domingo, 14 de octubre de 2012

Percepción

No reconozco con certeza el lugar en donde ahora me encuentro, el cielo está de un color que no logro descifrar, percibo con asombro y pena, que la naturaleza empieza a perder sentido y las calles son las que cobran una nueva sucursal.
El frío me abraza, pero la sutil magia de mi piel retrasa su intención. Mis instintos me delatan, pero basta con solo quedarme en silencio para descubrir los detalles que alteran y cambian a mi alrededor. Oigo un susurro armónico que se prolonga a lo lejos, allá, donde el ocaso muere en el intento de ser noche y el mar se proyecta, como un sueño ante mis ojos, para gritarme algún recuerdo que murió en mi melancolía. 
Mi sombra se esparce en una oscuridad desconocida y deshabitada, mientras que mis interrogantes nacen con un lápiz y una hoja de papel. Mis nervios se rompen y me vuelvo inmune antes algunos sucesos, mis manos se congelan y mis pupilas se dilatan, mi mirada luce cansada, con ganas de dormir y de soñar despierto.
Mi percepción del mundo se hace añicos y se regenera, la realidad cada vez es más absurda, sin sentido, vaga e inquieta. La indiferencia convoca miradas cegadas por el miedo, cautivadas por una causa perdida o por una voz sin decir lo que en verdad siente. Sin embargo, el amor no pierde textura, fluye voraz y verdadero, mientras almas honestas alimentan el futuro. 
Me encuentro perdido en los suburbios, en mi autoridad, en este momento tengo miedo de ser encontrado, miedo a que descubran mi sosiego, como un tesoro perdido en los años, como un astro en el universo, como perlas en el misterio del mar. Tal vez sea fácil oírme en mi silencio, pues en mis gestos y en mi mirada, se encuentran más palabras de las que podría yo decir. Ahora comprendo que suelo ser frágil, aunque no pretenda serlo.
Tratar de comprender el mundo no es más que una odisea constante, y vivir en soledad es enfermarse de un complot de ideas, como una estafa al inconsciente, o como si se llevaran lo que siento y que entre gritos mi suplicio no se oyera. 
Me siento como un libro perdido y maltratado, con el recuerdo magullado y lleno de historias sin ser contadas. Pero bendecido con un amor de una fortaleza implacable y con frases que cada día se mueren en mi memoria por temor al odio ingenuo de almas inconscientes, débiles al sufragio de mi llegada, pero fuertes al exilio de mi despedida. 
Queriendo interpretar esas voces que juegan a ser verdad, se pierde la claridad en las almas de las personas, y cada vez su piedad es menos. Y como siempre, el más inocuo y vacío testamento ganó la apuesta de la vida, la suerte jugó a su favor, mientras que las sorderas del entorno contagiaron la belleza que dejó en sus huellas.
Frente a ese yo que no soy yo, busco en sus miedos, en sus fortalezas, alguna señal de vida, de aliento, pues he conservado en mis pensamientos, la razón a las tantas sinrazones que dejé de lado en su momento, para poder morir y revivir en mi propia vehemencia. 
Aunque el sueño y mis ganas no compartan lo mismo, sigo en las mismas vías que solo yo he recorrido, olvidando el pasado que se esconde para aliviar el presente, mi verdad se vuelve ajena a mis locuras que hicieron que me desprenda de la tan infame y villana hipocresía que, entre voces, descubrí a mi alrededor.
Así como las cartas que un día jugué, el resultado siempre fue inesperado. Accedí a almacenar estos recuerdos en hojas de papel, que aunque se pierdan de mí, están ahí, vivos y reacios, esperando a ser leídos o recordados, pues como cualquier juramento, una promesa de vida se esconde en sus párrafos.

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