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jueves, 17 de octubre de 2019

El mar

El viaje duró cerca de dos horas por toda la panamericana Sur, pero no lo sentimos porque solo un rato después de salir nos habíamos quedado dormidos, excepto Javier, quien se ofreció a manejar debido a que recién había sacado su licencia de conducir. Cada fin de verano organizábamos un campamento en la playa hasta que se nos acabaran los recursos en plan de sobrevivencia y también para alejarnos un poco de la urbanización y de la gente. Era viernes por la tarde. «Llegamos», dijo Javier. Nadie respondió. Volteó y gritó: «Despierten, muchachos, antes de que anochezca». Nos miramos sin saber qué pasaba y, casi por instinto, empezamos a bajar las cosas. Cada uno cargó lo suyo e iniciamos la caminata. La playa quedaba unas cuadras más adelante, así que no tuvimos opción. Llegamos a un punto, ni tan cerca ni tan lejos de la orilla, y David ancló la sombrilla como si hubiera conquistado un nuevo mundo. «Aquí acamparemos», dijo, y nadie lo refutó. Soltamos todo y nos sentamos en la arena, algo cansados. Jonathan y Marcos empezaron a decir que ya se querían meter al mar. «Primero lo primero», dijo Javier, y abrimos unas latas de cerveza para luego levantar el campamento.
Al finalizar, metí mi mochila a la carpa y entré. Acomode mis ropas en el diminuto espacio y sentí alivio. «Todo listo», pensé. Echado, saqué mi celular, pero al ver que había poca señal para el internet, lo guardé. Revisé la mochila y saqué “La casa de Cartón” de Martín Adán, y lo dejé sobre el sleeping que había traído para dormir en la noche. Salí y me uní a lo chicos para hacer la fogata. Marcos y David empezaron a cavar un hueco de arena al centro de todas las carpas y los demás y yo fuimos en busca de madera.
«¿Ven las formas?», preguntó Javier. «¿A qué te refieres?», dijo Marcos. «Al fuego», respondió Javier. «Uhmm, ¿qué ves?», volvió a preguntar Marcos. «Es subjetivo. Los chamanes dicen que en el fuego ven a los Dioses, y que todo lo que existe está vivo y por lo tanto, tiene alma. Si el alma tiene forma, debe ser como el fuego», dijo. «Entonces ves un alma», entendió Marcos. «Así es», respondió Javier. Yo los escuchaba atento mientras veía a David y a Jonathan callados, mirando absortos el fuego y, tal vez, tratando de ver lo que Javier había dicho. Por molestar, les tiré un poco de arena. «Despierten, parece que tienen una crisis de ausencia», les dije, y voltearon a verme. Les pregunté qué pensaban. David dijo que en nada, que el fuego era hipnotizante y a la vez nostálgico. Y Jonathan en Fiorella, su enamorada. Había viajado a Chiclayo con su familia, pero antes de que se vaya, habían discutido. «Uy, estás jodido, compare», dijo Javier. «Jamás hay que discutir antes de un viaje. Se tiene más tiempo para pensar las cosas», añadió. «Calla, no me ayudas», dijo Jonathan, y todos reímos. «Creo que ya es hora de dormir», dijo David al rato, y apagó el fuego echando un poco de cerveza de su lata.
Ya era sábado. Desperté temprano, saqué mi táper con queso y choclo y desayuné. Javier, quien era el único que ya estaba despierto, me invitó un poco de café que había preparado. Nos sentamos a sentir la brisa, el rumor de la playa y ver las olas que habían sonado fuertemente durante la noche. Me habló de Jimena, su ex novia, con quien había vuelto a tener un acercamiento y que era probable que retomen su relación. «Después de un año, imagínate», me dijo. «¿Crees que pueda a funcionar?», le pregunté. «Sí», afirmó, muy seguro. «Tenemos planes, cosa que antes no», añadió. «Ahí está el detalle», pensé. «Ahora vengo», le dije, y me levanté del asiento. Caminé por la orilla húmeda, llena de ramas y algas, hasta llegar al monte, viendo mis pasos dejar huella en la arena y desaparecer. Luego, fui por las dunas en un camino lleno de vegetación. Cogí unas ramas de madera seca y las llevé conmigo. «Para la fogata», me dije. De regreso, caminé más cerca al mar porque el sol ya empezaba a quemar.
