sábado, 27 de abril de 2019

La búsqueda

—Ella es mi abuela y ese señor debe ser mi abuelo —dijo Carolina mirando con curiosidad a la pareja que salía de una casa a unas cuadras de su colegio.
—No mientas, esa casa es enorme y tú nunca has entrado allí —respondió una de sus compañeras del colegio, riendo y empujándose con otras niñas.
Carolina no respondió y siguió mirando la casa y a la pareja que subía a un auto. Quería verlos bien y reconocer en ellos alguna semejanza con ella.
—Cállate, claro que sí —dijo al fin, mirando a sus compañeras para que no la molestaran.
—Bueno, si tú lo dices —respondió una de ellas y empezó a correr con las demás niñas que cargaban sus mochilas y sus loncheras.
Carolina seguía parada y miraba detenidamente. Los señores ya no se encontraban, pero entonces llegó otra mujer y abrió la puerta. «Ella debe ser mi tía», dijo con entusiasmo para sus amigas, pero cuando volteó, vio que estaba sola.
Dio media vuelta y caminó por la calle imaginando cómo sería esa casa por dentro, quiénes más vivirían allí y si sabrían, de alguna manera, de la existencia de ella. Un día, al pasar por allí, vio a su abuelo reparando su auto y lo saludó para saber si él la conocía y si sabría su nombre. Pero el señor, al verla de lejos, solo le respondió el saludo sin más, y siguió haciendo lo suyo. Eso fue hace mucho, pensaba Carolina, cuando era más pequeña y tal vez por eso no se había dado cuenta de que era su nieta, la hija de Aurelio, su hijo mayor.
—¿Por qué llegas tan tarde, Carolina? Tu comida está servida —dijo su madre al verla entrar.
—Fui a ver a mis abuelos —respondió Carolina.
—¿Cómo dices? —preguntó su madre, sorprendida.
—Los vi de lejos —afirmó ella, y dejó sus cosas en la sala. Su madre se acercó, la abrazó y le dio un beso en la frente.
—Ay, mi amor —dijo su madre.
—¿Por qué no podemos visitarlos, mami? —preguntó Carolina.
—Mi amor, lo siento, no quiero que piensen que queremos algo de ellos. Ya hemos hablado de eso —dijo la madre, lamentando ver a su hija triste.
—Pero yo solo quiero conocer a mis abuelos, a mi tía... Abrazar a mi abuelita.
—Lo sé, mi amor, pero ahora no es el momento. Te prometo que iremos un día ¿está bien? —dijo su madre, consolándola. 
—Siempre me dices eso —respondió Carolina y se fue a su habitación.
Por las mañanas, cuando iba al colegio, solía caminar al frente de la casa para ver si salía algún primo o prima de ella, con la intención de saludarlos y decirles quién era. Sin embargo, un auto siempre llegaba antes y llevaba a los niños a sus respectivos colegios, que no eran el mismo que el de ella.
Un día se levantó muy temprano, se vistió rápido sin que su madre se diera cuenta, tomó un poco de yogurt y fue a la casa de sus abuelos. Desde una esquina, escondida detrás de un poste de luz, vio a la señora, que suponía era su tía, ir a la tienda y volver con una bolsa de pan y una lata de leche, a su abuelo sacar el auto de la cochera y limpiarlo y, un rato después, a una niña casi de su edad esperar en la puerta a su hermano o primo para que los recoja su movilidad, un Station Wagon color marrón madera. Pensó acercarse a la niña y saludarla antes de que se vaya, pero al ver que llegó el niño corriendo, desistió y caminó de frente a su colegio, pues ya era un poco tarde.
—No son tus abuelos —dijo una niña de su salón, por molestarla, al escuchar a Carolina hablar nuevamente de ellos en el recreo.
—Tú qué sabes —respondió Carolina—. Hoy iré a verlos —añadió, segura de sí.
—Nunca les has hablado —dijo la niña y sus demás compañeras se rieron.
—Es cierto, solo los miras de lejos pero nunca te acercas, ya deja de mentir —agregó otra.
—¡Cállate la boca! —gritó Carolina, molesta. No sabes lo que dices —añadió.
—Ya déjala —dijo su amiga Amelia, defendiéndola, al ver que Carolina sollozaba—. No les hagas caso, son unas tontas. ¿Vamos a la tienda? Te invito un chupete —sugirió Amelia, amablemente.
Fueron al quiosco del patio y compraron los dulces.
—¿Tú sí me crees, no, Amelia? —preguntó Carolina.
—¿Qué cosa? —dijo Amelia mientras sacaba la envoltura del chupete.
—Que los señores de esa casa son mis abuelos.
—Si tú dices que son tus abuelos, pues te creo. Pero es raro que no te hables con ellos, ¿no crees?
—Lo sé. Pero una vez mi abuelo me saludó —dijo Carolina.
—Eso no es hablar. Yo siempre saludo al señor de la puerta y eso no quiere decir que sea mi abuelo —dijo Amelia y empezó a reír debido a la ocurrencia.
Carolina se quedó callada. Miró con zozobra el patio del colegio y un rato después se levantó del asiento del quiosco.
—Disculpa, no quise molestarte —repuso Amelia.
—No, no pasa nada, vamos —dijo Carolina y volvieron al salón en silencio. 
Al sonar el timbre de la salida, Carolina guardó rápido sus cosas y fue directo a la casa de sus abuelos. Desde la esquina en donde iba siempre, miró si salía alguien. Como no vio a nadie, se armó de valor y fue hasta el jardín, subió las escaleras y tocó el timbre. Al rato, salió una señora, alta, de caderas anchas y bien vestida. Era su abuela. 
—¿Busca a alguien, señorita? —preguntó al verla.
—No, disculpe, me equivoqué de casa —dijo al instante tapándose un poco la cara debido al sol y descendió rápido las escaleras. Caminó hasta la esquina y al doblar, corrió, nerviosa. «Aish, qué tonta eres», se dijo al ver que la señora ya no la veía. Y con los ánimos por los suelos, volvió a su casa.
