jueves, 18 de diciembre de 2014

El otro

Él no entiende de desdichas, no cree en la mala suerte, no le teme al tiempo ni a los silencios, a nada en lo cual no pueda ver. El otro, sin embargo, busca el significado de lo imposible, el dilema de lo cotidiano, no recrimina las ausencias ni advierte a los que deciden quedarse. 
Son dos pensamientos convergiendo en un solo cuerpo, enredándose entre ideas, concepciones, doctrinas y creencias. No existe un final cuando defienden su posición, cada uno es juez y abogado de su propia palabra. De este forma conviven, luchan internamente deseando ser uno solo pero intentando imponer sus formas de ser y de ver la vida. A diario suelen sucumbir ante las propuestas de cada uno, pero nunca llegan a un acuerdo sin morir un poco después de cada encuentro. Les cuesta mostrar un solo lado del rostro, un solo Yo ante la sociedad que los ve como un mismo ser.
A pesar de que ni uno es el bueno y el malo, uno cree ser el héroe y el otro el villano, y no advierten que a veces son un poco de ambos. Saben que es imposible, pero intentan permanecer distantes, solemnes entre el día y la noche. Uno crea leyes y el otro las rompe.
Se trata de una vida llena de contradicciones, de golpes que no hacen daño, de verdades inventadas, de solitarios con fobia a la soledad, de leyendas que no dejan huella, de historias escritas pero jamás contadas. 
Él no comparte su tiempo ni reparte su espacio, se cree el amo y señor de las ideas, de los hechos más importantes que han vivido. El otro, sin embargo, vive de limar asperezas, de olvidar castigos, de perdonar a ciegas. Son dos almas en un cuerpo, dos razones, dos verdades.
Viven en un debate constante, en un camino con atajos hacia el mismo paradero. Creen que la ruptura los haría libres, capaces de revertir la vida y ser uno mismo. Compiten siempre, no se miran nunca, juran poder sobrevivir solos pero no comprenden que son esclavos perpetuos del delirio cuya historia se encarga de difamar a cada uno.
«Déjame libre, aléjate siempre, quédate luego y vive sin mí», se suelen reclamar desde los orígenes del tiempo. La misma frase, corrupta y egoísta, pretenciosa y de doble filo.
En el podio del olvido nunca deciden a quién poner en lo más alto. Uno cree ser el dueño y considera al otro su esclavo, cuando en realidad, son los reyes sin corona de un mismo reino. No admiten sugerencias, velan por sí mismos sin saber que logran caminar solos y a la vez acompañados. Se condenan, se inventan conflictos, se aconsejan para provocar un mal paso, pero al final del día, al verse en los mismos problemas, se dan la mano y trabajan juntos.
Por momentos se encuentran en un tipo de resaca rencorosa, se esconden en la plenitud y se consuelan, discuten, pelean a morir y viven de nuevo. Viven en una guerra constante, donde los tratados, por orgullo, no son leídos ni tomados en cuenta. 
Uno tiene la idea de que el amor es la mentira más hermosa que jamás ha sido creada, tan sagrada como el destierro de una emoción que ya no cumple con su cometido, que es el de conmover y hacernos perder la certeza de saber si estamos vivos o muertos. El otro cree en la redención, en el capricho de que morir por amor, es la muerte más sensata, donde no hay pierde si se entrega, si demuestra, sin temor al rechazo, la cartas que escribe en su memoria.
Ni uno acepta ser la sombra, el reflejo, el otro; creen ser el Yo real y reniegan de su contraparte, y aunque a veces dudan sobre quiénes son realmente, se aferran a la idea de ser el verdadero, de ser las dos caras de la misma moneda. Sin embargo, ignoran que entre sus discrepancias existe una armonía, una virtud, un equilibrio perfecto para convivir en paz y sin problema alguno.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