Al llegar, vi a Javier echado tomando sol y a los demás recién tomando desayuno. Dejé las ramas a un lado de la fogata apagada y me senté debido al cansancio. Me preguntaron a dónde había ido. «A ningún lugar», atiné a decir. Me miraron sin ganas y siguieron en lo suyo. Entré a mi carpa, me puse algo más cómodo y me eché a leer. Sin darme cuenta, me había quedado dormido. Desperté con el libro en la cara y salí debido al calor. «¿Qué hacen?», pregunté, tratando de ver entre la brisa y el sol. «Se fueron a pelotear», dijo David, señalándolos. A lo lejos, se veía a Javier, Jonathan y a Marcos corriendo detrás de la pelota, con un arco hecho de palos de madera clavados en la arena. Me acerqué a ellos y me uní al juego. El día se nos fue así, entre la arena y el mar, y también entre mucha cerveza.
Al anochecer, después de prender nuevamente la fogata, miré el cielo estrellado y recordé un pasaje del libro de Martín Adán: «Yo no creo en la astrología. Acepto que haya estrellas tristes y estrellas alegres. Hasta afirmo que las estrellas tristes son un excelente motivo de soneto catorcesílabo. Pero no creo que nuestra vida tenga relación alguna con las estrellas». Estaba de acuerdo. Cerré los ojos y cogí un puñado de arena. La dejé caer, grano por grano, mientras soplaba para que se pierda en el fuego, imaginando que cada una era una estrella que se apagaba y prendía.
El domingo, con resaca, cansados y llenos de arena, dormimos más de la cuenta. Aunque en la playa el tiempo pasa de forma distinta. Despertar temprano es inevitable debido al horizonte y el rumor del mar. El sol sale y la mañana dura eternamente. O al menos eso parecía aquel domingo. Marcos y David se habían quedado despiertos hasta tarde y fueron los últimos en salir de sus carpas. Jonathan y Javier y yo nos despertamos por inercia, y empezamos a guardar algunas cosas para dejar todo listo al momento de irnos. «Qué rápido se pasaron los días», dijo Javier. «Sí, el lunes de nuevo la rutina», agregó Jonathan, mientras doblaba su sleeping para guardarlo. «Aún tenemos este día», dije yo. «Lo que nos falta es energía», dijo Javier, y reímos. David y Marcos seguían durmiendo pero ahora sentados en las sillas, mientras los demás seguíamos guardando todo. Llevé mis cosas al auto y regresé, y cada uno empezó a hacer lo mismo, pero como vi que todavía se iban a demorar, decidí acercarme a la playa.
Me encontraba sentado en la orilla viendo el mar ir y venir en un intento de querer llegar hacia mí, y entonces vibró mi bolsillo derecho. Saqué mi celular y leí el mensaje de texto: «Gabriel García Márquez ha muerto», decía. Era mi padre, quien me daba la trágica noticia del escritor al que más habíamos leído. Respondí con un: «Gracias por avisarme», y guardé el celular. Pensé en el año: 2014. Pensé en el mes: abril. Pensé en el día: jueves 17. En cuestión de segundos recordé los años del colegio cuando empecé a leer sus novelas. Recordé la universidad, las mudanzas y los viajes en los cuales sus libros me acompañaron. Y me sentí solo. De pronto, los chicos vinieron corriendo hacia el mar, empujándose, y entraron dando clavados en las olas. «Vamos, Miguel», me dijo Javier. Lo miré, extrañado. «¿Qué sucede?», me preguntó. «Nada», le dije. Me levanté, me quité el polo, puse mi celular dentro de él y corrí hacia el mar.

