miércoles, 12 de julio de 2017

Run, D, run

«Coloca los pies sobre el vidrio», me dijo el ortopedista cuando me quité los zapatos y las medias en su consultorio. «Quiero medir las huellas de la planta de tus pies», añadió. Yo tenía 6 años y no entendía qué problema había con ellos. Aunque solía correr con los pies hacia adentro, debido a una displasia de cadera cuando nací, los sentía normal, pero mi madre insistía en llevarme a ver por sugerencia de algunos allegados. 
Después de varias consultas dieron con que me harían unos zapatos ortopédicos, y lo primero que se me vino a la mente cuando escuché esa palabra difícil de pronunciar, fue la imagen del pequeño Forrest Gump, de la película del mismo nombre, corriendo con esos metales y tubos anclados en los muslos y los pies. Pregunté con miedo si eran, como en la película, incómodos de usar, a lo que el ortopedista sonrió y me dijo que no me preocupara, que solo eran unos zapatos comunes y corrientes pero con una plantilla especial, y hasta venían en modelos modernos que de seguro me gustarían. Aliviado con la aclaración, me quedé en silencio y dejé que continuara con su trabajo. 
«Bien, ya apunté las medidas», dijo mirando las huellas que habían dejado mis pies en una mesita cuadrada de cristal después de haberme bajado. Señaló un estante que estaba pegado a la pared en donde habían varios modelos de zapatos y me dijo que eligiera el que más me guste para mandarlos hacer. Mi madre, que estaba a mi lado, me decía: «Ya ves, hijito, hay varios modelos, escoge uno», para quitarme el miedo de tener que usar esos zapatos con tubos de metal que mi hermana, cada vez que regresábamos de una consulta, decía que tendría que usar.
Aunque mi caso no llegaba a ese grado, las bromas de mi hermana eran tales que en algún momento soñé que estaba corriendo en un partido de fútbol con mis amigos del colegio usando esos zapatos con metales colgados de una correa, y que de pronto, como en la película, empezaban a desprenderse de mí, cayéndose en pedazos por todo el campo para luego despertarme aliviado de que solo había sido un mal sueño. 
Sin embargo, con el tiempo le tomé cariño a esos zapatos ortopédicos. Eran de color negro con líneas blancas, que luego tuvieron que pintar de negro –aunque quedaron color morado- para que combine con el uniforme del colegio y me permitan usarlos sin infringir con las normas. Tenía formas extrañas, simulando los modelos modernos de la época, y también eran gruesos, tanto que cuando jugaba fútbol en el recreo, mis disparos eran los más fuertes. No sentía miedo cuando los usaba, al contrario, sentía poder, podía correr más rápido y hasta me hacían ver un poco más alto. Los usé por un año entero que fue lo que duró el tratamiento, además de que mi talla de calzado ya no era la misma. Luego, quedaron confinados en una caja hasta que con los años desaparecieron. Pero al final, mis pies ya no estaban para adentro y la planta ya había adoptado la forma correcta para poder usar cualquier zapato, por lo que ya no había necesidad de seguir llevándolos conmigo, aunque, irónicamente, ya me había acostumbrado a ellos.