La huida

Ya casi nadie pregunta por él, han pasado un poco más de cinco años y siguen sin haber rastros de aquel hombre. Se decía que había muerto, que después de que dejó a su familia, a sus amores, a sus amigos, perdió la cordura y decidió no volver. La última vez que lo vieron vestía un traje de gala, sostenía una copa de vino y un maletín con sus pertenencias, sentado en la barra del bar a unas casas de la plaza central de la ciudad. 
Su mejor amigo, Gabriel, jamás reveló el por qué de la huida de su compañero de casi toda la vida. Según él, nunca le confesó el motivo, pero hasta el día de hoy nadie ha llegado a creerle. Este recelo se debía a que los dos eran muy unidos, desde jóvenes se los veía andar en la ciudad, viviendo una vida desenfrenada pero muy centrada en cuanto a valores se refiere, conquistando lo que se les cruzaba en frente con la picardía que caracterizaba a los jóvenes de aquellas épocas, sin llegar a lo vulgar y mostrando un lado noble sin esperar retribución. Su familia sigue a la espera de su llegada, y aunque ya nadie comenta sobre él, tienen la esperanza de que regresará con buenas nuevas.
Una señora mayor, cuya edad exacta nadie conoce, relata que en los últimos meses vio al joven en situaciones muy extrañas, como si tramara algo y evitara que todos lo supieran. Al parecer, el hombre había perdido y descubierto algo sumamente importante, tal vez fue obligado a marcharse sin decir nada, tal vez fue testigo de una traición, o tal vez fue el simple hecho de conocerse así mismo. Sea cual fuera la causa, él tomó una decisión, coaccionada o no, no se llegó a saber más de él. Ciertamente, unos años antes de irse, habían llegado nuevas personas a su querida ciudad, con la promesa de ayudar a todos los que vivían con carencias. Sin embargo, hicieron lo contrario: abusaron de los inocentes y corrompieron a los que querían hacer bien las cosas. Debido a esto y a los continuos alardes y discrepancias con los nuevos hombres, se forjaron los rumores de que ellos fomentaron su inesperada desaparición. 
Nadie nunca lo supo con certeza, ni siquiera los amores que tuvo por aquella ciudad: Esmeralda, Ayda, Isabel, Piedad y Mercé, su último amor. Con ella tuvo una relación de muchos años, era una joven de tez clara y de rizos enormes, tenía la sonrisa más cautivadora y tierna de todas. La gente los veía como la pareja perfecta. Sin embargo, ni ella ni sus amores pasados pudieron explicar el frenesí y la locura que él tuvo para irse, para abandonar todo sin importarle nada, dando la idea que dejó de existir, que ahora solo merondea como un fantasma y vive como un misterio en el pueblo al cual dio su apoyo a muchas personas. No era tampoco el más querido ni mucho menos, pero siempre se mostró desinteresado al dar la mano, al comprometerse con brindar un poco de su tiempo para lograr un cambio en su ciudad que poco a poco emergía del olvido.
Por largo tiempo sus allegados vivieron confundidos, lo único certero fue que ya no se supo nada más de él, desapareció. Y aunque muchos quisieran saber el porqué de su adiós tan repentino, solo él podría explicarlo. Y mientras se mantenga como lo hace, distante, casi inalterable, los años seguirán pasando y su ausencia provocará toda clase de historias acerca de su paradero. Dirán que fue a buscar nuevas oportunidades, que conoció a alguien y dejó su pasado atrás para empezar de nuevo. Dirán que se volvió loco, que ahora vive en todas partes y en todos los tiempos, que su huida fue un reclamo a las injusticias que se vivían por aquellos días. Dirán lo mejor y lo peor, lo más extraño y lo más absurdo. Dirán tantas cosas hasta que él un día vuelva, para aclarar que su intención nunca fue abandonar a nadie, que su 'huida' como muchos llaman nunca existió, que en realidad fue una búsqueda inconclusa, un acto de ego masoquista por los constantes atropellos a sus semejantes, un exilio incomprensible en busca de esperanza, una venganza a él mismo por no poder salvarse del dolor que ocasiona el olvido. Tuvo que vivir una contienda divisoria entre perderlo todo para justificar su escape, y así hacer entender a los demás que su ausencia no fue en vano, que necesitaba hacerlo para cumplir lo que más quería, lo que nunca a nadie confesó.