viernes, 10 de mayo de 2019

Departir

Desde un rincón de la habitación se podía ver el fuego del encendedor de Ricardo. Azul, amarillo, naranja, azul de nuevo. Y lo apagaba. No dejaba de jugar con él haciendo sonar la tapa metálica cada vez que lo abría. Una y otra vez. «Ya basta», le dijo Luis un rato después. Ricardo se volvió hacia él, frunció el ceño y lo guardó en su bolsillo. Luis había traído algo especial para la reunión. «De catálogo», dijo, y volteó a ver a Hernández, el dueño de la casa, cuyos padres habían viajado a Colombia y por lo tanto tendría la libertad de hacer lo que quisiera, al menos ese fin de semana. 
Yo había ido con César y Nicólas. Nos habíamos encontrado en la estación Ayacucho a las nueve de la noche para empezar con las previas. Al llegar, Hernández abrió la puerta de su cochera, miró a ambos lados y nos hizo pasar. Ricardo y Luis ya se encontraban allí. 
La habitación se había llenado de humo. Hernández fumaba y se echaba en su mueble, abriendo los brazos y las piernas. «Esto es vida», decía. «Esto es vida, carajo», repitió, y se lo entregaba a Luis, quien probaba un poco para luego dárselo a Ricardo. Luego pasó por Nicolás, de ahí por César y al final por mí. Hernández preguntó la hora. «Son las once», dijo Ricardo. «Mierda, la gente ya debe estar viniendo», respondió Hernández, y fuimos a la sala.
Abrimos unas latas cervezas, pusimos la música, y Hernández se encargó de compartir lo que poco que quedaba de su porro. Al cabo de un rato sonó el timbre. Nicolás me codeó. «Mira quién llegó», me dijo, y vi entrar a Adriana, Jimena y Camila. Pero él lo decía por Jimena. No la había visto desde la fiesta de fin de finales. Me levanté con los chicos, me saludó con una sonrisa, al igual que sus amigas, y se sentaron al frente de nosotros. Un momento después, Luis me hizo un gesto señalando la cocina. Lo seguí. Abrió la nevera y sacó el hielo. Mientras preparaba el ron, me preguntó por Jimena. «¿Sigues en algo con ella?», dijo, de pronto. «No», respondí, un poco desconfiado. «Mira, es que he estado hablando con ella estos días, yo la invité a la reunión de hoy», me dijo. Me sorprendió su sinceridad. Él sabía lo que había pasado ese día en la fiesta, pero seguro también sabía que después de eso ella y yo no habíamos hablado. «Quería que lo sepas para que no hayan malentendidos», me dijo, y me sirvió un vaso. «¿Falta ron?», agregó. «Está bien, no te preocupes», respondí. «Y sí, le falta un poco», añadí, y salí de la cocina.
César hablaba con Adriana y Camila, al parecer habían llevado clases juntos cuando al llegar escuché lo mucho que habían sufrido con el curso de Finanzas. «El profesor no tenía piedad en los exámenes», oí decir a Camila. «Recuerdo que el día del final no dormí nada», replicó César. Me uní a la conversación contando también mi experiencia en ese curso. 
Un rato después volteé a ver a Jimena. Se encontraba sentada en el mueble mirando el celular. Luis llegó con una jarra de ron y le sirvió un poco. Ella bebió, lo miró, y luego volteó a verme. No presté atención, tampoco me incomodaba. Lo que había pasado esa noche no debió pasar, y tal vez por eso no lo hablamos y todo quedó como una resaca más entre amigos. Entre amigos que dejaron de hablarse.
Camila me despertó del trance, levantando su vaso y diciendo salud, junto a César y Adriana. Chocamos los vasos y bebimos, celebrando, nuevamente, el fin de otro ciclo en la universidad. 