jueves, 15 de junio de 2017

El balón

Los primeros minutos de la mañana, antes de empezar la formación, lo aprovechábamos jugando fútbol, en el campo del medio, con una botella de plástico; sin embargo, ese día nadie llevó una. 
Sabíamos que en cualquier momento bajaría de su oficina el Director del colegio -un oficial del ejército peruano que vestía un traje con varias distinciones pegadas a la altura del hombro- junto a los docentes y los auxiliares para realizar la rutina de la formación que, después de tantos años, nos parecía absurda. “¡Firmes! ¡Descanso! ¡Atención!”, eran las órdenes que recibíamos por parte del auxiliar para alinearnos y estar atentos, como dictaba la última frase.
Luego de que izaran la bandera, empezaba a oírse el sonido de las trompetas a través de los parlantes para cantar el himno nacional, colocando la mano en el pecho, a la altura del corazón, acto de solidaridad creado por futbolistas peruanos en el mundial de México 70’ en memoria de las víctimas por una tragedia ocurrida en aquel entonces, para luego gritar: “¡Viva el Perú! ¡Viva!”, demostrando así lo patriotas que éramos. Acto seguido, sonaba el himno del colegio que, me temo, ya no recuerdo bien la letra, y, antes de escuchar las palabras del Director, nos persignábamos para rezar un padre nuestro y un ave maría. El ritual se repetía todas las mañanas, de lunes a viernes, de la misma manera, o tal vez en distinto orden, para al final gritar tres veces el lema del colegio: “Trabajo, amor y disciplina”, y pasar a retirarnos a nuestros respectivos salones.
Era otoño, aunque no podría precisarlo; vestíamos camisas blancas, pantalones grises y llevábamos las chompas en la mochila por si algún viento fuerte llegaba. Los primeros en llegar temprano elegían a los integrantes de su equipo, señalando a los que estuvieran ahí sin importar qué tan buenos o malos fueran, con el único afán de aprovechar el tiempo y divertirnos. Roberto nos dijo que buscáramos una botella de plástico para usarla de balón, pues ese día no nos tocaba Educación Física y no contábamos con uno. Nos apresuramos porque solo nos quedaba diez minutos antes iniciar la formación. Fuimos al quiosco pero estaba cerrado, buscamos en los almacenes de limpieza y nada. Entonces, al no encontrar una botella, vimos, cerca de donde construían nuevos salones, un grumo de yeso o de cemento, mezclado con trozos de botellas de plástico, piedras, periódicos y bolsas. Al ser lo único en tener forma esférica, aunque era casi como un puño, decidimos usarlo para empezar el partido. No pesaba mucho, pero sí más que un balón normal, y al patearla, debido al grueso de la punta de nuestros zapatos escolares, no nos hacía daño.
El juego inició sin problemas, corríamos detrás de ese balón improvisado dándonos empujones y golpeándonos, con la intención de clavarlo en el arco contrario –que en este caso era cualquiera- a pesar de que, debido a su forma, de dimensiones inexactas, solo iba arrastrado por los suelos. Fue entonces que el objeto llegó al arco en cámara lenta tras un mal tiro, y el portero, al ver que venían varios a su área, lo cogió con las manos para gritar: ¡Salimos! Lanzando ese balón hecho de yeso y otras cosas más por los aires. Parecía un meteorito dando vueltas y serpenteando los trozos de papel periódico y de bolsas que tenía incrustado. Debido al peso y a la forma extraña que tenía, descendió con rapidez e impactó en la cabeza de Juan, empujándolo de cara al suelo y rompiendo sus lentes al instante. Todos corrimos a verlo, sorprendidos por el fuerte golpe. De su cabeza empezaron a brotar chorros de sangre, que se cogía con la mano izquierda mientras que con la derecha buscaba sus lentes, o lo que quedaba de ellos. Lo ayudamos a levantarlo y a recoger los restos de los cristales y las varillas que se encontraban partidas en dos. Él lloraba de dolor y nosotros no sabíamos qué hacer, pues al igual que Juan, estábamos muy asustados, aunque él, sin duda, había llevado la peor parte. Tuvimos suerte, pudo caerle a cualquiera de nosotros, pensé en ese momento y años después, como ahora. 
Después de unos minutos llegó la auxiliar Irene, avisada por Felipe, quien, debido al susto, no supo explicarle lo que había pasado. Apresuró el paso al vernos a todos reunidos en medio del campo rodeando a Juan, quien seguía derramando sangre por la cabeza. Cuando vio la escena gritó, llena de pánico: “¡¿Qué ha pasado?!”. Lo cogió de la mano y se lo llevó de inmediato al tópico, pues Juan no dejaba de tocarse la cabeza, con llantos y lágrimas en los ojos. Días después, Juan apareció en el salón con la cabeza parchada, con lentes nuevos y listo para volver a jugar, sin saber nada de lo que había pasado luego.
Lo último que recuerdo de ese día fue vernos a todos los involucrados del partido en la sala de dirección, parados y pegados al filo de la pared, esperando una sanción o una papeleta, que era lo peor que podía pasarnos. Nos mirábamos las caras, asustados, sin saber qué pasaría con nosotros. Nunca habíamos estado en esa oficina que, se decía, nada bueno podía pasar. Y aunque estábamos juntos y podíamos compartir el miedo, así como el castigo, no iba a ser lo mismo con los golpes en casa.
Al cabo de unos minutos el Director entró y cerró la puerta. Con un gesto serio y sin mirarnos a la cara, se sentó en su oficina, acomodó algunas de sus cosas y nos preguntó, sin más, qué había pasado, cómo es que uno de nosotros había terminado con la cabeza rota en un partidito de fútbol. Todos tragamos saliva, nadie habló. Solo se oía el sonido del ventilador sobre el techo y nuestra respiración, cada vez más agitada. Éramos solo unos niños pavos de cuarto de primaria que lo único que queríamos era jugar fútbol. No nos atrevíamos a explicar lo que había pasado por miedo a ser expulsados, pues la culpa era de todos por jugar con un objeto como ese. Y mientras que la oficina del Director se llenaba de silencio y de miedo, nos miraba a cada uno esperando una respuesta, como un león acechando a su presa. ¿No van a decir nada?, preguntó el Director. Yo sentía ganas de decir algo, pero la voz no me salía, y solo me imaginaba haciéndolo sin temor a las consecuencias. Pero la realidad era distinta y no me hubiera atrevido, ni siquiera los más avispados del salón, como Roberto o José, ni el zambo Benji, que era el más achorado de nosotros. Bueno, ya que no quieren hablar, tendré que llamar a sus padres, dijo el Director, casi amenazándonos. Pero de pronto, salvándonos del interrogatorio y, tal vez, de una posible papeleta, uno de nosotros dio un paso adelante y habló, nervioso, como si tartamudeara, diciendo que el golpe fue por el balón con el que habíamos jugado, que alguien lo lanzó por los aires y terminó impactando en la cabeza de Juan. Todos lo miramos atónitos, pues había sido el mismo arquero, Rafael, quien confesó el hecho, tal vez movido por la conciencia, pero sin intención de declararse culpable. Ante tal afirmación y para nuestro asombro, el Director no preguntó quién fue y solo nos dijo que nos retiráramos, pero que antes le dijéramos con qué clase de balón habíamos jugado.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Azar

