto del amor de nuestros progenitores. Yo pienso que estamos aquí porque así lo quiso la vida, porque llegamos para aprender y enseñar al mismo tiempo. Cada etapa tiene un motivo, y esa misión al final nos convertirá en mejores personas.
Y escarbando un poco en el pasado, recuerdo que las frecuentes visitas de extraños, los saludos de personas de nuestra misma sangre que poco a poco íbamos conociendo y los famosos pero discretos encuentros familiares, a veces parecían interminables. 
Tengo el recuerdo de que nada se comparaba al hecho de recibir una sorpresa. Cómo nos encantaban estas entregas inesperadas, sobre todo si era algo que tanto habíamos soñado… Buscando señales en los escondites menos pensados, esperábamos algún premio por haber hecho lo correcto o simplemente por merecerlo, aquella compensación inocente, era un derecho que caducaría con el tiempo. Por cierto, en esos días, las fechas eran más especiales y esperadas.
Nada parecía tener final, los juegos, las dichas, los regalos y las risas eran como el pan de cada día. Sin embargo, crecimos y ahora la nostalgia es fuerte cuando recordamos aquellos días de infancia. Y, ahora, con interpretaciones que en ese tiempo desconocíamos, comprendo que cada infante es un soñador en la vida desde que empieza a abrir los ojos, incluso desde antes de hacerlo.
Vale recalcar que la capacidad de asombrarse por cosas como la noche, la luna, la lluvia y las estrellas, era sinónimo de la inocencia que nos caracterizaba. Descubrir algo impresionante y a la vez sencillo era cosa de todo los días, vivíamos en un constante viaje al futuro. 
El don de reír a cada momento era exclusivo de los que recién empezaban a descubrir el mundo. Nada parecía tan importante como pasar un buen día disfrutando de la naturaleza, del sol y del viento, para sentirnos un poco más libres de lo que ya éramos. A veces creíamos saberlo todo, sin imaginarnos que una vida totalmente nueva recién nos abría sus puertas.