miércoles, 7 de agosto de 2019

Coincidencia

Me dolían las piernas y ya no tenía voz. Había cantado a todo pulmón las canciones de Amen, Río, Zen, Libido y de Daniel F. “El hombre que no podía dejar de masturbarse” había sido coreada por miles de personas en el Estadio Nacional, y al igual que el año anterior, como desde el 2005, todos al mismo ritmo y con la furia que esconde su letra cuando el amor se ha vuelto desenfrenado en un acto impúdico pero sincero. 
Salimos del mar de gente a tomar un taxi un poco antes de la medianoche. Eduardo me había escrito preguntándome en dónde estaba, que hoy era el cumpleaños de Brenda y que estaba con la gente llegando a su casa. Por la euforia del concierto lo había olvidado, pero le respondí diciéndole que estaba en camino. Le dije a mi primo Esteban y a Julieta, su novia, que me iría a otro lado, por lo que se subieron al taxi sin mí. 
Caminé por la Avenida Paseo de la República para buscar otro, pues la gente salía en grupo y tomaba cualquiera que veía estacionado en la acera. Levanté la mano unas cinco veces pero nadie quería llevarme al precio que sugería. «No sea malo, maestro, está cerca», les decía. Lo cierto es que quedaba algo lejos y yo no tenía mucho dinero. Hasta que llegó un taxi con un hombre mayor y aceptó ir porque vivía cerca y estaba cansado. «Aunque no lo crea, joven, cansa estar sentado tanto tiempo, estoy trabajando desde las seis de la mañana, imagínate», me dijo. Le conté del concierto, de la energía que aún tiene el grupo Río y que él recordaba muy bien cuando iba a sus conciertos hace 30 años. «La música te mantiene joven», decía. Y yo asentía, cansado.
Al llegar, le pagué con las pocas monedas que tenía y le agradecí la carrera. Llamé a Eduardo para que me abriera la puerta. Salió con Brenda y la saludé por su cumpleaños. «¿En dónde estabas, huevón? Pasa, pasa, gracias, pensé que no vendrías», me dijo de forma empilada mientras Eduardo me abrazaba por el cuello para contarme los detalles de la reunión. Saludé a Roberto y a Ramiro y me senté. «¿Qué haces, huevón?», me preguntaron. «Vengo del Día del Rock Peruano, me duele todo», les dije, mientras pasaban el vaso de ron.
Por el cansancio, me quedé callado escuchando lo que hablaban. «Ya fue el mundial, ni cagando la hacemos», decía Roberto. «Está difícil, pero yo creo que hay chances, hicimos una buena Copa América Centenario», replicaba Eduardo. «Confía en la selección, si le ganamos a Keiko por un pelo, podemos ir al mundial del mismo modo», dijo Ramiro y empezamos a reír. «Y eso qué tiene que ver, huevón, PPK es otro pendejo, un lobista», dijo Roberto. «¿Y Keiko era una mejor opción? No me jodas, pues, la china es igual o peor que su viejo», dijo Eduardo. «Ya, ya, al menos la mafia no ganó», dije, dejando de ser un espectador. «Pero ese congreso de mierda me genera mucha incertidumbre, así que aún no canten victoria. De todos modos, sí creo que iremos al mundial, no sé cómo, pero estaremos en Rusia, carajo», añadí, seguro de mis palabras. «Ya quemaste», dijo Roberto, y empezamos a reír a carcajadas.
La reunión siguió, de forma tranquila debido a la poca gente que había. Al rato llegaron unas amigas y se juntaron con nosotros. Yo seguía cansado y por más que las canciones que sonaban me dieran ganas de bailar, evité hacerlo. Pero Evelyn, una de mis mejores amigas, me dijo que baile con ella, porque su ex novio había venido y estaba en otro grupo con unas chicas que ella no conocía. Le expliqué de dónde venía y por qué no podía bailar, pero no pude convencerla. «Me debes una», le dije, mientras me movía aún con el dolor en las piernas. «Oye, pavo, solo un rato pues, ahorita viene un chico con el que estoy saliendo», me dijo. «Mi ex va a querer sacarme celos, ya lo conozco», añadió. Yo reí y seguí bailando, hasta que acabó la canción y busqué en dónde sentarme. 
