domingo, 18 de agosto de 2013

Incertidumbre

Las historias de amor suelen repetirse y reemplazarse con el tiempo, las heridas sanan, dejan huella y seguimos viviendo, descubriendo de a poco lo bello de las dichas y lo necesario que es vivir el infortunio. Pero hay algunos amores que se recuerdan con más intensidad por dejar en sus momentos, restos de esperanza después del supuesto y farsante olvido.
La conocí en el momento indicado, justo un poco antes de caer en la locura que incita el inesperado desprendimiento. Jamás voy a olvidar cuando llegó así de repente, sin aviso. Fue como un pacto ocasional de miradas, un secreto a voces de ironía para no adelantarnos al tiempo, el cual nos unió cuando más nos habíamos alejado. 
Recuerdo mucho de ella: su peculiar desorden, su falta de atención y su alegría a pesar de las desdichas. Fueron muchas las causas que me hicieron verla diferente al resto. Más allá de toda su belleza exterior, me cautivaron sus pensamientos, sus frases de intentar conocer la vida desde un punto de vista real y a la vez ficticio como se cuentan en los libros o en las series de amor que sintonizan en canales desconocidos.
Y como toda causa que tiene su efecto, me vi perdido de tal forma que no imaginaba ni un día sin saber acerca de su paradero. Mi pasatiempo era tenerla cerca, mirarla y decirle todo aunque ella no supiera nada. Era incomprensible y a la vez sincera mi intención de lograr algo más con ella, pero era tan hermosa que las dudas siempre rondaban con respecto a su perspectiva sobre los sentimientos. Sin embargo, pensarla me tranquilizaba, me ofrecía libertad y amor, a pesar de que toda esa fantasía la llevará solo en mi pensamiento.
Olvidé amores que no me hacían sentir de la manera que yo quería. Estaba decidido, trataría de cambiar las cosas, de mostrarme más como el que ella quería, como el que yo en realidad era pero que no daba muestras de aquello. Verla era suficiente para darle vida a mi esperanza, adoraba el juego de descifrar sus palabras, y todavía hoy sigo sin recobrar el asombro que ella tenía de sonreír a pesar de sus desdichas. Admiré mucho su fortaleza ante las adversidades que la perseguían y no la dejaban mostrar una sonrisa más real y sincera. Su timidez tenía dos lados: hacer cosas que no pensaba hacer, pero que al final las hacía para evitar lo que le provocaba ese momento. Era muy curioso, quizás ella no se daba cuenta, sin embargo, yo siempre estuve al tanto de eso. Llegué a conocer lados de ella que nunca se atrevió a mirar y tal vez fue por eso que me enamoré como un loco estudioso de su alma.
Hubo veces en los cuales nos distanciamos mucho, ella seguía con su vida y yo con la mía, pero siempre coincidíamos en el momento exacto, cuando por más de una ocasión perdíamos la alegría que al hablar nos caracterizaba. Nunca faltaba ese toque de amor inocente y fugaz en cada una de nuestras conversaciones, nuestra locura se llevaba perfecta y presumida. Teníamos las típicas discusiones casuales y de toda clase de boberías, las cuales siempre terminaban con un gesto cómplice, que si no era de celos, era de alegría. Solíamos distraernos y acercarnos por la magia de los libros y la euforia de la música, nos contradecíamos y sacábamos en cara a nuestros artistas y escritores favoritos, dado que muchos de ellos coincidían y otros muchos no… Sin embargo, aprendimos a apreciar el mundo de cada uno. 
Nuestra historia se dio en silencio, a espaldas de aquellos que nos conocían. Las palabras no existían, los besos hablaban por nosotros, pero la incertidumbre nos golpeó el alma, nos enveneno de rumores y perdimos lo que más nos costo tener: la confianza. La discordia entre nuestros corazones se dio por la falta de expresiones sentimentales, y decidieron quedarse callados, alejados de sentimientos inoportunos y dudosos por no haber tratos ni documentos de un amor que caminaba confundido y en diferentes direcciones.
Es imposible evitar recordar aquel romance a pesar de las aventuras que gobernaron mi tiempo después de su olvido, esa tarde del primer beso me mantiene atado a su boca, al tiempo que compartimos y que nunca nos dimos cuenta. Y me repito entre memorias y recuerdos que no hubo victorias, que los dos perdimos. Tú tan precisa en tu ausencia, yo tan torpe en mi exilio...
Hay tantas cosas que todavía recuerdo y que yacen como un puñado de arrepentimientos certeros por emprender un viaje al lugar donde habitan los amores perdidos. Quizás fue nuestra culpa al dejarnos llevar por las máscaras oscuras del amor a medias, del amor sin condición y de sentimientos oprimidos. No estoy seguro si algún día recapacitemos y odiemos, no solo en teoría, sino en práctica lo que nos alejó sin motivo, para llevar nuestros recuerdos de la mano y hacerlos vivir nuevamente, como tal vez sugiera el destino.