miércoles, 12 de abril de 2017

El accidente

Conversando con mi padre sobre los hechos desafortunados que se ven a diario en las noticias, recordó cuando tuvo un accidente de tránsito en su motocicleta, en el mes de julio del año de 1996, faltando pocos días para las fiestas patrias. 
Yo apenas tenía tres años, y la única imagen que guardo en mi memoria sobre aquel accidente es la mi padre echado en la cama de su habitación, mirándome como si no me conociera. 
Él venía conduciendo en su motocicleta después de haber hecho algunas compras de repuestos de motos, los cuales llevaba en un maletín grande sujetado a su cuerpo. Cruzando el puente Atocongo pensaba qué íbamos hacer para pasar las fiestas patrias: si nos quedaríamos en casa o si iríamos de campamento, como habíamos empezado a hacer el año anterior. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, el tráfico avanzaba lento entre carros particulares, buses y motocicletas, y después de eso no recuerda nada, ni siquiera el impacto del choque. Solo después supo lo que pasó gracias a un conocido que presenció el accidente. Según cuenta, una camioneta grande de color rojo chocó su motocicleta por atrás a alta velocidad, y que el sujeto, ante el perplejo, se dio a la fuga. 
Debido al fuerte impacto mi padre salió disparado varios metros adelante y cayó al borde del puente Atocongo. El testigo del accidente le dijo, ante el atónito de mi padre: «Un poco más y te caías del puente». Pero, solo un rato después de caer en la pista, cuenta que mi padre se levantó y se sentó al filo de una vereda del puente. Se quedó sentado, inmóvil, mirando a la nada, sin reaccionar, sin decir palabra alguna. Tuvo suerte de que el maletín que llevaba, que era grande y estaba lleno de repuestos embalados, no se salió de su cuerpo amortiguando así la caída. Sin embargo, la casaca de cuero gruesa y de color negro que llevaba puesta, quedó destrozada tras el accidente. El testigo cuenta que al rato llegó un patrullero de la policía, y que después de revisar sus documentos y ubicar su dirección, se lo llevo a la casa. Cuando llegaron, mi madre recuerda que el patrullero que lo acompañaba le hacía preguntas, pero mi padre, por instinto, solo respondía con incoherencias. Cuando le preguntaban por su edad, él decía que tenía 18 años, que esta no era su casa, que no sabía qué hacía aquí. Ante todo esto, mi madre, confundida y asustada, llamó por teléfono a la hermana de mi padre, quien de inmediato vino a la casa acompañada de su esposo que es oficial de la policía nacional. Mi madre y quienes la acompañaban, pensaban que mi padre estaba ebrio por todas las incoherencias que decía. Pero mi madre también dudaba, porque él había salido hace dos horas y no podía haberse embriagado en tan poco tiempo, ya que solamente fue a comprar y al estar en motocicleta te movilizas rápido. Fue entonces que mi tío, que es oficial de la policía, le comenzó a oler bien la boca, y al darse cuenta de que no olía a alcohol, descartó que mi padre estuviera ebrio. Lo que tenía mi padre no era un problema de alcohol, sino consecuencia directa de los golpes sufridos en el accidente. Tras percatarse de esto, lo trasladaron al hospital María Auxiliadora, donde comprobaron que mi padre tenía fracturada la clavícula y tenía un duro golpe en el encéfalo craneano; debido a ese golpe había estado hablando incoherencias, y también había perdido el olfato y el sabor de los alimentos, pero esto, afortunadamente, solo fue por cierto tiempo. Mi padre recuerda que se levantó al día siguiente del accidente con un gran dolor de cabeza y un dolor en todo el cuerpo, sobre todo en la parte de la clavícula. En el hospital María Auxiliadora lo habían tratado, según sus propias palabras, como a una porquería, porque esa noche lo hicieron dormir en una camilla y lo único que le dieron fueron unos calmantes. El accidente fue un día viernes, y lo tuvieron en observación hasta el domingo en la mañana, y ese mismo día, por la tarde, le dieron de alta. Mi padre cuenta que cuando le dieron de alta, aún se sentía completamente mal, y que si él aceptó irse del hospital era porque estaba cansado y aburrido, y no hacían más que darle calmantes. Al llegar a casa lo recostaron en su cama, pero él aún seguía sintiendo los dolores, su estado todavía era delicado. Gracias a Dios, cuenta mi padre, vino una amiga de mi madre que es enfermera en el hospital militar, y que, años más tarde, sería mi madrina de bautizo. Y también, como nunca antes, casi por milagro, pues desconocía lo que había pasado, nos visitó el primo de mi padre, que es tecnólogo médico, y al momento de verlo, junto a mi madrina, como profesionales en medicina, se dieron cuenta que él seguía muy mal, que no podía seguir aquí, que había que actuar rápido. Ellos convencieron a mi madre y al hermano de mi padre, y lo internaron esa misma noche, de emergencia, en la clínica del hospital militar. Cuando llegaron y el doctor vio el estado en el que se encontraba mi padre, le dijo a mi madre: «Lo trajeron a tiempo, de esta noche no pasaba». Entonces, allí, mi madrina Angélica movilizó a todas sus amigas del hospital para tomar las precauciones necesarias, porque los médicos sabían que en cualquier momento le podía dar un derrame cerebral. Sin embargo, como actuaron con precaución, aplicando las medicinas y los procedimientos necesarios, se pudo contrarrestar el ataque cerebral que se produjo en la madrugada, pudiendo así salvarle la vida. Después de ello, mi abuelita Celith decía: «Angélica le salvó la vida a mi hijo». 
Mi padre estuvo internado en la clínica más de un mes, y su recuperación en casa demoró aproximadamente un año. Debido a todas las medicinas que tomaba su carácter cambió, pero ya el médico le había advertido a mi madre sobre los efectos que traerían el consumo de estos medicamentos fuertes. No fue fácil para nadie, sobre todo para mi madre que tuvo que lidiar con todo el proceso de recuperación con mi hermana y yo aún siendo niños.
Afortunadamente todo pasó, mi padre se recuperó de aquel accidente y aún hoy en día lo tengo a mi lado, dejando en el pasado ese capítulo de su vida que queda tan solo como un mal recuerdo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Visita

