Nos vimos en varias ocasiones. Ella me detestaba y yo a ella, pero ahí estábamos, en el mismo lugar de siempre, actuando más y hablando menos, porque cuando empezaban los reclamos, no había guerra más larga que la nuestra, y ambos lo sabíamos. Por eso evitábamos a toda costa hablar de nosotros, del pasado, de lo que pudo ser y no fue. Por ejemplo, ya no me preguntaba qué era de mi vida, si estaba con alguien o no. Y yo seguía el mismo juego, que lo entendimos al saber que estábamos de acuerdo en no estarlo. Era la única forma de llevarnos bien, de convivir a pesar de nosotros. Recuerdo que una vez le dije que de haberlo sabido antes, tal vez hubiera funcionado. No se rio, como pensé que haría, y volvimos al juego de viajar en el tiempo, de recordar la primera vez que la engañé, la primera vez que me engañó, que se vio con mi mejor amigo a escondidas y que yo hice lo mismo con su mejor amiga. «¿Qué clase de amigos tenemos?», pregunté aquella vez al recordarlo. «Dignos de nosotros, tal vez», respondió, sin una pizca de duda. Eran ratos de silencios compartidos, de miradas ocultas, donde reflexionábamos juntos y, curiosamente, donde había mayor complicidad. Ella siempre quiso entenderlo todo y yo nunca quería darle respuestas. A mí me gustaba dejarla con la duda porque adoraba sus gestos cuando se llenaba de curiosidad. Empezaba a llenarla de besos para que lo olvidara, para hacerla reír en sus arranques de enojo, mas no era suficiente, ni siquiera con lo que seguía después. Pero aquellas reacciones fueron al comienzo de todo, cuando aún no habíamos descubierto cómo éramos en realidad. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para darnos cuenta. «Pensé que ni bien termináramos te irías», comentó, sacándome del trance. La miré un momento mientras se vestía y pensé cuidadosamente lo que diría, pues sentía paz y no quería perderla. «Esta vez quiero quedarme, ¿puedo?», pregunté. «Ah, bueno, está bien. Qué milagro...», añadió, susurrando, sin mirarme. Era cierto, normalmente me iba temprano. No me gustaba quedarme en su departamento, sentía algo de culpa cada vez que aceptaba ir a verla de nuevo y por ello creía que era mejor irme antes del amanecer, además de que podíamos evitar cualquier discusión. Era como parte del pacto que teníamos pero que nunca habíamos hecho. Sin embargo, aquella vez, recuerdo, tuve un día largo. Había salido tarde del trabajo cuando de pronto me llegó su mensaje preguntándome si quería verla. «Ok», le respondí, sin más. Así eran nuestros chats: concisos. Un rato después me abría la puerta y yo dejaba mis cosas en su sala. No nos decíamos mucho, como parte de nuestro ritual. Se metía a su habitación y apagaba las luces y yo iba un momento después. Creo que no existe nada más egoísta, pero así sucedía y así éramos. Yo sabía que ella se sentía sola, pero su orgullo no le permitía ni que lo sospechara. Algo que a veces llamaba mi atención, era que a pesar de que lo hacíamos por horas, no dejaba ni un momento que la acariciara, por eso ya ni siquiera lo intentaba. Siempre sentí la situación como cuando uno es infiel y siente que está haciendo algo malo, pero igual lo hace, porque está allí, porque ya no importa nada. Sin embargo, no todo era despecho y egoísmo, a veces era inevitable reír un poco, por los buenos recuerdos, porque hubo, y por las tonterías que decía yo o por los adjetivos calificativos que me decía ella y que cada vez eran más ingeniosos. Aun así, no sabría decir de qué manera ella pensaba en mí. No siempre que me decía para verla yo iba y viceversa. Coincidimos en ocasiones, sin novedades, como si unos meses no significaran nada y a veces hasta años. Besarla se sentía igual, y aunque nunca se lo decía, yo sabía que ella lo sentía así por la mirada que me daba después de cada beso. Pero a pesar de ello, ya no había la emoción de entonces, la impaciencia, las ganas, el entusiasmo de abrazarla fuerte y besarla con cariño, con amor. La última vez que la vi, noté que había estado llorando. No dudé en preguntarle si se sentía bien, rompiendo con nuestro pacto que más parecía una tregua. Ella se secó las lágrimas y volvió en sí, como si nada hubiera pasado. «Estoy bien», aseveró, y empezó a desvestirse. No pude ser indiferente y le pedí que me dijera, que a pesar de tanto y de todo, no quería verla así. Se negó a hablar y sentí su angustia, su impotencia. La detuve despacio, la miré a los ojos y le dije que esta vez no, que aunque pensáramos lo contrario, sí podíamos hablar. Me cogió las manos y me las sacó de su rostro. Las juntó y me pidió, por favor, que después de esta noche jamás vuelva a verla. Daphne se casó a los meses con un compañero de su trabajo. Me enteré por Camila, una amiga de su prima, al ver unas fotos que compartió en su Instagram. Se veía feliz, como nunca antes la había visto, y fue allí que entendí muchas cosas. Me alegré por ella y pensé en escribirle para felicitarla, pero opté por no hacerlo. No era preciso, no había por qué. Me bastaba con saber que había encontrado a alguien y que era feliz.