martes, 23 de septiembre de 2014

La amistad

La amistad es una cadena, una promesa inquebrantable, eterna. Es un estímulo grandioso de confianza constante, de reflejos y momentos oportunos. No se sabe con certeza cuándo es que empieza, tal vez una complicidad te puede dar indicios, pero no siempre es fiable. Pienso que el punto de origen se encuentra en el momento en que no te sientes cohibido y te muestras tal y como eres. Allí se especula la compatibilidad que existe entre ese alguien y tú que, por circunstancias de la vida, promueven un pacto a ciegas, una seguridad instantánea que no compromete ni obliga, pero que te empuja al cumplimiento de verdades desveladas, al actuar sin temores, y al trabajo inherente de la duda, que poco a poco se despeja entre dos o más individuos.
La dicha se vive a la par, pero más aún en el infortunio. Y es ahí en donde se comprueba con más seguridad aquella complicidad, que al contrario del amor, no discute su tiempo, y se puede apreciar en el momento en el cual te ves en vuelto en un sinfín de risas y de angustias calmadas. Cuando existe amistad verdadera, no se pierde por el tiempo, mucho menos por la distancia. La amistad crea portales, momentos infinitos de total recaudo y exactos en la mente que siempre serán gratos recordar. Así pasen los años, nunca será suficiente viajar en el tiempo para volver al punto en donde empezaron a crearse todas estas historias.
El tema de la traición es una causa perdida, una incógnita, un dolor sumamente extraño, muy diferente al del amor. La confianza es un tesoro, un regalo muy preciado, que cuando se rompe, ya no hay vuelta atrás, ya nada vuelve a ser lo mismo. Y solemos culparnos a nosotros por haber confiado ingenuamente, por haber desnudado en parte, nuestra atmósfera, nuestras glorias y fracasos, a la sombra de un mal paso que creíamos conocer.
Sin más, la amistad se puede ver en el apoyo y en el afecto constante, en la búsqueda inconsciente de apreciar las contrapartes, en el placer que genera el respeto y la locura, y en réplicas de momentos de aceptación mutua, libre, y de una comprensión envidiable entre los que viven a la espera y alejados del mundo. Es la palabra sincera, la verdad oportuna, el abrazo eficaz y la copa del amigo. Por lo cual, la amistad no tiene precio, ni barreras, ni límites, transciende y convierte a extraños en hermanos por elección.


miércoles, 30 de julio de 2014

La gran casa

No hace mucho tiempo que aquel aposento era refugio de incontables anécdotas, historias y encuentros. Recuerdo muy bien los días de infancia que viví allí, los juegos, las reuniones, las fiestas, los buenos deseos. De niño siempre sentí la casa enorme, como si fuera un gran laberinto. Sin embargo, todos los días mi curiosidad me llevaba a descubrir puertas nuevas. 
La entrada tiene un pasadizo extenso, casi interminable al punto de encuentro y bienvenida, donde los saludos y abrazos se daban cada cierto tiempo para quebrar el mito de la distancia. A los lados, dos futuros diferentes, con fuentes de esfuerzo y ganas de salir adelante. Más allá, pero no tan lejos del centro de encuentro, había una fuente natural, en donde crecía un árbol para darle vida y color al patio de la calma. Al lado, se preparaban los más grandes festines y buffets para todo aquel que compartía un lazo familiar y de amistad de antaño. Al subir las escaleras, que en mi imaginación y en la de mis primos se convertía en un deslizadero cuando teníamos que bajar, se encontraban diferentes centros de noche para calmar el duro y largo viaje de sus visitantes. Y desde el último piso, casi rosando el cielo, se podía observar a las innumerables personas buscando un camino, una salida, un medio de sobre llevar el peso del día y llegar a su destino. 
Saliendo de todo ese laberinto acogedor, allá afuera existe un gran y hermoso parque llamado 'Seis de agosto', en donde los más jóvenes como los más grandes acuden y disfrutan de la paz que aún hoy en día mantiene. 
No habían fechas predeterminadas para la llegada de visitas, podía ser en verano o en invierno, o en el momento menos pensado. Siempre era grato recibir a los que venían desde lejos. 
Tuve la gran dicha de vivir allí cuando era niño, y también de más joven. Por tal motivo, guardo secretos e historias que nacían cuando los que estaban lejos, venían al lugar donde crecieron y que con mucho sacrificio habían creado. Recuerdo que a veces solía perderme a solas viendo los cuadros, los momentos retratados en una imagen, la foto de mi tío Hernán como si nos cuidara y se alegrara al ver a toda su familia compartiendo juntos. Cómo olvidar a mi abuelita Celith viendo sus novelas favoritas y al mismo tiempo hacer los quehaceres del hogar, cuidando de mí y de mis demás primos. Cómo olvidar a mi abuelito Higinio, siempre descubriendo objetos de muchos años atrás, contándonos y explicándonos cómo funcionaban en aquellas épocas. Su entretenimiento favorito era el juego del sapo, el cual todos pudimos disfrutar y pasar momentos agradables cada fin de semana. 
Todos y cada uno de estos recuerdos viven en esencia allí. Pero es curioso regresar, sentir nostalgia del ayer y recordar estos detalles. La gran casa, como solía decirle cuando llegaba, vio crecer a mi padre, a mis tíos, a mis primos y demás, los acogió, les dio refugio y unió a quienes estaban lejos, porque al final de todo de eso se trataba, pues a pesar de las situaciones que acarrean las pérdidas y la distancia, la gran casa nos enseñó que la familia siempre debe de permanecer en paz y unida.


