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miércoles, 27 de enero de 2021

Charla

Se detuvo en una esquina, entre el cruce de las avenidas que solíamos cruzar cuando estudiábamos juntos, y dijo: «Aquí fue». Alzó la mirada, hizo un gesto tratando de recordar y añadió: «Aquí fue la última vez que la vi», y siguió caminando a paso lento. Yo volví la mirada a la esquina e imaginé la escena de Esteban con Mesalina y fue como si la hubiera presenciado. «Han pasado ocho, nueve años, creo, ya no estoy tan seguro», agregó. Le seguí el paso y vi su rostro con signos de cansancio. Habíamos caminado desde la barra de Chacarilla hasta el Parque de la Amistad, después de haber quedado en vernos allí para tomarnos unos tragos, como en los tiempos de la universidad. «Mesalina se fue a España solo unos meses después de acabar la carrera», siguió contando, y yo la recordé en clases al lado de sus amigas, risueña, amable, estudiosa. No habíamos sido buenos amigos, pero sí compañeros en varios cursos. Esteban y ella habían estado juntos los últimos años de la universidad y vivían su mundo, un mundo que pocos conocían, incluso yo que era uno de sus mejores amigos.
Nos detuvimos en una tienda. Entré, coloqué la muñeca en la máquina receptora, la voz confirmó el pago y recogí un par de cigarrillos. Mientras hacía eso, pensaba en lo que me había dicho. «¿Por qué no te fuiste con ella?», se lo pregunté al salir, después de darle uno y prenderlo. Lo pensó un momento, mirando al vacío, y dijo: «Cuando acabó la universidad, encontré un buen trabajo. Y cuando me lo dijo, allá, en la esquina por la que pasamos, no supe qué hacer. Ya tenía su pasaje comprado. Nunca me incluyó en sus planes». Lo miré entre compasivo y absorto. A pesar de los años, noté que recordar esos momentos le seguía afectando, porque miraba a la nada y hablaba lento, como si imaginara la escena y pudiera hacer algo por cambiarlo. Le palmé el hombro. «Habrá tenido sus motivos», le dije. «A veces no lo entendemos y solo queda aceptarlo», acote, tratando de apaciguar el recuerdo. Asintió y se quedó pensando. «Por cierto, ¿recuerdas las semanas de la facultad? Pasar por la universidad me hizo recordarlo. Buenas épocas», le dije, para cambiar de tema. Sonrió. «Claro, el chino Rivera traía harta chela en su carro, nadie se daba cuenta», replicó. «Y esas eran las previas. ¿De dónde sacábamos tanta energía? Nos amanecíamos estudiando, íbamos a trabajar y, en la noche, saliendo de los exámenes, no faltaban sus respectivas», dije, riendo. «Era nuestra recompensa», añadió, y reímos juntos recordando esos momentos, como los conciertos de cada facultad, las reuniones que se armaban después de los exámenes, las chupetas a los alrededores de la universidad y las aventuras fugaces que cada uno tenía. «¿Qué sabes de Julieta, de Romina y de Thalía? Desde que acabó la universidad y empezó la pandemia, no supe nada de ellas», dijo. «Yo estuve saliendo con Thalía unos meses, antes de empezar la pandemia. Fue curioso, nunca nos animamos en plena carrera, pero sí cuando acabó. Tal vez buscábamos lo mismo sin interferir en los estudios», dije. «¿Y qué pasó luego?», preguntó. «Cuarentena», dije. «Todo comenzó a ser virtual, nos vimos una que otra vez pero ya no se podía como antes. Pasó el tiempo y nos alejamos, como suele pasar. Pero todavía seguimos siendo amigos. De las otras chicas no sé nada, solo lo que veo en sus redes», concluí. «Sabes, ahora me doy cuenta que desde lo de Mesalina me alejé un poco de todos», dijo. «El tiempo pasa rápido, ¿no?», añadió. «La pandemia lo cambió todo. Quién iba a pensar que nos tomaría cerca de tres años volver a la normalidad. Me cuesta creer la cantidad de vidas que se perdieron», siguió. «Fueron tiempos difíciles», dije. «Recuerdo muy bien el último verano antes de que empezara todo. En especial, la fiesta en mi casa. Sin pensarlo, esa fue la despedida con la gente», dije. «Y estuvimos casi todos los del grupo: Romero, Espinoza, Morales, Fernández. Además, creo que fue la última fiesta a la que fui con Mesalina», agregó. «Y la mía con Thalía», dije. Nos quedamos callados un momento. Recordamos en segundos todo lo que vino después. El confinamiento, las medidas, los protocolos y todas las muertes que hubo en ese entonces. Despertamos del trance. Ya había pasado casi una década de ese maldito 2020 y era mejor dejarlo allí. Esteban sacó su celular y vio la hora. «Me tengo que ir, Gianella me está esperando, seguro ya acostó a las nenas», y pidió un taxi desde su aplicativo. «Gracias por la charla, hermano, tenía tiempo sin caminar por aquí», añadió, y nos apretamos la mano. «Gracias a ti, mi hermano, hace tiempo que quería conversar contigo. Saludos a Gianella y a tus hijas», le dije, y nos dimos un abrazo. Al rato llegó su taxi, entró, me miró con un gesto cómplice y me dijo: «Se tiene que repetir, hermano». «De todas maneras», le respondí, y el taxi avanzó, perdiéndose entre el tráfico y las calles.
