viernes, 21 de agosto de 2015

Invencibles

Invencibles, como los sueños de los que nunca dejan de luchar. Sí, así nos concebimos, apostando por algo que muchos creerían imposible. No había competencia entre nosotros, ni deseos de resaltar, ni de mostrarse indispensables. Se trataba de eso, de corresponder el uno al otro, de apoyarnos mutuamente, de ser transparentes en todo aspecto, de descubrir algo nuevo cada día y ser abiertos a todos los temas que la vida concierne para llenarnos de amor y sabiduría. 
Invencibles, como la fe de los hombres que creen en lo que sienten sus corazones. El respeto como gran pilar, a tu persona, a la mía, a tus tiempos, a los míos, a los sueños, a los nuestros. De esta forma tan osada, tan sincera, tan loca y tan cuerda, nos queríamos. Siempre fuimos creyentes de esta increíble historia, jamás perfecta ni libre de errores, pero con más aciertos por pensar con calma y amor ante tanta adversidad que nos tocó vivir para llegar a ser lo que tanto habíamos soñado. 
Invencibles, como las vidas que dejan más que el cuerpo, sino un legado. El tiempo era parte de nosotros, los años, los meses y los días fueron un entreverado de momentos los cuales no cabían en alguno en específico. Todo era real, espontáneo, jamás fingimos nada, no era necesario. Las veces que nos vimos invadidos por la duda no nos incitó a buscar culpables, reconocíamos nuestros errores, no nos dejábamos vencer tan fácilmente y volvíamos a registrar en los hechos las mejores historias que compartimos juntos para ver el lado de la vida que sí importa. 
Invencibles, porque el adiós no era más que una mentira que nos mantenía a salvo. De esta forma, tan común en los años dorados del amor que nos demuestran nuestros antepasados, fuimos el claro ejemplo de que aún se podía ser dos en uno a pesar del tiempo. El motivo más grande fue el de cumplir la promesa que nació de niños, de jóvenes y de adultos. Como si los años no pasaran y el corazón aún se mantuviera latiendo. Como si la piel no cambiara y la voz y el cuerpo aún mantuvieran la misma energía como cuando éramos jóvenes. Como si la vida fuera un recopilatorio de instantes grabados por cada vez que estuvimos juntos. 
Invencibles, como los que buscan la verdad y mueren con ella. Solíamos pensar que era inaceptable que ya no existan amores que le den valor a las palabras, a las promesas; que no cumplan lo dicho entre miradas y besos, entre frases y sueños. Fuimos la excepción a la innumerable cantidad de fracasos que se veían ayer y aún hoy en día. Pero, ¿cuál es la clave? Nunca lo supimos con certeza, lo íbamos descubriendo cada día. Éramos pacientes dirán los desesperados. Sí, tuvimos mucha paciencia para llegar a comprendernos, pero no se trataba de soportar conductas inadecuadas, todo surgia desde el origen de nuestra historia, cuando decidimos ser fieles a lo que decíamos y sentíamos. Sin embargo, creemos que va más allá de cualquier teoría que implique exclusivamente la tolerancia, cuando el respeto fue lo que nos llevó de la mano a lo impensable. 
Nos hemos vuelto invencibles porque pudimos vencer las dudas, los miedos, como si bailáramos y burláramos los malos momentos, y porque supimos darle más amor a nuestra historia no solo cuando era necesario. Y aunque mis palabras descifren tal vez un pasado, el presente describe todas estas sensaciones que fueron y son ciertas, porque con el paso del tiempo nos hemos vuelto más invencibles que nunca, venciendo a la vida misma que tuvimos, y conquistando a la muerte que hoy tenemos.