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miércoles, 27 de enero de 2021

Charla

Se detuvo en una esquina, entre el cruce de las avenidas que solíamos cruzar cuando estudiábamos juntos, y dijo: «Aquí fue». Alzó la mirada, hizo un gesto tratando de recordar y añadió: «Aquí fue la última vez que la vi», y siguió caminando a paso lento. Yo volví la mirada a la esquina e imaginé la escena de Esteban con Mesalina y fue como si la hubiera presenciado. «Han pasado ocho, nueve años, creo, ya no estoy tan seguro», agregó. Le seguí el paso y vi su rostro con signos de cansancio. Habíamos caminado desde la barra de Chacarilla hasta el Parque de la Amistad, después de haber quedado en vernos allí para tomarnos unos tragos, como en los tiempos de la universidad. «Mesalina se fue a España solo unos meses después de acabar la carrera», siguió contando, y yo la recordé en clases al lado de sus amigas, risueña, amable, estudiosa. No habíamos sido buenos amigos, pero sí compañeros en varios cursos. Esteban y ella habían estado juntos los últimos años de la universidad y vivían su mundo, un mundo que pocos conocían, incluso yo que era uno de sus mejores amigos.
Nos detuvimos en una tienda. Entré, coloqué la muñeca en la máquina receptora, la voz confirmó el pago y recogí un par de cigarrillos. Mientras hacía eso, pensaba en lo que me había dicho. «¿Por qué no te fuiste con ella?», se lo pregunté al salir, después de darle uno y prenderlo. Lo pensó un momento, mirando al vacío, y dijo: «Cuando acabó la universidad, encontré un buen trabajo. Y cuando me lo dijo, allá, en la esquina por la que pasamos, no supe qué hacer. Ya tenía su pasaje comprado. Nunca me incluyó en sus planes». Lo miré entre compasivo y absorto. A pesar de los años, noté que recordar esos momentos le seguía afectando, porque miraba a la nada y hablaba lento, como si imaginara la escena y pudiera hacer algo por cambiarlo. Le palmé el hombro. «Habrá tenido sus motivos», le dije. «A veces no lo entendemos y solo queda aceptarlo», acote, tratando de apaciguar el recuerdo. Asintió y se quedó pensando. «Por cierto, ¿recuerdas las semanas de la facultad? Pasar por la universidad me hizo recordarlo. Buenas épocas», le dije, para cambiar de tema. Sonrió. «Claro, el chino Rivera traía harta chela en su carro, nadie se daba cuenta», replicó. «Y esas eran las previas. ¿De dónde sacábamos tanta energía? Nos amanecíamos estudiando, íbamos a trabajar y, en la noche, saliendo de los exámenes, no faltaban sus respectivas», dije, riendo. «Era nuestra recompensa», añadió, y reímos juntos recordando esos momentos, como los conciertos de cada facultad, las reuniones que se armaban después de los exámenes, las chupetas a los alrededores de la universidad y las aventuras fugaces que cada uno tenía. «¿Qué sabes de Julieta, de Romina y de Thalía? Desde que acabó la universidad y empezó la pandemia, no supe nada de ellas», dijo. «Yo estuve saliendo con Thalía unos meses, antes de empezar la pandemia. Fue curioso, nunca nos animamos en plena carrera, pero sí cuando acabó. Tal vez buscábamos lo mismo sin interferir en los estudios», dije. «¿Y qué pasó luego?», preguntó. «Cuarentena», dije. «Todo comenzó a ser virtual, nos vimos una que otra vez pero ya no se podía como antes. Pasó el tiempo y nos alejamos, como suele pasar. Pero todavía seguimos siendo amigos. De las otras chicas no sé nada, solo lo que veo en sus redes», concluí. «Sabes, ahora me doy cuenta que desde lo de Mesalina me alejé un poco de todos», dijo. «El tiempo pasa rápido, ¿no?», añadió. «La pandemia lo cambió todo. Quién iba a pensar que nos tomaría cerca de tres años volver a la normalidad. Me cuesta creer la cantidad de vidas que se perdieron», siguió. «Fueron tiempos difíciles», dije. «Recuerdo muy bien el último verano antes de que empezara todo. En especial, la fiesta en mi casa. Sin pensarlo, esa fue la despedida con la gente», dije. «Y estuvimos casi todos los del grupo: Romero, Espinoza, Morales, Fernández. Además, creo que fue la última fiesta a la que fui con Mesalina», agregó. «Y la mía con Thalía», dije. Nos quedamos callados un momento. Recordamos en segundos todo lo que vino después. El confinamiento, las medidas, los protocolos y todas las muertes que hubo en ese entonces. Despertamos del trance. Ya había pasado casi una década de ese maldito 2020 y era mejor dejarlo allí. Esteban sacó su celular y vio la hora. «Me tengo que ir, Gianella me está esperando, seguro ya acostó a las nenas», y pidió un taxi desde su aplicativo. «Gracias por la charla, hermano, tenía tiempo sin caminar por aquí», añadió, y nos apretamos la mano. «Gracias a ti, mi hermano, hace tiempo que quería conversar contigo. Saludos a Gianella y a tus hijas», le dije, y nos dimos un abrazo. Al rato llegó su taxi, entró, me miró con un gesto cómplice y me dijo: «Se tiene que repetir, hermano». «De todas maneras», le respondí, y el taxi avanzó, perdiéndose entre el tráfico y las calles.
Vi la hora y seguí caminando, pensando en todo el tiempo que había pasado. Recordé a los amigos, a los amores, a las personas con las que compartí mi tiempo y que dejaron algo en mí. Pensé y pensé y apareció nuevamente ella. No la había olvidado. Su bello rostro, sus labios, sus manos suaves y su aroma, era ella. La recordé en silencio, la amé de nuevo y quise, como Esteban, volver al momento exacto y cambiarlo todo. Y entonces, una llamada me despertó. Era Jimena, mi esposa. Le dije que ya estaba en camino. Tomé un taxi al estacionamiento, subí al carro, acomodé el espejo retrovisor, respiré con calma en el asiento y me fui.