Vi la hora y seguí caminando, pensando en todo el tiempo que había pasado. Recordé a los amigos, a los amores, a las personas con las que compartí mi tiempo y que dejaron algo en mí. Pensé y pensé y apareció nuevamente ella. No la había olvidado. Su bello rostro, sus labios, sus manos suaves y su aroma, era ella. La recordé en silencio, la amé de nuevo y quise, como Esteban, volver al momento exacto y cambiarlo todo. Y entonces, una llamada me despertó. Era Jimena, mi esposa. Le dije que ya estaba en camino. Tomé un taxi al estacionamiento, subí al carro, acomodé el espejo retrovisor, respiré con calma en el asiento y me fui.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Estímulos

A veces me pierdo. Recuerdo con pasión los buenos tiempos y, en esa abstracción, irremediablemente me pierdo. Son momentos de debilidad, me digo, y, total, no es que ya hayan llegado a su fin. La nostalgia, en ocasiones, genera incertidumbre y flagelo. Es un estímulo de que todo tiempo pasado fue mejor y que el presente es menos vistoso. Extrañar, del mismo modo, responde a estímulos que nos hacen sentir bien. La compañía, el cariño, el afecto y la atención, son los cimientos de un lugar que creemos merecer. La palabra ‘Saudade’, pienso, es más exacta en cuanto a su dimensión de lo que sentimos bajo ambas premisas.
Y así me pierdo, y me cuesta no ver, después de reflexionar, lo que significan esos términos tan recurrentes. Como sucede, por ejemplo, con los años de escuela, de fútbol en el barrio, de juegos e inocencia. Los años de adolescencia, de miedos e inseguridades, de tormentos, de cambios, de descubrimientos. Los años de pubertad, de crisis existenciales, de golpes y traumas en la infancia, de despertar y aceptar los cambios, así no nos gusten o nos hagan daño.
Somos vulnerables, pienso, y lo veo en todos, sin excepción. Nos cuesta entender el trato de los demás hacia nosotros, porque nunca nos detenemos a pensar, del mismo modo, en lo que transmitimos hacia ellos. Entendemos conductas, razonamos en un intento de simplificar los problemas, pero creamos nuevas confusiones y nos quedamos en el limbo.
Solía creer que tenía todas las respuestas. Los cambios me generaban excitación y eran un reto, un desafío que podría cumplir con creces, seguro de mí y de mi palabra. Y todavía suelo pensar, con una confianza que no sé de dónde aparece, que soy capaz de todo. Pero entendí que, con el tiempo, nos encaminamos y pensamos, ya no con pasión, sino con prudencia. Somos el tiempo que hemos invertido, lo que hemos reflexionado, los errores que hemos cometido. Y llegamos al punto de solo buscar lo que queremos, ya no lo que nos tienta.
De la misma manera, el amor comienza a ser una empresa, un compromiso, y analizamos cada detalle, cada posibilidad, tomamos con tibieza la decisión de conocer a alguien más, pues el tiempo cada vez es más limitado y extraño. No me preocupa tanto el amor. Lo que me preocupa es no sentirlo. Ser correspondido solo responde a una suerte de impulsos que sentimos cuando estamos solos. Pues cuando no racionalizamos el amor, fluye de forma natural.
El amor no es solo sexo, aunque solemos confundirlo. Uno de joven, al menos los que han reflexionado de sus años de total energía y entusiasmo, entienden la dimensión del amor y el sexo. Nos fascina la pasión, el encanto, lo prohibido. Y es razonable. Se ha visto en miles de historias cómo por amor uno es capaz de todo. Resulta válido, aunque muchos limitan el amor a un juego de jóvenes. Basta que se sienta amor una vez para sentirlo siempre. Son estímulos que no envejecen y se moldean con el tiempo, convirtiéndolo en una virtud. Eso es, el amor es una virtud que pocos saben desarrollar. Hay quienes, dichosos ellos, lo tienen siempre y no imaginan una vida sin amor. No conciben que alguien viva con tal vacío. Y hablamos del amor en toda la extensión de la palabra. El amor de padre y de madre, de hermano y de hermana, de hijo y de hija, de abuelo y de abuela, de amigo y de pareja. Es inaudito limitar las formas del amor. Pero es preciso aceptarlo en las maneras que se proyecta y llega a nosotros. A veces solo un pensamiento fraterno es sinónimo de amor. Pero un pensamiento que se transmite y se transforma, termina siendo una manifestación que los estímulos del cerebro —el corazón— revelan a causa de la existencia de alguien más. Y el amor se crea. Existe en un universo al que pertenecemos y al que, bajo esa demostración, invitamos a sentirlo. Algo parecido sucede con la simpatía. Una persona totalmente desconocida nos puede generar confianza, calma, paz. No sabemos a qué se debe, pero son estímulos que sentimos a medida que vemos o escuchamos, por medio de un gesto o una palabra, las que nos invita a ser parte de algo que nos emociona y calma. La barrera desapareció, o simplemente no se creó. Pues sucede también que, al romper prejuicios, admitimos a quienes, en un comienzo, no hubiéramos querido tener cerca. Y esto se aplica a todos los ámbitos de las relaciones humanas. No sé si lo que escriba tenga alguna validez, al final nada es absoluto y es debatible cada postura, pero encuentro preciso entender estos estímulos que, sin darnos cuenta, marcan cada etapa de nuestra vida.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Coincidencia

Me dolían las piernas y ya no tenía voz. Había cantado a todo pulmón las canciones de Amen, Río, Zen, Libido y de Daniel F. “El hombre que no podía dejar de masturbarse” había sido coreada por miles de personas en el Estadio Nacional, y al igual que el año anterior, como desde el 2005, todos al mismo ritmo y con la furia que esconde su letra cuando el amor se ha vuelto desenfrenado en un acto impúdico pero sincero.