Hernández no dejaba de sacar botellas del bar de sus padres, haciendo que todos beban un poco, y como un loco gritaba las canciones que sonaban en el parlante. Solo nosotros sabíamos el por qué de su estado. Nicolás y Ricardo se encontraban con unos amigos de la selección de fútbol, quienes habían llegado con un grupo de amigas de la facultad. Mientras yo hablaba con Camila, veía a Luis bailar con Jimena. Ella me miraba de reojo y luego se acercaba a Luis, y yo volvía a mirar a Camila. «¿Y qué planes estas vacaciones?», me preguntaba. Yo le contaba mis futuras actividades, así como ella. Al voltear, vimos a Adriana bailar con César. Y entonces Camila me confesó un secreto. «A Adriana le gusta tu amigo», me dijo. «¿En serio?», pregunté, sorprendido, y volteé a verlos. «Sí, por eso quiso venir», me dijo. «No le vayas a decir nada, ah», añadió. Yo reí. «No te preocupes», le dije. Camila era linda, pero sobre todo, muy alegre y divertida. Habíamos hablado muy poco en la facultad, pero siempre con simpatía las veces que nos encontrábamos, como ahora. Tenía el rostro limpio y los ojos tímidos, y cuando sonreía era inevitable sonreír también. La conversación se había tornado curiosa. Me dijo que el día de la fiesta de fin de finales me había visto con César cerca de su casa. «¿En el grifo?», le pregunté. «», respondió ella. «Yo estaba con Jimena…», dijo, y se quedó callada. «Ah, Jimena, sí», respondí. «Descuida, yo sé lo que pasó», me dijo. «Nos viste», dije. «Algo así…», respondió. «No debió pasar, éramos amigos y después de eso dejamos de hablarnos», le dije, sincerándome. «También me pasó con un amigo que conocía desde el primer ciclo», dijo. «Pensé que hablaríamos de eso, pero luego me enteré que... ¡tenía enamorada!», añadió. «¿Y tú no lo sabías?», pregunté. «¡No!, y eso es lo que más me jode: que nunca me contó nada», respondió. «Entonces no era tu amigo», le dije. «Parece que no», respondió.
Nicolás se acercó y me llamó. Le dije a Camila que volvería en un momento. En el pasadizo me dijo que había visto cómo Luis intentaba besar a Jimena. «¿Y?», le pregunté. «Pensé que tú y Jimena tenían algo», me dijo, confundido. «No», le dije. «Creo que ellos están saliendo o algo parecido», añadí. «Bueno», dijo Nicolás. «Igual, me avisas si haces algo», siguió. «¿Algo como qué?», le pregunté. «No sé, algo como agarrarlo a golpes, nunca me cayó bien ese fumón», dijo. Solté una carcajada. «Tranquilo, no pasa nada», le dije palmeando sus hombros, y regresé a la sala.
Camila se encontraba hablando con una amiga que llegó con el grupo de chicos que jugaban fútbol. Se fue al verme llegar donde Camila, saludándome y riendo un poco. «¿Qué fue tan gracioso?», le pregunté. «Nada, nada, mi amiga está loca», respondió Camila. Me serví un poco de ron y a ella también. «¿Y no te gusta bailar?», me preguntó, un momento después. «Claro que sí», le dije. «Entonces, vamos», respondió, y me agarró de la mano llevándome al centro de la sala en donde se encontraban todos bailando. Yo intentaba seguir el ritmo de ella, porque le había dicho que me gustaba bailar, mas no que sabía hacerlo. De pronto alguien cambió la música a mitad de canción, la gente protestó, pero a mí me salvó de hacer el ridículo. Nos sentamos. Camila empezó a bromear con mis pasos, reía y reía y a mí me causaba más risa. Fue entonces que al voltear vi a Jimena mirándome, mientras Luis preparaba más ron. Me miraba indignada, como si dijera que qué hacía hablando con su mejor amiga. No quise pensar eso, pero Camila lo advirtió al voltear y yo me di cuenta. Como quien cambia de tema, me dijo que tenía que hacer una llamada y que tenía que salir debido a la bulla. La acompañé y salimos. Ella llamó a alguien, habló unos segundos y luego colgó. «¿Todo bien?», le pregunté. Asintió con la cabeza y se acomodó el cabello. «Necesitaba un poco de aire», me dijo. «Yo también, estoy allí desde temprano con los chicos», acote.