jueves, 17 de octubre de 2019

El mar

El viaje duró cerca de dos horas por toda la panamericana Sur, pero no lo sentimos porque solo un rato después de salir nos habíamos quedado dormidos, excepto Javier, quien se ofreció a manejar debido a que recién había sacado su licencia de conducir. Cada fin de verano organizábamos un campamento en la playa hasta que se nos acabaran los recursos en plan de sobrevivencia y también para alejarnos un poco de la urbanización y de la gente. Era viernes por la tarde. «Llegamos», dijo Javier. Nadie respondió. Volteó y gritó: «Despierten, muchachos, antes de que anochezca». Nos miramos sin saber qué pasaba y, casi por instinto, empezamos a bajar las cosas. Cada uno cargó lo suyo e iniciamos la caminata. La playa quedaba unas cuadras más adelante, así que no tuvimos opción. Llegamos a un punto, ni tan cerca ni tan lejos de la orilla, y David ancló la sombrilla como si hubiera conquistado un nuevo mundo. «Aquí acamparemos», dijo, y nadie lo refutó. Soltamos todo y nos sentamos en la arena, algo cansados. Jonathan y Marcos empezaron a decir que ya se querían meter al mar. «Primero lo primero», dijo Javier, y abrimos unas latas de cerveza para luego levantar el campamento.
Al finalizar, metí mi mochila a la carpa y entré. Acomode mis ropas en el diminuto espacio y sentí alivio. «Todo listo», pensé. Echado, saqué mi celular, pero al ver que había poca señal para el internet, lo guardé. Revisé la mochila y saqué “La casa de Cartón” de Martín Adán, y lo dejé sobre el sleeping que había traído para dormir en la noche. Salí y me uní a lo chicos para hacer la fogata. Marcos y David empezaron a cavar un hueco de arena al centro de todas las carpas y los demás y yo fuimos en busca de madera.
«¿Ven las formas?», preguntó Javier. «¿A qué te refieres?», dijo Marcos. «Al fuego», respondió Javier. «Uhmm, ¿qué ves?», volvió a preguntar Marcos. «Es subjetivo. Los chamanes dicen que en el fuego ven a los Dioses, y que todo lo que existe está vivo y por lo tanto, tiene alma. Si el alma tiene forma, debe ser como el fuego», dijo. «Entonces ves un alma», entendió Marcos. «Así es», respondió Javier. Yo los escuchaba atento mientras veía a David y a Jonathan callados, mirando absortos el fuego y, tal vez, tratando de ver lo que Javier había dicho. Por molestar, les tiré un poco de arena. «Despierten, parece que tienen una crisis de ausencia», les dije, y voltearon a verme. Les pregunté qué pensaban. David dijo que en nada, que el fuego era hipnotizante y a la vez nostálgico. Y Jonathan en Fiorella, su enamorada. Había viajado a Chiclayo con su familia, pero antes de que se vaya, habían discutido. «Uy, estás jodido, compare», dijo Javier. «Jamás hay que discutir antes de un viaje. Se tiene más tiempo para pensar las cosas», añadió. «Calla, no me ayudas», dijo Jonathan, y todos reímos. «Creo que ya es hora de dormir», dijo David al rato, y apagó el fuego echando un poco de cerveza de su lata.
Ya era sábado. Desperté temprano, saqué mi táper con queso y choclo y desayuné. Javier, quien era el único que ya estaba despierto, me invitó un poco de café que había preparado. Nos sentamos a sentir la brisa, el rumor de la playa y ver las olas que habían sonado fuertemente durante la noche. Me habló de Jimena, su ex novia, con quien había vuelto a tener un acercamiento y que era probable que retomen su relación. «Después de un año, imagínate», me dijo. «¿Crees que pueda a funcionar?», le pregunté. «Sí», afirmó, muy seguro. «Tenemos planes, cosa que antes no», añadió. «Ahí está el detalle», pensé. «Ahora vengo», le dije, y me levanté del asiento. Caminé por la orilla húmeda, llena de ramas y algas, hasta llegar al monte, viendo mis pasos dejar huella en la arena y desaparecer. Luego, fui por las dunas en un camino lleno de vegetación. Cogí unas ramas de madera seca y las llevé conmigo. «Para la fogata», me dije. De regreso, caminé más cerca al mar porque el sol ya empezaba a quemar.
Al llegar, vi a Javier echado tomando sol y a los demás recién tomando desayuno. Dejé las ramas a un lado de la fogata apagada y me senté debido al cansancio. Me preguntaron a dónde había ido. «A ningún lugar», atiné a decir. Me miraron sin ganas y siguieron en lo suyo. Entré a mi carpa, me puse algo más cómodo y me eché a leer. Sin darme cuenta, me había quedado dormido. Desperté con el libro en la cara y salí debido al calor. «¿Qué hacen?», pregunté, tratando de ver entre la brisa y el sol. «Se fueron a pelotear», dijo David, señalándolos. A lo lejos, se veía a Javier, Jonathan y a Marcos corriendo detrás de la pelota, con un arco hecho de palos de madera clavados en la arena. Me acerqué a ellos y me uní al juego. El día se nos fue así, entre la arena y el mar, y también entre mucha cerveza.
Al anochecer, después de prender nuevamente la fogata, miré el cielo estrellado y recordé un pasaje del libro de Martín Adán: «Yo no creo en la astrología. Acepto que haya estrellas tristes y estrellas alegres. Hasta afirmo que las estrellas tristes son un excelente motivo de soneto catorcesílabo. Pero no creo que nuestra vida tenga relación alguna con las estrellas». Estaba de acuerdo. Cerré los ojos y cogí un puñado de arena. La dejé caer, grano por grano, mientras soplaba para que se pierda en el fuego, imaginando que cada una era una estrella que se apagaba y prendía.
El domingo, con resaca, cansados y llenos de arena, dormimos más de la cuenta. Aunque en la playa el tiempo pasa de forma distinta. Despertar temprano es inevitable debido al horizonte y el rumor del mar. El sol sale y la mañana dura eternamente. O al menos eso parecía aquel domingo. Marcos y David se habían quedado despiertos hasta tarde y fueron los últimos en salir de sus carpas. Jonathan y Javier y yo nos despertamos por inercia, y empezamos a guardar algunas cosas para dejar todo listo al momento de irnos. «Qué rápido se pasaron los días», dijo Javier. «Sí, el lunes de nuevo la rutina», agregó Jonathan, mientras doblaba su sleeping para guardarlo. «Aún tenemos este día», dije yo. «Lo que nos falta es energía», dijo Javier, y reímos. David y Marcos seguían durmiendo pero ahora sentados en las sillas, mientras los demás seguíamos guardando todo. Llevé mis cosas al auto y regresé, y cada uno empezó a hacer lo mismo, pero como vi que todavía se iban a demorar, decidí acercarme a la playa.
Me encontraba sentado en la orilla viendo el mar ir y venir en un intento de querer llegar hacia mí, y entonces vibró mi bolsillo derecho. Saqué mi celular y leí el mensaje de texto: «Gabriel García Márquez ha muerto», decía. Era mi padre, quien me daba la trágica noticia del escritor al que más habíamos leído. Respondí con un: «Gracias por avisarme», y guardé el celular. Pensé en el año: 2014. Pensé en el mes: abril. Pensé en el día: jueves 17. En cuestión de segundos recordé los años del colegio cuando empecé a leer sus novelas. Recordé la universidad, las mudanzas y los viajes en los cuales sus libros me acompañaron. Y me sentí solo. De pronto, los chicos vinieron corriendo hacia el mar, empujándose, y entraron dando clavados en las olas. «Vamos, Miguel», me dijo Javier. Lo miré, extrañado. «¿Qué sucede?», me preguntó. «Nada», le dije. Me levanté, me quité el polo, puse mi celular dentro de él y corrí hacia el mar.