Salimos del mar de gente a tomar un taxi un poco antes de la medianoche. Eduardo me había escrito preguntándome en dónde estaba, que hoy era el cumpleaños de Brenda y que estaba con la gente llegando a su casa. Por la euforia del concierto lo había olvidado, pero le respondí diciéndole que estaba en camino. Le dije a mi primo Esteban y a Julieta, su novia, que me iría a otro lado, por lo que se subieron al taxi sin mí.
Caminé por la Avenida Paseo de la República para buscar otro, pues la gente salía en grupo y tomaba cualquiera que veía estacionado en la acera. Levanté la mano unas cinco veces pero nadie quería llevarme al precio que sugería. «No sea malo, maestro, está cerca», les decía. Lo cierto es que quedaba algo lejos y yo no tenía mucho dinero. Hasta que llegó un taxi con un hombre mayor y aceptó ir porque vivía cerca y estaba cansado. «Aunque no lo crea, joven, cansa estar sentado tanto tiempo, estoy trabajando desde las seis de la mañana, imagínate», me dijo. Le conté del concierto, de la energía que aún tiene el grupo Río y que él recordaba muy bien cuando iba a sus conciertos hace 30 años. «La música te mantiene joven», decía. Y yo asentía, cansado.
Al llegar, le pagué con las pocas monedas que tenía y le agradecí la carrera. Llamé a Eduardo para que me abriera la puerta. Salió con Brenda y la saludé por su cumpleaños. «¿En dónde estabas, huevón? Pasa, pasa, gracias, pensé que no vendrías», me dijo de forma empilada mientras Eduardo me abrazaba por el cuello para contarme los detalles de la reunión. Saludé a Roberto y a Ramiro y me senté. «¿Qué haces, huevón?», me preguntaron. «Vengo del Día del Rock Peruano, me duele todo», les dije, mientras pasaban el vaso de ron.
Por el cansancio, me quedé callado escuchando lo que hablaban. «Ya fue el mundial, ni cagando la hacemos», decía Roberto. «Está difícil, pero yo creo que hay chances, hicimos una buena Copa América Centenario», replicaba Eduardo. «Confía en la selección, si le ganamos a Keiko por un pelo, podemos ir al mundial del mismo modo», dijo Ramiro y empezamos a reír. «Y eso qué tiene que ver, huevón, PPK es otro pendejo, un lobista», dijo Roberto. «¿Y Keiko era una mejor opción? No me jodas, pues, la china es igual o peor que su viejo», dijo Eduardo. «Ya, ya, al menos la mafia no ganó», dije, dejando de ser un espectador. «Pero ese congreso de mierda me genera mucha incertidumbre, así que aún no canten victoria. De todos modos, sí creo que iremos al mundial, no sé cómo, pero estaremos en Rusia, carajo», añadí, seguro de mis palabras. «Ya quemaste», dijo Roberto, y empezamos a reír a carcajadas.
La reunión siguió, de forma tranquila debido a la poca gente que había. Al rato llegaron unas amigas y se juntaron con nosotros. Yo seguía cansado y por más que las canciones que sonaban me dieran ganas de bailar, evité hacerlo. Pero Evelyn, una de mis mejores amigas, me dijo que baile con ella, porque su ex novio había venido y estaba en otro grupo con unas chicas que ella no conocía. Le expliqué de dónde venía y por qué no podía bailar, pero no pude convencerla. «Me debes una», le dije, mientras me movía aún con el dolor en las piernas. «Oye, pavo, solo un rato pues, ahorita viene un chico con el que estoy saliendo», me dijo. «Mi ex va a querer sacarme celos, ya lo conozco», añadió. Yo reí y seguí bailando, hasta que acabó la canción y busqué en dónde sentarme.
Mientras me servía otro vaso de ron, escuchaba a Eduardo y a Roberto hablar de forma entusiasta de varios temas, en los cuales nunca se ponían de acuerdo. Sin embargo, al final, terminaban abrazados como los buenos amigos que eran. De pronto, Brenda se me acercó y me dijo al oído que Fiorella estaba en camino. Saqué mi celular y le pregunté si estaba viniendo. «Sí, estoy con Romina, ya estamos llegando», me respondió. Fiorella era mi ex enamorada, pero más que eso, era mi amiga, y ya tenía tiempo sin verla y por eso me entusiasmó que viniera.
Me escribió cuando llegó y fui a abrirle la puerta. Nos abrazamos por un buen rato debido al tiempo que teníamos sin vernos y luego saludé a su amiga Romina. Entramos y estuvimos conversando, poniéndonos al día todo lo que nos había pasado desde la última vez que nos habíamos visto. «En mi casa ¿no?», me dijo. Yo hice memoria y le dije que sí, aunque no estaba muy seguro. Ese día habíamos tomado tanto que ni recordaba cómo fue cuando la acompañé a su casa. «Estabas cagado, huevón, te querías ir y era tarde», me dijo. «Ese domingo dormí todo el día, qué tal resaca, carajo», respondí, y nos matamos de la risa. Seguimos hablando y llegamos al tema de su enamorado. «Ya no estoy con él, hace poco más de un mes, creo», me dijo. Me contó que no se veían mucho, que él vivía lejos y no tenía mucho tiempo para ella, y que, además, discutían cada vez que se veían, por lo que decidieron terminar por lo sano. «Fue mutuo acuerdo», me dijo.
Empezó a llegar más gente, la música comenzó a sonar más fuerte y la sala cada vez se hizo más pequeña. Vi que entró un grupo de chicos junto a Evelyn que yo no conocía. «Mierda», dijo Fiorella de pronto. «¿Qué pasó?», pregunté. «Allí está Sergio», dijo. «Sergio, mi ex», añadió. «No te creo», le dije, pareciéndome increíble tanta coincidencia. «Sí, y parece que tu amiga lo conoce», agregó.