Camina por la habitación ignorando mi presencia, se detiene al observar algunas fotos en uno de los estantes y recorre con la mirada los rostros impresos, planos, la miro por encima del hombro y, para no perturbar la escena, me abstengo a decirle que muchas de esas personas ya no están en este mundo. Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros colgados en la pared para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde queda tal lugar, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, le respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y me dice, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, respondo, susurrando, por el frío, por la noche. 
Sigue recorriendo la habitación, vacilando, tocando, viendo, y llega al librero. Coge un libro al azar y me pregunta de qué trata, mostrándome la portada sin quitar la mirada al librero, y le describo, de manera breve, la historia de un hombre que no concibe el amor en la vida. Lo deja en su lugar y me mira, por vez primera y después de mucho. ¿Y este otro?, pregunta, intrigada. Es la historia de una mujer que vive intentando colmar sus aspiraciones humanas, respondo, al instante. Y vuelve hacia mí, entrecerrando los ojos. 
De pronto, realiza el mismo movimiento para dejarlo en su sitio y preguntarme: ¿Por qué tantos libros? No creo que los hayas leído todos, agrega, como retándome. Porque nunca es suficiente, le respondo, pero me doy tiempo para cada uno. Me mira curiosa, intenta sonreír y asiente con la cabeza. Se acomoda a mi lado, al borde de la cama, la miro y juego con sus cabellos que alguna vez adoré y le pregunto a qué ha venido. Quería verte, responde, viendo a otro lado, siguiendo con el juego de intentar ignorarme. Hace mucho que no sé de ti, y voltea, ahora, a mirarme. Pues, aquí estoy, le digo, mirando directamente a sus ojos. Me alegro, responde, sarcásticamente. ¿Y sigues escribiendo?, pregunta, al instante. A veces, pero ya no como antes, le respondo. ¿Y eso por qué? ¿Acaso desde que me fui no consigues inspirarte? Y se ríe vilmente. La miro y sonrío. He estado ocupado, solo eso, respondo. Ya veo, comenta. Pero mejor, escribir te abstraía del mundo. Ahora sí me escuchas, por lo menos, agrega. Te equivocas, le digo, siempre lo hice. Eso crees tú, corazón. Y empiezo a recordar sus arrebatos y molestias, y me echo sobre la cama para pensar en otra cosa. ¿Se puede saber a qué has venido?, vuelvo a preguntar, pasando mis manos sobre mi frente y mirando a la superficie. Ya te dije, quería verte, responde, sin dudar. Pero, para qué, vuelvo a preguntar. Para saber si has cambiado o si sigues siendo el mismo de siempre. ¿Y qué has notado?, le pregunto. Que sigues siendo el mismo de siempre, pero también has cambiado, responde. Voy a darle sentido a tu comentario, ¿ok?, le digo. No te gastes, cariño, me dice, guárdatelo para cuando escribas. No lo necesito, le respondo. Bueno, yo solo quería ayudar, agrega. Ya me ayudaste mucho, contesto. Pero puedo volver a hacerlo, interviene. ¿Cómo?, le pregunto. Y me besa, me abraza, se aleja y me vuelve a besar, coge con sus manos mi rostro y, con un leve movimiento, separa sus labios de los míos. Así, me dice. Qué astuta eres, le digo. Vamos, no digas que no te gustó. No pienso responderte, le digo. Está bien, no te emociones, me dice, riendo. ¿Emocionarme? Bueno, si crees eso, te seguiré el juego, respondo. No lo hagas si ya sabes que vas a perder, me dice, con un gesto rebelde, típico de ella, y me quedo intrigado, aunque no le digo nada. ¿Tienes agua para tomar?, pregunta. No, contesto. Ay, ya pues, no seas pesado, invítame un poco, me dice. Ya, espera, voy a ver si hay, respondo, cediendo. Está bien, no te demores. 
Salgo de la habitación y me pregunto: ¿A qué ha venido? Hace meses que no sé de ella, llego a la cocina, cojo la jarra y lleno el vaso con agua, ojalá tenga algo importante que decirme, y regreso. Aquí tienes, le digo, coge el vaso, gracias, responde y se da media vuelta. Bebe de un sorbo y lo deja en el escritorio. ¿Por qué me miras así?, pregunta al ver mis ojos concentrados en ella. Quiero saber el verdadero motivo de tu visita, respondo. Ya te lo dije, responde. No es suficiente. Entonces, ¿qué más quieres que te diga?, me dice. La verdad, le digo. ¿La verdad? ¿Alguna vez tú me dijiste la verdad? Sí, respondo. Por favor, Gustavo, jamás fuiste sincero. Tenías miedo de seguir con lo nuestro, me dice, ofuscada. ¿De qué estás hablando?, pregunto. Nada, olvídalo, responde. Ya ves, dices cosas a medias, le digo. Porque tú lo sabes, sabes lo que hiciste y te consta, responde. ¿Qué fue lo que hice, según tú?, pregunté, mirándola a los ojos. Alejarte, respondió en el acto y dio media vuelta. ¿Y tú no hiciste lo mismo?, pregunté. Y volvió hacia mí. ¡No! Pero creí que eso querías, responde, con la mirada hacia abajo. Nunca sabes lo que quiero, le respondo. Y tú tampoco lo dices, me contesta. Ya, basta. ¿Vienes después de mucho tiempo para esto?, le pregunto, un poco alterado. No quería que fuera así, me dice, mirando a la nada, con los brazos cruzados. Está bien, entonces dejémoslo ahí, ¿te parece?, le digo, buscando un acuerdo. Ok, responde. Además, ya no nos veremos, me dice, de pronto, como amenazándome. ¿Qué? ¿A qué te refieres?, pregunto, desconcertado. Me iré del país en unos días y solo vine a despedirme de ti, eso era lo que quería decirte. Me tomó unos segundos asimilar la noticia, y, a pesar de que ella estaba allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, me había sentido igual que antes, vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no. No, no lo sabía, le respondo. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya se ha hecho tarde, me tengo que ir, agrega, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro, su nariz pequeña, pecosa, sus ojos vivos, oscilantes, sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado. Y lamento no haberlo dicho antes, culmino. La habitación se queda en silencio y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando a un lado, donde solo se aprecia la sombra de su perfil, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.