miércoles, 17 de julio de 2019

Fiesta

Miré la hora en el celular esperando acertar: cuatro y treinta. «Carajo», dije, no era tan tarde como creía; pero me sentía cansado, abrumado y sobre todo, fastidiado. Rebecca se había ido de la fiesta sin dirigirme la palabra y yo me encontraba en la sala tomando con un grupo de chicos y chicas que, a simple vista, ni siquiera conocía. Había un par de extranjeros que hacían pasos de baile extraños, tratando de enseñarle a una de las chicas a moverse de la misma forma, pero no lo lograron. «Necesitas más práctica, cariño», dijo uno. En ese momento Mariano se me acercó y me ofreció un pucho. «Para que despiertes, hermano», me dijo. Le hice un gesto de negación y se alejó. Me encontraba cómodo con mi botella de ron. No necesitaba más, pero la verdad, moría por irme. No quería pensar y por más que tomaba, la imagen de Rebecca mirando su celular ignorándome, mandando a su mejor amiga, Patricia, para que me diga que se iba, que no quería ni verme, me había dejado aturdido. Bueno, es cierto que la cagué, pero hay una explicación para eso.
Mi amigo Sandro, quien para ese entonces se había quedado dormido en el baño, según un amigo suyo que lo tuvo que cargar hasta la habitación, invitó a Dayana, mi ex enamorada. No le dije nada, ya que había terminado en buenos términos con ella y me daba igual si venía o no. Era una conocida más, le dije, sin roches. Pero el verdadero tema era Rebecca. Preferí no decirle nada: primer error. Y si me preguntaba algo, le diría la verdad, que Sandro la había invitado: segundo error.
Llegado las doce, vi entrar a Dayana con su amiga Jimena y las saludé amistosamente. «¿Y tu novio?», le pregunté a Dayana, como bromeando. «Idiota», me dijo. Se quedó pensando unos segundos y agregó: «Hoy lo encuentro», y reímos juntos. «Pidan lo que gusten, chicas», agregué, mientras entraban a la sala. Rebecca, en cambio, se demoró en llegar, para variar, pero esta vez fue porque Patricia se había peleado con su enamorado. «El estúpido de Luis tenía un partido de fútbol temprano y adivina qué eligió», me dijo Rebecca cuando la vi llegar con Patricia, quien me saludó casi sin verme. «No se le nota lo enojada», le respondí.
Entramos y el protocolo de siempre: un trago por aquí, otro por allá, para ti, mi amor; Patricia, toma, mañana vamos a ver el partido de Luis, no te preocupes. «Cállate, idiota», me respondió con sorna. Sin duda, esa noche fui el real idiota. Las dejé conversando y fui al pateo donde se encontraban mis amigos, pero solo encontré algunos pues la mayoría se había ido al techo a fumar su hierbita. Las consecuencias de vivir en un barrio de San Juan de Miraflores, pensé. Pero estaba Pedro, mi pataza del colegio, y me invitó de su chela. «Salud, pues, hermano», me dijo. Le devolví el gesto. «Seguro ahora bajan esos pendejos», me dijo. «Sí, no cambian», le dije. Seguimos hablando un rato y luego me acerqué a Rebecca. «¿Todo bien, amor?», le pregunté. «Sí», me dijo. «Vamos a bailar», y fuimos de la mano al centro de la sala. «Amor, me preocupa Patricia», me dijo, en pleno baile. «No es la primera vez que Luis la deja de lado», añadió. «Para algunos hombres no hay nada más importante que el fútbol», le dije. «Porque después está su equipo de fútbol, su madre, y claro, al final pero no menos importante, la enamorada», agregué, y me dio un golpe, la besé y ambos reímos.
Volvimos con Patricia, que se encontraba hablando con Mariano. Tomamos un par de shots y escuché que alguien me llamaba. Volteé y era Pedro, quien ya se encontraba con los chicos de la promoción. Volví con ellos, conversamos un rato y de pronto Óscar, otro amigo, se me acercó y me dijo: «Huevón, no sabía que conocías a Dayana». Y ella apareció a su lado. «Yo no sabía que tú lo conocías, nosotros estuvimos juntos hace años», le dijo. «Ah, vaya, se lo tenían guardadito», dijo Óscar. «Él se mudó a mi residencia hace poco, y en una reu lo conocí, no sabía que ustedes eran promoción», dijo Dayana. «El mundo es muy pequeño», respondí, mirando a los lados, sabiendo que esa situación podría traerme problemas. Repito, no tenía ningún problema con que Dayana haya venido, pero tampoco quería verme cerca a ella. «Ya vengo», les dije, y regresé donde Rebecca. «Amor, dónde estabas, Mariano dice que más tarde vienen sus amigos de intercambio», me dijo. «Ah, ¿sí?», dije, mirando fijamente a Mariano, porque no me había dicho nada. «Sí, hermano, esa gente es la cagada, ya los conocerás», respondió, y se fue. Rebecca se me acercó y estuvimos abrazados por un momento, viendo cómo la gente se divertía. Al rato, al ver nuestras copas vacías, fuimos a la mesa a preparar unos tragos. Le serví uno de sus tragos favoritos, un chilcano de Maracuyá. Brindamos y bebimos. De pronto, se acercó Dayana con Jimena. Yo me quedé helado. «¿Podemos?», preguntó Jimena, yo moví la cabeza afirmando, y se sirvieron dos vasos. Rebecca me tenía abrazado de la cadera. No dijo ni una palabra pero sentí la presión de sus manos. Y se fueron. Rebeca volteó y me miró con los ojos bien abiertos. «¿Qué hace ella aquí?», preguntó, con un tono de voz que ya conocía bien. «Alguien la habrá invitado», dije, nervioso. «¿Quién?», volvió a preguntar, asediándome. «No lo sé, no lo sé», dije. «Tal vez Mariano o Sandro», agregué. «Entonces sí sabías», repitió. «O sea, sí, pero no me acordaba, tal vez lo mencionó, pero no le tomé importancia», dije, demostrando, una vez más, mi nerviosismo. No me culpen, tenía muchas cosas en la cabeza y no pude lidiar con la situación. «Ya, Mateo, sabes, me tengo que ir», dijo. «Carajo», pensé. Me agarró frío y lo primero que hice fue sostenerle la mano. Ella me la soltó. Entonces, me acerqué y traté de darle un beso, que esquivó sutilmente. Y se fue donde Patricia. «La cagué», pensé, o lo dije, no lo supe en ese momento pues la bulla empezó a sonar más fuerte y la gente parecía entrar al clímax de la noche. Yo, en cambio, había metido la pata. Pude haber hecho algo al respecto, pero, sinceramente, o estúpidamente, no le tome importancia. Hasta que pasó.
Mariano se me acercó, sin saber lo que había sucedido, y me dijo que sus amigos de intercambio habían llegado. Por lo distraído que estaba, solo le hice un gesto mientras trataba de buscar a Rebeca con la mirada, y vi que un grupo de desconocidos entraban y saludaban a Mariano. Fui a la mesa y me serví un vaso de ron. Me apoyé a un lado mientras tomaba y pensaba qué hacer. Óscar fue a la mesa a servirse un trago y me vio a un lado, y no sé qué cara habré tenido para que me preguntara si pasaba algo. Le conté, en pocas palabras, lo de Dayana y Rebecca, y solo atinó a decirme: «Hermano, estás jodido», con su típica vocecita burlona. «Gracias, no me había dado cuenta», le dije, y empezó a reír. «Bueno, hablaré con Dayana entonces», me dijo. «No es necesario, ella no es el problema. Yo sí», le dije. Me dio unos palmos en la espalda, cogió su trago y me dijo: «Cualquier cosa estaré con la promo», y se fue.
Al otro lado de la sala vi a Rebecca con Patricia y otras chicas que no conocía. No quise perderla de vista, por si se iba, como me había dicho. Hasta que vi que cogió sus cosas del mueble donde las había dejado. Entonces, no lo pensé y fui a hablarle, pero en el camino me interrumpió Patricia, y fue ahí que me dijo: «Ni te acerques, por ahora no quiere verte ni hablar contigo». Yo la escuchaba aturdido y miraba por encima de ella a Rebecca, quien estaba concentrada escribiendo en su celular. «Nuestro taxi ya está cerca, y mejor, yo tampoco tengo ganas de estar aquí», siguió, y la miré. «Así que mejor déjala en paz, Mateo», añadió. «Vamos, Patricia, déjame hablar con ella», le dije. «No, lo siento, ya sabes cómo se pone, en serio, es mejor así, por ahora», me dijo. «Además, te lo mereces, por idiota, cómo se te ocurre...», añadió, y se fue. No pude decir nada contra ello.
Vi que salieron y se subieron al taxi. Rebeca ni siquiera volteó a verme. En ese momento supe que la había cagado bien. Ofuscado, tenso, regresé a la mesa y abrí una botella de ron. Y heme aquí. En verdad, ya quiero que todo acabe, nada salió como lo había planeado. Envidio cómo la gente se divierte, bebe y baila sin preocupaciones. Saben, quisiera irme, lamentablemente, es mi casa.