Me acerqué a Evelyn cuando la vi conversando con una de sus amigas y le pregunté de dónde conocía a ese chico. «¿Por qué? Estoy saliendo con él, te dije que en un rato vendría», respondió. «¿Qué? ¿Era él? Bueno, y ¿hace cuánto tiempo sales con él?», le pregunté, curioso. «Hace un par de meses», me dijo. Yo me quedé callado, no le dije nada aún porque quería estar seguro de lo que me había dicho Fiorella. Regresé donde ella.
«Al parecer, tu ex está saliendo con mi amiga Evelyn», le dije, al sentarme. «¿Es en serio?», me preguntó. «¿Desde cuándo?, ¡Dime, dime!», insistió. «Según Evelyn, hace un par de meses». «Ese idiota», dijo, con rabia, queriendo pararse. «Tranquila», le dije. «Ya fue, no vale la pena», añadí. Fiorella se quedó de brazos cruzados y lo miró con cólera. «Me mintió ese huevón», me dijo. «Ya, no hagas caso», le dije. «Pero también le mintió a tu amiga», me dijo. «Lo sé, y hablaré con ella», respondí. «¿Quieres tomar un poco de aire? Parece que lo necesitas», añadí. «Sí, por favor», me dijo. Y fuimos al patio a sentarnos y tomar aire fresco. Ella seguía renegando y diciendo que se sentía como una idiota, que con razón nunca podía verla porque seguro ya estaba detrás de esa huevona. «Oye, más respeto con mi amiga», le dije. «Puta, lo siento, pero estoy con cólera, pues», me dijo y me causó gracia su expresión. «O sea, me da igual lo que haga, yo ya no siento nada, pero me jode su cinismo, y yo pensando que habíamos terminado bien y que podíamos ser amigos», dijo. «¿Como nosotros?», pregunté. Se quedó pensando, me miró y aceptó con la cabeza. «Pero lo nuestro fue distinto», me dijo después. «Tú nunca me fallaste, aunque eso fue lo que pensé en un comienzo», añadió. «Ya, no empecemos», le dije, riendo. «Es cierto pues, era chibola y me dejé llevar por otras personas», me dijo. «No seas dura contigo, yo también me porté tontamente, no nos conocíamos mucho y tenías razón en dudar», le dije. «Igual, al final nos hicimos buenos amigos, ¿no?», agregué. Asintió, la abracé fuerte y recostó su cabeza en mi hombro.
Regresamos después de un rato a la sala y nos juntamos con los chicos y chicas del grupo. Romina bailaba con Eduardo y Roberto hablaba con Brenda, diciéndole que le presente alguna amiga, como solía hacerlo cada vez que iba a su cumpleaños. Yo miré al grupo de Evelyn y vi que Sergio se dio cuenta de la presencia de Fiorella, que se encontraba a mi lado. No sabía si se atrevería a llamarla, pues Evelyn lo tenía agarrado de la mano. Fiorella ni lo miraba, y al contrario, se divertía escuchando a Brenda molestando a Roberto sobre por qué sus amigas no le iban a hacer caso. Yo miré de nuevo a Sergio y noté que intentaba alejarse de Evelyn, pues iba y venía a la mesa haciendo como que buscaba algo con la intención de acercarse a Fiorella. Entonces, ella volteó y me preguntó qué miraba. Le dije que nada, pero supo que le mentía. «No me importa lo que haga ese idiota», me dijo, dándose cuenta que miraba hacia nosotros. «Que haga lo que quiera», añadió. Y seguimos en el grupo viendo cómo bailaban los chicos.
Al rato, vi que Evelyn se encontraba con sus amigas y Sergio se acercó en busca de Fiorella. La agarró del brazo y ella volteó con furia y le dijo que la suelte. Y entonces me sujetó de la mano, con firmeza. Y yo lo miré, preguntando qué pasaba. «Tú no te metas», me dijo, y lo empuje por instinto poniéndome delante de Fiorella. «¿Por qué? Ella está conmigo», le dije. Y se quedó mudo, pues vio que Evelyn se acercaba. «¿Qué sucede?», preguntó. «Vamos a bailar», le dijo a Sergio y se lo llevó de la mano. Él siguió callado y no hizo nada. Fiorella me miró y se mató de la risa. «Es un completo idiota», me dijo. Y después de un momento se dio cuenta que seguíamos cogidos de la mano, y yo, con un poco de vergüenza, la solté. Ella la cogió de nuevo y me dijo al oído: «Estoy contigo, ¿no?». Yo solo sonreí y asentí con la cabeza.
Estuvimos un buen rato así, y vimos que Sergio seguía mirándonos, y Evelyn ni cuenta se daba. Yo quería decirle lo que había pasado, pero Fiorella me hizo desistir de esa idea para no arruinar la reunión de Brenda. «Tienes razón», le dije. Y decidimos salir un momento. Afuera, apoyados en la puerta, me dijo para irnos, que se sentía cansada y que Romina le había dicho que se iría con Eduardo. Yo miré adentro, pensé en ir a despedirme de la gente pero no lo hice. La cogí de la mano, pedimos un taxi y fuimos a su casa. Entramos en silencio a su sala y ella fue a su habitación a ponerse algo más cómodo. Salió, trajo un poco de agua y se sentó a mi lado. Tomamos un poco y nos recostamos en el mueble. Ella me miraba en silencio y ponía sus manos en mi rostro. Yo tenía los ojos cerrados y sonreía sin decir alguna palabra. Y entonces nos besamos como aquellos tiempos, y recordaba la última vez que había pasado. Sabía que éramos amigos pero cada cierto tiempo nos veíamos y terminábamos así, sin impedimentos de nada y callados en todo momento. Nos acomodamos como antes y nos desprendimos de nuestras prendas. No sé qué pensaba ella en ese momento, sabíamos que esto no iba a ser para siempre, por eso nunca perdíamos la oportunidad. Era claro que nuestra amistad pendía de un hilo, y que a pesar de sus amores y los míos, volveríamos a tener otro momento, como si se tratara de una coincidencia, como lo que había pasado esta noche entre nuestros conocidos. La cargué a su habitación y la dejé dormida. La había querido siempre, desde el primer momento en que la había conocido. Pero el amor incierto había desaparecido y ya no había celos ni peleas, como en un comienzo. Solo sabíamos que estábamos y eso nos bastaba. ¿Hasta cuándo? Ya no importaba.