viernes, 17 de febrero de 2017

Leer y escribir

Empecé a leer y a escribir, por placer, por curiosidad y por ejemplo de mi padre, desde que era un niño, de entre 8 o 10 años de edad. El primer relato que recuerdo haber escrito fue una historia inspirada en el famoso libro de 20.000 leguas de viaje submarino, del famoso escritor francés Julio Verne. Aquel libro lo leí gracias a mi padre, quien, cada fin de semana, me traía un tomo de una colección de clásicos ilustrados. Entre ellos también estaba Aladino, una de las historias de origen sirio de Las mil y una noches, traducida por Antoine Galland, y Moby Dick, del escritor estadounidense Herman Melville. Pero los personajes que más calaron en mí, fueron los protagonistas de las aventuras del capitán Nemo y tripulación. Y pues, debido a ello, y también al ser el curso de Historia mi favorito en la etapa escolar, sentí la necesidad de recrear un relato similar pero basado en los mares de mi querido Perú. Me recuerdo a mí de niño arrodillado apoyando mi pecho frente al borde de la cama, moviendo de izquierda a derecha el lápiz sobre el cuaderno, intentando narrar una historia y dándole nombres a los personajes, estableciendo jerarquías, alianzas, amistades, complicidades y a la vez creando adversidades y misterios mientras navegaban dentro de las profundidades del océano pacifico. La historia en cuestión, elemental e inocente, por supuesto, fue el primer cuento que recuerdo haber escrito, y que debe estar guardado entre los cuadernos de mi época de primaria en el colegio “Jesús Niño”, y que espero algún día poder encontrar. 

Siempre sentí respeto por el trabajo intelectual de otros, por eso, cuando necesitaba decir algo que no era mi voz, citar nombre y año me era inevitable. Y esperaba algún día, con la misma disciplina, poder escribir algo que me emocionara tanto como lo que leía, pero basado en mis experiencias personales. Por ello, más adelante, a la edad de 15 años volví a escribir, y me daba por crear mis propias frases entre clase y clase en la escuela. Papeles, hojas, notas, todo servía a la hora de escribir alguna rima, que, según yo, sería el comienzo de una gran obra. Recuerdo, con mucho humor, que llegué a intercambiar algunos poemas por gaseosas y más adelante, lo máximo que recibí por ello, por una botella de ron, cuando un amigo me escribió desesperado para pedirme algún poema para darle a su enamorada, el cual puse por nombre Concédeme. Y aunque mis primeros versos eran acorde a los de un chico enamoradizo e ilusionado, me hacía feliz expresar, con palabras, lo que sentía, sin ninguna clase de miedo o pudor, mediante cartas y poemas que, algunas veces, llegaban a sus destinatarias, mientras que otras se quedaban conmigo en el intento, como muestra de un amor platónico, tímido e inocente. 

