martes, 22 de enero de 2013

El encuentro

Después de creer que mi pasado ya no sería sinónimo de angustia y de impedimentos, y de aparentar de que nada podía cambiarme la idea de que el ayer ya no era importante para mí, me encontraba nuevamente caminando por las veredas de su casa, pensando en una buena excusa sobre mi inesperada visita. Ya era algo tarde, pero ahí estaba yo, con el miedo acuestas, con muchos nervios y una serie de emociones que no sentía desde hace mucho. 
Aún con dudas sobre lo que sentía, decidí buscarla para confesarle de que ya no podía continuar engañándome a mi mismo al decirme todos los días que ya la había olvidado. Ya no había marcha atrás, todos mis cuestionamientos y preguntas desaparecieron en el instante en que volví a ver ese lugar que tantas veces había visitado para poder ser feliz a su lado aunque sea por unos cuantos momentos.
En mis manos llevaba una pequeña carta en donde había tratado de desnudar de manera más sincera mis sentimientos. La esperanza la tenía colgada de mi cuello, aquel detalle que los dos llevábamos a diario y que nació a los pocos días de iniciar nuestra historia. Ese presente hizo que nos enlacemos de una manera más íntima, más especial, aunque después de haber pasado tanto tiempo esperaba que ella ya no lo llevara más consigo.
Había llegado el momento de arriesgarme, de despojar mis dudas y silencios, de aparecerme una vez más en su vida en un intento de revivir nuestra historia. Toqué su puerta, y para mi suerte fue ella quien respondió a mi llamado. Lo primero que hice fue saludarla después de mirarla profundamente durante unos cuantos segundos… Ella se sorprendió al verme, ya había pasado mucho tiempo y creo que no entendió muy bien el por qué de mi regreso. Le dije con mis gestos que aún seguía perdidamente enamorado de ella, que todo el tiempo que viví en su ausencia, había caído en un sinfín de historias absurdas, vacías y sin sentido, exiliadas de una realidad que ya no me pertenecía.
Una amiga cercana a ella me contó que solo se había dedicado a sus estudios. Tuvo muchos pretendientes, pero ella nunca les permitió ser algo más que amigos. Yo tenía tantas cosas por decirle, por preguntarle, pues hace mucho que no sabía nada de su vida. Me hubiera gustado que me cuente todo lo que había hecho en estos últimos meses, sobre cómo le había ido en la universidad, si había viajado en las vacaciones de verano, ya que solía hacerlo por unas semanas para visitar a su padre, pero mi tiempo era limitado, ya que al parecer ella estaba de salida. 
Fue lindo tenerla cerca otra vez, se había puesto mucho más hermosa, y por ello yo me puse más nervioso de lo que ya estaba. No tenía idea de cómo ella iba a reaccionar por el hecho de volver a encontrarnos, sólo accedió a mirarme fijamente, mientras yo intentaba tranquilizar mis nervios para expresarle lo que por tanto tiempo había callado. Le entregué la carta que había escrito, pero ella, con un ademán de rechazo, no quiso aceptarla. En ese momento no supe qué hacer, pero aún así insistí en que se la quedara. Luego, la tomé de las manos y le dije de la manera más sincera posible que aún no la había olvidado…
Desde la última vez que nos vimos, el cual fue el mismo día en que decidimos terminar con lo nuestro, no había pasado ni un día en que yo no la conservará en mis pensamientos. Después de confesarle de que yo aún la quería, la sentí aturdida, pero decidida. Con cuidado alejó mis manos de la suyas, no comprendí el por qué hasta que hizo del silencio su única respuesta...
Ella ya no era la misma, el tiempo le había hecho comprender de que el amor, a veces, no otorga segundas oportunidades. Pude notar el dolor y la confusión en su mirada, así como la duda que terminaba en ese preciso momento, y mientras yo me desbarataba por dentro, vi cómo desaparecía lentamente ante mis ojos.