Salí de su habitación, bajé las escaleras y en la calle sentí frío. Volteé a ver su casa y recordé las veces que venía a buscarla, la emoción que un día sentí por verla y sentir sus brazos. Tomé el primer taxi que pasó y me fui. Sabía que mañana tendría otra resaca, como la última vez que la vi, y mirando por el retrovisor me pregunté cuándo sería la próxima vez que nos veríamos de nuevo.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La promesa

La última vez que la vi vestía una blusa de color azul, falda y tacones, de su brazo colgaba una cartera grande y su definido rostro denotaba el cansancio de una larga jornada de trabajo. Había venido sin avisarme, como siempre solía hacerlo. Sonó el celular poco antes de anochecer y su voz me dijo: «Ábreme la puerta, estoy afuera». La hice pasar y le preparé un café. Se sentó como en su casa y empezó a arreglar las cosas de su cartera. Le llevé la taza y me senté a su lado.
—¿Todo bien? —pregunté, intrigado.
—Sí, solo vine un momento —respondió, sobria, mientras enviaba algunos mensajes desde su celular.
—Entiendo —respondí.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó, volviendo hacia mí y apagando el celular para ponerlo en la mesa de centro.
—Pues, sorprendido —dije.
—Vamos, en serio —dijo—. Me escribiste el otro día, dime —añadió.
—Lo recuerdo —dije, sin mirarla.
—¿Qué ha pasado, cariño? —preguntó, y puso su mano encima de la mía.
Era cierto, la noche del viernes pasado le escribí un mensaje: «¿Estás ocupada? Necesito hablar contigo». Pero no respondió. Supuse que estaba con su novio y no insistí para no incomodarla. Sabía que en algún momento se aparecería, pero no cuándo.
—Olvídalo, ya pasó —respondí.
—Cuéntame, no seas así. No pude responder, ya sabes cómo es Gustavo cuando estoy con él —respondió, excusándose. 
—No hace falta que me lo digas. Mándale mis saludos, por cierto.
—No seas tonto, te odia, sabe que fuiste mi primer amor. Pero ya, ¿me vas a decir lo que te pasa?
La miré de soslayo y recordé, en cuestión de segundos, los años que estuve con ella, el primer beso, la primera vez que hicimos el amor, las alegrías, las tristezas, pero sobre todo, su forma maternal de calmar el caos, de acabar en paz la guerra. Ella sabía escuchar y responder sin rodeos, de manera exacta y breve como quien consulta un diccionario. Sus palabras no eran vacías, estaban llenas de ella, de vitalidad, y parecía que vivía sin dudas y decidida, todo lo contrario a mí, que solía vivir desorientado en el tiempo y en el recuerdo de pérdidas irremediables, con miedos que habían calado en lugares que desconocía pero que ella, como nadie, conocía muy bien. «Estaré siempre contigo», me dijo una noche y yo respondí de la misma manera, abrazándola muy fuerte a causa de una promesa que en ese momento no sabíamos hasta dónde nos llevaría. Los años habían pasado desde entonces y parecía que la habían tratado mejor. Sin embargo, a veces acudía a mí a pesar de todo, con una fragilidad que era impensable en ella. Y del mismo modo yo también acudía a su lado, pues cuando me hundía en lo más hondo, Danae siempre estaba allí, para escucharme, para salvarme. Aunque mi ingratitud y mi pesar por mentir nos llevó a alejarnos un buen tiempo y a dejar de vivir, por cuestión de una noche, lo que sentíamos de adolescentes sin miedo al recuerdo y al amor de un pasado que solo era parte de nosotros. 
—Me escribió Marién. Quiere que deje todo aquí y vaya a vivir con ella a Uruguay —dije, de manera pausada.
—¿Y eso es lo que quieres? —preguntó, dejando la taza de café en la mesa.
—No, no lo sé —balbuceé.
—Ella te quiere, siempre fue linda contigo, Mauricio —recordó.
Vino a mi mente la imagen de Marién en la fiesta de año nuevo. Sus ojos color caramelo, su cabello corto, sus lunares exactos debajo del labio y a la altura de las mejillas. Ella me abrazaba y besaba mientras veíamos el espectáculo de luces en el cielo y nos jurábamos amor sin saber que las cosas muy pronto cambiarían. A inicios de febrero tuvo que partir a Uruguay a estudiar y yo no pude acompañarla. Me encontraba a un año de acabar la carrera de Derecho y el trabajo me absorbía el poco tiempo que tenía. Su padre vivía en Montevideo y por más que intentó no pudo convencerlo de quedarse a estudiar en Lima. Se despidió de mí entre lágrimas en el aeropuerto Jorge Chávez pero decidimos seguir juntos aunque en el fondo sabíamos que ya nada sería lo mismo. Nos tomó cerca de seis meses para que todo se enfriara y ella y yo nos veamos envueltos en nuestras vidas lejos del uno y del otro. No obstante, algunas llamadas por parte de ella me hacían pensarla y extrañarla, e imaginaba lo que hubiera pasado si nunca se hubiera ido. Estuvimos juntos cerca de un año en Lima, año en el cual solo me vi un par de veces con Danae. Ella tenía una relación tóxica con su novio de entonces, el distinguido pero posesivo Ernesto, un estudiante de Medicina, y en sus momentos más amargos, de desdicha y de dolor, aparecía de pronto y perdíamos el miedo a la soledad en alguna habitación de Barranco. 