—¿Te pasa algo, hija? —preguntó su madre cuando la vio entrar.
—Sí, vi a mi abuela y no supe qué decirle.
Su madre tampoco supo qué decir y solo la abrazó. Carolina vivía solo con su madre en una pequeña pensión a varias cuadras de la casa de sus abuelos. Su padre había muerto cuando ella había nacido, y un día, revisando los cajones de su casa, encontró varias fotos de él y su familia, y al observar bien las imágenes, reconoció en una de esas a los señores de aquella gran casa: más altos, más jóvenes, pero sin duda alguna, eran ellos, sus abuelitos.
Carolina no quiso hablar más sobre ello y se metió a su habitación. Abrió su mochila y empezó a dibujar en su cuaderno a sus abuelos, a su tía y a sus primos junto a ella, y a su madre y a su padre también, como si fuera una foto familiar grande en donde todos salen abrazados y sonriendo. Cerró su cuaderno y se echó a dormir.
Al día siguiente, en la escuela, mientras revisaba su cuaderno, encontró el dibujo que había hecho y lo empezó a pintar. Amelia se sentó a su lado y le preguntó que qué hacía. «Termino de pintar a mi familia», dijo ella. Amelia miró con curiosidad el dibujo y le dijo que estaba bonito. «Gracias», respondió Carolina y guardó el cuaderno en su mochila. 
Al salir del colegio, se dirigió a la casa de sus abuelos y desde la misma esquina de siempre, se sentó y sacó su cuaderno para ver el dibujo que había hecho. De pronto, vio que de la puerta grande salió su tía en dirección a la tienda. Carolina pensó que sería un bonito regalo dejar el dibujo en la puerta antes de que vuelva. Se levantó, arrancó la hoja del cuaderno, corrió hasta la puerta y lo deslizó por debajo. Cuando su tía volvió y abrió la puerta, descubrió el dibujo. Lo recogió, miró a los lados y se metió a la casa.
Carolina corría por las calles, emocionada, pero también sollozando, como si hubiera cometido un delito. Unas cuadras antes de llegar a su casa, se detuvo. Se secó las lágrimas, respiró despacio, como si nada pasara. Entró a su casa, saludó a su mamá sin decirle nada y entró a su habitación. Abrió su mochila, sacó su cuaderno y, casi por instinto, empezó a escribir una carta.

Para mis abuelitos de Carolina.

No sé si me conozcan, pero yo sí a ustedes. Me llamo Carolina, pero me dicen Caro, soy hija de Aurelio, su hijo. Tengo nueve años, pero dicen que soy bien grande para mi edad. En el colegio tengo pocas amigas, pero me junto más con Amelia, ella es muy amable conmigo. Me gustan mucho las películas de amor, todos los fines de semana veo una con mi mami Elena. También me gusta muchísimo el verano, porque mi mami me lleva a la playa y jugamos todo el día con la arena y el mar, pero todavía no sé nadar muy bien. Solo quiero que sepan que los quiero mucho, aunque nunca hemos hablado. Mi mami dice que no debo porque tal vez pensaran que queremos algo de ustedes, y tiene razón, yo lo único que quiero es una familia. 

Escuchó que su mamá abría la puerta y tapó la carta con su mochila.
—¿Todo bien, hija? —preguntó su mamá.
—Sí, mamá, tengo mucha tarea.
—Está bien, hijita —dijo su mamá, mirándola extrañada mientras cerraba lentamente la puerta.
Cuando se fue, arrancó la hoja de su cuaderno, la puso en un sobre y la metió en su mochila. 
Al día siguiente, en la escuela, le contó a Amelia de la carta. 
—¿Estás segura de darles la carta? —preguntó Amelia.
—Sí, a la salida iré y pondré la carta debajo de su puerta —respondió Carolina, sin dudar.
—Bueno… —susurró Amelia.
—¿Qué pasa? —preguntó Carolina.
—Nada, no lo sé, solo no me parece buena idea. No sabes nada de ellos, no sabes cómo son ni qué pensarán cuando lean tu carta.
—Sí, pero… Solo quiero que sepan que soy su nieta.
Sonó el timbre de salida y Carolina guardó sus cosas. Amelia se ofreció a acompañarla. «No, prefiero ir sola», respondió. Amelia entendió y se despidió de ella. «Suerte», dijo, antes de irse. 
Carolina caminó despacio, nerviosa. Pensó en lo que le había dicho Amelia. ¿En realidad sabía cómo eran sus abuelos? Su madre le había hablado muy poco, casi nada de ellos. Pero sí de su padre, que era muy amable y atento. Se aferró a esa posibilidad, si él era así, sus abuelitos tendrían que ser iguales. 
Siguió caminando, imaginando qué podría pasar. Tal vez ni tomarían en serio la carta, la leerían y la tendrían por ahí, guardada, olvidada. O tal vez, pensó, les gustaría saber de mí. Sonrió al pensar en aquella posibilidad. 
Al llegar a la esquina, se ocultó detrás del poste de luz y miró detenidamente a la casa. Pasaron varios minutos y nadie salía. Era el momento, pensó. Sacó el sobre de su mochila y caminó, despacio, mirando a todos lados. Cuando se encontró en la puerta y se agachó para dejarla debajo, alguien salió, despacio, y, al mirar abajo, vio a la niña soltando el sobre. Era su abuela. Carolina se espantó y echó a correr. La señora empezó a gritar: «¡Niña, niña!», pero Carolina no volteó. «Se te ha caído algo», dijo luego, y levantó el sobre, extrañada, y un momento después lo abrió.