En aquel entonces había dejado de lado la narrativa que tanto me había cautivado de niño, para adentrarme un poco más en los placeres de la poesía, de los cantos, de los versos y de las frases. También llegué a componer algunas canciones que aún mantengo guardadas en algún cuaderno y que, ahora, sentiría bochorno al leerlas. Sin embargo, muchos años después, y para mi sorpresa, una de esas canciones fue grabada por un buen amigo cantante, que al hacerle escuchar un demo a un amigo productor suyo, le sugirió terminar la canción y grabarla en un estudio que él tenía. Tiempo después, al escucharla, quedé asombrado con el trabajo final, acotando que con su voz le había dado vida. 

Pero ese afán por la síntesis, por el trabajo constante de hacer de las palabras un verso, y también por el hecho de haber vuelto a leer una gran cantidad de novelas, cuentos y textos, mi voz poética quedó olvidada. Y tampoco la extrañé. Decidí solo admirar y disfrutar el trabajo de los poetas, sobre todo la obra del gran César Vallejo, para sentir placer, mas no continué haciéndolo. 

Casi un año después, ya teniendo en mi haber todo tipo de escritos recopilados en un cuaderno que no he vuelto abrir, hasta hoy, decidí, también por recomendación de una amiga, crear este portal blog para dedicarme a escribir pensamientos, reflexiones, en ese entonces, por una cuestión de rebeldía, de desahogo, y ahora, más, cuentos y ficciones, siendo esta última la que más me apasiona. Pero, ¿por qué escribir? Yo pienso que no hay una respuesta exacta, creo que la que más se acerca es que la realidad no es suficiente, y que si bien nace de ella, el afán de moldearla, y por qué no, distorsionarla, es lo que nos empuja a crear ficciones. Y debido a ello, me volví un adicto a las novelas. Leía todo lo que llegaba a mis manos, desde cuentos, novelas, hasta libros autobiográficos. Hubo una temporada que leí a muchos escritores jóvenes peruanos, porque quería saber cómo era su narrativa, por ser más cercana a mis tiempos y a mi contexto, pero tampoco sin dejar de lado a los clásicos de la literatura peruana que, en el colegio, eran de lectura obligatoria, pero, en cambio, para mí, voluntaria. 

En esta ocasión solo mencionaré las novelas del Boom Latinoamericano que en mi infancia y adolescencia llegaron abrirme el camino para leer a los grandes escritores universales de los cuales hablaré, con mayor profundidad pero con la misma emoción, más adelante, en un post dedicado a ellos. 

De las primeras novelas que leí del Boom Latinoamericano se encuentra la del escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez, con su obra póstuma: Cien años de soledad. Aquellas noches leyendo la historia de la familia Buendía fue un deleite que, al pasar los años, aprecio con más cariño, sobre todo releyendo la novela como lo hago hoy en día. La sensación de tiempo, los escenarios y los personajes hacen de ella un clásico, además de ser el primer libro que me inició en el mundo del realismo mágico. Después, en un verano que solía pasar varias horas supervisando los estragos de una mudanza, y atraído por la narrativa de magna novela, continué con Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios, El coronel no tiene quien le escriba, entre otras grandes novelas del nobel de 1982. 

Con ello también llegaron a mí obras como Rayuela y Bestiario de Julio Cortázar, de la cual hablaré más adelante en otro post. Pedro Páramo y El Llano en Llamas de Juan Rulfo, con quien sentí que los fantasmas me hacían compañía. Confieso que he vivido y 20 poemas de amor y una canción desesperada del poeta chileno Pablo Neruda, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, entre otras grandes obras de los escritores de aquella época.

Tiempo después conocí al maestro Jorge Luis Borges. Había empezado viendo sus entrevistas, leyendo sus ensayos, hasta que un día, motivado por la sabiduría y la sencillez del escritor de los laberintos, cayó en mis manos El libro de arena y Ficciones. Al principio me costó seguir el hilo de sus cuentos, pero las referencias, los lugares y los personajes salidos de la realidad y la ficción, me hacían continuar leyendo y descubriendo la perfección en cada historia. Luego seguí con El Aleph, que de vez en cuando vuelvo a leer algún cuento al azar para salvarme de la rutina, El informe de Brodie, que me fue recomendado por un profesor de mi universidad, apasionado confeso de la obra del gran Jorge Luis Borges, y ahora, cada tanto, también recomendado por él, leo sus artículos en un libro recopilatorio llamado Textos cautivos