Al cabo de un rato decidimos entrar. Abrimos la puerta y en el pasadizo nos encontramos con Jimena. Los tres nos quedamos mirando. Yo pasé de frente y Camila quiso hacer lo mismo, pero Jimena la cogió del brazo y le hizo un gesto de duda. Camila no entendió y siguió detrás de mí. Luis llegó y se quedó con Jimena. Le preguntó algo que no llegamos a oír. Nos sentamos donde estábamos y nos quedamos callados. Camila, de pronto, me dijo que parece que Jimena se encontraba incómoda por verme conmigo. Le dije que no había por qué. Ella asintió, callada, pero intentó no perder la sonrisa. Yo le sonreí, y la saqué a bailar. Bailamos por un buen rato, o al menos eso yo intentaba. 
Hernández paró la música, levantó con la mano una botella de pisco y gritó que era hora de ir a la azotea. «¡Síganme los buenos!», dijo, y algunos empezaron a subir detrás de él. Camila me miró, me hizo un gesto para subir y fuimos detrás de todos.
Estábamos en el cuarto piso. Había un patio enorme, con luces y bancas a los costados, y al frente, un parque en forma de triángulo. Me senté con Camila con vista al parque. Ya era de madrugada, no había gente en la calle, y empezamos a contar a los pocos que pasaban, y apostamos que el que perdía, se bebía un shot de pisco. Tomé cerca de cuatro shots, mi vista no era la misma ya hace un buen tiempo y Camila parecía ver a lo lejos a varias parejas sentadas en los bordes del parque. «No me gusta este juego», le dije, aturdido, y ella no dejaba de reír. 
Fuimos a la cocina en busca de agua. El pisco había causado en mí sensaciones que, combinado con lo que había traído Luis, no podía controlar. «Toma», me dijo Camila. Y bebí y bebí. Ella hizo lo mismo, y nos sentamos un momento. «Gracias», le dije. «Me salvaste, ah», añadí enseguida. «Fue gracioso ganarte, así que te debía al menos eso», me dijo.
De pronto, al mirar por la escalera, vimos a César besándose con Adriana. Camila se rió. «Se le hizo a mi amiga», dijo. Yo reí junto a ella. Había menos gente en la azotea. La mayoría había bajado debido al frío. Camila se apoyó a mi lado y yo hice lo mismo. Me miró sonriendo, sin saber qué decir. Yo cerré los ojos y sentí sus labios en los míos. Luego, sus manos cogieron mis mejillas. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo no pensaba en nada, y todavía me cuesta recordar lo que pasó después. Según César, Jimena subió con Luis buscando a sus amigas para irse, y cuando me vio besándome con Camila, no dijo nada y se fue, dejándolas a su suerte. Adriana había ido al baño y César no le dijo nada a Jimena, por eso cuando Adriana salió, recién le dijo lo que había pasado. Después de eso, me dijo que acompañamos a las chicas a esperar su taxi, y que luego volvimos a casa. Ya no había casi nadie y nos dormimos en la sala hasta que amaneció. «Y así fue», me dijo, echando un poco del ron que quedaba a su café. Yo miré la hora en mi celular: las diez de la mañana. Tenía algunos mensajes de Camila diciéndome que habían llegado bien. Le dije a César que era hora de irnos. Buscó a Hernández en su habitación. No lo encontró. Se había quedado dormido en la hamaca de la azotea. Prefirió no despertarlo y salimos. «Oye, Hernán», me dijo César. «¿Y ahora qué vas a hacer?», me preguntó. «¿Sobre qué?», le dije. «Sobre tú y Camila», respondió. Me quedé pensando. «No lo sé», le dije. «Aún no hablamos», añadí. César rió. «Pues hablen, departan, conversen», me dijo, y levantó la mano para parar un taxi.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Amigos

Movía de un lado a otro el vaso que sostenía con la mano jugando a que no se rebalse la cerveza sobre la mesa. La espuma, como una ola en la orilla, rozaba el borde y regresaba al centro del vaso.
—¿Nos vamos? —preguntó Romina.
—Sí, mejor —respondió él, como despertando del juego.