sábado, 7 de junio de 2014

Señuelo

A veces tratamos de evitar los golpes, las constantes caídas, buscamos la forma de resistir un poco más para lograr llegar a la tan ansiada gloria, gloria que, a través de los años, la historia ha impuesto. Dicha gloria se manifiesta en distintas formas para cada uno, y al atar cabos somos felices por un momento. Sin embargo, el hecho de que en un lapso de tiempo es posible olvidarlo todo suele ser una gran y absoluta mentira, aunque solo se cumple si no has querido de una manera poco probable y conocida.
Jamás subestimé sus miedos, pero sí subestimé los míos y de la peor manera. Recuerdo muy bien sus últimas palabras, su último beso. ¿Qué hemos hecho todo este tiempo? Los señuelos cumplen su cometido, pero no son para siempre. Es mi castigo, merezco el delirio de todas esas miradas sin oficio, de todos esos cuerpos vivos pero sin alma. Y nos sentimos agotados por vivir una suerte de encuentros no planeados, una curiosa aventura de velos sin dueño, de símbolos con formas indiscretas a la par de un dicho extraño.
Desde el principio hasta el final, nos dominó la locura, y estuvimos tan locos que no advertimos todo lo que se perdería. Nos dio igual, no pensamos en las consecuencias. Cada quién por su lado, cada quién con su espacio, cada quién con su Dios, cada quién con su forma de ver la vida. ¿Y ahora? No tenemos nada claro, los señuelos son parte fundamental de las creencias, de los misterios, pero no existen respuestas claras, solo una acción que equivale por segundos a la verdad que fue creada en tan solo una noche. De una u otra forma, somos un pasado cautivo de errores, con una misión que cualquiera creería imposible, mas no nosotros.
Perdimos algo y tuvimos la osadía de recuperarlo, pero… ¿Quiénes somos para decidir qué perder y qué ganar? No podemos exclamar el dicho que lo dejamos al destino, el destino depende exclusivamente nosotros, sin permiso de nadie, sin obligarnos a nada, actuando únicamente por una razón que nos impulsa a hacerlo. 
Éramos discretos como las historias que se cuentan los mejores amigos, pero siempre hubo una pared entre nosotros, una distancia escondida que no dejaba querernos a nuestra manera. Este olvido nos envejeció el alma, mas no la vida. Me atrevo a decir que somos como una analogía casi perfecta, una catedral que se derrumba pero que al día siguiente está de pie nuevamente. 
Cuando busco una similitud de ti con mi pasado, me recuerdas mucho al sueño que solia tener de niño, en el cual solo corría para poder sobrevivir y despertar para tener una vida nueva. 
No, no te pido que vuelvas si no estás segura, porque al final soy yo quien siempre comete el suicidio de volver en un desesperado intento de olvidarte sin arrepentimientos, para amarte un poco más cada día. Y me duele este juego inútil en el cual pierdo casi siempre, sin saber cómo empezar de nuevo.
Los señuelos no compensan el ruido que ya no haces. No conozco días que no sepa u oiga algo de ti. A veces creo verte entre la gente que para mí no existe. No me cabe en la memoria otra historia que no quiera repetir si no es la tuya. Odio los desprendimientos, pero la vida trata sobre eso. Y los señuelos no son capaces de reemplazar un momento inolvidable, ni siquiera de aparentar la gran mentira que corre por los hechos de la soledad y la compañía.