Mientras me servía otro vaso de ron, escuchaba a Eduardo y a Roberto hablar de forma entusiasta de varios temas, en los cuales nunca se ponían de acuerdo. Sin embargo, al final, terminaban abrazados como los buenos amigos que eran. De pronto, Brenda se me acercó y me dijo al oído que Fiorella estaba en camino. Saqué mi celular y le pregunté si estaba viniendo. «Sí, estoy con Romina, ya estamos llegando», me respondió. Fiorella era mi ex enamorada, pero más que eso, era mi amiga, y ya tenía tiempo sin verla y por eso me entusiasmó que viniera. 
Me escribió cuando llegó y fui a abrirle la puerta. Nos abrazamos por un buen rato debido al tiempo que teníamos sin vernos y luego saludé a su amiga Romina. Entramos y estuvimos conversando, poniéndonos al día todo lo que nos había pasado desde la última vez que nos habíamos visto. «En mi casa ¿no?», me dijo. Yo hice memoria y le dije que sí, aunque no estaba muy seguro. Ese día habíamos tomado tanto que ni recordaba cómo fue cuando la acompañé a su casa. «Estabas cagado, huevón, te querías ir y era tarde», me dijo. «Ese domingo dormí todo el día, qué tal resaca, carajo», respondí, y nos matamos de la risa. Seguimos hablando y llegamos al tema de su enamorado. «Ya no estoy con él, hace poco más de un mes, creo», me dijo. Me contó que no se veían mucho, que él vivía lejos y no tenía mucho tiempo para ella, y que, además, discutían cada vez que se veían, por lo que decidieron terminar por lo sano. «Fue mutuo acuerdo», me dijo.
Empezó a llegar más gente, la música comenzó a sonar más fuerte y la sala cada vez se hizo más pequeña. 
Vi que entró un grupo de chicos junto a Evelyn que yo no conocía. «Mierda», dijo Fiorella de pronto. «¿Qué pasó?», pregunté. «Allí está Sergio», dijo. «Sergio, mi ex», añadió. «No te creo», le dije, pareciéndome increíble tanta coincidencia. «Sí, y parece que tu amiga lo conoce», agregó. 
Me acerqué a Evelyn cuando la vi conversando con una de sus amigas y le pregunté de dónde conocía a ese chico. «¿Por qué? Estoy saliendo con él, te dije que en un rato vendría», respondió. «¿Qué? ¿Era él? Bueno, y ¿hace cuánto tiempo sales con él?», le pregunté, curioso. «Hace un par de meses», me dijo. Yo me quedé callado, no le dije nada aún porque quería estar seguro de lo que me había dicho Fiorella. Regresé donde ella.
«Al parecer, tu ex está saliendo con mi amiga Evelyn», le dije, al sentarme. «¿Es en serio?», me preguntó. «¿Desde cuándo?, ¡Dime, dime!», insistió. «Según Evelyn, hace un par de meses»«Ese idiota», dijo, con rabia, queriendo pararse. «Tranquila», le dije. «Ya fue, no vale la pena», añadí. Fiorella se quedó de brazos cruzados y lo miró con cólera. «Me mintió ese huevón», me dijo. «Ya, no hagas caso», le dije. «Pero también le mintió a tu amiga», me dijo. «Lo sé, y hablaré con ella», respondí. «¿Quieres tomar un poco de aire? Parece que lo necesitas», añadí. «Sí, por favor», me dijo. Y fuimos al patio a sentarnos y tomar aire fresco. Ella seguía renegando y diciendo que se sentía como una idiota, que con razón nunca podía verla porque seguro ya estaba detrás de esa huevona. «Oye, más respeto con mi amiga», le dije. «Puta, lo siento, pero estoy con cólera, pues», me dijo y me causó gracia su expresión. «O sea, me da igual lo que haga, yo ya no siento nada, pero me jode su cinismo, y yo pensando que habíamos terminado bien y que podíamos ser amigos», dijo. «¿Como nosotros?», pregunté. Se quedó pensando, me miró y aceptó con la cabeza. «Pero lo nuestro fue distinto», me dijo después. «Tú nunca me fallaste, aunque eso fue lo que pensé en un comienzo», añadió. «Ya, no empecemos», le dije, riendo. «Es cierto pues, era chibola y me dejé llevar por otras personas», me dijo. «No seas dura contigo, yo también me porté tontamente, no nos conocíamos mucho y tenías razón en dudar», le dije. «Igual, al final nos hicimos buenos amigos, ¿no?», agregué. Asintió, la abracé fuerte y recostó su cabeza en mi hombro. 