Hasta la avenida Benavides, dije, pagando con un sol al chofer que al mismo tiempo hacía de cobrador. Sacó un ticket de la boletera para entregármelo, guardó la moneda en una caja que se encontraba al lado del volante y empezó a decir: Avance, avance, atrás hay asiento, con una voz socarrona y arisca. Intenté caminar por el bus en pleno movimiento mientras me agarraba de los pasamanos, sucios y oxidados, y veía indiferente los rostros de los pasajeros distraídos con los ojos fijos en sus celulares. Algunos de ellos iban escuchando música, otros durmiendo, o simplemente viendo con nostalgia la vida pasar a través de las ventanas. Me senté al último, como de costumbre, y hurgando en mi morral saqué el libro de turno para leerlo en el camino. En mi jornada siempre llevo conmigo algún libro corto para calmar la espera, y mi lectura en ese momento era la novela corta: El Coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Sin embargo, la impotencia que sentía el Coronel al esperar una pensión que jamás llegaba me transmitía una sensación de abandono, y la narración, tan sencilla como perfecta, con un trasfondo desesperante, me inquietaba y conmovía. 
Y ahí estaba yo, en ese mar de sensaciones, a la expectativa de lo que sucedería en la novela, como el Coronel con su pensión, cuando de pronto, una sombra empezó a oscurecer la parte superior de la página que leía, entonces, levanté la mirada de soslayo y vi que una señora, que estaba al lado de mí, se había parado para bajar en el siguiente paradero. Cuando me moví para abrirle paso, al mirar a mi izquierda vi, totalmente despreocupada, a una chica con un libro entre manos, concentrada en lo que leía y con el morral hacia un lado. No me había percatado de ella ni ella de mí. Había estado leyendo con la mirada hacia abajo y por eso no pude notar su presencia. Guardé el libro y me acerqué cauteloso, como cambiándome de asiento, intrigado por el libro que ella estaba leyendo y también por lo linda que era. 
Empecé a ver de reojo y con cuidado el libro que tenía entre manos -manía que odio de algunas personas cuando leo en el bus pero que ahora yo lo estaba haciendo- y vi el título del libro en la parte superior de la izquierda: La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa. Era la misma edición que yo había leído, pensé. Y entonces, sentí la necesidad de preguntarle sobre el autor, que es uno de mis favoritos. Pero callé, pensando mejor lo que diría, si es que llegaba a decirle algo. En eso, el bus dobló rápido en una calle y la llanta trasera chocó con la vereda, haciendo un movimiento leve en el bus que despertó a todos, y ella levantó la mirada, para luego voltear a verme. Nos vimos por unos segundos, pero ella siguió con su lectura volteando la página del libro. Al parar el bus en una esquina, un joven subió a tocar música andina y me distraje escuchándolo por un rato, después un señor pasó ofreciendo helados a 'solo un sol'. Luego, volteé a verla y olvidé por completo lo que pasaba en ese momento. Temía que su paradero llegue antes que el mío, y el bus ya estaba a pocas cuadras de llegar a mi destino. Entonces, movido por un instinto ligado únicamente por el afán de saber su interés por la lectura que llevaba entre manos y, también, por el poco tiempo que resolví tener, le pregunté, cuando hizo una pausa al mirar por la ventana, si había leído otros libros del mismo autor. Me miró incauta, pero creo que mi tono de voz fue el correcto, porque me contestó sin titubeos: Sí, gracias a mi padre, respondió, a él le gustan mucho los libros de Mario Vargas Llosa. Genial, dije, ese es un buen libro, también tengo la misma edición, agregué, por seguir la conversación que hasta el momento iba bien, aunque recién había comenzado. Está entretenido, añadió, mirando la tapa del mismo. Su voz era impostada, amistosa, no parecía incómoda por hablar con un extraño como yo, tal vez mi comentario, inofensivo y sincero, reemplazó la apatía o desconfianza que a veces, en la calle, se siente cuando un desconocido intenta dialogar con alguien. Disculpa que interrumpa tu lectura, le dije, pero no pude evitarlo. Empezó a reír y me dijo que no me preocupe. Y no me preocupé. Tenía los ojos claros, el cabello castaño, ondulado, y un mechón le cubría parte del rostro que se lo movía constantemente. Y en eso, levantó la mirada, de nuevo, y me dijo que ya tenía que bajar, y me moví a un lado para que pudiera salir. Cuando me percaté en dónde estábamos, me di cuenta de que yo también bajaba aquí. Entonces, le dije, o lo pensé, para no asustarla debido a la casualidad, que yo también bajaba. 
No me digas que también estudias aquí, le dije, sin mirarla, al bajar en el paradero, caminando hacia la universidad. Sí, bueno... Recién he ingresado, respondió. He venido a dejar unos papeles pero no estoy segura en dónde, añadió. Ah, ya entiendo, por eso no te había visto antes, comenté. Yo también estudio aquí, solo he venido a averiguar unas cosas. Si quieres te acompaño, para que no te pierdas, le sugerí, amablemente. Gracias, me dijo, aún no conozco bien el campus, es la segunda vez que vengo. Descuida, a todos nos pasa. La primera vez que vine estuve dando vueltas y vueltas, fue una tortura, comenté. Pero hoy estás de suerte, no pasarás por eso, añadí, con una sonrisa. Me miró y se rió, un poco avergonzada, un poco agradecida. Por cierto, mi nombre es Enrique, le dije. ¿Y el tuyo?, pregunté, atento, para no olvidarlo cuando me lo diga. Abril, me dijo, con un gesto gracioso y relajado.
Llegamos a la universidad y antes de entrar se acercó a un módulo que estaba al lado de la puerta, pidió un código de permiso por ser nueva estudiante para poder ingresar, mientras que yo sacaba mi billetera con mi carnet y la esperaba para pasar juntos. Esta es la puerta principal, le dije, pero hay otras más, si es que un día llegas tarde. Lo tendré en cuenta, sobre todo porque tendré clases a las 8 de la mañana, respondió. Así es al comienzo, comenté, y sonreí. Y al entrar, como si ya nos conociéramos de tiempo, le hablé de todo lo que había en la universidad. Le señalé el estacionamiento, las oficinas de matrícula, las facultades, la escuela de cada una de ellas, los laboratorios, las bibliotecas y los aularios, en donde se dictan los cursos generales, mientras caminábamos hasta llegar a la facultad de ella, que, me había dicho, era la de Derecho. Habían pocas personas en la universidad, la mayoría de ellas haciendo trámites, llevando documentos de aquí para allá, y otros, muy pocos, en grupo, conversando, a vísperas de un nuevo ciclo. Mi facultad, la de Contabilidad, queda más abajo, le dije, cerca al anfiteatro, y ella miraba, perdida y también nerviosa, como me dijo que se sentía al ser su primer año en la universidad. Al llegar a su facultad, le dije en dónde tenía que dejar sus papeles. La esperé afuera, mientras revisaba mi celular para preguntarle a un amigo si ya había atención en la oficina de matrículas, motivo por el cual había ido. Cuando supe que no, deliberé quedarme un rato más. Ella salió a los diez minutos y me dijo, con una sonrisa y con un portafolio bajo el brazo, que tenía una conferencia de presentación de carrera en media hora. ¡Claro! Antes de empezar las clases hacen eso, te va a gustar, repliqué. Sí, pero ahora tengo esperar, me dijo. Te acompaño, añadí de inmediato, aún no llega la secretaria que me tiene que atender, continué, buscando una excusa para seguir conversando con ella. No te preocupes, me dijo, ya me has ayudado mucho y te lo agradezco. No, no me agradezcas, le dije, además, aún no has visto la cafetería, agregué, con una sonrisa. Bueno, está bien, un café me haría bien, me dijo, sonriendo un poco. 
Mientras íbamos caminando le contaba algunas anécdotas de mi primer ciclo en la universidad. El primer día de clases me perdí, le dije, me metí a otro salón y escuché una clase de otra carrera. Empezó a reír y yo también al recordarlo. Todos llegan con su horario impreso en las manos, comenté, buscando el aula correcta para no pasar roche en su primer día. Pero algunos, como yo, no tenemos la misma suerte, añadí. Ay, espero que eso no me pase a mí, me dijo. Bueno, para eso estoy aquí, repuse, sonriendo. Y gracias por eso, continuó, de nuevo, con una sonrisa, haciendo un gesto de alivio. Algo que había notado y que me pareció extraño, fue que en ningún momento se distrajo con su celular, y se lo dije, como algo que usualmente pasa en estos tiempos y por lo cual es difícil mantener una conversación a causa de dicho artefacto. Me lo robaron la semana pasada, me dijo, con un gesto triste. Pero ahora disfruto más de las actividades que me gustan, entre ellas las de leer, añadió. Hablaba moviendo las manos de un lado a otro, mirando con nervios y entusiasmo los pasillos de su nueva facultad. Cuando le conté a mi papá que me habían robado, continuó, me dijo que lea algo por mientras, señalando la biblioteca que tenemos en casa, y así fue cómo empecé a leer ese libro. Cuando empiecen las clases tendrás que leer más, le dije. ¡Lo sé! Y aunque me gusta, no me siento física y ni psicológicamente lista para empezar, exclamó, y ambos reímos por la ocurrencia. 
Ya en la cafetería, conversamos tanto y de todo que el tiempo pasó sin darnos cuenta. ¿Qué hora es?, preguntó. Ya van a ser las 4:30, le dije, vamos a tu facultad, sugerí. Cogió su portafolio que había dejado en la mesa en la cual habíamos estado conversando y su morral, para dirigirnos al auditorio donde se daría la conferencia de presentación de su carrera. Por cierto, ¿en qué ciclos vas?, me preguntó, al salir de la cafetería. Paso al 5to ciclo, le dije. Vaya, ya tienes tiempo aquí, entonces, añadió. Podría decirse, es que el tiempo pasa rápido, verás que en un abrir y cerrar de ojos empiezan las clases, llegan los parciales, luego los finales y terminó, para luego empezar otro ciclo. Por eso, aprovecha bien el tiempo, sugerí. Conocerás a muchas personas y de todo tipo. Algunos de ellos solo pensarán en estudiar, que es lo que se viene a hacer aquí, pero otros pensarán que es solo un juego y vendrán a hacer solo vida social. Escoge bien tus grupos de estudio, no todos aportan al final. No faltes, repasa constantemente tus clases para que en los exámenes no tengas problemas, y creo que ya empiezo a sonar como un padre de familia dando estos consejos, y echó a reír. Casi te digo lo mismo, me dijo, riendo. Mentira, es broma. Gracias por los consejos, los tendré en cuenta, me dijo, mirándome y guiñando un ojo. 
Al llegar, había un grupo de chicas y chicos haciendo cola para ingresar al auditorio, todos ellos nuevos estudiantes, muy jóvenes, como Abril. Bueno, nos estamos viendo cuando empiecen las clases, le dije, mientras ella miraba la larga cola de sus futuros compañeros. Volteó a verme y se dio cuenta de que me estaba despidiendo. ¿Ya te vas?, preguntó. Sí, un amigo me está esperando en la oficina de matrículas, además, en un rato empieza tu conferencia, le dije. Cierto… Bueno, gracias por el ‘tour’, ahora ya no me voy a perder, agradeció. Descuida, también disfruté rondar la universidad, pues aunque no lo creas, pocas veces lo hago, comenté. Estoy segura que nos encontraremos cuando empiecen las clases, me dijo, de pronto, con una mirada seria. Espero que sí, respondí, y recordé que no tenía cómo comunicarme con ella debido al robo de su celular, entonces solo atiné a sonreír al despedirme, con el mismo tacto con el que empecé a hablar con ella, dejando al azar el próximo encuentro.