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lunes, 10 de febrero de 2020
miércoles, 17 de mayo de 2017
Azar
Hasta la avenida Benavides, dije, pagando con un sol al chofer que al mismo tiempo hacía de cobrador. Sacó un ticket de la boletera y me lo entregó, guardó la moneda en una caja que se encontraba al lado del volante y empezó a decir: «Avance, avance, atrás hay asiento», con una voz socarrona y arisca.
Intenté caminar por el bus en pleno movimiento mientras me agarraba de los pasamanos sucios y oxidados, y veía indiferente los rostros de los pasajeros distraídos con los ojos fijos en sus celulares. Algunos de ellos iban con los audífonos puestos, otros durmiendo o simplemente viendo con nostalgia la vida pasar a través de las ventanas. Me senté al último, como de costumbre, y hurgando en mi morral saqué el libro de turno para leerlo en el camino. En mi jornada siempre llevo conmigo algún libro corto para calmar la espera, y mi lectura en ese momento era la novela corta: El Coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Sin embargo, la impotencia que sentía el Coronel al esperar una pensión que jamás llegaba me transmitía una sensación de abandono, y la narración, tan sencilla como perfecta, con un trasfondo desesperante, me inquietaba y conmovía.
Y ahí estaba yo, en ese mar de sensaciones, a la expectativa de lo que sucedería en la novela, como el Coronel esperando su pensión, cuando de pronto una sombra empezó a oscurecer la parte superior de la página que leía y entonces levanté la mirada de soslayo y vi que una señora, que estaba a mi lado, se había parado para bajar en el siguiente paradero. Cuando me moví para abrirle paso, al mirar a mi izquierda vi, totalmente despreocupada, a una chica con un libro entre manos, concentrada en lo que leía y con el morral hacia un lado. No me había percatado de ella ni ella de mí. Había estado leyendo con la mirada hacia abajo y por eso no pude notar su presencia al subir. Guardé el libro y me acerqué cauteloso, como cambiándome de asiento, intrigado por el libro que ella estaba leyendo y también por lo linda que era.
Empecé a ver de reojo y con cuidado el libro que tenía entre manos —manía que odio de algunas personas cuando leo en el bus pero que ahora yo lo estaba haciendo— y vi el título del libro en la parte superior de la izquierda: La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa. Era la misma edición que yo había leído, pensé. Y entonces, sentí la necesidad de preguntarle sobre el autor, que es uno de mis favoritos, pero callé, pensando mejor lo que diría, si es que llegaba a decirle algo. En eso, el bus dobló rápido en una calle y la llanta trasera chocó con la vereda, haciendo un movimiento leve en el bus que despertó a todos, y ella levantó la mirada, para luego voltear a verme. Nos vimos por unos segundos, pero al instante ella siguió con su lectura volteando la página del libro. Al parar el bus en una esquina, un joven subió a tocar música andina y me distraje escuchándolo por un rato, después un señor pasó ofreciendo helados a "solo un sol". Luego, volteé a verla y olvidé por completo lo que pasaba en ese momento. Temía que su paradero llegara antes que el mío y perder la oportunidad de hablarle. Entonces, movido por un instinto ligado por el afán de saber su interés por la lectura que llevaba entre manos y, también, por el poco tiempo que resolví tener, le pregunté, cuando hizo una pausa al mirar por la ventana, si había leído otros libros del mismo autor. Volteó y me miró incauta, pero creo que mi tono de voz fue el correcto, porque después de mirarme unos segundos, me contestó amable y sin titubeos:
—Sí, gracias a mi padre, a él le gustan mucho los libros de Mario Vargas Llosa —respondió, cogiendo el libro.