viernes, 10 de mayo de 2019

Departir

Desde un rincón de la habitación se podía ver el fuego del encendedor de Ricardo. Azul, amarillo, naranja, azul de nuevo. Y lo apagaba. No dejaba de jugar con él haciendo sonar la tapa metálica cada vez que lo abría. Una y otra vez. «Ya basta», le dijo Luis un rato después. Ricardo se volvió hacia él, frunció el ceño y lo guardó en su bolsillo. Luis había traído algo especial para la reunión. «De catálogo», dijo, y volteó a ver a Hernández, el dueño de la casa, cuyos padres habían viajado a Colombia y por lo tanto tendría la libertad de hacer lo que quisiera, al menos ese fin de semana. 
Yo había ido con César y Nicólas. Nos habíamos encontrado en la estación Ayacucho a las nueve de la noche para empezar con las previas. Al llegar, Hernández abrió la puerta de su cochera, miró a ambos lados y nos hizo pasar. Ricardo y Luis ya se encontraban allí. 
La habitación se había llenado de humo. Hernández fumaba y se echaba en su mueble, abriendo los brazos y las piernas. «Esto es vida», decía. «Esto es vida, carajo», repitió, y se lo entregaba a Luis, quien probaba un poco para luego dárselo a Ricardo. Luego pasó por Nicolás, de ahí por César y al final por mí. Hernández preguntó la hora. «Son las once», dijo Ricardo. «Mierda, la gente ya debe estar viniendo», respondió Hernández, y fuimos a la sala.
Abrimos unas latas cervezas, pusimos la música, y Hernández se encargó de compartir lo que poco que quedaba de su porro. Al cabo de un rato sonó el timbre. Nicolás me codeó. «Mira quién llegó», me dijo, y vi entrar a Adriana, Jimena y Camila. Pero él lo decía por Jimena. No la había visto desde la fiesta de fin de finales. Me levanté con los chicos, me saludó con una sonrisa, al igual que sus amigas, y se sentaron al frente de nosotros. Un momento después, Luis me hizo un gesto señalando la cocina. Lo seguí. Abrió la nevera y sacó el hielo. Mientras preparaba el ron, me preguntó por Jimena. «¿Sigues en algo con ella?», dijo, de pronto. «No», respondí, un poco desconfiado. «Mira, es que he estado hablando con ella estos días, yo la invité a la reunión de hoy», me dijo. Me sorprendió su sinceridad. Él sabía lo que había pasado ese día en la fiesta, pero seguro también sabía que después de eso ella y yo no habíamos hablado. «Quería que lo sepas para que no hayan malentendidos», me dijo, y me sirvió un vaso. «¿Falta ron?», agregó. «Está bien, no te preocupes», respondí. «Y sí, le falta un poco», añadí, y salí de la cocina.
César hablaba con Adriana y Camila, al parecer habían llevado clases juntos cuando al llegar escuché lo mucho que habían sufrido con el curso de Finanzas. «El profesor no tenía piedad en los exámenes», oí decir a Camila. «Recuerdo que el día del final no dormí nada», replicó César. Me uní a la conversación contando también mi experiencia en ese curso. 
Un rato después volteé a ver a Jimena. Se encontraba sentada en el mueble mirando el celular. Luis llegó con una jarra de ron y le sirvió un poco. Ella bebió, lo miró, y luego volteó a verme. No presté atención, tampoco me incomodaba. Lo que había pasado esa noche no debió pasar, y tal vez por eso no lo hablamos y todo quedó como una resaca más entre amigos. Entre amigos que dejaron de hablarse.
Camila me despertó del trance, levantando su vaso y diciendo salud, junto a César y Adriana. Chocamos los vasos y bebimos, celebrando, nuevamente, el fin de otro ciclo en la universidad. 
Hernández no dejaba de sacar botellas del bar de sus padres, haciendo que todos beban un poco, y como un loco gritaba las canciones que sonaban en el parlante. Solo nosotros sabíamos el por qué de su estado. Nicolás y Ricardo se encontraban con unos amigos de la selección de fútbol, quienes habían llegado con un grupo de amigas de la facultad. Mientras yo hablaba con Camila, veía a Luis bailar con Jimena. Ella me miraba de reojo y luego se acercaba a Luis, y yo volvía a mirar a Camila. «¿Y qué planes estas vacaciones?», me preguntaba. Yo le contaba mis futuras actividades, así como ella. Al voltear, vimos a Adriana bailar con César. Y entonces Camila me confesó un secreto. «A Adriana le gusta tu amigo», me dijo. «¿En serio?», pregunté, sorprendido, y volteé a verlos. «Sí, por eso quiso venir», me dijo. «No le vayas a decir nada, ah», añadió. Yo reí. «No te preocupes», le dije. Camila era linda, pero sobre todo, muy alegre y divertida. Habíamos hablado muy poco en la facultad, pero siempre con simpatía las veces que nos encontrábamos, como ahora. Tenía el rostro limpio y los ojos tímidos, y cuando sonreía era inevitable sonreír también. La conversación se había tornado curiosa. Me dijo que el día de la fiesta de fin de finales me había visto con César cerca de su casa. «¿En el grifo?», le pregunté. «Sí», respondió ella. «Yo estaba con Jimena…», dijo, y se quedó callada. «Ah, Jimena, sí», respondí. «Descuida, yo sé lo que pasó», me dijo. «Nos viste», dije. «Algo así…», respondió. «No debió pasar, éramos amigos y después de eso dejamos de hablarnos», le dije, sincerándome. «También me pasó con un amigo que conocía desde el primer ciclo», dijo. «Pensé que hablaríamos de eso, pero luego me enteré que... ¡tenía enamorada!», añadió. «¿Y tú no lo sabías?», pregunté. «¡No!, y eso es lo que más me jode: que nunca me contó nada», respondió. «Entonces no era tu amigo», le dije. «Parece que no», respondió.
Nicolás se acercó y me llamó. Le dije a Camila que volvería en un momento. En el pasadizo me dijo que había visto cómo Luis intentaba besar a Jimena. «¿Y?», le pregunté. «Pensé que tú y Jimena tenían algo», me dijo, confundido. «No», le dije. «Creo que ellos están saliendo o algo parecido», añadí. «Bueno», dijo Nicolás. «Igual, me avisas si haces algo», siguió. «¿Algo como qué?», le pregunté. «No sé, algo como agarrarlo a golpes, nunca me cayó bien ese fumón», dijo. Solté una carcajada. «Tranquilo, no pasa nada», le dije palmeando sus hombros, y regresé a la sala.
Camila se encontraba hablando con una amiga que llegó con el grupo de chicos que jugaban fútbol. Se fue al verme llegar donde Camila, saludándome y riendo un poco. «¿Qué fue tan gracioso?», le pregunté. «Nada, nada, mi amiga está loca», respondió Camila. Me serví un poco de ron y a ella también. «¿Y no te gusta bailar?», me preguntó, un momento después. «Claro que sí», le dije. «Entonces, vamos», respondió, y me agarró de la mano llevándome al centro de la sala en donde se encontraban todos bailando. Yo intentaba seguir el ritmo de ella, porque le había dicho que me gustaba bailar, mas no que sabía hacerlo. De pronto alguien cambió la música a mitad de canción, la gente protestó, pero a mí me salvó de hacer el ridículo. Nos sentamos. Camila empezó a bromear con mis pasos, reía y reía y a mí me causaba más risa. Fue entonces que al voltear vi a Jimena mirándome, mientras Luis preparaba más ron. Me miraba indignada, como si dijera que qué hacía hablando con su mejor amiga. No quise pensar eso, pero Camila lo advirtió al voltear y yo me di cuenta. Como quien cambia de tema, me dijo que tenía que hacer una llamada y que tenía que salir debido a la bulla. La acompañé y salimos. Ella llamó a alguien, habló unos segundos y luego colgó. «¿Todo bien?», le pregunté. Asintió con la cabeza y se acomodó el cabello. «Necesitaba un poco de aire», me dijo. «Yo también, estoy allí desde temprano con los chicos», acote.
Al cabo de un rato decidimos entrar. Abrimos la puerta y en el pasadizo nos encontramos con Jimena. Los tres nos quedamos mirando. Yo pasé de frente y Camila quiso hacer lo mismo, pero Jimena la cogió del brazo y le hizo un gesto de duda. Camila no entendió y siguió detrás de mí. Luis llegó y se quedó con Jimena. Le preguntó algo que no llegamos a oír. Nos sentamos donde estábamos y nos quedamos callados. Camila, de pronto, me dijo que parece que Jimena se encontraba incómoda por verme conmigo. Le dije que no había por qué. Ella asintió, callada, pero intentó no perder la sonrisa. Yo le sonreí, y la saqué a bailar. Bailamos por un buen rato, o al menos eso yo intentaba. 
Hernández paró la música, levantó con la mano una botella de pisco y gritó que era hora de ir a la azotea. «¡Síganme los buenos!», dijo, y algunos empezaron a subir detrás de él. Camila me miró, me hizo un gesto para subir y fuimos detrás de todos.
Estábamos en el cuarto piso. Había un patio enorme, con luces y bancas a los costados, y al frente, un parque en forma de triángulo. Me senté con Camila con vista al parque. Ya era de madrugada, no había gente en la calle, y empezamos a contar a los pocos que pasaban, y apostamos que el que perdía, se bebía un shot de pisco. Tomé cerca de cuatro shots, mi vista no era la misma ya hace un buen tiempo y Camila parecía ver a lo lejos a varias parejas sentadas en los bordes del parque. «No me gusta este juego», le dije, aturdido, y ella no dejaba de reír. 
Fuimos a la cocina en busca de agua. El pisco había causado en mí sensaciones que, combinado con lo que había traído Luis, no podía controlar. «Toma», me dijo Camila. Y bebí y bebí. Ella hizo lo mismo, y nos sentamos un momento. «Gracias», le dije. «Me salvaste, ah», añadí enseguida. «Fue gracioso ganarte, así que te debía al menos eso», me dijo.
De pronto, al mirar por la escalera, vimos a César besándose con Adriana. Camila se rió. «Se le hizo a mi amiga», dijo. Yo reí junto a ella. Había menos gente en la azotea. La mayoría había bajado debido al frío. Camila se apoyó a mi lado y yo hice lo mismo. Me miró sonriendo, sin saber qué decir. Yo cerré los ojos y sentí sus labios en los míos. Luego, sus manos cogieron mis mejillas. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo no pensaba en nada, y todavía me cuesta recordar lo que pasó después. Según César, Jimena subió con Luis buscando a sus amigas para irse, y cuando me vio besándome con Camila, no dijo nada y se fue, dejándolas a su suerte. Adriana había ido al baño y César no le dijo nada a Jimena, por eso cuando Adriana salió, recién le dijo lo que había pasado. Después de eso, me dijo que acompañamos a las chicas a esperar su taxi, y que luego volvimos a casa. Ya no había casi nadie y nos dormimos en la sala hasta que amaneció. «Y así fue», me dijo, echando un poco del ron que quedaba a su café. Yo miré la hora en mi celular: las diez de la mañana. Tenía algunos mensajes de Camila diciéndome que habían llegado bien. Le dije a César que era hora de irnos. Buscó a Hernández en su habitación. No lo encontró. Se había quedado dormido en la hamaca de la azotea. Prefirió no despertarlo y salimos. «Oye, Hernán», me dijo César. «¿Y ahora qué vas a hacer?», me preguntó. «¿Sobre qué?», le dije. «Sobre tú y Camila», respondió. Me quedé pensando. «No lo sé», le dije. «Aún no hablamos», añadí. César rió. «Pues hablen, departan, conversen», me dijo, y levantó la mano para parar un taxi.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Amigos