Regresamos después de un rato a la sala y nos juntamos con los chicos y chicas del grupo. Romina bailaba con Eduardo y Roberto hablaba con Brenda, diciéndole que le presente alguna amiga, como solía hacerlo cada vez que iba a su cumpleaños. Yo miré al grupo de Evelyn y vi que Sergio se dio cuenta de la presencia de Fiorella, que se encontraba a mi lado. No sabía si se atrevería a llamarla, pues Evelyn lo tenía agarrado de la mano. Fiorella ni lo miraba, y al contrario, se divertía escuchando a Brenda molestando a Roberto sobre por qué sus amigas no le iban a hacer caso. Yo miré de nuevo a Sergio y noté que intentaba alejarse de Evelyn, pues iba y venía a la mesa haciendo como que buscaba algo con la intención de acercarse a Fiorella. Entonces, ella volteó y me preguntó qué miraba. Le dije que nada, pero supo que le mentía. «No me importa lo que haga ese idiota», me dijo, dándose cuenta que miraba hacia nosotros. «Que haga lo que quiera», añadió. Y seguimos en el grupo viendo cómo bailaban los chicos.
Al rato, vi que Evelyn se encontraba con sus amigas y Sergio se acercó en busca de Fiorella. La agarró del brazo y ella volteó con furia y le dijo que la suelte. Y entonces me sujetó de la mano, con firmeza. Y yo lo miré, preguntando qué pasaba. «Tú no te metas», me dijo, y lo empuje por instinto poniéndome delante de Fiorella. «¿Por qué? Ella está conmigo», le dije. Y se quedó mudo, pues vio que Evelyn se acercaba. «¿Qué sucede?», preguntó. «Vamos a bailar», le dijo a Sergio y se lo llevó de la mano. Él siguió callado y no hizo nada. Fiorella me miró y se mató de la risa. «Es un completo idiota», me dijo. Y después de un momento se dio cuenta que seguíamos cogidos de la mano, y yo, con un poco de vergüenza, la solté. Ella la cogió de nuevo y me dijo al oído: «Estoy contigo, ¿no?». Yo solo sonreí y asentí con la cabeza.
Estuvimos un buen rato así, y vimos que Sergio seguía mirándonos, y Evelyn ni cuenta se daba. Yo quería decirle lo que había pasado, pero Fiorella me hizo desistir de esa idea para no arruinar la reunión de Brenda. «Tienes razón», le dije. Y decidimos salir un momento. Afuera, apoyados en la puerta, me dijo para irnos, que se sentía cansada y que Romina le había dicho que se iría con Eduardo. Yo miré adentro, pensé en ir a despedirme de la gente pero no lo hice. La cogí de la mano, pedimos un taxi y fuimos a su casa. Entramos en silencio a su sala y ella fue a su habitación a ponerse algo más cómodo. Salió, trajo un poco de agua y se sentó a mi lado. Tomamos un poco y nos recostamos en el mueble. Ella me miraba en silencio y ponía sus manos en mi rostro. Yo tenía los ojos cerrados y sonreía sin decir alguna palabra. Y entonces nos besamos como aquellos tiempos, y recordaba la última vez que había pasado. Sabía que éramos amigos pero cada cierto tiempo nos veíamos y terminábamos así, sin impedimentos de nada y callados en todo momento. Nos acomodamos como antes y nos desprendimos de nuestras prendas. No sé qué pensaba ella en ese momento, sabíamos que esto no iba a ser para siempre, por eso nunca perdíamos la oportunidad. Era claro que nuestra amistad pendía de un hilo, y que a pesar de sus amores y los míos, volveríamos a tener otro momento, como si se tratara de una coincidencia, como lo que había pasado esta noche entre nuestros conocidos. La cargué a su habitación y la dejé dormida. La había querido siempre, desde el primer momento en que la había conocido. Pero el amor incierto había desaparecido y ya no había celos ni peleas, como en un comienzo. Solo sabíamos que estábamos y eso nos bastaba. ¿Hasta cuándo? Ya no importaba. 
Salí de su habitación, bajé las escaleras y en la calle sentí frío. Volteé a ver su casa y recordé las veces que venía a buscarla, la emoción que un día sentí por verla y sentir sus brazos. Tomé el primer taxi que pasó y me fui. Sabía que mañana tendría otra resaca, como la última vez que la vi, y mirando por el retrovisor me pregunté cuándo sería la próxima vez que nos veríamos de nuevo.