viernes, 16 de mayo de 2014

La estación

La conocí en una estación de tren en las fueras de la ciudad, se veía distraída observando a cada segundo quienes entraban y salían perturbando su lectura de un libro cuyo nombre no recuerdo ahora. Tenía en el brazo una cicatriz de cera con forma de lágrima de fuego, opté por no llenarme de curiosidad pero era inevitable. De manera extraña, me pareció interesante, no lo disimulaba, sino que se veía extravagante con los tatuajes de alas de ángel que llevaba en la parte lateral de cada brazo. 
Trate de distraerme mirando el reloj para aparentar que se me hacía tarde. Pero su presencia era muy llamativa. Se levantó del asiento de la estación y recogió su zurrón el cual parecía muy pesado. El tren había llegado y la gente empezó a entrar y a tomar asiento, debido a que no habían muchas personas por lo tarde que era. Ella estaba a mi lado, tratando de retomar su lectura. No me animaba a hablarle, se veía muy concentrada en los textos que descansaban en sus manos. Pero de un momento a otro guardó todas sus cosas. 
Intenté recordar si la había visto antes, usualmente mi retorno era por esas altas horas, aunque casi siempre llegaba un poco más tarde. Ya muy cerca a mi destino, seguía con mil idas y venidas sobre tan extraña chica que a mi parecer, no tenía nada de extraña, sino algo peculiar que me hacía querer saber sobre ella. 
Entre la multitud caminábamos juntos pero todavía siendo extraños. Fue entonces que, a punto de salir de la estación para no verla jamás, volteó, me miró y me dijo, casi hablando a la nada: «Te he visto muchas veces llegar tarde a la estación, apresurado y un poco preocupado». Al parecer, se había percatado de mi presencia mucho antes de que yo advierta la de ella. No supe qué decir, no pensé que me hablaría y diría eso. Empecé a recordar la historia de un libro cuyo tema era la conexión y la energía de pensamientos, y era la primera vez que experimenté algo como eso. 
Le respondí sin pensar, con voz temblorosa, nervioso y un poco desconcertado: «¿Disculpa? Ah, tal vez, no me había dado cuenta de eso». Me dijo: «Descuida, todos viven así hoy en día, más bien, perdón si te asuste». Estaba muy tranquila, hasta parecía causarle un poco de gracia mi reacción por su inesperada conversación conmigo. «No te preocupes, así es la vida en la ciudad», contesté, ya más suelto. No le iba a decir que estuve mirándola desde que llegué a la estación, aunque lo más probable es que ya se hubiera dado cuenta. Le pregunté sobre a qué se refería con que las personas viven así ahora. Me dijo que como terminaba temprano sus actividades, llegaba primero a la estación del tren, y veía a casi todas las personas llegar tarde, con un ademán de molestia, de incertidumbre, como a mí en algunos días. No solo era por tal vez perder el tren, sino por los problemas que viven y alteran su vida durante su jornada. 
Me dijo que estudiaba psicología, y que ya estaba a punto de terminar su carrera. Me comento que siempre notaba eso en las personas, con sus gestos, su forma de caminar, de mirar a todas partes, en su manera de quejarse y mirar la hora a cada segundo. Me sorprendió mucho, no lo había visto de esa forma. 
Se llamaba Anel, cuyo nombre no olvidaría jamás. Conversando fuimos caminando por el mismo rumbo sin prisa. Le conté muy poco sobre mí, pues era como si la conociera desde siempre y yo solo quería seguir escuchándola. Prosiguió contándome sobre las continuas apreciaciones que tenía y sobre las conductas de las personas que advertía en su vida diaria. Sus reflexiones me parecían increíbles, su filosofía de vida era encontrarle solución a todo a base de métodos netamente humanos. Tenía respuesta para todo y alguna que otra acotación cuando yo comentaba algo, era muy curioso. 
El tiempo me dejó de importar en todo ese lapso que estuvimos hablando, nunca había tenido una conversación de tal magnitud con una desconocida, que al parecer me conocía mucho con solo haberme observado algunas veces en la estación. Notó mi interés por su cicatriz en el brazo, y aunque no le comente nada me lo hizo saber: «Vi cómo me mirabas el brazo en pleno viaje, es normal, muchos lo hacen». Empezó a contarme la historia de cómo fue que le sucedió tal hecho. Recién había cumplido diez años, unas semanas después de haber recibido como regalo la llegada de su padre del extranjero. Cuenta que vio salir humo de la habitación de un primo que había venido de visita por unos días. Según ella, él era muy liberal, había viajado por muchos países a darse la buena vida a sus tan solo veinte años. Y ese día salió un momento como solía hacerlo por las noches, pero olvidó apagar el cigarrillo que dejó sin darse cuenta en el buró de su cama. Fue una noche en la que ella se encontraba sola con su hermana menor cuando el siniestro empezó a crecer. El fuego se expandió por toda la casa, no supo qué hacer más que abrazar a su pequeña hermana para que las llamas no la acorralen. Los vecinos empezaron a entrar para sacarlas de ahí, pero fue demasiado tarde, casi toda la parte de su brazo derecho había sido afectado por el feroz siniestro, pero felizmente no paso a mayores.
Ya muchos años después de aquel accidente, me contó que le alegra ver a su hermana, ya más grande, linda como siempre, quien ahora la considera a ella como su heroína preferida. 
Me conmovió mucho su relato, sobre todo por cómo llevaba su vida después de eso, tratando de ayudar a las personas con palabras y comprensión. Y como todas las personas que se ven un día, la despedida es inminente. Ella se fue y yo también, con un 'mucho gusto' por habernos conocido. Luego, me puse a pensar sobre las historias que las personas llevan consigo en cada esquina, en cada calle, en cada avenida, en cada estación. Fue un día para no olvidar, y tal vez mañana la vea de nuevo, ahí sentada como hoy en el mismo lugar, pero esta vez procuraré ya no llegar tarde y tampoco preocupado.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Repentino