La gente seguía en su trance, bebiendo, conversando, bailando. Romina salió con Fernando esquivando el gentío. La noche había ofrecido el ambiente perfecto como para ir a embriagarse, bailar y olvidar los problemas de la semana, del mes, del año. Pero la pesadez pudo más y decidieron irse tan solo media hora después de haber llegado.
—Vamos a tu casa, me ha dado hambre —sugirió Romina.
—¿Cuándo no tienes hambre? —preguntó Fernando, riendo.
—Ya, no jodas, vamos —insistió Romina.
Fernando asintió y pidieron un taxi desde un aplicativo en el celular de Romina. Unos minutos después llegó un carro con la placa que buscaban y subieron. Romina empezó a responder algunos mensajes de su celular y Fernando miraba a través de la ventana. Pensaba. La salida había terminado más temprano de lo previsto, pero no se sentían incómodos. Al contrario, se divertían pasando tiempo juntos. Se conocían desde el colegio y desde entonces habían sido inseparables. Fernando recordó que entre ellos habían desfilado novios, novias, salientes y todo tipo de personas que intentaron, en ocasiones, por los celos, terminar con su amistad. Pero al final, implacables, allí seguían ellos, recordando y riendo de todas las situaciones que vivieron y que nadie más sabía.
Al llegar, Fernando sacó su llave y abrió la puerta. Romina se dirigió a la cocina y calentó una pizza que encontró, como si fuera su casa.
—Trae algunas latas —dijo Fernando—. Aún tengo sed.
—Eso estaba a punto de hacer —acotó Romina, abriendo el frigobar.
Se sentaron en el mueble con las cosas en la mesa. La sala era pequeña, algo desordenada, pero Romina ya estaba acostumbrada a verla de ese modo que solo atinó a decir, nuevamente: «Bonito tu cuchitril».
—Hoy no me puso Rachanga. ¿O éramos nosotros? —dijo Romina antes de empezar a comer una tajada de pizza.
—Éramos nosotros —respondió Fernando.
—¿Estás diciendo que ya hemos perdido las ganas de tomar?
—No, eso nunca.
—¿Entonces?
—Hemos perdido las ganas de conocer gente nueva.
Romina lo miró, dejó la pizza en la mesa y dijo:
—Ya, Fernando, no empieces.
—¿Qué cosa? Es la verdad.
—No me digas que sigues pensando en Raquel.
—Ja, ja, ja, ¿pero qué tiene que ver Raquel? No me refería a eso. Además, ya no sé nada de ella.
—Claro que sí, te presento amigas y no te animas a salir con ellas.
Fernando la miró, suspicaz, y respondió como solía hacerlo cuando hablaban de estos temas.
—No tiene nada que ver con Raquel, es solo que tus amigas están locas. Y tú también. Y no me hagas hablar de Mario, el pobre no merecía lo que le hiciste.
Romina soltó una risotada y lo empujó.
—Por favor, sabes bien que él me engañó. Ay, ya, mejor no digo nada de lo que tú haces porque sales perdiendo.
Fernando rió y tomó otro sorbo de cerveza. Se levantó y puso algo de música.
—Hablando en serio, hace tiempo que no salimos con nadie —dijo Fernando al regresar al mueble.
—Yo soy la que no ha salido con nadie. Eres tú el que no se aburre de salir con varias chicas.
—Ya pasaron más de dos meses de la última chica con la que salí. Y no la volví a ver desde entonces.
—¿Y qué pasó? Sí la recuerdo, era linda. ¿cómo se llamaba?
—Sabina. 
—La de cabello corto, ¿no?
—Sí. Y nada, nos llevábamos bien pero no había ese «algo».
—¿Emoción, atracción?
—No estoy seguro. Solo no tenía ganas de nada.
—Siempre dices eso.
—Pero es cierto.
Fernando la miró y le preguntó:
—¿No te ha pasado?
—¿Qué cosa? 
—Aburrirte de todo. Hasta de la gente.
—Me aburrí de Joel, se creía vivo el muy idiota. Solo me buscaba para ya sabes qué.
—No hablo de alguien en específico. 