Sin embargo, al escritor que más tiempo dediqué mis lecturas, fue al Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, con el cual siempre me sentí identificado, más allá de ser mi compatriota, por su amor por los libros y la literatura. Sus libros se los debo a mi padre, quien, hasta el día de hoy, siempre traía a casa sus novelas: La casa verde, La ciudad y los perros, El Pez en el agua, El paraíso a la vuelta de la esquina y La fiesta del chivo. Este último lo recuerdo, cuando niño, con una claridad y nostalgia. Quería leerlo, me llamaba la atención la ilustración de la portada, en esa nueva versión cómoda de bolsillo, y el prólogo, pero mis facultades de novicio lector aún no me lo permitían, y no solo por su narrativa, sino por el grueso del libro, que en ese entonces, de niño, me espantaba. Sin embargo, muchos años después, lo leí y disfruté cada página del libro, para después adentrarme más en la historia del Jefe Trujillo, con el asombro de que la realidad, en algunos casos, supera la ficción. Así también, no puedo dejar de mencionar a la novela que más me marcó como lector, y a la que invertí gran cantidad de horas en la biblioteca de la universidad, al salir de clases, movido por un impulso de descubrir las historias que se iban enlazando, mediante capítulos y cajas chinas, anotando en una libreta como si el mundo dependiera de ello, y caminando por los escenarios para ser parte de Conversación en la Catedral. Libro que muestra el reflejo de una sociedad en todos sus niveles, y de cómo la dictadura golpea a todos en distintas formas.

Ahora leo un poco más de lo que escribo, y no precisamente porque una actividad me haga más feliz que la otra, sino porque ahora lo hago con un sentido más crítico, pues el atrevimiento que tengo por estar escribiendo una primera novela, me ha vuelto más hambriento a las lecturas que hago diariamente para aprender, imaginar, soñar y liberar la tensión que uno tiene en cada etapa de su vida. 

lunes, 30 de enero de 2017

Carta documento

Trataré de ser fiel a los hechos sobre cómo llegó a mí el objeto en cuestión, y de contar, en su totalidad, lo poco o mucho que descubrí en torno a ello. 
Hace un par de semanas, desconozco la fecha exacta, llegó un sujeto cargando en su morral distintas cosas que de seguro irían a parar en algún basurero. Entre todo el revuelto se encontraba el libro "Freud y los orígenes del Sexo" Volumen VI del Dr. J. Gomez Nerea, que es el seudónimo del poeta y narrador peruano Alberto Hidalgo Lobato (1897-1976). El libro fue a parar a mis manos gracias a mi padrino, quien, al observar las cosas que el sujeto traía, se lo pidió junto a otros objetos. Él, a sabiendas de mi afán por la lectura, me lo entregó a mí, pues el libro venía con una peculiaridad que descubrió luego.
Por lo que he indagado, el libro forma parte de una colección llamada "Freud al alcance de todos", y fue publicado en 1946, por la editorial Tor, en Buenos Aires. Dudo si la edición que tengo es de ese mismo año o posterior a ello, el libro no lo especifica. Sin embargo, después de indagar más, he descubierto que el empastado del libro es anacrónico, pues, en la parte inferior del lomo tiene marcado en él las iniciales de A.O.D, intuyo que las del dueño, y en las primeras páginas dice lo mismo, pero escrito con lápiz. Además, el título que lleva puesto en medio del lomo "Orígenes del sexo", es incorrecto. Lo mismo sucede con el nombre, en la parte superior, que tiene escrito Freud como si fuera el autor del libro, cuando en realidad es solo una interpretación resumida de la obra de él por el escritor ya antes mencionado. 
Sin embargo, no creo que el libro sea una pieza de verdadero valor, más allá del tiempo que tenga y de la persona que lo haya poseído, que es lo que me incumbe ahora debido a lo que voy a contar. Pues, lo que me llevó a hacer todas estas averiguaciones fue para, exclusivamente, encontrar una conexión y relacionarlo, sin mucho éxito, con la hoja que hallé adentro. Una carta documento que data del año de 1932, donde se explica el caso legal de la muerte de una mujer que sufría de insania mental.

A continuación agregaré la transcripción del documento. La versión que presento es real, tal y como está escrita, por lo que habrán algunos errores ortográficos propios del autor de dicha carta. Lo que está entre paréntesis se encuentra escrito en medio de dos oraciones, debido a un error usual de tipeo en las máquinas de escribir de aquellos años. Lo colocaré en comillas para discernir de los párrafos de opinión.

"Señores Vocales.-
J. Enrique Osorio, en el procedimiento no contencioso, para que se declarara la interdicción por incapacidad mental de la que fué mi prima Jesús Elvira Osorio solicitada por don Raul Medina, a Uds. digo:
Por apelación concedida por el Juez inferior, ha venido a conocimiento del Tribunal Superior, la apelación que he interpuesto sobre el auto expedido por el Dr. Suarez Polar con fecha cuatro de febrero de mil novecientos treintidos, que desestima _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ la solicitud que formulé para que se declarara por terminado el procedimiento de interdicción seguido contra mi prima Jesús Elvira Osorio, en virtud de haber fallecido el día treinta de enero del presente año, (repitiendo la ilegal solicitud de la parte contraria) declara sin fundamentos legal alguno, que el procedimiento por interdicción debe continuarse legalmente hasta ponerle fin con la sentencia respectiva.
Fundo mi apelación en las siguientes razones:
1.- En que la continuación del referido procedimiento no contencioso, conduciría a la anomalía de declararse la interdicción de un muerto.-
2.- En que la esencia jurídica del procedimiento no contencioso, para declarar a una persona en estado de insanía mental, cuando no hai oposición, constituye una diligencia no contenciosa, i no un juicio, que tiende exclusivamente a proteger los intereses o bienes del que pudiera declarársele incapaz; es decir: tiende a amparar los derechos del incapaz; de manera que desaparecida o muerta la persona cuya interdicción se pide, cesa automáticamente todo procedimiento, pues la finalidad de estas investigaciones, la constituya la persona que se trata de proteger, i de ninguna manera sirven las disposiciones mencionadas en el Títilo quince del Código de Procedimiento Civiles para que se declare o solamente se compruebe la locura de la persona interdicta.-
Deliberadamente se ha confundido la finalidad de amparar a un insano, con el medio que sirve para declararlo tal; i en el fondo, desde el primer momento que se inició este procedimiento, se descubre que sólo se ha tratado de tergiversar la naturaleza del procedimiento, para convertirlo en un prodimiento sui-géneris, que sólo sirva para declarar la locura de una persona, lo cual jurídica, legalmente es inadmisible, pues para ello existe acciones distintas, no de una sumaria investigación, sino de un procedimiento ordinario en que se discutan ampliamente las razones científicas, la realidad de los hechos i la multitud de causas que pudieran originar la comprobación de la locura de una persona."