Carolina no volvió a pasar por esa calle. Se sintió muy avergonzada después de lo que sucedió y no quiso contarle a nadie. Llegaba del colegio y se encerraba en su habitación. Su madre notó el comportamiento extraño de su hija y no dejaba de preguntarle qué sucedía. Ella decía que nada, que solo se sentía cansada. Unos días después se sintió mal, o creía sentirse mal, y no fue al colegio. Faltó cerca de tres días. Amelia, preocupada, fue a buscarla a su casa a dejarle la tarea de esos días. Su madre salió y conversaron. Amelia quería saber cómo estaba Carolina. Su madre le dijo que le dio fiebre y que por eso no pudo ir a clases. Luego, al ver que Amelia callaba, le preguntó si sabía algo que ella no. Amelia solo le comentó de una carta que ella le había escrito a sus abuelos. Su madre lo entendió en ese momento. 
Cuando Amelia se fue, su madre se dirigió a la habitación de Carolina. La vio dormida, volvió a cerrar la puerta, cogió unas cosas y salió. Fue a la casa de los abuelos de Carolina. Tocó la puerta y esperó. Salió la señora y le preguntó qué deseaba.
—Hola, señora Natia. Seguro no me recuerda. Me llamo Elena.
—Elena —dijo Natia, y la miró con cautela, intentando recordar.
—Soy una exnovia de Aurelio. Creo que mi hija ha estado viniendo a dejarle recados. Le pido disculpas. Es solo una niña.
—La niña que vino es su hija —dijo, sorprendida—. ¿Entonces es cierto lo que dijo?
—¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Elena, sin saber a lo que se refería.
—Que ella es hija de Aurelio. 
Elena se quedó callada y pensó. En los diez años que habían pasado desde la muerte de Aurelio, nunca se atrevió a decirles sobre Carolina. Ellos no la conocían y ella no sabía cómo iban a reaccionar. Decidió cuidarla sola.
—Sí —respondió.
Natia la miró, hizo un gesto de duda, pero su rostro expresaba cierta emoción. 
—Quisiera verla —dijo, unos segundos después.
—Señora Natia, yo no quiero incomodar a nadie ni que piense que busco algo de ustedes, quisiera que dejemos pasar esto. Yo hablaré con ella y le explicaré las cosas... 
—No, quiero verla, he dicho —repitió la señora interrumpiendo el discurso de Elena.
—Ella ahora está durmiendo, ha estado un poco enferma estos días, disculpe —dijo Elena.
—Vengan mañana o cuando puedan, quiero verla —volvió a decir.
Elena asintió y se fue.
Al llegar a su casa, entró a la habitación de Carolina y la vio despertar.
—Mami —dijo Carolina.
—Hijita, ¿cómo te sientes? —preguntó su madre.
—Mejor, mami.
—Está bien, mi amor. Descansa. Mañana hablamos, ¿si? —y le dio un beso en la frente.
Carolina se acomodó y volvió a dormir, sin imaginar la conversación que su madre había tenido con su abuela.
Al día siguiente, Carolina volvió a la escuela con normalidad y se sorprendió al ver que, a la salida, su madre la esperaba para irse con ella. Ella la abrazó y caminaron en la dirección que ella tomaba para ir a ver sus abuelos. Carolina tuvo un sobresalto, pero no dijo nada. Cuando estuvieron al frente de la casa, Carolina apretó fuerte la mano de su madre y la miró, nerviosa, pero con una sonrisa. «Alguien quiere verte, amor. Te comportas, ¿está bien?», dijo y Carolina solo asintió. Subieron las escaleras y tocaron la puerta. Salió la tía y, al ver a Elena y a la niña, llamó a su madre.
—Hola, señora Natia —dijo Elena al verla.
—Hola —agregó Carolina, tratando de esconderse detrás de su madre.
—Tú eres Carolina —dijo la señora, y se agachó un poco para verla—. Eres igual que tu padre —susurró, emocionada. Y no pudo evitar soltar una lágrima. Su tía se encontraba detrás y se acercó. La miró y le preguntó si ella había hecho este dibujo, y le mostró el papel.
—Sí —dijo Carolina.
—Está muy bonito —respondió su tía.
—Gracias —dijo Carolina.
La señora Natia las invitó a pasar y le dijo a Carolina que había leído su carta. Carolina sonrió, tímida. Su abuelo Augusto bajó a la sala, las saludó y la miró atentamente. No había dudas, tenía todos los gestos de Aurelio y se conmovió al recordar a su hijo. Un rato después, tocaron la puerta. La movilidad había traído a sus primos del colegio. Su tía le presentó a Romina y a Esteban. Carolina, con una sonrisa de lado a lado, no creía lo que vivía. Su abuela le hacía muchas preguntas, la mayoría relacionadas a la carta que había escrito. Carolina respondía tímida, pero detallaba mejor lo que había escrito en la carta. La señora Natia la miraba con ternura y su abuelo también. Habían sido como su madre había descrito a su padre, y por fin, después de mucho tiempo, se sintió en familia.
Carolina, mientras tomaba el té, miraba a sus abuelos y recordaba, en cuestión de segundos, cómo fue que había llegado aquí hace ya más de quince años junto a su madre, a la vez que miraba con ellos las fotos de su padre cuando era un niño. Se veía idéntica a él en aquellas fotos amarillas y lo imaginaba a su lado, como en el dibujo que había hecho de él y de toda su familia.

miércoles, 20 de marzo de 2019

El taco

Solía ir con Rubén, un amigo del colegio, al taco, un billar de mala muerte en el segundo piso de la calle Riojas. Allí se juntaban vagos, colegiales, universitarios y gente del barrio para fumar, tomar y timbear en esas mesas maltratadas por los años y en la cual nunca faltaban las peleas que, cada fin de semana, solían darse debido al exceso de alcohol y a la ambición por el dinero.
Había un tipo al que llamaban Ronquero, debido a su voz ronca por el cigarro y a la chata de ron que siempre llevaba consigo. Era alto, delgado, moreno y de cabello largo. Recuerdo que uno de esos días, cuando nos tiramos la pera del colegio para ir al billar, pues en las mañanas no había mucha gente, nos vio entrar con nuestras mochilas y, amablemente, al encontrarse solo, nos enseñó a jugar. Hablaba del taco como si fuera otra extremidad de su cuerpo y se movía por la mesa con una destreza y elegancia que parecía bailar con ella mientras sus dedos cambiaban de posición, y miraba con una total concentración las bolas antes de encajarlas en cada tronera. «Así, la concentración es importante», decía, y tomaba un sorbo de su chata de ron. 