—Sé a lo que te refieres. Pero es normal, supongo. Hemos intentado con varias personas desde que nos conocemos y henos aquí, tomando cerveza, comiendo y reflexionando sobre nuestros fracasos.
—La cuestión es clara. Lo he estado pensando ya hace buen tiempo. He perdido el asombro.
—Me consta, te digo. Pero también ha sido tu culpa. A mi amiga Julia le gustabas mucho, no dejaba de preguntar por ti. Y tú ni cuenta te dabas.
—Exacto, no era mi intención. Si mi asombro fuera el mismo, mi entusiasmo por verla hubiera seguido.
—Yo digo que eres un distraído, o un idiota.
—También lo he considerado. No me gustaría que fuera eso, pero es posible. Yo, el idiota, lidiando con cosas sin sentido.
—Fernando.
—¿Qué?
—¿Te vas a terminar esa pizza?
—Sí.
Romina lo miró con cara de cólera y con tristeza al ver cómo Fernando se terminaba la última tajada de pizza.
—¿Y qué sabes de Mario? —preguntó Fernando, limpiándose con una servilleta.
—Ay, ya no me hables de ese tipo.
—Me caía muy bien, más que los otros chicos que me presentaste.
—Sí, pero era un pendejo.
—Lástima.
—Ay, no me hagas reír porque tú también lo eres.
—Pruebas.
Romina levantó el dedo señalándolo y se quedó callada.
—¿Lo ves? —se defendió Fernando.
—Bueno, te gusta ilusionar a las chicas que te presento.
—Claro que no. Solo soy amable y ellas también lo son. No digo nada fuera de lugar.
—Eso no quita que no seas coqueto. 
—Yo no me siento coqueto. Tú eres la coqueta. Siempre que conozco a alguien quieres que te lo presente.
—Si es guapo, sí.
Fernando dio una risotada.
—¿Adónde iremos a parar? —dijo, riendo.
—No lo sé, pero siempre y cuando no salgas con chicas como Elisabeth, que detestaba que te veas conmigo, todo estará bien.
—Es cierto, era un poco celosa.
—¿Un poco? Por favor, papito, si no dejaba de stalkearme. Un día se le escapó un like en una foto de mi Instagram de hace años, qué roche.
—Es que tenemos muchas fotos juntos, pues.
—Lo sé, pero era una desconfiada total. Cuando salíamos juntos me miraba con una cara.
—Ya olvídalo. Yo tampoco lo soporté y por eso terminamos.
—Gracias.
—De nada.
El celular de Romina empezó a sonar. Era Silvana. Habló un rato con ella y colgó.
—¿Quién era? —preguntó Fernando.
—Silvana, me preguntó en dónde estaba. Acaba de llegar a Rachanga, pensó que nos vería allí. Olvidé decirle que nos fuimos.
—¿Y ahora?
—Nada, no pienso volver. Qué flojera. Además me ha dicho que ha visto a Javier.
—¿El de la barba?
—Ese mismo. Me dijo para vernos la semana pasada y le dije que no, pero insistió tanto que tuve que bloquearlo.
—Los vuelves locos, pues. Bueno, está bien...
—Sí, pero, ¿por qué preguntas? No me digas que quieres ver a Silvana. Ya perdiste tu oportunidad hace tiempo, ah.
Fernando la miró entrecerrando los ojos y dijo: «Solo pregunto».
—Es broma, me dijo que quería verte —respondió Romina riendo.
—¿En serio?
—Sí. Está soltera y no está saliendo con nadie.
Fernando recordó a Silvana. Un amiga de ambos de la universidad. Hubo un tiempo que se hablaba mucho con ella pero luego él estuvo con Elisabeth y Silvana con Roberto, un estudiante de arquitectura.
—Le voy a escribir —dijo Fernando.
—Nunca es tarde —respondió Romina.
—A veces sí —acotó Fernando, abriendo otra lata de cerveza moviéndola de lado a lado haciendo rodar la espuma por el borde de la lata. Romina hizo lo mismo y brindaron por el simple hecho de estar allí, de seguir allí.