—Genial —respondí, atento—, ese es un buen libro, también tengo la misma edición —añadí, por seguir la conversación que hasta el momento iba bien, aunque recién había comenzado.
—Está entretenido —dijo, mirando la tapa del mismo. Su voz era impostada, amistosa, no parecía incómoda por hablar con un extraño como yo, tal vez mi comentario, inofensivo y sincero, reemplazó la apatía o desconfianza que a veces, en la calle, se siente cuando un desconocido intenta dialogar con alguien.
—Disculpa que interrumpa tu lectura —le dije, sincerándome—, pero no pude evitarlo. Empezó a reír y me dijo que no me preocupe. Y no me preocupé. Tenía los ojos claros, el cabello castaño, ondulado, y un mechón le cubría parte del rostro que se lo movía constantemente.
Y en eso, levantó la mirada, de nuevo, y me dijo que ya tenía que bajar, y me moví a un lado para que pudiera salir. Cuando me percaté en dónde estábamos, me di cuenta de que yo también bajaba aquí. Entonces, le dije, o lo pensé, para no asustarla debido a la casualidad, que yo también bajaba.
—No me digas que también estudias aquí —le dije luego, sin mirarla, al bajar en el paradero, caminando hacia la universidad.
—Sí, bueno... Recién he ingresado —respondió—. He venido solo a dejar unos papeles pero no estoy segura en dónde —añadió.
—Ah, ya entiendo, por eso no te había visto antes —comenté, comprendiendo su situación—. Yo también estudio aquí, solo he venido a averiguar unas cosas. Si quieres te acompaño, para que no te pierdas —le sugerí.
—Está bien, gracias —me dijo—, aún no conozco bien el campus, es la segunda vez que vengo.
—Descuida, a todos nos pasa. La primera vez que vine estuve dando vueltas y vueltas, fue una tortura —comenté—. Pero hoy estás de suerte, no pasarás por eso —añadí, con una sonrisa. Me miró y se rió, un poco avergonzada, un poco agradecida. Por cierto, mi nombre es Enrique, ¿y el tuyo? —pregunté, atento, para no olvidarlo cuando me lo diga.
—Abril —respondió, con un gesto gracioso y relajado.
Llegamos a la universidad y antes de entrar se acercó a un módulo que estaba al lado de la puerta, pidió un código de permiso por ser nueva estudiante para poder ingresar, mientras que yo sacaba mi billetera con mi carnet y la esperaba para pasar juntos.
—Esta es la puerta principal —le dije—, pero hay otras más, si es que un día llegas tarde.
—Lo tendré en cuenta, sobre todo porque tendré clases a las 8 de la mañana —respondió.
—Así es al comienzo —comenté, y sonreí.
Y al entrar, como si ya nos conociéramos de tiempo, le hablé de todo lo que había en la universidad. Le señalé el estacionamiento, las oficinas de matrícula, las facultades, la escuela de cada una de ellas, los laboratorios, las bibliotecas y los aularios, en donde se dictan los cursos generales, mientras caminábamos hasta llegar a la facultad de ella, que, me había dicho, era la de Derecho. Habían pocas personas en la universidad, la mayoría de ellas haciendo trámites, llevando documentos de aquí para allá, y otros, muy pocos, en grupo y conversando, a vísperas de un nuevo ciclo.
—Mi facultad, la de Contabilidad, queda más abajo —le dije—, cerca al anfiteatro, y ella miraba, perdida y también nerviosa, como me dijo que se sentía al ser su primer año en la universidad. Al llegar a su facultad, le dije en dónde tenía que dejar sus papeles. La esperé afuera mientras revisaba mi celular para preguntarle a un amigo si ya había atención en la oficina de matrículas, motivo por el cual había ido. Cuando supe que no, deliberé quedarme un rato más. Ella salió a los diez minutos y me dijo, con una sonrisa y con un portafolio bajo el brazo, que tenía una conferencia de presentación de carrera en media hora.