Rubén me contó, días después, enterado por unos amigos del barrio, que el padre de Ronquero había muerto cuando él era un niño, y que su madre, quien vivía en Chile, le mandaba dinero para sus gastos y estudios. Sin embargo, a él solo le importaba el billar. «Ya lleva más de cinco años jugando el taco», me decía Rubén viéndolo apuntar a una de las bolas. «No sé por qué nunca ha jugado de manera profesional», siguió, y se escuchó que embocó tres bolas en un solo tiro. «Lo mismo se preguntan todos», añadió el dueño del billar, un gordo desaliñado de bigotes gruesos pero bonachón. Nos contó un poco más de la vida de Ronquero al escucharnos cuchichear sobre él sentados en una banca esperando una mesa libre para jugar. «Ha ganado todos los torneos que hacemos aquí, pero cuando le decimos que vaya a otros, no lo hace, no le interesa». Mientras el dueño del taco hablaba, Ronquero seguía embocando las bolas, fumaba y recibía el dinero de la apuesta ganada. «Nadie lo entiende», acotó. «Lo tiene todo para llegar lejos, pero simplemente no le importa», dijo y se fue a atender a un cliente. Rubén y yo nos quedamos viéndolo, estupefactos, deseando algún día jugar como él.
Desde que conocimos a Ronquero, íbamos todas las tardes y no nos perdíamos ninguno de sus juegos, que, para nosotros, eran más que un espectáculo. Le ganaba a todos los del barrio, incluso a los más experimentados, quienes, asombrados por su talento, llegaron a tratarlo con respeto, aunque con cierta envidia también. Rubén y yo empezamos a practicar casi a diario, el colegio ya ni nos importaba. Con el tiempo logramos aprender algunas mañas, desde la posición de los dedos para coger el taco, hasta medir, con una total concentración, como decía Ronquero, la distancia entre las bolas y los troneros. 
Con el tiempo, la gente del taco ya nos conocía, éramos los chibolos de allí. Después de varias semanas practicando, decidimos jugar apostando el dinero de nuestros recreos. Empezamos con algunos universitarios, que, cada tarde, llegaban saliendo de estudiar para intentar ganarse algunas monedas. Como aún éramos escolares, creían que seríamos fácil de ganar, pero se llevaron una sorpresa al ver que Rubén y yo, cada uno en su juego, embocábamos las bolas con una facilidad que ellos, a pesar de su experiencia, desconocían.
Así fue como logramos ganar unos cuantos soles extras gracias a los consejos de Ronquero. Al día siguiente, al verlo en la calle camino al taco, con cigarrillo en mano, nos acercamos a él para contarle, emocionados y agradecidos por habernos enseñado algunas cosas. «Me alegro, chatos», nos decía. «Pero tranquilos, solo tómenlo como un juego», nos advirtió, de modo paternal. No lo entendimos en ese momento, pero asentimos con la cabeza.
Las semanas siguientes logramos ganarle unas cuantas veces más a los universitarios, y en los recreos del colegio Rubén ya hablaba de comprarse un taco propio. «Necesito uno como el de Ronquero, hecho de fresno», decía. «Para eso tendrás que ganarle a muchos universitarios», dije, riendo «Ya sé que es caro, pero voy a ahorrar». «Bueno», dije. «¿Acaso no quieres jugar como Ronquero?», me preguntó. «Claro que sí», respondí. «Entonces hay que practicar mucho más», agregó Rubén.
Un fin de semana fuimos temprano, pero nos dimos con la sorpresa de que el taco estaba cerrado. El dueño del billar salió por la ventana y nos dijo que abriría más tarde, que están supervisando varios locales en la cuadra y necesitaba limpiar el desastre de ayer. «Los viernes por la noche siempre se llena de gente de mala muerte», nos dijo. «Unos fumones se pelearon y rompieron algunos vasos y botellas», acotó, furioso. Nosotros nos ofrecimos en ayudarle a limpiar sin cobrarle nada, pues solo queríamos practicar. Nos miró un momento, pensando, y nos hizo pasar al ver lo mucho que insistíamos. «Solo no se lo comenten a nadie», nos dijo, y empezamos a limpiar todo el desastre lo más rápido posible.
Mientras Rubén echaba agua al suelo para trapear, yo pasaba trapo a las mesas, recogía las botellas rotas y los vasos. Estuvimos limpiando cerca de dos horas y, al terminar, le preguntamos si podíamos jugar en una de las mesas. El dueño revisó el salón y accedió sin problemas.