Esto es todo lo que he logrado averiguar, pero aún ignoro muchas cosas al respecto. Me quedo con preguntas que solo la literatura, gracias a las libertades que otorga, puede responder. Cuando la ficción se combina con la realidad, surgen relatos que ponen a prueba al lector. Y es que, siendo breve ¿Qué historias guarda un documento como este? ¿Cómo fue que llegó a parar en aquel libro? ¿Qué habrá pasado después con la familia? ¿Qué llevó a la muerte a Jesús Elvira Osorio? 
Escribir y difundir este documento, sobre todo cuando se habla sobre la muerte de una persona, no me complace. Debido a ello, he esperado el día de hoy, 30 de enero, fecha de su fallecimiento, para darlo a conocer. Y por el hecho de hacerlo, lo más prudente sería, desde mi punto de vista, honrar la memoria de una persona que, ciertamente, no conozco, pero que su historia ha llegado, producto de la realidad y también, un poco, de la imaginación, para mi asombro, y tal vez, espero, para el asombro de muchos, para ser contada y compartida.
Que en paz descanse J.E.O.


Nota: La declaración de interdicción es el proceso por el cual se prohíbe realizar actos previstos por ley, debido a problemas en el desenvolvimiento de las facultades de la persona, por minoría de edad, o en este caso, por incapacidad mental.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Abandono