—¡Claro! Antes de empezar las clases hacen eso, te va a gustar —repliqué.
—Sí, pero ahora tengo esperar —me dijo.
—Te acompaño —añadí de inmediato—, aún no llega la secretaria que me tiene que atender —continué, buscando una excusa para seguir conversando con ella.
—No te preocupes —me dijo—, ya me has ayudado mucho y te lo agradezco.
—No, no me agradezcas —le dije—, además, aún no has visto la cafetería —añadí, con una sonrisa.
—Bueno, está bien, un café me haría bien —me dijo, sonriendo un poco.
Mientras íbamos caminando hacia la cafetería, resolví contarle algunas anécdotas de mi primer ciclo en la universidad, para que al empezar las clases se familiarizara con los pormenores que implican ser un cachimbo.
—El primer día de clases me perdí —le dije—, me metí a otro salón y escuché una clase de otra carrera. Empezó a reír y yo también al recordarlo. Todos llegan con su horario impreso en las manos —continué—, buscando el aula correcta para no pasar roche en su primer día. Pero algunos, como yo, no tenemos la misma suerte.
—Ay, espero que eso no me pase a mí —me dijo.
—Bueno, para eso estoy aquí —repuse, sonriendo.
—Y gracias por eso —continuó, de nuevo, con una sonrisa, haciendo un gesto de alivio.
Algo que había notado y que me pareció extraño, fue que en ningún momento se distrajo con su celular, y se lo dije, como algo que usualmente pasa en estos tiempos y por lo cual es difícil mantener una conversación a causa de dicho artefacto.
—Me lo robaron la semana pasada —me dijo, con un gesto triste—. Pero ahora disfruto más de las actividades que me gustan, entre ellas las de leer —añadió.
Hablaba moviendo las manos de un lado a otro, mirando con nervios y entusiasmo los pasillos de su nueva facultad.
—Cuando le conté a mi papá que me habían robado —continuó—, me dijo que lea algo por mientras, señalando la biblioteca que tenemos en casa, y así fue cómo empecé a leer ese libro.
—Cuando empiecen las clases tendrás que leer más —le dije.
—¡Lo sé! Y aunque me gusta, no me siento física y ni psicológicamente lista para empezar —exclamó, y ambos reímos por la ocurrencia.
Ya en la cafetería, conversamos tanto y de todo que el tiempo pasó sin darnos cuenta.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Ya van a ser las 4:30 —le dije—. Mejor ya vamos a tu facultad —sugerí. Cogió su portafolio que había dejado en la mesa en la cual habíamos estado conversando y su morral, para dirigirnos al auditorio donde se daría la conferencia de presentación de su carrera.
—Por cierto, ¿en qué ciclos vas? —me preguntó, al salir de la cafetería.
—Paso al 5to ciclo —le dije, resolviendo su duda.
—Vaya, ya tienes tiempo aquí, entonces —replicó.
—Podría decirse, es que el tiempo pasa rápido, verás que en un abrir y cerrar de ojos empiezan las clases, llegan los parciales, luego los finales y terminó, para luego empezar otro ciclo. Por eso, aprovecha bien el tiempo —sugerí—. Conocerás a muchas personas y de todo tipo. Algunos de ellos solo pensarán en estudiar, que es lo que se viene a hacer aquí, pero otros pensarán que es solo un juego y vendrán a hacer solo vida social. Escoge bien tus grupos de estudio, no todos aportan al final. No faltes, repasa constantemente tus clases para que en los exámenes no tengas problemas, y creo que ya empiezo a sonar como un padre de familia dando estos consejos, y echó a reír.
—Casi te digo lo mismo —me dijo, riendo—. Mentira, es broma. Gracias por los consejos, los tendré en cuenta —añadió, mirándome y guiñando un ojo.
Al llegar, había un grupo de chicas y chicos haciendo cola para ingresar al auditorio, todos ellos nuevos estudiantes, muy jóvenes, como Abril.
—Bueno, nos estamos viendo cuando empiecen las clases —le dije, mientras ella miraba la larga cola de sus futuros compañeros. Volteó a verme y se dio cuenta de que me estaba despidiendo.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Sí, un amigo me está esperando en la oficina de matrículas, además, en un rato empieza tu conferencia —le dije.