Rubén intentaba embocar tres bolas en un solo tiro, como solía hacer Ronquero, pero no lograba darle con la fuerza que él tenía. Yo intentaba poner en posición algunas bolas mientras embocaba otras, de la misma forma que hacía Ronquero para no perder su turno y ganar rápido. Estuvimos jugando varias horas mientras la gente llegaba después de que el dueño abriera el local. Decidimos parar un rato para comprar unas gaseosas y fue entonces que vimos llegar a unos sujetos que no eran del lugar. Escogieron una mesa y, haciendo alboroto, empezaron a jugar. Uno de ellos, de cabellos parados y aretes, no dejaba de burlarse cada vez que embocaba una bola. «Así se juega, huevonasos», gritaba. Tenía un estilo de juego particular. Colocaba las bolas de sus contrincantes a su favor y las embocaba con una fuerza que el sonido del impacto retumbaba en todo el local. Ganó varias veces seguidas y se reía sin parar cada vez que cobraba el dinero de sus rivales. «No tiene ningún respeto», dijo Rubén al escucharlo insultar a sus rivales. «No puedes humillar así a la gente en el billar», siguió, ya un poco molesto, y lo empezó a mirar con rostro desafiante. El tipo seguía riéndose y al voltear, advirtió el gesto en la cara de Rubén y se acercó a nuestra mesa. «¿Tienes algún problema conmigo, chibolo?», dijo, desafiante. Rubén y yo nos quedamos fríos, sin saber qué decir. «No, señor», dijo Rubén un momento después, intimidado, y el tipo se le acercó un poco más y preguntó: «¿Y entonces por qué chucha me miras así?», colocando la punta del taco en el pecho de Rubén, que él, asustado, siguió con la mirada. Entonces, cuando vi que empezó a poner fuerza al bastión como para empujarlo, se apareció Ronquero y cogió la puntera con las manos. «Deja en paz a los niños», dijo, muy tranquilo. El tipo guardó su taco y preguntó: «¿Y quién carajo eres tú?». «Nadie», dijo Ronquero, sobrio. Y agregó de inmediato: «¿Mejor por qué no jugamos una ronda?», abriendo ligeramente los brazos. «Para eso estamos acá, ¿no?», continuó. El tipo lo miró desconfiado, pero después de unos segundos aceptó el reto y, golpeando el taco en la mesa, preguntó: «¿Cuánto apuestas?». «Lo que tú propongas», respondió Ronquero. «Empecemos con cincuenta soles, ya que te crees muy valiente», dijo, seguro de sí. Y Ronquero aceptó, dándole la mano. El sujeto lo miró extrañado por su comportamiento pero aceptó apretando fuertemente su mano. Rubén y yo lo miramos y nos hizo un gesto tapándose la boca con un dedo para que no digamos nada. Entendimos y nos quedamos callados, esperando que empezara el juego.
El sujeto se acercó a sus amigos y les dijo algo, a la vez que frotaba con tiza la punta de su taco. Por su parte, Ronquero acomodaba las bolas dentro del triángulo, alineándolas en el punto final de la banda larga. El sujeto empezó a petición de Ronquero y rompió el triángulo con un fuerte golpe. Embocó dos bolas en su primer tiro. Se acomodó en una esquina y volvió a lanzar. Embocó una y acomodó un par. Al tercer tiro, por cuestión de milímetros, no logró embocar ninguna. Le tocaba jugar a Ronquero. Se acomodó como siempre lo hacía y logró embocar dos en un tiro. Cogió la tiza y empezó a frotarla en la punta del taco. Se sentó en la mesa y, con los brazos detrás de su espalda, embocó con fuerza dos bolas más. El sujeto, entonces, lo miró preocupado. Ronquero siguió jugando y embocó una bola más, pero las que restaban quedaron dispersas y con poca opción de embocarlas. Ronquero apagó su cigarro, miró concentrado la mesa, midió las distancias y se acomodó en el lado derecho de la mesa para empujar una e intentar embocar otra. Golpeó con fuerza, las bolas rebotaron en toda la mesa, pero no entró ninguna, y un gesto de molestia se pudo relucir en su rostro. El sujeto lanzó una carcajada junto a sus amigos y cogió su taco con violencia. Sin pensarlo embocó una e inmediatamente otra. Volvió a acomodarse en una esquina y, echando la mitad de su cuerpo en la mesa, embocó dos más. Ronquero miraba el juego tranquilo, tomando ron de su botella pequeña, a pesar de que ya llevaba dos bolas de desventaja. El sujeto, confiado, quiso embocar las dos bolas que faltaban más la número 8, para así acabar el juego humillándolo. Se subió a un lado de la mesa, midió la distancia, jaló hacia atrás el taco y golpeó la bola blanca con fuerza. Las bolas empezaron a rodar con velocidad, una detrás de otra, sin embargo, no le dio con la fuerza suficiente y quedaron al filo de las troneras. «¡Mierda!», gritó el sujeto. Rubén no pudo con su emoción sabiendo que Ronquero acabaría con el juego y soltó un: «¡Eso!», que sonó fuerte en la sala. El sujeto, al escucharlo, se volvió hacia él furioso y le gritó: «¡Qué celebras, chibolo de mierda!», y lo cogió del cuello. Rubén intentó zafarse y yo traté de ayudarlo, pero uno de sus amigos me jaló y me tumbó al suelo. Ronquero se abalanzó sobre el sujeto que inmediatamente soltó a Rubén y empezaron a agarrarse a golpes. Roberto, un chico que siempre practicaba con Ronquero, se metió para ayudarlo y tumbó al tipo que me tiró al suelo. La gente, entre el humo y la cerveza, empezó a separarlos, pero no evitó que el sujeto golpeara a Ronquero con el taco en la cabeza, dejándolo aturdido. Este se levantó y trató de hacer lo mismo, pero el sujeto había ido con tres amigos y estos no se lo permitieron. La cabeza de Ronquero empezó a sangrar y a Roberto lo agarraron a patadas. Rubén y yo no sabíamos qué hacer, mirábamos asustados todo lo que sucedía. Botellas y vasos empezaron a volar por todo el local y nosotros optamos por salir antes de que nos pasara algo. En eso, el dueño del bar, con dos señores gordos como él, agarraron a los sujetos y empezaron a golpearlos hasta sacarlos del local. «¡Viejos de mierda!», gritaban. «¡Vamos a volver, conchatumare!», siguieron balbuceando todo tipo de insultos.