miércoles, 12 de abril de 2017

El accidente

Conversando con mi padre sobre los hechos desafortunados que se ven a diario en los noticieros, recordó cuando tuvo un accidente de tránsito en su motocicleta, en el mes de julio del año de 1996, faltando pocos días para las fiestas patrias. 
Yo apenas tenía tres años, y la única imagen que guardo en mi memoria sobre aquel accidente es la de mi padre echado en la cama de su habitación, mirándome como si no me conociera. 
Él venía conduciendo en su motocicleta después de haber hecho algunas compras de repuestos de motos, los cuales llevaba en un maletín grande sujetado a su cuerpo. Cruzando el puente Atocongo pensaba qué íbamos hacer para pasar las fiestas patrias: si nos quedaríamos en casa o si iríamos de campamento, como habíamos empezado a hacer el año anterior. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, el tráfico avanzaba lento entre carros particulares, buses y motocicletas, y después de ese suceso común, no recuerda nada, ni siquiera el impacto del choque. Solo después supo lo que pasó gracias a un conocido que presenció el accidente. Según cuenta, una camioneta grande de color rojo chocó su motocicleta por atrás a alta velocidad, y que el sujeto, ante el perplejo, se dio a la fuga. 
Debido al fuerte impacto mi padre salió disparado varios metros adelante y cayó al borde del puente Atocongo. El testigo del accidente le dijo, ante el atónito de mi padre: «Un poco más y te caías del puente». Pero, solo un rato después de caer en la pista, cuenta que mi padre se levantó y se sentó al filo de la vereda del puente. Se quedó sentado, inmóvil, mirando a la nada, sin reaccionar, sin pronunciar palabra alguna. Tuvo suerte de que el maletín que llevaba, que era grande y estaba lleno de repuestos embalados, no se salió de su cuerpo amortiguando así la caída. Sin embargo, la casaca de cuero gruesa y de color negro que llevaba puesta, quedó destrozada tras el accidente. El testigo cuenta que al rato llegó un patrullero de la policía, y que después de revisar sus documentos y ubicar su dirección, se lo llevo a la casa. Cuando llegaron, mi madre recuerda que el patrullero que lo acompañaba le hacía preguntas, pero mi padre, por instinto, solo respondía con incoherencias. Cuando le preguntaban por su edad, él decía que tenía 18 años, que esta no era su casa, que no sabía qué hacía aquí. Ante todo esto, mi madre, confundida y asustada, llamó por teléfono a la hermana de mi padre, quien de inmediato vino a la casa acompañada de su esposo que es oficial de la policía nacional. Mi madre y quienes la acompañaban, pensaban que mi padre estaba ebrio por todas las incoherencias que decía. Pero mi madre, debido al tiempo, dudaba, porque él había salido hacía dos horas y no podía haberse embriagado en ese lapso, ya que solamente fue a comprar y al estar en motocicleta te movilizas rápido. Fue entonces que mi tío, que es oficial de la policía, le comenzó a oler bien la boca, y al darse cuenta de que no olía a alcohol, descartó que mi padre estuviera ebrio. Lo que tenía mi padre no era un problema de alcohol, sino consecuencia directa de los golpes sufridos en el accidente. Tras advertir esto, lo trasladaron al hospital María Auxiliadora, donde comprobaron que mi padre tenía fracturada la clavícula y tenía un duro golpe en el encéfalo craneano; debido a ese golpe había estado hablando incoherencias, y también había perdido el olfato y el sabor de los alimentos. Mi padre recuerda que se levantó al día siguiente del accidente con un gran dolor de cabeza y un dolor en todo el cuerpo, sobre todo en la parte de la clavícula. En el hospital María Auxiliadora lo habían tratado, según sus propias palabras, como a una porquería, porque esa noche lo habían hecho dormir en una camilla y lo único que le dieron fueron unos calmantes para los golpes. El accidente fue un día viernes, y lo tuvieron en observación hasta el domingo en la mañana, y ese mismo día, por la tarde, le dieron de alta. Mi padre cuenta que cuando le dieron la orden de salir, aún se sentía completamente mal, y que si él aceptó irse del hospital era porque estaba cansado y aburrido, y no hacían más que darle calmantes. Al llegar a casa lo recostaron en su cama, pero él aún seguía sintiendo los dolores, su estado todavía era delicado. Gracias a Dios, cuenta mi padre, vino una amiga de mi madre que es enfermera en el hospital militar, y que, años más tarde, sería mi madrina de bautizo. Y también, como nunca antes, casi por milagro, pues desconocía lo que había pasado, nos visitó el primo de mi padre, que es tecnólogo médico, y al momento de verlo, junto a mi madrina, como profesionales en medicina, se dieron cuenta de que él seguía muy mal, que no podía seguir aquí, que había que actuar rápido. Ellos convencieron a mi madre y al hermano de mi padre, y lo internaron esa misma noche, de emergencia, en la clínica del hospital militar. Cuando llegaron y el doctor vio el estado en el que se encontraba mi padre, le dijo a mi madre: «Lo trajeron a tiempo, de esta noche no pasaba». Entonces, allí, mi madrina Angélica movilizó a todas sus amigas del hospital para tomar las precauciones necesarias, porque los médicos sabían que en cualquier momento le podía dar un derrame cerebral. Sin embargo, como actuaron con precaución, aplicando las medicinas y los procedimientos necesarios, se pudo contrarrestar el ataque cerebral que se produjo en la madrugada, pudiendo así salvarle la vida. Después de ello, en cada reunión, mi abuelita Celith decía: «Angélica le salvó la vida a mi hijo». 
Mi padre estuvo internado en la clínica más de un mes, y su recuperación en casa demoró aproximadamente un año. Debido a todas las medicinas que tomaba su carácter cambió, pero ya el médico le había advertido a mi madre sobre los efectos que traerían el consumo de estos medicamentos fuertes. No fue fácil para nadie, sobre todo para mi madre, que tuvo que lidiar con todo el proceso de recuperación con mi hermana y yo aún siendo niños.
Afortunadamente todo pasó, mi padre se recuperó de aquel accidente y hoy en día aún lo tengo a mi lado, acompañándome, enseñándome, dejando en el pasado ese capítulo de su vida que queda tan solo, ahora, como un recuerdo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Visita