Mi padre nos abandonó cuando yo recién había cumplido un año de nacido. Mi madre, que llevaba casada solo dos años con él, llevó la peor parte, sobrevivir como madre soltera en una época en que el país pasaba por un momento de crisis, recesión, inflación y desempleo.
Mi madre y yo vivíamos en casa del tío Luis, su hermano mayor y el único tío que yo conocía, junto a su esposa, la tía Érica. Vivíamos, o sobrevivíamos, en un barrio humilde de Surquillo, con todas las proezas que hacen las familias para salir adelante. Mis tíos trabajaban en una textilería, se habían dedicado a ello desde que el abuelo Marcelino, al llegar de Cajamarca, entró al negocio de producir y vender prendas de vestir. No tuvieron hijos por problemas de fertilidad. Recuerdo verlos ir y venir del doctor con una cara de desdicha y desánimo, y yo le preguntaba a mi madre, con la inocencia de un niño, por qué no tenían hijos, y ella solo atinaba a decirme que Dios sabe porque hace las cosas. Sin embargo, debido a ello, fui el engreído de la casa por mucho tiempo, hasta que, años después, adoptaron a Ricardo, mi primer y único primo hermano. 
Mi madre, que me había tenido muy joven, a los 22 años, se dedicó a trabajar arduamente para darme lo mejor. Era camarera en el restaurante de un amigo del tío Luis, llamado Manuel Romero. Manuel, poco después de conocer a mi madre, empezó a visitarnos cada domingo. Llevaba canastas llenas de víveres para el resto de la semana y me traía regalos cada vez que podía. Con el tiempo se enamoró de mi madre y ella de él, y, como suele suceder cuando dos personas se atraen, llegaron a ser novios. Era un buen hombre, alto, criollo, de bigotes estilizados, tenía el rostro acomodado, duro, pero una sonrisa bonachona delataba su humildad. Sin embargo, a pesar de sus buenos tratos, jamás llegué a decirle padre, y solo lo llamaba por su nombre de pila: Manuel.
Tenía pocas fotos de mi verdadero padre, y todas eran de cuando era muy joven. No sabía mucho de él, salvo que se llamaba Rogelio Ayala, que era electricista, que había nacido en Ayacucho y que tenía 27 años cuando se fue en un viaje a la sierra con sus compañeros de trabajo para no volver. Yo solía engañarme pensando que algún día volvería, que había viajado lejos para llevarnos con él, pero, por más que lo deseaba, jamás sucedió. 
Yo solo era un niño que había crecido sin su padre, y quería, como los demás niños de mi colegio, celebrar la dicha de tenerlo a mi lado cada tercer domingo de junio, y si era posible, lo que quedaba de la vida. Recuerdo que oraba mucho pensando en él, pues, aunque suene inaudito, jamás le guardé rencor, como cualquiera pensaría, y fue debido a que mi madre nunca me habló mal de él, porque a pesar del hecho de abandonarnos, que desde luego fue fatal y difícil, nunca tocó el tema con rabia u odio, por ello yo deseaba que algún día vuelva para ser la familia que nunca fuimos. Crecí a imagen de mi tío Luis hasta los 12 años, edad que tenía cuando mi madre formalizó su relación con Manuel contrayendo matrimonio. 
Las cosas, sin duda, habían mejorado, y tenía la certeza de que seguirían por ese rumbo, pues con una familia formada con un padrastro que ya conocía de tiempo, y con la fortuna de que era un hombre bueno conmigo y sobre todo con mi madre, nada podría salir mal. Manuel velaba para que nada faltara en casa, pero, lo que más aprecié de él, fue la comprensión y apoyo que tuvo cuando, años después, el tío Luis caería enfermo a causa de un paro al corazón, poniendo en aprietos a toda la familia, principalmente a la tía Érica y a mi primo Ricardo.
A los diecisiete años, después de haber conocido a mi primer amor y de haber pasado todas las etapas que conllevan las relaciones a temprana edad: la ilusión, el enamoramiento, el desamor... Emprendí un viaje gracias al apoyo de Manuel. Tenía un primo en Italia ya establecido y quería que yo vaya y aproveche la estadía. 
No fue fácil irme, pero era una gran oportunidad. A mi madre, aún joven, le costó hacerse la idea de que no me vería en mucho tiempo, pero sabía que allá me iría mejor, curioso pensamiento de las personas que creen que en otros países el futuro está asegurado, cuando en realidad es un sacrificio tan o igual de parecido del que se hace en un país como el nuestro. Y viendo que a mi madre le iba bien al lado de Manuel, y con aprobación de ella, la única que quería y que me importaba, viajé.
Partí a fin de año mientras hacía todos mis papeles para estudiar allá. Me instalé en Roma, en casa del primo de Manuel, llamado Alejandro Romero. Era un hombre agradable, alto, robusto, de unos 35 años, y era publicista. Extrañaba mucho el Perú, decía, ya llevaba más de una década en Roma desde que se fue a fines de los años 80, tiempo en que el país vivía una crisis económica y social, y que obligó a muchos peruanos a emigrar y dejarlo todo en busca de nuevas oportunidades.
Al llegar, tuve que trabajar lo que quedaba del verano para luego empezar a estudiar en alguna carrera técnica y sobrellevar mi estadía. Empecé como camarero, al igual que mi madre, en un restaurante latinoamericano que quedaba cerca al departamento donde vivíamos. Alejandro vivía solo, tenía pareja pero no convivían juntos, se llamaba Alondra y era unos 5 años menor que él. Era una italiana de cabellos largos y ojos claros, de contextura delgada y de un dominio total de los idiomas al ser Traductora de profesión, y ya llevaban tres años juntos. Según me cuenta Alejandro, Alondra era la última de cuatro hermanos, dos hombres y una mujer, y su madre, de unos casi 70 años, se encontraba delicada de salud por los mismos estragos del tiempo, y ella era la única que se hacía cargo, mientras que los demás vivían sus vidas como si nada pasara, esperando recibir algo del legado de su madre cuando ya no siga en este mundo. Por lo tanto, Alondra no podía dejar a su madre por el momento, y Alejandro lo entendía y la apoyaba. Pensé que esas cosas solo sucedían en mi país, por una cruel realidad en que los hijos, de manera egoísta, se olvidan de los padres cuando ya son mayores, mientras entre hermanos se pelean por la herencia que podrían llegar a tener.