Al día siguiente, al volver al billar, no pudimos encontrar a Ronquero. El dueño nos dijo que no había venido todo el día. Vimos llegar a Roberto, su amigo, hablamos un rato con él, agradeciéndole por lo de ayer y le preguntamos en dónde vivía Ronquero. Fuimos a buscarlo, tocamos la puerta y al rato salió una viejita. Le preguntamos por él y nos dijo que se encontraba descansando. Al escuchar que habían llamado a la puerta, le preguntó a su abuela quién había venido. Ella le dijo que dos chicos y él le dijo que nos haga pasar. Su abuela nos acompañó a su habitación y lo encontramos echado en su cama fumando y con un parche en la cabeza. «Hola, Ronquero», dijo Rubén, con voz trémula. «Perdón por lo de ayer, todo ha sido mi culpa», siguió, lamentándose. «Tranquilo, chato, no pasa nada. Además, no es la primera vez que lidio con gente así», replicó. «Sí, pero…», Rubén intentó decir algo más. «Ese sujeto era un abusivo», lo interrumpió Ronquero. «No pasa nada, chato», agregó, para calmarlo, mientras palmeaba su espalda. «¿Cómo te encuentras?», pregunté yo. «Mejor, pero sigo un poco adolorido. Por cierto, ¿cómo llegaron hasta aquí?», preguntó. «Fuimos a buscarte al billar y no estabas. Roberto fue quien nos dijo en dónde vivías», respondí. «¿Y cómo se encuentra él?», preguntó. «Bien, bueno, algo adolorido también, solo nos dijo eso». «Puedes contar con nosotros para lo que quieras, Ronquero», dijo Rubén. «Descuiden, chatos, todo está bien, no se preocupen, pero ahora quisiera descansar un rato». Le dimos la mano y salimos de su habitación. Su abuela nos agradeció por visitarlo y nos despedimos de ella también.
Rubén aún se sentía culpable por lo que había pasado. «Vamos, ya pasó, Ronquero está bien», le dije, dándole palmos en el hombro. Caminamos callados hasta su casa. Ya no quiso regresar al billar. «No es un sitio para nosotros», me dijo en su puerta. «Lo de ayer fue peligroso», agregó, pensativo. «Ya, olvídalo, siempre supimos que ese lugar era así», dije. «Sí, pero no pensé que tanto», respondió. «Nos vemos en el colegio», le dije, dándole la mano. Y nos despedimos. La siguiente semana, cuando fui a buscarlo para ir al billar, me dijo que no iría por un tiempo, que había descuidado mucho el colegio y que su madre se había enterado por los vecinos lo que pasó y que no quería verlo metido allí. Y fue allí que yo también dejé de ir. 
A los meses me enteré que Ronquero había viajado a Chile a vivir con su madre, pues su abuela había fallecido y ya no tenía con quién quedarse. Nunca pudimos despedirnos de él, y por mucho tiempo no supimos nada de su vida.
Años después, mientras cambiaba de canal en la televisión en vez de estudiar para mis exámenes finales, lo vi jugando billar profesionalmente en un canal deportivo. Se lo comenté a Rubén un día que nos vimos y se alegró mucho. «Siempre lo tuvo», dijo, mientras intentaba embocar tres bolas en un tiro como lo hacía Ronquero.

viernes, 15 de febrero de 2019

Traición

Roberto, con los ojos de un rojo arrepentido, mira el techo de su habitación y piensa, contra su voluntad, en plena madrugada. Una voz trémula, pero que era suya, lo cuestionaba implacable, sin tregua: «Ella está con él. Ahora mismo caminan de la mano. Él la mira, la coge de las caderas y se acerca para darle un beso. Ella lo besa y le regala una sonrisa de lado a lado. Ella no ha vuelto a llamarte, ni a escribirte, ni a pensarte. No sabe nada de tu vida y tampoco quiere saber. Tú, en cambio, crees que aún existe alguna posibilidad de volver con ella. Te has vuelto un solitario, un mujeriego, un amargado, un hipócrita. Un idiota en todo el sentido de la palabra. Divagas con los pocos amigos que te quedan y comentas tu tragedia, sí, esa misma que tú provocaste. Y te entra la nostalgia… Ella ahora está feliz, pero en realidad eso poco te importa».
Recordaba muy bien lo que había hecho hace dos años en el cumpleaños de Lucía, la prima de Regina, su entonces enamorada. Jamás podrá olvidar la expresión de dolor y decepción de Regina cuando lo vio besándose con su prima Lucía de manera apasionada en la cama del cuarto de invitados mientras todos bailaban y bebían en el salón principal. Cerró los ojos y los abrió de nuevo, intentando borrar esa imagen de su mente y, en cierto modo, queriendo volver. Pero era inevitable. El recuerdo lo perseguía, lo atormentaba, lo asediaba. Desde entonces había tenido que vivir con las consecuencias de la traición, de una traición que no había planeado. 
Aquel día Roberto y Regina habían sido los primeros en llegar. Se estacionaron, se miraron por el retrovisor para ver cómo estaban. Regina se veía hermosa. Le acomodó el cuello de la camisa a Roberto y le dio un beso. Él se sintió seguro, feliz. Bajaron del auto con dos botellas de Whisky y, agarrados de la mano, tocaron el timbre. Lucía les dio la bienvenida. Ambos saludaron afectuosamente a la cumpleañera, que se veía radiante, y se sentaron en la sala principal a conversar y a tomar mientras esperaban a los demás invitados. Una hora después, la sala y el jardín de la casa de Lucía se había llenado de gente, y no dejaban de llegar amigos y parejas con todo tipo de tragos y bebidas. Al rato, Roberto se encontró con algunos amigos de su promoción y se fue a celebrar con ellos. Regina, por su parte, hizo lo mismo con sus amigas. Las horas pasaron y todo era como en otros cumpleaños, en otras reuniones, en otros años. En el momento más agitado de la fiesta, después de haber tomado varios shots de Whisky, Pisco y Tequila junto a sus amigos, Roberto sintió el calor de la noche y fue a dejar su saco a la habitación de invitados, donde se quedaría a dormir con Regina. Subió tambaleándose, agarrándose de los pasamanos. Al llegar al segundo piso, entró a la habitación, se quitó el saco y lo dejó en la cama. Miró su celular y vio que se había apagado, buscó un cargador y lo puso en el velador hasta esperar a que prenda. 
Lucía bailaba eufórica por la sala principal con sus amigas y amigos, y debido a su onomástico, había tomado más de la cuenta. En un momento en que iba de un lado a otro con la botella de Vodka en la mano haciendo tomar a quien se cruzara por su camino, el taco de uno de sus zapatos se rompió haciéndola tambalear. Una amiga la ayudó a recobrar el equilibrio y, al ver su taco roto, le dijo que subiría a ponerse algo más cómodo después de beber de un sorbo lo que quedaba de Vodka. Subió como pudo a su habitación y al no encontrar nada bonito y cómodo, fue a la habitación de invitados en donde Regina, en otra ocasión, había dejado olvidadas unas balerinas nuevas. Entró sin tocar y vio a Roberto echado en la cama mientras su celular cargaba en uno de los veladores. 