Camina por la habitación ignorando mi presencia, se detiene al observar algunas fotos en uno de los estantes y recorre con la mirada los rostros impresos, planos, inanimados, en esos cuadros diminutos y de madera. La miro con cuidado por encima del hombro sin que lo advierta y, para no perturbar la escena, me abstengo a decirle que muchas de esas personas ya no están en este mundo. 
Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros colgados en la pared, que se encuentran uno al lado del otro, en orden de tamaño, para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde han sido tomadas, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y comenta, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, repongo, susurrando, por el frío, por la noche. 
Sigue recorriendo la habitación, vacilando, tocando, viendo, y llega a mi lugar favorito: el librero. Coge un libro al azar y me pregunta de qué trata, mostrándome la portada sin quitar la mirada al librero, y le describo, de manera breve, la historia de un hombre que no concibe el amor en la vida. Lo deja en su lugar y me mira, por vez primera y después de mucho. ¿Y este otro?, pregunta, intrigada, cogiendo uno de la parte superior del librero. Es la historia de una mujer que vive intentando colmar sus aspiraciones humanas basadas en las novelas que leyó, respondo, al instante. Y vuelve hacia mí, entrecerrando los ojos. 
De pronto, realiza el mismo movimiento para dejarlo en su sitio y preguntarme: ¿Por qué tantos libros? No creo que los hayas leído todos, añade, como retándome. Porque nunca es suficiente, le respondo, pero me doy tiempo para cada uno. Me mira curiosa, intenta sonreír y asiente con la cabeza. Se acomoda a mi lado, al borde de la cama, y la miro y juego con sus cabellos que alguna vez adoré y le pregunto, en voz baja, a qué ha venido. Quería verte, responde, viendo a otro lado, siguiendo con el juego de querer ignorarme. Hace mucho que no sé de ti, añade, y voltea, ahora, a mirarme. Pues, aquí estoy, le digo, mirando directamente a sus ojos. Me alegro, responde, sarcásticamente, y se levanta. ¿Y sigues escribiendo?, pregunta, rápido. A veces, pero ya no como antes, replico. ¿Y eso por qué? ¿Acaso desde que me fui no consigues inspirarte? Riéndose vilmente. La miro con una media sonrisa. He estado ocupado, solo eso, respondo. Ya veo, comenta. Pero mejor, escribir te abstraía del mundo. Ahora sí me escuchas, por lo menos, añade. Te equivocas, corrijo, siempre lo hice. Eso crees tú, corazón, afirma, segura. Y empiezo a recordar sus arrebatos y molestias, y me echo sobre la cama para pensar en otra cosa. ¿Se puede saber a qué has venido?, vuelvo a preguntar, sobando mis manos sobre mi frente y mirando a la superficie. Ya te dije, quería verte, responde, sin dudar. Pero para qué, vuelvo a preguntar. Para saber si has cambiado o si sigues siendo el mismo de siempre, responde. ¿Y qué has notado?, pregunto. Que sigues siendo el mismo de siempre, pero también has cambiado, responde. Voy a darle sentido a tu comentario, ¿ok?, le digo. No te gastes, cariño, me dice, guárdatelo para cuando escribas. No lo necesito, le respondo. Bueno, yo solo quería ayudar, añade. Ya me ayudaste mucho, contesto. Pero puedo volver a hacerlo, interviene. ¿Cómo?, le pregunto, levantándome de la cama. Y me besa, me abraza, se aleja y me vuelve a besar, cogiendo con sus manos mi rostro para con un leve movimiento separar sus labios de los míos. Así, me dice. Qué astuta eres, le digo. Vamos, no digas que no te gustó, exclama. No pienso responderte, le digo, impaciente. Está bien, no te emociones, me dice, riendo. ¿Emocionarme? Bueno, si eso crees tú, te seguiré el juego, respondo. No lo hagas si ya sabes que vas a perder, argumentó, con un gesto rebelde, típico de ella, y me quedo intrigado, aunque no le digo nada. ¿Tienes agua para tomar?, pregunta. No, contesto. Ay, ya pues, no seas pesado, invítame un poco, me dice. Ya, bueno, espera, voy a ver si hay, respondo, cediendo. Está bien, no te demores, añade.
Salgo de la habitación y me digo: ¿A qué ha venido? Hace meses que no sé de ella, llego a la cocina, cojo la jarra y lleno el vaso con agua, ojalá tenga algo importante que decirme, pienso, y regreso. Aquí tienes, le digo, coge el vaso, gracias, responde y se da media vuelta. Bebe de un sorbo y lo deja en el escritorio. ¿Por qué me miras así?, pregunta al volverse hacia mí y ver mis ojos concentrados en ella. Quiero saber el verdadero motivo de tu visita, replico. Ya te lo dije, repite. No es suficiente, añado. Entonces, ¿qué más quieres que te diga?, me pregunta. Solo la verdad, le digo. ¿La verdad? ¿Alguna vez tú me dijiste la verdad?, me espetó. Sí, respondo. Por favor, Gustavo, jamás fuiste sincero. Tenías miedo de seguir con lo nuestro, añade, ofuscada. ¿De qué estás hablando?, le pregunto, confundido. Nada, olvídalo, responde. Ya ves, dices cosas a medias, le digo. Porque tú lo sabes, sabes lo que hiciste y te consta, responde, molesta. ¿Qué fue lo que hice, según tú?, pregunté, mirándola a los ojos. Alejarte, respondió en el acto y dio media vuelta. ¿Y tú no hiciste lo mismo?, pregunté. Y volvió hacia mí. ¡No! Pero creí que eso querías, responde, con la mirada hacia abajo. Nunca sabes lo que quiero, respondo. Y tú tampoco lo dices, contesta. Ya, basta. ¿Vienes después de mucho tiempo para esto?, le pregunto, un poco alterado. No quería que fuera así, me dice, mirando a la nada, con los brazos cruzados. Está bien, entonces, dejémoslo ahí, ¿te parece?, le digo, buscando un acuerdo, cediendo la paz. Ok, responde. Además, ya no nos veremos, me dice, de pronto, como amenazándome. ¿Qué?, ¿a qué te refieres?, pregunto, desconcertado. Me iré del país en unos días y solo vine a despedirme de ti, eso era lo que quería decirte. 
Me tomó unos segundos asimilar la noticia, al mismo tiempo que me sentía un idiota al repasar mi comportamiento egoísta desde que llegó; pero tome conciencia de que ella seguía allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, a pesar de las diferencias y altercados, me había sentido igual que antes, entre todo ese caos que irónicamente éramos, y vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no... Lo siento, no lo sabía, respondí. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya es tarde, me tengo que ir, añadió, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro: su nariz pequeña, pecosa; sus ojos vivos, oscilantes; sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado... Lamento no haberlo dicho antes, afirmo. La habitación se contrae en un silencio vivo y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando de lado, donde solo se aprecia el perfil de su sombra, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.