Era lo último que creí que pasaría, ni siquiera tuve el tiempo de pensarlo, de entenderlo; pero allí estabas tú, nuevamente a mi lado. Sin dudas y totalmente libres, nos vimos juntos, olvidando y riéndonos de lo que alguna vez nos separó. 
Sin presagiar el tiempo fuimos abrazando una amistad y una locura tan remota e inigualable, la cual pienso debió mostrarse así desde un principio. Admito y recalco en el miedo que todo esto dejó en algún momento, tal vez siempre nos quisimos, pero ninguno se atrevió a decirlo hasta ese día. Ya cuando mis intentos y planes se veían perdidos, olvidé todo pasado confuso y herido para dar paso a esa parte de la historia que siempre vivió en nuestra memoria.
Dicen que lo más lindo en la vida no dura mucho porque nos deja con preguntas y nunca nos hace ver la realidad en todo su esplendor. ¿Cómo puede ser posible que nadie se arrepienta antes de morir en un intento sin precedentes? Tengo el recuerdo de un camino cubierto de sombras; tú, yo, involucrados sin miedo al tiempo, con un gran gesto salido de la más grande utopía entre dos seres descubiertos pero nunca antes vistos en el pleno que es la vida. 
Extrañarte no me salva ni me libera, es un castigo por no aceptar lo que sentía en aquel momento. Pretender que nada pasó, que nada fue como lo recuerdo cada día, es inaudito. No puedo mencionar con seguridad qué fue lo que tú sentías. Sin embargo, tampoco me llevo dudas. Por eso es que tal vez mantengo y sigo cumpliendo lo que en su día te prometí, a mi manera, tan desesperada y extravagante, con detalles que quizás nunca vayas a advertir, pero que son parte de los dos aunque tú no lo sepas. 
Espero, sí, aún tengo la esperanza de que vuelvas en un estado de tu “Yo” que nunca promulgas y escondes, pero que logré conocer, no en su totalidad, pero sí en una parte importante de lo que es y no demuestra. No me gusta hacerme ideas imposibles, pero cuando las hago intento todo para que sean tan reales como fue lo que llegamos a vivir: juntos sin ánimos de nada, solo de eso, de compartir sin preguntas ni respuestas… 
Pienso y trato de buscar en las memorias de mi antología, sobre cuándo fue que sentí esto que ahora siento contigo, pero no encuentro respuesta alguna. Despierto de un sueño, o más bien de una pesadilla, no me cabe en ninguna parte este silencio que hay entre nosotros. No me anima, no me culpa, no me hace feliz. Ojalá no hubiera callado y dicho más, «no hace falta» me digo, pero tampoco me compensa. 
Te necesito y a la vez no, para entender a descubrir quién fui, quién soy y quién seré, sin ti. Vivo en una confusión de personalidades que buscan, que llaman, que extrañan y entienden menos cada día. Ni siquiera puedo hablar de mí cuando sé que otra vez dejé ir a quien me hacía recordar quién era. 
Fingir siempre y nunca, mañana y ayer, cansa, atormenta, consume y quita lo que mi corazón cree que nunca tuve. Me pregunto si todavía me recuerdas, si todavía vive en ti algo de lo que dejamos sin poseerlo. No puedo consolar este exilio con un recuerdo que ya no es el mismo, que se ha desgarrado del pasado y ha impuesto sus propias reglas para darme la contra. Solo sé que te llevaste algo de mí y ya no he vuelto a ser el mismo…