—¿Roberto? ¿qué haces aquí? —preguntó Lucía, un poco ida al reconocerlo.
—Vine a dejar mi saco y a cargar mi celular —respondió Roberto, aturdido y cogiéndose la cabeza—. He tomado mucho —añadió.
—Yo también —dijo Lucía, mientras desamarraba con fuerza los zapatos jalando las tiras sentada en la cama al lado de Roberto, cayéndose de un lado a otro.
—Lucía, cuidado —dijo Roberto, turbado, ayudando a sostenerla por la espalda. Pero, por jalar con tanta fuerza las tiras, terminó cayendo sobre él.
Se miraron en la oscuridad y, por instinto, empezaron a besarse. Y no pensaron en nada más. Lucía estaba soltera, era muy atractiva, tenía los ojos verdes y la piel bronceada. Era una chica de portada. Roberto era alto, bien parecido, fornido, de presencia. Ambos, tal vez, secretamente, se atraían, y cuando la oportunidad se dio, con el alcohol en las venas, sus cuerpos no pudieron decir que no.
Regina había perdido de vista a Roberto. Lo buscaba con la mirada por todos lados pero no lo hallaba. Le dio su vaso a su amiga Fiorella y fue hacia el lugar en donde había estado con sus amigos. Le preguntó a uno con quien lo había visto tomando y este, debido al alcohol, solo hizo un gesto con el dedo índice hacia arriba y siguió tomando y bailando. Regina subió sin pensar en lo que le esperaba. No se había preocupado por Lucía, pues era su cumpleaños y hasta hace un momento la había visto bailar con sus amigos. Fue entonces que al abrir la puerta y prender la luz, los vio a ambos echados en la cama besándose, a punto de quitarse la ropa. Un dolor único se apoderó de ella. Intentó contenerse, pero la imagen era devastadora: su prima de toda la vida y su novio de muchos años, juntos, besándose y tocándose. Miró a Roberto por una última vez y cerró la puerta con tal fuerza que, cuando bajó por las escaleras, a pesar de la bulla y la música, algunos invitados se acercaron para ver qué había pasado. Regina corrió entre el alboroto y la gente tapándose el rostro. Abrió la puerta, se subió al auto llorando y no volvió a esa casa.
Roberto tomó conciencia plena un segundo después de ver a Regina, pero ya era demasiado tarde. Lucía no se había dado cuenta de lo que había pasado, quiso seguir besándolo pero Roberto se levantó, contrariado, y le dijo, nervioso, que qué habían hecho. Miró rápidamente por el balcón para ver si el auto seguía afuera pero no, Regina se había ido para no volver.
Dos años habían pasado desde esa noche. Roberto se encontraba en su habitación, solo, intentando dormir a pesar del mal recuerdo. Regina, con el tiempo, conoció a alguien más, y la noticia de que se irían a casar le trajo de vuelta los infames recuerdos de la noche en que lo perdió todo, de la maldita noche en que perdió el respeto y el amor de ella.

domingo, 20 de enero de 2019

Remordimiento

No nos importaba jugar en la última losa, ¿la que tenía el suelo como lija?, sí, esa misma, recuerdo que siempre llegaba a mi casa con las rodillas arañadas, rojas, magulladas, y mi vieja pero hijo qué te pasó, nada, ma', no es nada, sí, era una total cagada jugar allí, solo que los huevones de la "C" se agarraban las otras canchas y nos jodían pues, sobre todo Lucho Chema, ese mierda se creía dueño del complejo, nosotros siempre llegábamos antes y de la nada se metía con sus patas y nos decía ya, ya, chibolos, fuera de aquí o les saco su mierda, matón se creía ese, y lo puteábamos, conchatumare le gritábamos ya en la otra losa, y seguro nos escuchaba pero se hacía el cojudo el maricón. Siempre era así y no tuvimos otra que acostumbrarnos a jugar en esa cancha de mierda, pero qué tales golazos me hice allí, ah, ¿recuerdas mis chacalas?, te salían de chiripa, pendejo, yo era el único que las intentaba, huevón, me sacaba la entreputa pero las huevas, valía la pena, golazo gritaban todos, ya, ya, no te creas, yo también me hice golazos, de palomita, me acuerdo, al gordo Esteban lo tenía de hijo, malo era ese gordo, no sé por qué piensan que todos los gordos pueden tapar bien solo porque son gordos, si cuando la pelota iba rápido no la alcanzaban, lentos eran los mierdas. La cosa es que un día el Chato Óscar, ese era bien piraña, me acuerdo, sí pues, me dijo vamos a la tienda, la tía Nela se ha ido al mercado y ha olvidado cerrar la puerta, vamos, vamos, Chino, me decía, jalándome del brazo, chizitos gratis, huevón. Yo no sabía si acompañarlo, tenía miedo pe’, era chibolazo, y entonces dije qué chucha, vamos y fuimos. Ni bien llegamos se agarró varias bolsas de chizitos, papitas, chifles, yo solo agarré unos caramelos de limón, un super hiper ácido, unas pastillas de color rosado, amarillo, celeste, también los Chups, esas huevadas eran veneno pero eran ricas, ¿te acuerdas?, también metí Chocopunch, Olé, Olé, varias cosas pequeñas para no hacer mucho roche, además mi viejita me había dicho que robar era malo, pero el huevón pe’, el chato, me hizo verla fácil, aun así solo metí esas huevaditas en una bolsa, y el chato, rata era, también agarró gaseosas, Coca-Cola, Inca Kola, se llevó varias Chiquis, me dijo agarra mierda, ponlo en tu bolsita, aprovecha, y yo putamare, chato, nos van a cagar, se van a enterar, mejor ya vamos, y el chato no seas cojudo, lleva todo lo que puedas, pero ya es mucho le dije, y cuando volteé a ver la puerta principal, vi a la tía Nela entrando, me dio pena, huevón, la tía jalaba un costal con varias cositas para vender, se veía hasta las huevas, flaquita, tenía su mote, venía de Ayacucho, una vez me contó de niña siempre quise conocer Lima, en mi pueblo nada había, puro campo, pura tierra, pero lo extraño, niño, buena gente era, y recordé eso y la conciencia pues, entonces dejé mi bolsa con todas las huevadas, me llevé solo la Chiqui porque yo amaba la Chiqui, sobre todo la de naranja, recuerdo que mi viejita siempre me compraba para mi lonchera, y ahí fue que le dije chato corre, ahí viene la tía, y el chato pendejo corrió con todo, no dejó ni mierda, trepamos la reja que daba al pampón y pim, pam, chaca, chaca, subimos y no volteamos hasta estar lejos, y qué te dijo el chato, espera pues, ahí voy, el chato me dijo huevón, ¿y tus cosas?, y le mostré solo la Chiqui, eres un cojudo, me empezó a gritar, me daba pena la tía pues, le explicaba, huevón, gritaba, yo también quería esas huevadas que agarraste, íbamos a repartirnos entre los dos, ahora no te doy ni mierda, huevón, saca la vuelta pes, le dije, tampoco quiero tus huevadas, choro eres, Chato, le recriminé, si dices algo te saco la mierda, Chino, estás advertido. Y yo me fui nomas, puta, qué cagón ese Chato, sí pues. 