viernes, 17 de febrero de 2017

Leer y escribir

Empecé a leer y a escribir, por placer, por curiosidad y por ejemplo de mi padre, desde que era un niño, de entre 8 o 10 años de edad. El primer relato que recuerdo haber escrito fue una historia inspirada en el famoso libro de 20.000 leguas de viaje submarino, del famoso escritor francés Julio Verne. Aquel libro lo leí gracias a mi padre, quien, cada fin de semana, me traía un tomo de una colección de clásicos ilustrados. Entre ellos también estaba Aladino, una de las historias de origen sirio de Las mil y una noches, traducida por Antoine Galland, y Moby Dick, del escritor estadounidense Herman Melville. Pero los personajes que más calaron en mí, fueron los protagonistas de las aventuras del capitán Nemo y tripulación. Y pues, debido a ello, y también al ser el curso de Historia mi favorito en la etapa escolar, sentí la necesidad de recrear un relato similar pero basado en los mares de mi querido Perú. Me recuerdo a mí de niño arrodillado apoyando mi pecho frente al borde de la cama, moviendo de izquierda a derecha el lápiz sobre el cuaderno, intentando narrar una historia y dándole nombres a los personajes, estableciendo jerarquías, alianzas, amistades, complicidades y a la vez creando adversidades y misterios mientras navegaban dentro de las profundidades del océano pacifico. La historia en cuestión, elemental e inocente, por supuesto, fue el primer cuento que recuerdo haber escrito, y que debe estar guardado entre los cuadernos de cuando cursaba el grado de 2do o 3ro de primaria en el colegio “Jesús Niño”, y que espero, por curiosidad, algún día poder encontrar. 

Siempre sentí respeto por el trabajo intelectual de otros, por eso, cuando necesitaba decir algo que no era mi voz, citar nombre y año me era inevitable. Y esperaba algún día, con la misma disciplina, poder escribir algo que me emocionara tanto como lo que leía, pero basado en mis experiencias personales y también producto de la ficción. Por ello, más adelante, a la edad de 15 años volví a escribir, y me daba por crear mis propias frases entre clase y clase en la escuela. Papeles, hojas, notas, todo servía a la hora de escribir alguna rima, que, según yo, sería el comienzo de una gran obra. Recuerdo, con mucho humor, que llegué a intercambiar algunos poemas por gaseosas y más adelante, lo máximo que recibí por ello, por una botella de ron, cuando un amigo me escribió desesperado para pedirme algún poema para darle a su enamorada, el cual puse por nombre Concédeme. Y aunque mis primeros versos eran acorde a los de un chico enamoradizo e ilusionado, y hasta cursi, tengo que aceptarlo, me hacía feliz expresar, con palabras, lo que sentía, sin ninguna clase de miedo o pudor, mediante cartas y poemas que, algunas veces, llegaban con éxito a sus destinatarias, mientras que otras se quedaban conmigo en el intento, como muestra de un amor platónico, tímido e inocente. 