Movía de un lado a otro el vaso que sostenía con la mano jugando a que no se rebalse la cerveza sobre la mesa. La espuma, como una ola en la orilla, rozaba el borde y regresaba al centro del vaso.
—¿Nos vamos? —preguntó Romina.
—Sí, mejor —respondió él, como despertando del juego.
La gente seguía en su trance, bebiendo, conversando, bailando. Romina salió con Fernando esquivando el gentío. La noche había ofrecido el ambiente perfecto como para ir a embriagarse, bailar y olvidar los problemas de la semana, del mes, del año. Pero la pesadez pudo más y decidieron irse tan solo media hora después de haber llegado.
—Vamos a tu casa, me ha dado hambre —sugirió Romina.
—¿Cuándo no tienes hambre? —preguntó Fernando, riendo.
—Ya, no jodas, vamos —insistió Romina.
Fernando asintió y pidieron un taxi desde un aplicativo en el celular de Romina. Unos minutos después llegó un carro con la placa que buscaban y subieron. Romina empezó a responder algunos mensajes de su celular y Fernando miraba a través de la ventana. Pensaba. La salida había terminado más temprano de lo previsto, pero no se sentían incómodos. Al contrario, se divertían pasando tiempo juntos. Se conocían desde el colegio y desde entonces habían sido inseparables. Fernando recordó que entre ellos habían desfilado novios, novias, salientes y todo tipo de personas que intentaron, en ocasiones, por los celos, terminar con su amistad. Pero al final, implacables, allí seguían ellos, recordando y riendo de todas las situaciones que vivieron y que nadie más sabía.
Al llegar, Fernando sacó su llave y abrió la puerta. Romina se dirigió a la cocina y calentó una pizza que encontró, como si fuera su casa.
—Trae algunas latas —dijo Fernando—. Aún tengo sed.
—Eso estaba a punto de hacer —acotó Romina, abriendo el frigobar.
Se sentaron en el mueble con las cosas en la mesa. La sala era pequeña, algo desordenada, pero Romina ya estaba acostumbrada a verla de ese modo que solo atinó a decir, nuevamente: «Bonito tu cuchitril».
—Hoy no me puso Rachanga. ¿O éramos nosotros? —dijo Romina antes de empezar a comer una tajada de pizza.
—Éramos nosotros —respondió Fernando.
—¿Estás diciendo que ya hemos perdido las ganas de tomar?
—No, eso nunca.
—¿Entonces?
—Hemos perdido las ganas de conocer gente nueva.
Romina lo miró, dejó la pizza en la mesa y dijo:
—Ya, Fernando, no empieces.
—¿Qué cosa? Es la verdad.
—No me digas que sigues pensando en Raquel.
—Ja, ja, ja, ¿pero qué tiene que ver Raquel? No me refería a eso. Además, ya no sé nada de ella.
—Claro que sí, te presento amigas y no te animas a salir con ellas.
Fernando la miró, suspicaz, y respondió como solía hacerlo cuando hablaban de estos temas.
—No tiene nada que ver con Raquel, es solo que tus amigas están locas. Y tú también. Y no me hagas hablar de Mario, el pobre no merecía lo que le hiciste.
Romina soltó una risotada y lo empujó.
—Por favor, sabes bien que él me engañó. Ay, ya, mejor no digo nada de lo que tú haces porque sales perdiendo.
Fernando rió y tomó otro sorbo de cerveza. Se levantó y puso algo de música.
—Hablando en serio, hace tiempo que no salimos con nadie —dijo Fernando al regresar al mueble.
—Yo soy la que no ha salido con nadie. Eres tú el que no se aburre de salir con varias chicas.
—Ya pasaron más de dos meses de la última chica con la que salí. Y no la volví a ver desde entonces.
—¿Y qué pasó? Sí la recuerdo, era linda. ¿cómo se llamaba?
—Sabina. 
—La de cabello corto, ¿no?
—Sí. Y nada, nos llevábamos bien pero no había ese «algo».
—¿Emoción, atracción?
—No estoy seguro. Solo no tenía ganas de nada.
—Siempre dices eso.
—Pero es cierto.
Fernando la miró y le preguntó:
—¿No te ha pasado?
—¿Qué cosa? 
—Aburrirte de todo. Hasta de la gente.
—Me aburrí de Joel, se creía vivo el muy idiota. Solo me buscaba para ya sabes qué.
—No hablo de alguien en específico. 
—Sé a lo que te refieres. Pero es normal, supongo. Hemos intentado con varias personas desde que nos conocemos y henos aquí, tomando cerveza, comiendo y reflexionando sobre nuestros fracasos.
—La cuestión es clara. Lo he estado pensando ya hace buen tiempo. He perdido el asombro.
—Me consta, te digo. Pero también ha sido tu culpa. A mi amiga Julia le gustabas mucho, no dejaba de preguntar por ti. Y tú ni cuenta te dabas.
—Exacto, no era mi intención. Si mi asombro fuera el mismo, mi entusiasmo por verla hubiera seguido.
—Yo digo que eres un distraído, o un idiota.
—También lo he considerado. No me gustaría que fuera eso, pero es posible. Yo, el idiota, lidiando con cosas sin sentido.
—Fernando.
—¿Qué?
—¿Te vas a terminar esa pizza?
—Sí.
Romina lo miró con cara de cólera y con tristeza al ver cómo Fernando se terminaba la última tajada de pizza.
—¿Y qué sabes de Mario? —preguntó Fernando, limpiándose con una servilleta.
—Ay, ya no me hables de ese tipo.
—Me caía muy bien, más que los otros chicos que me presentaste.
—Sí, pero era un pendejo.
—Lástima.
—Ay, no me hagas reír porque tú también lo eres.
—Pruebas.
Romina levantó el dedo señalándolo y se quedó callada.
—¿Lo ves? —se defendió Fernando.
—Bueno, te gusta ilusionar a las chicas que te presento.
—Claro que no. Solo soy amable y ellas también lo son. No digo nada fuera de lugar.
—Eso no quita que no seas coqueto. 
—Yo no me siento coqueto. Tú eres la coqueta. Siempre que conozco a alguien quieres que te lo presente.
—Si es guapo, sí.
Fernando dio una risotada.
—¿Adónde iremos a parar? —dijo, riendo.
—No lo sé, pero siempre y cuando no salgas con chicas como Elisabeth, que detestaba que te veas conmigo, todo estará bien.
—Es cierto, era un poco celosa.
—¿Un poco? Por favor, papito, si no dejaba de stalkearme. Un día se le escapó un like en una foto de mi Instagram de hace años, qué roche.
—Es que tenemos muchas fotos juntos, pues.
—Lo sé, pero era una desconfiada total. Cuando salíamos juntos me miraba con una cara.
—Ya olvídalo. Yo tampoco lo soporté y por eso terminamos.
—Gracias.
—De nada.
El celular de Romina empezó a sonar. Era Silvana. Habló un rato con ella y colgó.
—¿Quién era? —preguntó Fernando.
—Silvana, me preguntó en dónde estaba. Acaba de llegar a Rachanga, pensó que nos vería allí. Olvidé decirle que nos fuimos.
—¿Y ahora?
—Nada, no pienso volver. Qué flojera. Además me ha dicho que ha visto a Javier.
—¿El de la barba?
—Ese mismo. Me dijo para vernos la semana pasada y le dije que no, pero insistió tanto que tuve que bloquearlo.
—Los vuelves locos, pues. Bueno, está bien...
—Sí, pero, ¿por qué preguntas? No me digas que quieres ver a Silvana. Ya perdiste tu oportunidad hace tiempo, ah.
Fernando la miró entrecerrando los ojos y dijo: «Solo pregunto».
—Es broma, me dijo que quería verte —respondió Romina riendo.
—¿En serio?
—Sí. Está soltera y no está saliendo con nadie.
Fernando recordó a Silvana. Un amiga de ambos de la universidad. Hubo un tiempo que se hablaba mucho con ella pero luego él estuvo con Elisabeth y Silvana con Roberto, un estudiante de arquitectura.
—Le voy a escribir —dijo Fernando.
—Nunca es tarde —respondió Romina.
—A veces sí —acotó Fernando, abriendo otra lata de cerveza moviéndola de lado a lado haciendo rodar la espuma por el borde de la lata. Romina hizo lo mismo y brindaron por el simple hecho de estar allí, de seguir allí.