—Aún pienso en ella, pero no sé si sería lo mismo. Además, irme y dejarlo todo, no es fácil… Y ya no te vería —respondí después de unos segundos.
—No pienses en eso, ambos sabemos que en algún momento pasará.
—¿Y será este el momento?
—No lo sé. ¿Piensas aceptar la propuesta de Marién?
—Me escribió el viernes. No sé, tengo que pensarlo.
—Si te lo ha dicho después de un año, es porque aún te quiere. Ella siempre me pareció linda, a pesar de que me dejaste de lado todo ese tiempo.
—Ya hablamos de eso... Solo quería hacer bien las cosas.
—Y no te culpo. Fue lo mejor. Las veces que nos vimos te notaba raro. ¿La querías mucho, no?
—Sí, no me gustaba mentirle a Marién… Pero sé que no la estabas pasando bien en ese entonces con Ernesto… Lo siento.
—Ya no importa, ya pasó mucho tiempo. Gustavo es totalmente diferente.
Pensé en la noche en que la vi con Gustavo. En ese entonces recién se habían conocido y él la pretendía. Danae me saludó con cortesía cuando pasó por mi lado y me vio con Romina, una chica que había conocido en el trabajo y con la que salía a tomar los viernes por la noche para luego terminar en su departamento de Surco, totalmente ebrios, desnudos y oliendo a marihuana. Gustavo se enteró que yo había estado con Danae tiempo después, cuando ya eran novios y había más confianza entre ellos. Le contó que fuimos enamorados en el colegio, pero jamás le mencionó que seguiríamos viéndonos en la universidad y después de terminar la carrera, hasta hoy, como amantes furtivos de una promesa desnaturalizada por los años y por el apego y el amor libre, racional y discreto. Desde entonces me miraba con desconfianza en las reuniones que teníamos en común Danae y yo, pero ella se encargaba de que no piense en mí besándolo siempre que yo pasaba al lado de ellos.
—Espero que sí. ¿Qué le dijiste hoy? —pregunté, encendiendo un cigarro.
—Que iría donde Brenda. ¿No te conté? Se casa a fines de año, con Rubén.
—Rubén… Nunca me cayó bien ese tipo, en la universidad se la daba de intelectual y no tenía ni idea de lo que hablaba. 
—Ya, Mauricio, olvídalo, Brenda lo quiere y eso es lo importante. Y no me cambies de tema.
—No he cambiado de tema —repuse—. La verdad no sé qué hacer. Sé que necesito irme de aquí, al menos por un tiempo, pero ¿dejarlo todo por ella? 
—Date la oportunidad. ¿Y si la cosas salen bien? No tienes hijos, tus padres viven fuera y se encuentran bien de salud. Tu hermana ya hizo su vida con Miguel. Vives solo, sales con distintas chicas. ¿No crees que necesitas un cambio?
Tenía razón. ¿Qué pasaba conmigo? Me sentía abrumado, insatisfecho, vacío. Me había cansado de todo, de mí, pero no de ella. Danae era paz entre todo el caos que había. Sin embargo, era cierto que había pensado mucho en Marién. Extrañaba sus manías, sus intentos de hacerme molestar cuando lo único que lograba era hacerme reír. Sus celos de niña, sus miedos, sus dramas tan tragicómicos pero ciertos. Sus besos, su cuerpo, su nobleza, su integridad y su lucha constante contra las injusticias. La extrañaba de una manera egoísta. Quería verla pero no estaba seguro de quedarme a su lado. Y aún así me consideraba para seguir compartiendo junto a ella. Si aceptaba su propuesta cambiaría todo. Tengo miedo, es verdad. Miedo a fallarle, a fallarme a mí con respecto a lo que siento por ella. No lo merece. No soy para ella, pero ella es para mí.
—No es tan sencillo.
—Ay, es lo único que dices. ¡Nada en esta vida es fácil, Mauricio! Arriésgate.
—Para ti es fácil decirlo. Te veo entusiasmada con Gustavo. ¿Por eso no me besaste al entrar?
—Eso no tiene nada que ver. 
—Claro que sí. Si me voy, no volvería a verte.
—Pues entonces vete.
—Parece que lo dices en serio.
—Lo digo en serio… He pensado mucho en esto. En algún momento tienen que terminar estos encuentros —dijo, me soltó la mano y se levantó del mueble, sin mirarme. Se acercó a la ventana que daba a la avenida.
—Danae, disculpa. No era mi intención —dije, y me acerqué a ella. La abracé por detrás y cogí su mano.
—No pasa nada —respondió, se volteó y me dio un beso—. Siempre serás mi primer amor, el amor de...
—Mi vida —concluí, y me miró con una sonrisa en el rostro
Nos quedamos en silencio, abrazados. Mi corazón latía, me sentía vulnerable. El pasado sería por primera vez eso y no imaginaba cómo sería. La miré una vez más a los ojos. Ella sollozaba, pero sonreía. ¿Por qué nunca nos decidimos a estar siempre juntos? Me pregunté. Tal vez porque en el fondo no lo queríamos. Vivíamos del recuerdo, de lo bonito que se sentía el amor cuando éramos adolescentes. Nada se comparaba a esa sensación y nos refugiábamos en nosotros por querer seguir sintiéndolo, aún así sea de mentira, a pesar de nuestros nuevos amores, a pesar de nuestro presente, a pesar de nosotros.