En aquel entonces había dejado de lado la narrativa que tanto me había cautivado de niño, para adentrarme un poco más en los placeres de la poesía, de los cantos, de los versos y de las frases. También llegué a componer algunas canciones que aún mantengo guardadas en algún cuaderno y que, ahora, sentiría bochorno al leerlas. Sin embargo, muchos años después, y para mi sorpresa, el tema de una de esas canciones fue grabada por un buen amigo cantante, que al hacerle escuchar un demo a un amigo productor suyo, le sugirió terminar la canción para hacerla single y grabarla en el estudio que él tenía. Tiempo después, al escucharla, quedé asombrado con el trabajo final, acotando que con su voz le había dado vida. La canción se llama "Regresar", interpretada por mi buen amigo Bryan Aviles.

Pero ese afán por la síntesis, por el trabajo constante de hacer de las palabras un verso, y también por el hecho de haber vuelto a leer una gran cantidad de novelas, cuentos y textos, mi voz poética -si es que alguna vez existió- quedó olvidada. Y tampoco la extrañé. Decidí solo admirar y disfrutar el trabajo de algunos poetas, sobre todo la obra del gran César Vallejo, para sentir placer, mas no continué haciéndolo. 

Casi un año después, ya teniendo en mi haber todo tipo de escritos recopilados en un cuaderno que no he vuelto abrir, hasta hoy, decidí, también por recomendación de una amiga, crear este portal blog para dedicarme a escribir pensamientos, reflexiones, en ese entonces, por una cuestión de rebeldía, de desahogo, y de irresponsabilidad, pues las primeras entradas son las reminiscencias de un joven soñador, pero también inexperto y descuidado, y ahora, más, cuentos y ficciones, siendo esta última la que cada vez más me apasiona. Pero, ¿por qué y para qué escribir? Pregunta típica a cualquiera que tiene inclinación por esta bella actividad. Pienso que no hay una respuesta exacta, creo que la que más se acerca es que la realidad no es suficiente, y que si bien nace de ella, el afán de moldearla, y por qué no, distorsionarla, es lo que nos empuja a crear ficciones. Y debido a ello, me volví un adicto a las novelas. Leía todo lo que llegaba a mis manos, desde cuentos, novelas, hasta libros autobiográficos. Hubo una temporada que leí a muchos escritores jóvenes peruanos, porque quería saber cómo era su narrativa, por ser más cercana a mis tiempos y a mi contexto, pero tampoco sin dejar de lado a los clásicos de la literatura peruana que, en el colegio, eran de lectura obligatoria, pero, en cambio, para mí, voluntaria. 

En esta ocasión solo mencionaré las novelas del Boom Latinoamericano que en mi infancia y adolescencia llegaron abrirme el camino para leer a los grandes escritores universales de los cuales hablaré, con mayor profundidad pero con la misma emoción, más adelante, en un post dedicado a ellos. 

De las primeras novelas que leí del Boom Latinoamericano se encuentra la del escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez, con su obra más conocida: Cien años de soledad. Aquellas noches leyendo la historia de la familia Buendía fue un deleite que, al pasar los años, aprecio con más cariño, sobre todo releyendo la novela como lo hago hoy en día. La sensación de tiempo, los escenarios y los personajes, hacen de ella un clásico, además de ser el primer libro que me inició en el mundo del realismo mágico. Después, en un verano que solía pasar varias horas supervisando los estragos de una mudanza, y atraído por la narrativa de magna novela, continué con Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios, El coronel no tiene quien le escriba, entre otras grandes novelas del nobel de 1982.

Con ello también llegaron a mí obras como Rayuela y Bestiario de Julio Cortázar, de la cual hablaré más adelante en otro post. La palabra del mudo, del gran cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro. Pedro Páramo y El Llano en Llamas de Juan Rulfo, con quien sentí que los fantasmas me hacían compañía. Confieso que he vivido y 20 poemas de amor y una canción desesperada del poeta chileno Pablo Neruda. La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, entre otras grandes obras de los escritores de aquella época.

Tiempo después conocí al maestro Jorge Luis Borges. Había empezado viendo sus entrevistas, leyendo sus ensayos y sus críticas, hasta que un día, motivado por la sabiduría y la sencillez del escritor de los laberintos, cayó en mis manos El libro de arena y Ficciones. Al principio me costó seguir el hilo de sus cuentos, pero las referencias, los lugares y los personajes salidos de la realidad y creados por la ficción, me hacían continuar leyendo y descubriendo la perfección en cada historia. Luego seguí con El Aleph, que de vez en cuando vuelvo a leer algún cuento al azar para salvarme de la rutina, El informe de Brodie, que me fue recomendado por un profesor de mi universidad, apasionado confeso de la obra del gran Jorge Luis Borges, y ahora, cada tanto, también recomendado por él, leo sus artículos en un libro recopilatorio llamado Textos cautivos

Sin embargo, al escritor que más tiempo dediqué mis lecturas, fue al Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, con el cual siempre me sentí identificado, más allá de ser mi compatriota, por su amor por los libros, la literatura y la cultura, y por su lucha constante en contra de las dictaduras y el ímpetu en cada uno de sus textos a favor a la libertad. Sus libros se los debo a mi padre, quien, hasta el día de hoy, siempre traía a casa sus novelas: La casa verde, La ciudad y los perros, El Pez en el agua, El paraíso a la vuelta de la esquina y La fiesta del chivo. Este último lo recuerdo, cuando niño, con una claridad y nostalgia cumplida. Quería leerlo, me llamaba la atención la ilustración de la portada, en esa nueva versión cómoda de bolsillo, y el prólogo, pero mis facultades de novicio lector aún no me lo permitían, y no solo por su narrativa, sino por el grueso del libro, que en ese entonces, de niño, me espantaba. Sin embargo, muchos años después, lo leí y disfruté cada página del libro, para después adentrarme más en la historia del Jefe Trujillo, con el asombro de que la realidad, en algunos casos, supera la ficción. Así también, no puedo dejar de mencionar a la novela que más me marcó como lector, y a la que invertí gran cantidad de horas en la biblioteca de la universidad, al salir de clases, movido por un impulso de descubrir las historias que se iban entrelazando, mediante capítulos y cajas chinas, anotando en una libreta como si el mundo dependiera de ello, y caminando por los escenarios para ser parte de Conversación en la Catedral. Libro que muestra la realidad de una sociedad en todos sus niveles, y de cómo la dictadura golpea a todos en distintas formas.