martes, 18 de febrero de 2014

Inocencia

Hubo un tiempo en donde las preocupaciones no existían, en donde los juegos y la imaginación eran parte de todo. Hubo un tiempo en donde el pasado no era tan lejano, y en donde las horas no tenían un principio ni un final. 
El día era una completa aventura, las tardes y las noches no se diferenciaban, y el mundo era pequeño pero infinito en aquellos tiempos. Logramos disfrutar de manera tan sublime y diversa esos momentos que pasaron tan rápido y no nos dimos cuenta. 
Los sueños eran el refugio de los amores secretos, dichos solo con la mirada y con las mejillas pintadas de rojo. Nuestras bocas calladas pero nuestras mentes imaginando infinidades de momentos. El amor inocente solo ve lo necesario y lo que importa. Así eran esos días de sentimientos únicamente sinceros.
No habían miedos de culpa o daños a un corazón ajeno, tal vez solo los nervios de cruzarte con aquel amor que vivía únicamente en tus sueños. La noche solía ser un escape, y aunque a veces nos obligaba a soñar, solíamos tomar el control de su tiempo para nuestro propio y secreto beneficio. 
Los tiempos cambian tan rápido cuando lo pensamos que ahora mismo ya estamos viviendo algo nuevo… Y en un recuerdo difuso, me veo otra vez caminando por los parques, mirando los alrededores, siempre con una frase, una pregunta y una duda por dentro: «¡Qué inmenso es este paraíso! ¿Qué cosas habrán más allá?». 
Dicen que somos ángeles, que fuimos un milagro, fruto del amor de nuestros progenitores. Yo pienso que estamos aquí porque así lo quiso la vida, porque llegamos para aprender y enseñar al mismo tiempo. Cada etapa tiene un motivo, y esa misión al final nos convertirá en mejores personas.
Y escarbando un poco en el pasado, recuerdo que las frecuentes visitas de extraños, los saludos de personas de nuestra misma sangre que poco a poco íbamos conociendo y los famosos pero discretos encuentros familiares, a veces parecían interminables. 
Tengo el recuerdo de que nada se comparaba al hecho de recibir una sorpresa, cómo nos encantaban estas entregas inesperadas, sobre todo si era algo que tanto habíamos soñado… Buscando señales en los escondites menos pensados, esperábamos algún premio por haber hecho lo correcto o simplemente por merecerlo, aquella compensación inocente, era un derecho que caducaría con el tiempo. Por cierto, en esos días, las fechas eran más especiales y esperadas.
Nada parecía tener final, los juegos, las dichas, los regalos y las risas eran como el pan de cada día. Sin embargo, crecimos y ahora la nostalgia es fuerte cuando recordamos aquellos días de infancia. Y, ahora, con interpretaciones que en ese tiempo desconocíamos, comprendo que cada infante es un soñador en la vida desde que empieza a abrir los ojos, incluso desde antes de hacerlo.
Vale recalcar que la capacidad de asombrarse por cosas como la noche, la luna, la lluvia y las estrellas, era sinónimo de la inocencia que nos caracterizaba. Descubrir algo impresionante y a la vez sencillo era cosa de todo los días, vivíamos en un constante viaje al futuro. 
El don de reír a cada momento era exclusivo de los que recién empezaban a descubrir el mundo. Nada parecía tan importante como pasar un buen día disfrutando de la naturaleza, del sol y del viento, para sentirnos un poco más libres de lo que ya éramos. A veces creíamos saberlo todo, sin imaginarnos que una vida totalmente nueva recién nos abría sus puertas.