—Ve con Marién. Prométeme que irás por ella —dijo, después de besarme, y una lágrima empezó a rodar por su mejilla.
—Lo prometo —dije, con la voz entrecortada pero segura.
—Una promesa se rompe con otra promesa —concluyó.
En la calle, a través de la ventana, se oían los sonidos propios de la noche. Danae se subía a un taxi y nuestras miradas se cruzaban por una última vez.

jueves, 12 de octubre de 2017

Lapso

Miro su rostro con asombro y detenimiento, con la fiel intención de saber y comprender, en un comienzo, lo que inquieren sus ojos: cuando los cierra, cuando los abre, cuando me descubre, cuando los muestra; sus pestañas curvas, modeladas; sus lunares dispersos, pequeños, como constelaciones exactas que forman figuras mitológicas; sus cejas perfectas, cuidadas al detalle, al silencio. 
Su rostro cambia ante mí y no se acaba, sino que rejuvenece, se adapta, no como el mío, maltrecho con los años, perdiendo detalle con cada experiencia, con rastros de huellas por algún descuido, por alguna enfermedad mal curada, con cortes que se ven con el cambio de luz, con el movimiento brusco del ceño fruncido, con unas cejas nada discretas y abultadas, con el resultado incierto de un golpe en la parte frontal de la nariz, con el desorden de una barba improvisada, inexperta en los cuidados de aquel aspecto dícese varonil del hombre. 
No pierdo el asombro al verla, mirándome y no, jugando a que la observo. Respiro con dificultad pero con calma, por ella, por este momento. Sigo buscando un camino, una forma entre sus formas que admiro sin cuestionamientos ni influencias. Reposo la mirada en sus pómulos, descanso en ellos con las ganas de acertar un beso en esa plaza que cambia de color con cada recuerdo que invoco, bueno o malo. Me resbalo en su barbilla, pronunciada y definida, que sostienen sus labios en un caudal de besos que rememoro y que muero por probar, de nuevo, despacio, sintiendo sus manos deslizándose por mi cuello hasta llegar a mis mejillas. 
Quédate, sugiero, a pesar del tiempo, a pesar de mis injustificadas mentiras en el pasado. Me hace bien estar contigo, concluyo. No responde, cierra los ojos de nuevo y el silencio se hace ruido en mi mente por mis palabras que no digo pero que pienso de manera caótica. Intento olvidar lo que dije previniendo lo que viene, y su respuesta, que no dice nada y que dice, en parte, todo lo que he provocado. Y me pregunto: ¿qué me pasa con ella, qué me hace ponerme así cuando la veo, cuando la tengo cerca después de varios intentos por revivir lo que en su momento fue tan intenso, tan bello? Desconozco al sujeto que escribe estas líneas, él no piensa de este modo. Ya no. Pero tal vez sí, como ahora. Y escribe para no olvidar y confesar que es capaz de sentir algo, a pesar de que no lo diga. 
Su cabello se ve más vivo, más fresco y no puedo evitar enroscar en mi dedo un mechón de él, para saber que es cierto. Mi mano coge la de ella y tiemblo, tiemblo por lo que no sabe, por todo lo que he hecho en este tiempo en nombre de ella y de mí. No me veo a su lado, pero estoy, ahora, y no quiero nada más. Pero cuando se va, nada ha pasado, nadie se dice alguna palabra, nadie se extraña como antes, nadie se pierde de nuevo, a oscuras, en cualquier momento, en cualquier lugar. Todo eso pienso y recreo en cuestión de segundos, teniéndola a mi lado, queriendo decirle tantas cosas y haciéndolo pero de manera torpe, ingenua, improvisada en un tiempo que fue preparado. 
Ya me voy, pronuncia, en un ultimátum. Nunca sé cuándo la veré de nuevo, ni sé si pensará en mí después de cruzar la puerta. Nuestro tiempo ha pasado pero no lo acepto, no lo creo, a pesar de que su libertad es causal de la mía. No busco pretextos, comprendo su idiosincrasia y la dejo ir en un intento de saber si está en lo cierto, de saber si me quiere como antes o de la forma en como lo hace ahora, efímera, precisa, insospechada.

jueves, 16 de marzo de 2017

Visita

Camina por la habitación ignorando mi presencia, se detiene al observar algunas fotos en uno de los estantes y recorre con la mirada los rostros impresos, planos, inanimados, en esos cuadros diminutos y de madera. La miro con cuidado por encima del hombro sin que lo advierta y, para no perturbar la escena, me abstengo a decirle que muchas de esas personas ya no están en este mundo. 
Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros en la pared, colgados uno al lado del otro, en orden de tamaño, para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde han sido tomadas, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y comenta, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, repongo, susurrando, por el frío, por la noche. 
Sigue recorriendo la habitación, vacilando, tocando, viendo, y llega a mi lugar favorito: el librero. Coge un libro al azar y me pregunta de qué trata, mostrándome la portada sin quitar la mirada al librero, y le describo, de manera breve, la historia de un hombre que no concibe el amor en la vida. Lo deja en su lugar y me mira, por vez primera y después de mucho. ¿Y este otro?, pregunta, intrigada, cogiendo uno de la parte superior del librero. Es la historia de una mujer que vive intentando colmar sus aspiraciones humanas basadas en las novelas que leyó, respondo, al instante. Y vuelve hacia mí, entrecerrando los ojos. 