Ahora leo un poco más de lo que escribo, y no precisamente porque una actividad me haga más feliz que la otra, sino porque ahora lo hago con un sentido más crítico, pues el atrevimiento que tengo por estar escribiendo una primera novela, me ha vuelto más hambriento a las lecturas que hago diariamente para aprender, imaginar, soñar y liberar la tensión que uno tiene en cada etapa de su vida. 

lunes, 30 de enero de 2017

Carta documento

Trataré de ser fiel a los hechos sobre cómo llegó a mí el objeto en cuestión, y de contar, en su totalidad, lo poco o mucho que descubrí en torno a ello. 
Hace un par de semanas, desconozco la fecha exacta, llegó un sujeto cargando en su morral distintas cosas que de seguro irían a parar en algún basurero. Entre todo el revuelto se encontraba el libro "Freud y los orígenes del Sexo" Volumen VI del Dr. J. Gomez Nerea, que es el seudónimo del poeta y narrador peruano Alberto Hidalgo Lobato (1897-1976). El libro fue a parar a mis manos gracias a mi padrino, quien, al observar las cosas que el sujeto traía, se lo pidió junto a otros objetos. Él, a sabiendas de mi afán por la lectura, me lo entregó a mí, pues el libro venía con una peculiaridad que descubrió luego.
Por lo que he indagado, el libro forma parte de una colección llamada "Freud al alcance de todos", y fue publicado en 1946, por la editorial Tor, en Buenos Aires. Dudo si la edición que tengo es de ese mismo año o posterior a ello, el libro no lo especifica. Sin embargo, después de indagar más, he descubierto que el empastado del libro es anacrónico, pues, en la parte inferior del lomo tiene marcado en él las iniciales de A.O.D, intuyo que las del dueño, y en las primeras páginas dice lo mismo, pero escrito con lápiz. Además, el título que lleva puesto en medio del lomo "Orígenes del sexo", es incorrecto. Lo mismo sucede con el nombre, en la parte superior, que tiene escrito Freud como si fuera el autor del libro, cuando en realidad es solo una interpretación resumida de la obra de él por el escritor ya antes mencionado. 
Sin embargo, no creo que el libro sea una pieza de verdadero valor, más allá del tiempo que tenga y de la persona que lo haya poseído, que es lo que me incumbe ahora debido a lo que voy a contar. Pues, lo que me llevó a hacer todas estas averiguaciones fue para, exclusivamente, encontrar una conexión y relacionarlo, sin mucho éxito, con la hoja que hallé adentro. Una carta documento que data del año de 1932, donde se explica el caso legal de la muerte de una mujer que sufría de insania mental.

A continuación agregaré la transcripción del documento. La versión que presento es real, tal y como está escrito, por lo que habrán algunos errores ortográficos propios del autor de dicha carta. Lo que está entre paréntesis se encuentra escrito en medio de dos oraciones, debido a un error usual de tipeo en las máquinas de escribir de aquellos años. Lo colocaré en comillas para discernir de los párrafos de opinión.

"Señores Vocales.-
J. Enrique Osorio, en el procedimiento no contencioso, para que se declarara la interdicción por incapacidad mental de la que fué mi prima Jesús Elvira Osorio solicitada por don Raul Medina, a Uds. digo:
Por apelación concedida por el Juez inferior, ha venido a conocimiento del Tribunal Superior, la apelación que he interpuesto sobre el auto expedido por el Dr. Suarez Polar con fecha cuatro de febrero de mil novecientos treintidos, que desestima _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ la solicitud que formulé para que se declarara por terminado el procedimiento de interdicción seguido contra mi prima Jesús Elvira Osorio, en virtud de haber fallecido el día treinta de enero del presente año, (repitiendo la ilegal solicitud de la parte contraria) declara sin fundamentos legal alguno, que el procedimiento por interdicción debe continuarse legalmente hasta ponerle fin con la sentencia respectiva.
Fundo mi apelación en las siguientes razones:
1.- En que la continuación del referido procedimiento no contencioso, conduciría a la anomalía de declararse la interdicción de un muerto.-
2.- En que la esencia jurídica del procedimiento no contencioso, para declarar a una persona en estado de insanía mental, cuando no hai oposición, constituye una diligencia no contenciosa, i no un juicio, que tiende exclusivamente a proteger los intereses o bienes del que pudiera declarársele incapaz; es decir: tiende a amparar los derechos del incapaz; de manera que desaparecida o muerta la persona cuya interdicción se pide, cesa automáticamente todo procedimiento, pues la finalidad de estas investigaciones, la constituya la persona que se trata de proteger, i de ninguna manera sirven las disposiciones mencionadas en el Títilo quince del Código de Procedimiento Civiles para que se declare o solamente se compruebe la locura de la persona interdicta.-
Deliberadamente se ha confundido la finalidad de amparar a un insano, con el medio que sirve para declararlo tal; i en el fondo, desde el primer momento que se inició este procedimiento, se descubre que sólo se ha tratado de tergiversar la naturaleza del procedimiento, para convertirlo en un prodimiento sui-géneris, que sólo sirva para declarar la locura de una persona, lo cual jurídica, legalmente es inadmisible, pues para ello existe acciones distintas, no de una sumaria investigación, sino de un procedimiento ordinario en que se discutan ampliamente las razones científicas, la realidad de los hechos i la multitud de causas que pudieran originar la comprobación de la locura de una persona."

Esto es todo lo que he logrado averiguar, pero aún ignoro muchas cosas al respecto. Me quedo con preguntas que solo la literatura, gracias a las libertades que otorga, puede responder. Cuando la ficción se combina con la realidad, surgen relatos que ponen a prueba al lector. Y es que, siendo breve ¿Qué historias guarda un documento como este? ¿Cómo fue que llegó a parar en aquel libro? ¿Qué habrá pasado después con la familia? ¿Qué llevó a la muerte a Jesús Elvira Osorio? 
Escribir y difundir este documento, sobre todo cuando se habla sobre la muerte de una persona, no me complace. Debido a ello, he esperado el día de hoy, 30 de enero, fecha de su fallecimiento, para darlo a conocer. Y por el hecho de hacerlo, lo más prudente sería, desde mi punto de vista, honrar la memoria de una persona que, ciertamente, no conozco, pero que su historia ha llegado, producto de la realidad y también, un poco, de la imaginación, para mi asombro, y tal vez, espero, para el asombro de muchos, para ser contada y compartida.
Que en paz descanse J.E.O.


Nota: La declaración de interdicción es el proceso por el cual se prohíbe realizar actos previstos por ley, debido a problemas en el desenvolvimiento de las facultades de la persona, por minoría de edad, o en este caso, por incapacidad mental.