jueves, 22 de febrero de 2018

Los incautos

Sonó la alarma que anunciaba la salida y, en fila india, después de guardar sus cosas casi por instinto, empezaron a salir. Al bajar por las escaleras, en medio de empujones y alaridos, Castillo y Bustinza susurraban frases de duda entre ellos, mientras Palomino y Aráoz, como apadrinadores, colocaban sus manos, una en cada lado, en los hombros duros y tensos de Zevallos. Era viernes, y aunque todos se sentían enérgicos por la llegada del fin de semana, esta vez se debía por otro motivo. 
«Sácale la mierda», fue lo primero que le dijo Rebatta al encontrarse con Zevallos en el primer piso, antes de salir por la puerta principal. Rebatta solía meterse en problemas, faltaba a clases, no cumplía con las tareas, pero era leal, y era imposible que no vaya con ellos, a pesar de que el director había intentado, sin éxito alguno, retenerlo justo antes de la salida por un tema de faltas. 
Ya en la calle, después de que se juntaron todos en el quiosco de la señora Graciela, caminaron en grupo hasta la avenida Los Villanos y cruzaron inquietos el puente peatonal. Al lado de ellos, también en grupo, caminaban los de quinto, despreocupados, mirándolos de reojo y apadrinando a su representante, el serrano Paucar. Días atrás habían pautado la pelea después de un intercambio de palabras y empujones en un partido de fútbol debido a una jugada entre Paucar y Zevallos. En un intento por llegar al balón, ambos cayeron en el área y, al momento de levantarse, empezaron a insultarse y a darse empujones. Varios fueron a separarlos para luego pautar, los días siguientes, entre gritos y amenazas en los recreos o en los baños, la pelea. 
«Se cree pendejo», vociferó Zevallos, unas cuadras antes de llegar al parque Estrada, lugar donde se daría el encuentro. Detrás de él lo seguían Rebatta, Palomino y Aráoz, que murmuraban frases toscas, despectivas y desafiantes hacia los de quinto. Peralta, quien en un inicio había dudado en ir, al final se decidió para evitar el oprobio del que ya era víctima. Venía junto con Castillo, quien tuvo que mentirle a Daniela para no acompañarla ese día a su casa con la excusa de que irían a jugar fútbol. Y Bustinza, que había hecho lo mismo que Castillo, pero más por obligación porque le había costado mucho estar con Raquel y temía perder su confianza de esta manera. Sin embargo, ese era el acuerdo: habían procurado que las mujeres del salón no se enteraran, porque, como en otras ocasiones, habrían intentado evitarlo. 
De pronto, al llegar al encuentro, una multitud vestida con los mismos colores se había instalado en los alrededores del parque. Alumnos de segundo, tercero y cuarto estaban a la expectativa. Era evidente que se había corrido la voz de que uno de cuarto se iba a pelear con uno de quinto. Para ese momento todos ya se habrían enterado, sobre todo las mujeres del salón. Sin embargo, ya no pensaron en eso y no los intimidó la gente ni la bulla, estaban decididos a acompañar a Zevallos a sacar cara por el salón. Nadie se metería. Pero más gente del colegio empezó a llegar y los vecinos salieron de sus casas, confundidos, sin saber lo que pasaba. 
«Allá vienen», dijo Palomino, señalando a los de quinto, quienes se habían tardado a la espera de otros amigos. Zevallos, al ver que se acercaban, en un arrebato de provocación tiró su mochila junto a la de los demás, se quitó el polo y se quedó en short y zapatillas. Detrás de él estaba Rebata, Palomino y Aráoz, cuidando las cosas. Y a los lados, como espectadores, Peralta, Bustinza y Castillo, junto a otros alumnos más del salón y del colegio. 
«Pendejo te crees, serrano», le gritó Zevallos, provocando la ira de Paucar. Este salió de entre sus amigos y se acercó sin decir nada, levantando los puños y cubriéndose la cara. Zevallos daba vueltas alrededor de él, mirándolo fijamente. «Ya te cagaste, chibolo huevón», dijo Paucar, de pronto, escupiendo a un lado, y los golpes empezaron precipitados y torpes. Acertaban y fallaban, pero nadie parecía ceder, entonces se agarraron y cayeron en el pasto, se revolcaron dándose golpes y se levantaron limpiándose un poco el cuerpo. Cuando de pronto, al frente de ellos, dos autos frenaron de golpe en la acera, haciendo bulla con sus sirenas. Los alumnos de otros salones empezaron a correr. Rebata gritó: «La policía». Zevallos se miró con el serrano llegando a una tregua silenciosa, y de inmediato levantaron sus mochilas y empezaron a correr, torpemente, empujándose, cada uno por su lado y con su gente. 
Algunos se escaparon por el puente que daba con la estación del tren, otros por la avenida tomando los colectivos o por las calles angostas que lindaban con el parque. La policía empezó a coger a cualquier alumno que vestía el uniforme del colegio y a golpearlos con los bastones si hacía falta. 
«Auch, mi brazo, pero yo no hice nada, jefe, suélteme, ya, cállese, dese vuelta, pero jefe, quieto, me duele, maldita sea, el serrano escapó, qué, nada, jefe, suba, suba, vamos a la comisaria, ya, ya, ya perdí, pero me invita su Inka Kola, solo un poco, mira, chapa a ese, quiere escapar, suélteme, la puta madre, qué dijiste, nada, jefe, nada». 
Palomino vio cómo se llevaban a algunos y gritó: «Corre, corre, ahí vienen». Aráoz corrió hacia el puente peatonal, subió las largas escaleras y miró atrás: «Los perdí», pensó. Al bajar del otro lado, cruzó la avenida, llegó al parque y se sacó la casaca color verde que lo podía inculpar. Y caminó, más tranquilo, pensando: «Y si obligan a Zevallos a confesar y da nombres, nos pueden botar del colegio, no, no creo, no se atrevería, pero seguro Peralta confiesa, ese es un maricón, siempre tiene miedo, aunque Rebatta no lo dejaría, le sacaría su mierda, aunque igual él ya está jodido, mejor me olvido de esto, me iré a mi casa, dormiré, el lunes se sabrá todo». 
En una esquina, después de haber corrido muchas cuadras, Palomino encontró a su prima Eloísa conversando con una de sus amigas. «Se los llevaron», le dijo, agitado, intentando respirar. «¿A quiénes?», preguntó su prima, preocupada. «Se los llevaron, se los llevaron», repitió. «A quienes», gritó Lucia. «A los de mi salón y a otros alumnos», dijo, señalando la avenida, tomando aire. «Vino la policía en plena pelea y se llevaron a todos», culminó. 
Castillo y Bustinza corrieron por las calles y entraron a una tienda, se escondieron hasta que el alboroto pasó. «¿Ya se fueron?», preguntó Bustinza. «Sí, vamos», dijo Castillo, después de varios minutos allí dentro. Salieron mirando a todas partes y caminaron a paso ligero a sus casas, más preocupados por lo que pasaría con Daniela y Raquel cuando se llegaran a enterar que también estuvieron implicados y, peor, que por esa razón les habían mentido. «Ya se jodió todo», dijo Castillo. «No, cállate, iré ahora mismo donde Raquel», balbuceó Bustinza. «La cagarías peor, sabe que estás con nosotros», respondió Castillo, molesto y angustiado a la vez. «Vamos nomas, el lunes se sabrá». 
Rebatta miraba a los dos policías sentados adelante, conduciendo hacia la comisaría. «Nos jodimos», pensó, tomando la gaseosa que le pidió a uno. Peralta temblaba. «Pero jefe, yo no hice nada». Rebatta le tiró un codazo, diciéndole que se calle. Peralta bajó la mirada, resignado. Zevallos no decía nada, miraba por la ventana y se limpiaba la sangre de los labios, pensando con rabia en el serrano. «Colegio García Romero», dijo el policía, de pronto. «Ya se jodieron, llamaremos a sus auxiliares y a su director». «Esto les pasa por hacer huevadas», añadió el policía que conducía. 
El lunes siguiente, en la formación, Rebatta, Zevallos y Peralta se encontraban al frente de todos, al lado de los profesores y del director. «No podemos dejar que el nombre del colegio se manche por actitudes callejeras», decía el director, serio, y su voz se oía a través de los parlantes. «El viernes hubo una pelea cerca de aquí entre alumnos de distintos salones». Palomino y Aráoz se miraban las caras, preocupados. «Los vecinos se alarmaron y llamaron a la policía», seguía, mientras Castillo y Bustinza miraban a sus respectivas enamoradas, pero Daniela y Raquel los ignoraban, molestas, sin voltear a sus llamados. «Y atraparon a estos alumnos en medio de la escena». Rebatta quería reírse. Peralta quería llorar. Zevallos solo miraba con rabia al serrano, que se encontraba al frente de él. «Por lo que quedarán suspendidos por una semana con el compromiso de que no volverá a ocurrir». Y todos los alumnos empezaron a hablar entre ellos, a hacer bulla, mientras los miraban con compasión, a pesar de haber sido ellos los culpables, por su llamativa presencia, del castigo. «Vayan a sus aulas», terminó el sermón el director. «Y tú, Rebatta, no te rías mucho, que de esta no te salvas».