—Cierto… Bueno, gracias por el ‘tour’, ahora ya no me voy a perder —agradeció.
—Descuida, también disfruté rondar la universidad, pues aunque no lo creas, pocas veces lo hago —comenté.
—Estoy segura que nos encontraremos cuando empiecen las clases —me dijo, de pronto, con una mirada seria.
—Espero que sí —respondí, y recordé que no tenía cómo comunicarme con ella debido al robo de su celular, entonces solo atiné a sonreír al despedirme, con el mismo tacto con el que empecé a hablar con ella, dejando al azar el próximo encuentro.
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jueves, 16 de marzo de 2017
Visita
Camina por la habitación ignorando mi presencia, se detiene al observar algunas fotos en uno de los estantes y recorre con la mirada los rostros impresos, planos, inanimados, en esos cuadros diminutos y de madera. La miro con cuidado por encima del hombro sin que lo advierta y, para no perturbar la escena, me abstengo a decirle que muchas de esas personas ya no están en este mundo.
Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros en la pared, colgados uno al lado del otro, en orden de tamaño, para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde han sido tomadas, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y comenta, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, repongo, susurrando, por el frío, por la noche.
Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros en la pared, colgados uno al lado del otro, en orden de tamaño, para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde han sido tomadas, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y comenta, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, repongo, susurrando, por el frío, por la noche.
Sigue recorriendo la habitación, vacilando, tocando, viendo, y llega a mi lugar favorito: el librero. Coge un libro al azar y me pregunta de qué trata, mostrándome la portada sin quitar la mirada al librero, y le describo, de manera breve, la historia de un hombre que no concibe el amor en la vida. Lo deja en su lugar y me mira, por vez primera y después de mucho. ¿Y este otro?, pregunta, intrigada, cogiendo uno de la parte superior del librero. Es la historia de una mujer que vive intentando colmar sus aspiraciones humanas basadas en las novelas que leyó, respondo, al instante. Y vuelve hacia mí, entrecerrando los ojos.
De pronto, realiza el mismo movimiento para dejarlo en su sitio y preguntarme: ¿Por qué tantos libros? No creo que los hayas leído todos, añade, como retándome. Porque nunca es suficiente, le respondo, pero me doy tiempo para cada uno. Me mira curiosa, intenta sonreír y asiente con la cabeza. Se acomoda a mi lado, al borde de la cama, y la miro y juego con sus cabellos que alguna vez adoré y le pregunto, en voz baja, a qué ha venido. Quería verte, responde, viendo a otro lado, siguiendo con el juego de querer ignorarme. Hace mucho que no sé de ti, añade, y voltea, ahora, a mirarme. Pues, aquí estoy, le digo, mirando directamente a sus ojos. Me alegro, responde, sarcásticamente, y se levanta. ¿Y sigues escribiendo?, pregunta, rápido. A veces, pero ya no como antes, replico. ¿Y eso por qué? ¿Acaso desde que me fui no consigues inspirarte?, responde, riéndose vilmente. La miro con una media sonrisa y respondo: He estado ocupado, solo eso. Ya veo, comenta. Pero mejor, escribir te abstraía del mundo. Ahora sí me escuchas, por lo menos, añade. Te equivocas, corrijo, siempre lo hice. Eso crees tú, corazón, afirma, segura de sí. Y empiezo a recordar sus arrebatos y molestias, y me echo sobre la cama para pensar en otra cosa. ¿Se puede saber a qué has venido?, vuelvo a preguntar, sobando mis manos sobre mi frente con ansiedad y mirando a la superficie. Ya te dije, quería verte, responde, sin dudar. Pero para qué, vuelvo a preguntar. Para saber si has cambiado o si sigues siendo el mismo de siempre, responde. ¿Y qué has notado?, pregunto. Que sigues siendo el mismo de siempre, pero también has cambiado, responde. Voy a darle sentido a tu comentario, ¿ok?, le digo. No te gastes, cariño, me dice, guárdatelo para cuando escribas. No lo necesito, le respondo. Bueno, yo solo quería ayudar, añade. Ya me ayudaste mucho, contesto. Pero puedo volver a hacerlo, interviene. ¿Cómo?, le pregunto, levantándome de la cama. Y me besa, me abraza, se aleja y me vuelve a besar, cogiendo con sus manos mi rostro para con un leve movimiento separar sus labios de los míos. Así, me dice. Qué astuta eres, le digo. Vamos, no digas que no te gustó, exclama. No pienso responderte, le digo, impaciente. Está bien, no te emociones, me dice, riendo. ¿Emocionarme? Bueno, si eso crees tú, te seguiré el juego, respondo. No lo hagas si ya sabes que vas a perder, argumentó, con un gesto rebelde, típico de ella, y me quedo intrigado, aunque no le digo nada. ¿Tienes agua para tomar?, pregunta. No, contesto. Ay, ya pues, no seas pesado, invítame un poco, me dice. Bueno, ya, espera, voy a ver si hay, respondo, cediendo. Está bien, no te demores, añade.