viernes, 31 de enero de 2014

Quimera

Estuvimos a punto de ser inolvidables, de convertirnos en protagonistas de las historias que año tras año se cuentan lejos de los suburbios por aquellos hombres que han vivido y ahora dejan vivir. Sin embargo, llega un momento en la cual estos relatos se dilatan y con el tiempo cambian y desentonan ante los ojos de quienes las cuentan y escuchan.
Creía que en el inmenso campo de memorias teníamos los mejores recuerdos, los más gratos momentos que jamás nadie recuerda, mucho menos nosotros mismos. No pensé que esos momentos serían el motivo de nuestra propia condena.
Lejos de todo y cerca de nosotros, estaba ella, un amor del pasado que jamás dio señas de algún adiós perpetuo. Aquella sombra era una carta a medias, una mirada inocente y a la vez ilusionada. Fue extraño coincidir justo cuando el camino estaba definido. No resolví a tiempo aquel aviso que en mi interior yo sabía, pero que no quise aceptar por miedo a perderlo todo.
Y sin más que anhelar, entre amargos pensamientos y confusiones de sentimientos pasados, sucedió justo lo que imaginé, aunque también superó mis expectativas. Ella existía en mi idea controlada por la nostalgia. La vi y sentí que no quería alejarme nunca más. Dicho encuentro obligó a cuestionarme sobre los futuros compromisos que se dan solo en pareja. Empecé a replantear mis sentimientos para aclarar mejor mis dudas, y llegué a la conclusión de que su presencia era solo una quimera.
Jamás comprenderemos que cuando complicamos el verbo, solemos destruirnos en un silencio que nadie merece. No obstante, no iba a dejarla de lado, todavía tenía el recuerdo de cuando decidimos compartir nuestro tiempo juntos. Éramos dos almas jóvenes, ignorantes de nuestras propias vidas, por eso es que todo fue tan natural y vivo, a pesar de que ya habían pasado unos años de total alejamiento. Me sorprendió mucho ver cómo todo empezaba a tomar forma, no creía que algo así podría volver a pasar pues, no estaba en mis planes enlazarme una vez más con ella. Pero sucedió, y me sentía pleno. Sin embargo, no pude enfrentarme a los cambios que desde hace tiempo venían propagándose, tenía que acostumbrarme a la idea de tenerla sin buscarla, de llamarla sin pensarla. Me comprometí al sueño de imaginarla en cada persona que no había visto hace siglos, y no me di cuenta de nada hasta que decidió caminar conmigo.
Todo iba como lo había imaginado, a pesar de las dudas, ella me hizo sentir seguro y alejó por siempre cualquier dilema entre nosotros. Entendí que no se trata de elegir, sino de ver más allá de nosotros mismos, superando el ego y acatando los castigos por dejar ir a quienes realmente darían todo por nosotros. Nada me había atrapado como ella lo hizo, se dio el tiempo justo para tratar de arreglar lo que rompimos por causas ajenas. Era increíble volver a tenerla a mi lado, volver a sentir sus besos con frescura de que lo que teníamos era sincero. Pero siempre calaba el miedo después de cada despedida, todo era frío, siniestro, y la soledad no reprochaba y venía a hacernos compañía cada cierto tiempo. No estaba seguro de lo que pasaba, era difícil que alguien nos imagine tan juntos y tan solos, es cierto, así éramos nosotros y nada podía cambiarlo. Yo solía preguntarme: «¿Será que lo merecemos?». No tenía sospechas de por qué nos pasaba esto, justo ahora, justo como siempre. 
Y en las calles, discutiendo a solas conmigo y reprochando aquella situación, no podía evitar ver a esos personajes inocentes, conociendo y descubriendo la maldita y bendita verdad del amor, y juraba en silencio que muy pronto la conocerían. «No hay paz sin antes pasar el huracán», pensaba sereno y los miraba desde lejos.
Nuevamente lo caótico gobernó nuestro espacio, tan épico como cuando nos veíamos de lejos sin decir palabra alguna para ir al lugar de siempre, al lugar donde empezó toda esta historia. Estuvimos tan ligados a lo desconocido que nada nos sorprendía, así como los paisajes que eran de nuestra vida cotidiana. De tal manera que solíamos saber muy bien lo que queríamos y esperábamos. 
En los momentos de inconsciencia pura, nos distraíamos pensando que no nos necesitábamos, que no era necesario saber qué hacíamos ni dónde andábamos. Confiar era el único remedio. Qué locura pensarán los desesperados, es cierto. Pero a pesar de ser algo inaudito, que no cabe en los niveles del amor, yo estaba loco por ella y ella estaba loca por mí.
Las ilusiones suelen desprenderte de lo que es real, de lo que está a tu lado sin que lo sepas. Son traicioneras como el orgullo en su momento de desamor, tan banales e ingenuas que te hacen perder lo que más aprecias, sin ganar nada a cambio más que tu propio lamento. «No me esperes, no me llames, no me busques», decía la voz de la quimera. Pero no me importó en lo absoluto y perdí de nuevo un pasado que allí estaba mejor.
No pudimos librarnos del engaño de la vida, fuimos sus esclavos, sus peones, y llegamos a cargar con la desdicha de una fantasía provocaba por nosotros mismos. Ella no era real, y a veces creía que yo tampoco.
«Mi metáfora es tu mejor aliada», me decía el pensamiento. Pero aquellas voces no me libraban de su exilio, que de vez en cuando trataba de imitar para ser lo que habíamos olvidado. Sin embargo, entre ausencias y besos, decidimos postergar los encuentros a simples y vacíos momentos de confusión.