jueves, 17 de agosto de 2017

Desván

¿No te resulta extraño? ¿No te causa desconcierto? Todo este caos, este vacío, más arquitectónico que espontáneo —pregunta y se responde así mismo—. No sé de lo qué estás hablando —responde, indiferente—. Lo sabes perfectamente: tu familia, tus amigos, tus amores, todos se han ido. ¿Qué es lo quieres? —pregunta mientras voltea a verlo, rechina los dientes y alza el mentón—. Habla de una vez. Quiero saber si estás consciente de lo que hiciste, de lo que causaste —protesta. Sé muy bien lo que hice —afirma, con cólera—. Entonces, no lo niegues —ve entrar una luz de ocaso por la ventana del desván, tiñe parte del suelo rajado—, y acepta tu desdicha por pensar que no ibas a ocasionar algún daño. Y tú quién eres para juzgarme así, por qué me reclamas todas estas cosas —pregunta, ofuscado—. Porque te conozco, y más que nadie diría yo. No puedes asegurarlo —afirma, cerrando los ojos—. Mírate —observa su rostro reflejado a través de un vidrio, las ojeras reposan debajo de sus ojos como un charco, se abren y cierran los orificios de su nariz, su respiración se impregna en el reflejo y desdibuja su rostro, lo hace borroso, indefinido—, ya no eres el mismo. ¿Qué pensaste, que revelando algunos secretos por medio de historias y personajes no ocasionarían algún daño? No, no revelé nada que ya no se sepa —se defiende. ¡Pero los pusiste en vitrina, los expusiste a un mundo del que no estaban preparados! Y ahora nadie confía en ti. Tú qué sabes. Lo sé muy bien. Te quedaste solo, sin amistades, sin amores y sin herencia. Mira en dónde pasas las noches —observa a su alrededor, encuentra un sofá viejo color carmesí, un buró con un globo terráqueo encima, unas cajas en las esquinas con unos cuantos libros y unos manuscritos—, no tienes nada. Te equivocas. ¿Qué, ahora me vas a decir que te basta lo que tienes? Recuerda a tu familia, la mansión en la que vivías, los viajes a Europa que hacías, la biblioteca que te dejó tu abuelo, las fiestas tan elegantes que se celebraban cada fin de semana y las chicas tan lindas, hijas de las amigas de tu madre, que conocías y a las cuales quisiste sin sentir nada. ¿Y tú qué puedes saber de lo que siento? —escruta con la mirada, se concentra, reniega así mismo—. Romina te extraña, le hiciste mucho daño con tus manías. ¡Que no son manías! —exclama, molesto. Bah, eres solo un egoísta y un mentiroso. Tus historias no eran solo eso que decías: fantasías, ficciones. Viste afectada tu realidad por vanidad —lo mira de soslayo, no acepta tales declaraciones, baja la mirada, abraza sus rodillas, se lamenta—, por soberbia y arrogancia. ¿Sabes algo de Delia? —interrumpe, desvía la mirada al globo terráqueo—. Se fue a Madrid, no quería seguir viviendo en el mismo país que tú. Le escribiré algo. No, ya has escrito suficiente de ella. No fue mi intención —saca una foto del cajón del buró y observa con nostalgia el rostro de ella caminando por las calles de Lima—, debí contenerme, ser más discreto. Pero no lo fuiste, y ahora ella está mejor sin ti. Y Santiago tampoco quiere verte, le das lástima, y él que te confío tanto. ¿Qué vamos hacer ahora? No puedes ir por ahí pidiendo perdón a todo el mundo después de lo que hiciste. Además, ni siquiera te arrepientes, solo buscas excusarte con argumentos que avalen tus innobles actos. David fue el más afectado, sabías lo delicado que era para él el tema de su hermana. Pero lo convertiste en un drama que no te pertenecía, pusiste en evidencia su humanidad, pero también la privacidad de su vida. Bueno, qué puedo pensar si lo mismo hiciste con tu familia, contando cómo fue que obtuvieron su fortuna, revelando un pasado corrupto que no debía salir a la luz pública. ¿Pensaste que nadie se daría cuenta de que se trataba de ellos? Tu abuelo estaría avergonzado de tener a un nieto como tú. Felizmente ya no vive para saberlo. Ah, ahora eres tú el que se avergüenza de su familia, claro, por eso lo hiciste, eres un héroe, bravo. Tus padres, tus hermanos y tu novia no tenían la culpa —se tapa los oídos para evitar oír el sermón, no lo logra, se levanta del suelo impulsándose con sus manos, se sienta en el sofá y coge una vela que encuentra dentro del cajón—, pero igual lo hiciste. Mis motivos van más allá de lo que crees. No lo entenderías —se excusa—. Lo único que sé es que perdiste a la gente que te quería, dime ahora ¿valió la pena? No respondas, sé muy bien lo que dirías —lo ve prender la vela con un fósforo, lo coloca en el buró, alumbra el reducido espacio, afuera ya es de noche—, que sí. Lo sé porque tus delirios son los míos, lo sé porque estuve allí y no pude evitar que lo hagas, que expongas, de manera casi total, la vida de los demás. Cambiar los nombres, los lugares y las fechas no iba a funcionarte siempre. Meterte con las historias de tus más allegados amigos, de tu novia y tus amantes, de tu familia, revelar sus secretos, contar tu experiencia al lado de ellos, recrearlos de manera fiel y contar lo que pensabas de cada uno sin dejar nada a la imaginación, sin filtros, sin escrúpulos, sin remordimiento, ¿te parece poco? Entra una ráfaga de viento por la ventana que compromete el fuego de la vela y lo apaga, toscamente, dejando ver el humo. Busca otro fósforo y la vuelve a prender, el azul naranja crece, el desván se ilumina de esquina a esquina y descubre que está solo, que no hay nadie más que él.