Salgo de la habitación y me digo: ¿A qué ha venido? Hace meses que no sé de ella, llego a la cocina, cojo la jarra y lleno el vaso con agua, ojalá tenga algo importante que decirme, pienso, y regreso. Aquí tienes, le digo, coge el vaso, gracias, responde y se da media vuelta. Bebe de un sorbo y lo deja en el escritorio. ¿Por qué me miras así?, pregunta al volverse hacia mí y ver mis ojos concentrados en ella. Quiero saber el verdadero motivo de tu visita, replico. Ya te lo dije, repite. No es suficiente, añado. Entonces, ¿qué más quieres que te diga?, me pregunta. Solo la verdad, le digo. ¿La verdad? ¿Alguna vez tú me dijiste la verdad?, me espetó. Sí, respondo. Por favor, Gustavo, jamás fuiste sincero. Tenías miedo de seguir con lo nuestro, añade, ofuscada. ¿De qué estás hablando?, le pregunto, confundido. Nada, olvídalo, responde. Ya ves, dices cosas a medias, le digo. Porque tú lo sabes, sabes lo que hiciste y te consta, responde, molesta. ¿Qué fue lo que hice, según tú?, pregunté, mirándola a los ojos. Alejarte, respondió en el acto y dio media vuelta. ¿Y tú no hiciste lo mismo?, pregunté. Y volvió hacia mí. ¡No! Pero creí que eso querías, responde, con la mirada hacia abajo. Nunca sabes lo que quiero, respondo. Y tú tampoco lo dices, contesta. Ya, basta. ¿Vienes después de mucho tiempo para esto?, le pregunto, un poco alterado. No quería que fuera así, me dice, mirando a la nada, con los brazos cruzados. Está bien, entonces, dejémoslo ahí, ¿te parece?, le digo, buscando un acuerdo, cediendo la paz. Ok, responde. Además, ya no nos veremos, me dice, de pronto, como amenazándome. ¿Qué?, ¿a qué te refieres?, pregunto, desconcertado. Me iré del país en unos días y solo vine a despedirme de ti, eso era lo que quería decirte.
Me tomó unos segundos asimilar la noticia, al mismo tiempo que me sentía un idiota al repasar mi comportamiento egoísta desde que llegó; pero tomé conciencia de que ella seguía allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, a pesar de las diferencias y altercados, me había sentido igual que antes, entre todo ese caos que irónicamente éramos, y vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no... Lo siento, no lo sabía, respondí. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya es tarde, me tengo que ir, añadió, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro: su nariz pequeña, pecosa; sus ojos vivos, oscilantes; sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado... Lamento no haberlo dicho antes, afirmo. La habitación se contrae en un silencio vivo y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando de lado, donde solo se aprecia el perfil de su sombra, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.
Me tomó unos segundos asimilar la noticia, al mismo tiempo que me sentía un idiota al repasar mi comportamiento egoísta desde que llegó; pero tomé conciencia de que ella seguía allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, a pesar de las diferencias y altercados, me había sentido igual que antes, entre todo ese caos que irónicamente éramos, y vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no... Lo siento, no lo sabía, respondí. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya es tarde, me tengo que ir, añadió, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro: su nariz pequeña, pecosa; sus ojos vivos, oscilantes; sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado... Lamento no haberlo dicho antes, afirmo. La habitación se contrae en un silencio vivo y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando de lado, donde solo se aprecia el perfil de su sombra, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.
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