Los días siguientes yo iba donde la tía y la veía toda triste, todo me han robado, decía, mocosos de miercha, y yo putamare, pensaba, y sentí remordimiento, culpa. Entonces, sin que se diera cuenta, le dejé la china que costaba la Chiqui ahí en su tienda, ah, verdad, cincuenta céntimos costaba esa huevada, sí pues y me fui, pateando piedras, puteando al chato de mierda, choro eres, pensaba. ¿Y qué pasó con él?, nada, iba como si las huevas, saludaba a la tía como siempre. Tiene que tener cuidado pues, tía Nela, aquí roban, decía el cínico de mierda, yo quería acusarlo, sacarle la mierda, pero ese chato era cholón, maceta, fuerte el conchesumare, cuando jugábamos fútbol se metía feo, no le daba miedo meter golpe, sí recuerdo verlo pelear, al colorao' Richard lo dejó rojo de golpes, sácate, pum, sácate, pum en toda la cara y el colorao' ya no podía defenderse, lo tuvieron que agarrar al chato, una mierda era. Entonces, un día, cuando estábamos jugando en la canchita, el chato me miraba todo serio pues, y en eso se me acercó y me volvió a decir sigue callado nomas, Chino, sino ya sabes. No le respondí, fui a traer el balón después de un pelotazo y al regresar, el chato se me pegó y me volvió a decir ya sabes, y yo no le hacía caso. Al acabar el partido, me fui nomas, con la gente, ya no quería meterme. Pero un día que fui temprano para agarrar la cancha, lo vi dando vueltas por la tienda de nuevo, andaba con el negro Jeta, ese negro también era arrebatado, y puta, huevón, ni bien la tía salió, los huevones fueron a robar, por la ventanita, el negro ese era flaco pues y se metió fácil, y este le tiraba cosas por ahí al chato, que se quedó afuera, chizitos, gaseosas, galletas, todo se llevaban, y puta, me llegó al huevo pues, ya era mucho, la tía Nela no se merecía eso, y entonces yo empecé a gritar, ¡están robando la tienda!, ¡choros, choros!, la tía Nela regresó con el jardinero y lo chaparon al negro nomas, el chato se escapó conchesumare, lo dejó al negro ahí, solito, pobrecito, negro huevón pues, el tío le sacó su mierda, toma por choro, pum, morado lo dejaron, no debió confiar en el Chato. 
Al día siguiente, el Chato estaba sentado en las bancas viendo pelotear a todos, y era raro pues, no jugaba, solo miraba y miraba, eso me dijo el Johny, está sentado ahí hace rato, no dice nada tampoco, tal vez porque ayer lo chaparon a su pata el negro robando la tienda de la tía Nela, le dije, debe estar asado. Entonces, cuando me vio, se levantó y dijo para jugar, y a mí ya se me hacía raro, vamos a jugar, decía tranquilo y yo ya pues, normal, arma el equipo. 
El partido empezó y al rato nomas yo veía al chato pegado a mí, me jalaba, me marcaba, seguro me quiere romper, yo ya sabía ya. En eso el Johnny me pasó la pelota, yo corrí al área y el chato me barrió por detrás y salí volando, ahora grita pe’ conchatumare, me dijo, crees que no sé que fuiste tú, por tu culpa lo cagaron al negro, me gritó y se abalanzó hacia mí, pum, pam, empezó a lanzar golpes, en la cara, en la barriga, me dolió como mierda, pero yo con la cólera lo empujé y empecé a tirarle golpes, nos caímos y rodamos en la losa, nos arañamos todo, parecía lija esa losa, conchesumare, la gente hizo un círculo y que nadie se meta, carajo y pum, pam, otro golpe, ese chato era una mierda, nada lo detenía, eres choro pe, conchatumare, no te da pena la tía Nela, choro, eres un choro de mierda y seguían los golpes. Yo ya estaba sangrando, el labio lo tenía hinchado, el ojo morado, todo cagado, pero yo también le acerté algunos golpes, ni cagando me iba a dejar pe’, pero lo agarraron porque empezó a patearme en el suelo y yo ya veía luces putamare, todo me daba vueltas y solo gritaba eres un choro, un choro, cubriéndome. Al llegar a mi jato mi vieja se asustó, qué te pasó hijito, ya no me sales, carajo, en este barrio hay puros cholos, pirañas, delincuentes, vamos al hospital a curarte, ya ma’, tamare’, no es nada, dije, hasta que me vi al espejo, estaba hecho mierda, pero al menos no era un choro, carajo.