jueves, 15 de junio de 2017

El balón

Los primeros minutos de la mañana, antes de empezar la formación, lo aprovechábamos jugando fútbol en el campo del medio con una botella de plástico; sin embargo, ese día nadie llevó una. 
Sabíamos que en cualquier momento bajaría de su oficina el Director del colegio —un oficial del ejército peruano que vestía un traje con varias distinciones pegadas a la altura del hombro— junto a los docentes y los auxiliares para realizar la rutina de la formación que, después de tantos años, nos parecía absurda. “¡Firmes! ¡Descanso! ¡Atención!”, eran las órdenes que recibíamos por parte del auxiliar para alinearnos y estar atentos, como dictaba la última frase.
Luego de que izaran la bandera, empezaba a oírse el sonido de las trompetas a través de los parlantes para cantar el himno nacional, colocando la mano en el pecho, a la altura del corazón —acto de solidaridad creado por futbolistas peruanos en el mundial de México 70’ en memoria de las víctimas por una tragedia ocurrida en aquel entonces—, para luego gritar: “¡Viva el Perú! ¡Viva!”, demostrando así lo patriotas que éramos. Acto seguido, sonaba el tedioso himno del colegio que, me temo, ya no recuerdo bien la letra, y, antes de escuchar las palabras del Director, nos persignábamos para rezar un padre nuestro y un ave maría. El ritual se repetía todas las mañanas, de lunes a viernes, de la misma manera, o tal vez en distinto orden, para al final gritar tres veces el lema del colegio: “Trabajo, amor y disciplina”, y pasar a retirarnos a nuestros respectivos salones.
Era otoño, aunque no podría precisarlo; vestíamos camisas blancas, pantalones grises y llevábamos las chompas amarradas a la cadera por si algún viento fuerte llegaba. Los primeros en llegar temprano elegían a los integrantes de su equipo señalando a los que estuvieran ahí sin importar qué tan buenos o malos fueran, con el único afán de aprovechar el tiempo y divertirnos. Roberto nos dijo que buscáramos una botella de plástico para usarla de balón, pues ese día no nos tocaba Educación Física y no contábamos con uno. Nos apresuramos porque solo nos quedaba diez minutos antes iniciar la formación. Fuimos al quiosco, una pequeña tienda que quedaba al lado de la puerta principal, pero estaba cerrado, buscamos en los almacenes de limpieza pero ya se habían llevado todo. Entonces, al no encontrar una botella, vimos, cerca de donde construían nuevos salones, un grumo de yeso o de cemento, mezclado con trozos de botellas de plástico, piedras, periódicos y bolsas. Al ser lo único en tener forma esférica, aunque era casi como un puño, decidimos usarlo para empezar el partido. No pesaba mucho, pero sí más que un balón normal, y al patearla, debido al grueso de la punta de nuestros zapatos escolares, no nos hacía daño.
El juego inició sin problemas. Corríamos detrás de ese balón improvisado dándonos empujones y golpeándonos, con la intención de clavarlo en el arco contrario —que en este caso era cualquiera— a pesar de que, debido a su forma, de dimensiones inexactas, solo iba arrastrado por los suelos. Fue entonces que el objeto llegó al arco en cámara lenta tras un mal tiro, y el portero, al ver que venían varios a su área, lo cogió con las manos para gritar: "¡Salimos!", lanzando ese balón hecho de yeso y de otras cosas más por los aires. Parecía un meteorito dando vueltas y serpenteando los trozos de papel periódico y de bolsas que tenía incrustado. Debido al peso y a la forma extraña que tenía, descendió con rapidez e impactó en la cabeza de Juan, empujándolo de cara al suelo y rompiendo sus lentes al instante. Todos corrimos a verlo sorprendidos por el fuerte golpe. De su cabeza empezó a brotar chorros de sangre, que se cogía con la mano izquierda mientras que con la derecha buscaba sus lentes, o lo que quedaba de ellos. Lo ayudamos a levantarlo y a recoger los restos de los cristales y las varillas que se encontraban partidas en dos. Él lloraba de dolor y nosotros no sabíamos qué hacer, pues al igual que Juan, estábamos muy asustados, aunque él, sin duda, había llevado la peor parte. Tuvimos suerte, pudo caerle a cualquiera de nosotros, pensé en ese momento y años después, como ahora. 
Después de unos minutos, llegó la auxiliar Irene, avisada por Felipe, quien, debido al susto, no supo explicarle lo que había pasado. Apresuró el paso al vernos a todos reunidos en medio del campo rodeando a Juan, quien seguía derramando sangre por la cabeza. Cuando vio la escena gritó, llena de pánico: “¡¿Qué ha pasado?!”. Lo cogió de la mano y se lo llevó de inmediato al tópico, pues Juan no dejaba de tocarse la cabeza con llantos y lágrimas en los ojos. Días después, Juan apareció en el salón con la cabeza parchada, con lentes nuevos y listo para volver a jugar, sin saber nada de lo que había pasado luego.
Lo último que recuerdo de ese día fue vernos a todos los involucrados del partido en la sala de dirección, parados y pegados al filo de la pared, esperando una sanción o una papeleta, que era lo peor que podía pasarnos. Nos mirábamos las caras, asustados, sin saber qué pasaría con nosotros. Nunca habíamos estado en esa oficina que, se decía, nada bueno podía pasar. Y aunque estábamos juntos y podíamos compartir el miedo, así como el castigo, no iba a ser lo mismo con los golpes en la casa.
Al cabo de unos minutos, el Director entró y cerró la puerta. Con un gesto serio y sin mirarnos a la cara, se sentó en su oficina, acomodó algunas de sus cosas y nos preguntó, sin más, qué había pasado, cómo es que uno de nosotros había terminado con la cabeza rota en un partidito de fútbol. Todos tragamos saliva, nadie habló. Solo se oía el sonido del ventilador en el techo y nuestra respiración cada vez más agitada. Éramos solo unos niños pavos de cuarto de primaria que lo único que queríamos era jugar fútbol. No nos atrevíamos a explicar lo que había pasado por miedo a ser expulsados, pues la culpa era de todos por jugar con un objeto como ese. Y mientras que la oficina del Director se llenaba de silencio y de miedo, nos miraba a cada uno esperando una respuesta, como un león acechando a su presa. 
—¿No van a decir nada? —preguntó el Director. 
Yo sentía ganas de decir algo, pero la voz no me salía, y solo me imaginaba haciéndolo sin temor a las consecuencias. Pero la realidad era distinta y no me hubiera atrevido, ni siquiera los más avispados del salón, como Roberto o José, ni el zambo Benji, que era el más achorado de nosotros. 
—Bueno, ya que no quieren hablar, tendré que llamar a sus padres —dijo el Director, amenazándonos. 
Pero de pronto, salvándonos del interrogatorio y, tal vez, de una posible papeleta, uno de nosotros dio un paso adelante y habló, nervioso, como si tartamudeara, diciendo que el golpe fue por el balón con el que habíamos jugado, que alguien lo lanzó por los aires y terminó impactando en la cabeza de Juan. Todos lo miramos atónitos, pues había sido el mismo arquero, Rafael, quien confesó el hecho, tal vez movido por la conciencia, pero sin intención de declararse culpable. Ante tal afirmación y para nuestro asombro, el Director no preguntó quién fue y solo nos dijo que nos retiráramos, pero que antes le dijéramos con qué clase de balón habíamos jugado.