De pronto, realiza el mismo movimiento para dejarlo en su sitio y preguntarme: ¿Por qué tantos libros? No creo que los hayas leído todos, añade, como retándome. Porque nunca es suficiente, le respondo, pero me doy tiempo para cada uno. Me mira curiosa, intenta sonreír y asiente con la cabeza. Se acomoda a mi lado, al borde de la cama, y la miro y juego con sus cabellos que alguna vez adoré y le pregunto, en voz baja, a qué ha venido. Quería verte, responde, viendo a otro lado, siguiendo con el juego de querer ignorarme. Hace mucho que no sé de ti, añade, y voltea, ahora, a mirarme. Pues, aquí estoy, le digo, mirando directamente a sus ojos. Me alegro, responde, sarcásticamente, y se levanta. ¿Y sigues escribiendo?, pregunta, rápido. A veces, pero ya no como antes, replico. ¿Y eso por qué? ¿Acaso desde que me fui no consigues inspirarte?, responde, riéndose vilmente. La miro con una media sonrisa y respondo: He estado ocupado, solo eso. Ya veo, comenta. Pero mejor, escribir te abstraía del mundo. Ahora sí me escuchas, por lo menos, añade. Te equivocas, corrijo, siempre lo hice. Eso crees tú, corazón, afirma, segura de sí. Y empiezo a recordar sus arrebatos y molestias, y me echo sobre la cama para pensar en otra cosa. ¿Se puede saber a qué has venido?, vuelvo a preguntar, sobando mis manos sobre mi frente con ansiedad y mirando a la superficie. Ya te dije, quería verte, responde, sin dudar. Pero para qué, vuelvo a preguntar. Para saber si has cambiado o si sigues siendo el mismo de siempre, responde. ¿Y qué has notado?, pregunto. Que sigues siendo el mismo de siempre, pero también has cambiado, responde. Voy a darle sentido a tu comentario, ¿ok?, le digo. No te gastes, cariño, me dice, guárdatelo para cuando escribas. No lo necesito, le respondo. Bueno, yo solo quería ayudar, añade. Ya me ayudaste mucho, contesto. Pero puedo volver a hacerlo, interviene. ¿Cómo?, le pregunto, levantándome de la cama. Y me besa, me abraza, se aleja y me vuelve a besar, cogiendo con sus manos mi rostro para con un leve movimiento separar sus labios de los míos. Así, me dice. Qué astuta eres, le digo. Vamos, no digas que no te gustó, exclama. No pienso responderte, le digo, impaciente. Está bien, no te emociones, me dice, riendo. ¿Emocionarme? Bueno, si eso crees tú, te seguiré el juego, respondo. No lo hagas si ya sabes que vas a perder, argumentó, con un gesto rebelde, típico de ella, y me quedo intrigado, aunque no le digo nada. ¿Tienes agua para tomar?, pregunta. No, contesto. Ay, ya pues, no seas pesado, invítame un poco, me dice. Bueno, ya, espera, voy a ver si hay, respondo, cediendo. Está bien, no te demores, añade.
Salgo de la habitación y me digo: ¿A qué ha venido? Hace meses que no sé de ella, llego a la cocina, cojo la jarra y lleno el vaso con agua, ojalá tenga algo importante que decirme, pienso, y regreso. Aquí tienes, le digo, coge el vaso, gracias, responde y se da media vuelta. Bebe de un sorbo y lo deja en el escritorio. ¿Por qué me miras así?, pregunta al volverse hacia mí y ver mis ojos concentrados en ella. Quiero saber el verdadero motivo de tu visita, replico. Ya te lo dije, repite. No es suficiente, añado. Entonces, ¿qué más quieres que te diga?, me pregunta. Solo la verdad, le digo. ¿La verdad? ¿Alguna vez tú me dijiste la verdad?, me espetó. Sí, respondo. Por favor, Gustavo, jamás fuiste sincero. Tenías miedo de seguir con lo nuestro, añade, ofuscada. ¿De qué estás hablando?, le pregunto, confundido. Nada, olvídalo, responde. Ya ves, dices cosas a medias, le digo. Porque tú lo sabes, sabes lo que hiciste y te consta, responde, molesta. ¿Qué fue lo que hice, según tú?, pregunté, mirándola a los ojos. Alejarte, respondió en el acto y dio media vuelta. ¿Y tú no hiciste lo mismo?, pregunté. Y volvió hacia mí. ¡No! Pero creí que eso querías, responde, con la mirada hacia abajo. Nunca sabes lo que quiero, respondo. Y tú tampoco lo dices, contesta. Ya, basta. ¿Vienes después de mucho tiempo para esto?, le pregunto, un poco alterado. No quería que fuera así, me dice, mirando a la nada, con los brazos cruzados. Está bien, entonces, dejémoslo ahí, ¿te parece?, le digo, buscando un acuerdo, cediendo la paz. Ok, responde. Además, ya no nos veremos, me dice, de pronto, como amenazándome. ¿Qué?, ¿a qué te refieres?, pregunto, desconcertado. Me iré del país en unos días y solo vine a despedirme de ti, eso era lo que quería decirte. 
Me tomó unos segundos asimilar la noticia, al mismo tiempo que me sentía un idiota al repasar mi comportamiento egoísta desde que llegó; pero tomé conciencia de que ella seguía allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, a pesar de las diferencias y altercados, me había sentido igual que antes, entre todo ese caos que irónicamente éramos, y vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no... Lo siento, no lo sabía, respondí. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya es tarde, me tengo que ir, añadió, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro: su nariz pequeña, pecosa; sus ojos vivos, oscilantes; sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado... Lamento no haberlo dicho antes, afirmo. La habitación se contrae en un silencio vivo y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando de lado, donde solo se aprecia el perfil de su sombra, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.