Años después, cuando ya estaba estudiando y me faltaba poco para terminar, haciendo prácticas en una empresa de mantenimiento de transporte en el área de logística, supervisando los repuestos que llegaban para su posterior envío, conocí a un señor llamado Roger, de casi unos 50 años o más, era de estatura promedio, de tez opaca, de un rostro acabado, cansado, parecía haber envejecido de manera apresurada, el trabajo duro, pensé. Había llegado a Roma hace unos 20 años, era de Perú, y trabajaba como transportista en la misma empresa.
Un día, al enterarse de que yo también era de Perú, se ofreció a llevarme en el camión que trabajaba para conversar, como lo hacen todos al ver a un compatriota en el extranjero, y de paso dejarme en donde me hospedaba, que ya no era en el apartamento del tío Alejandro, sí, con los años llegué a decirle tío, sino en un hotel que quedaba al frente de la Estación Termini, la principal estación del tren de Roma, la cual me dejaba cerca al instituto y al trabajo.
Eres de Lima, cierto, me preguntó, antes de colocar la llave y prender el motor del camión. Sí, contesté, de Surquillo. Ya veo, me dijo. Y qué te trae por aquí, muchacho, preguntó. Trabajo, estudio, buscar oportunidades, contesté. Lo mismo que todos, dijo. Yo viví en Lima muchos años, luego tuve que viajar por motivos de trabajo. Pero nací en Ayacucho. Fue en ese momento que tuve una curiosa unión de hechos y de lugares, pero no lo creí posible y le dije que mi padre también era de allá. Curioso, me dijo, tal vez lo conocí, el mundo es muy pequeño, sabes. Tiene razón, pensé. Es muy pequeño, repetí, susurrando.
Al llegar a la estación, le agradecí por haberme traído, y me dijo que no había problema, que de aquí tenía que dejar algunos repuestos a las sucursales de la empresa, y que luego se iría a casa. Vaya con cuidado, le dije, al bajar del asiento del copiloto. Igualmente, respondió, mirándome desde la ventana, haciendo un gesto de una complicidad que yo no entendía. 
Me quedé pensando en la frase: “El mundo es muy pequeño”. ¿Qué tan cierto podría ser? ¿Sería posible que, dos personas unidas por sangre y separadas por un acto irresponsable, tal vez, cobarde y egoísta, se podrían encontrar tan lejos? No tenía respuesta, y tampoco quería llenarme de angustias pensando que algo así podría pasarme, como si de una película barata se tratara, con un guión predecible y complaciente, y reí al pensar semejante locura. Sin embargo, aquí en Roma, escuchaba decir a la gente, todo era posible.
Nos veíamos en el trabajo dos o tres veces por semana, dependiendo de la cantidad de envíos que le tocaba hacer, y conversábamos en el Lobby o en la cafetería sobre el clima de la ciudad, los problemas del Perú, los cambios que se estaban dando y sobre todo, de la comida que ambos extrañábamos. 
Habíamos formado una buena amistad a pesar de la diferencia de edad, pues era reconfortante encontrar a alguien que venía de tan lejos como yo, para no sentir tanto la distancia y mantener ese ánimo que une a los peruanos cuando están lejos de su país.
Un día, saliendo del trabajo, me invitó a tomar unos tragos, y yo acepté con gusto. Al llegar al bar, pidió un Ron para sentirnos en casa, y un Negroni, uno de los tragos más importantes de Italia. Nos sentamos en la barra del bar y comenzó a decir que el trabajo lo tenía cansado, que ya llevaba años manejando sin llegar a ninguna parte, curiosa metáfora, pensé. Necesito algo nuevo, continuó, el problema es que a mi edad es difícil hacerme con otro trabajo, sirviéndose más ron y a mi vaso también. Comprendo, dije, tomando un sorbo. Pero ha pensado en volver al Perú, pregunté. Las cosas han mejorado, como usted sabe, agregué. Sí, me dijo. Tengo esa idea rondando en mi cabeza desde hace mucho tiempo. He ahorrado algo, podría irme cuando quiera, pero no estoy seguro si todavía pertenezco allá, agregó, alzando el vaso y volteando la cabeza para pedir otra botella y más hielo. El bar estaba lleno de gente local y extranjera, la mayoría de ellos trabajadores que recién salían de laborar. Yo cogía mi vaso y bebía a sorbos el ron, era distinto, más fuerte, pensaba. Se ha acostumbrado a Roma, le dije. Por supuesto, respondió, tengo años viviendo aquí, además, las mujeres son más comprensibles que allá en Perú, si entiendes lo que quiero decir, agregó, guiñándome el ojo. Claro, entiendo, le dije, con una media sonrisa. Me miró y bajó la mirada a mi trago, toma, no es café, agregó, riendo. Y me bebí todo el vaso de un tirón, salud, dije. Salud, respondió, chocando los vasos. Pero acaso no tiene familia allá, pregunté, sintiendo una curiosidad por su pasado. La tuve, dijo, pero no creo que quieran saber de mí, agregó, golpeando el vaso en la barra. Por qué dice eso, pregunté, es su familia, desde luego que les gustaría saber de usted. No, dijo en el acto, cambiando su expresión de algarabía a nostalgia. No creo que quieran verme, agregó. Cogió su vaso y se sirvió un poco de Negroni y luego llenó el mío. Los abandoné, dijo, de pronto, como lamentándose. A mi esposa y a mi hijo, cuando recién el bebé cumplía un año de nacido. Fue entonces que un fuego corrió dentro de mí, sentía que el trago subía y bajaba, ya llevábamos no sé cuántas copas, era de noche, afuera estaba nevando, la gente pasaba con casacas más grandes que su cuerpo y guantes y ponchos, como les decía yo. Su respuesta fue rápida, concisa, lo dijo de manera que pude sentir su remordimiento, con una pena que sus ojos no podían evitar. Entonces, atando cabos, sabiendo que él era el mismo hombre, y motivado también por el alcohol que llevábamos tomando, dije: Soy yo, dejando caer el vaso al suelo, estrellándose contra el piso del bar y volando en miles de pedazos, como mi corazón al haberle confesado a ese hombre que era yo el niño que había abandonado hace ya 22 años junto a mi madre, dejándonos a nuestra suerte en un barrio humilde de Surquillo, viviendo ella sin un esposo y viviendo yo sin un padre.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Egoísta

«Eres un egoísta, solo piensas en ti», resonaba en mi mente, en ese preciso instante, aquella frase impetuosa que ella solía decirme justo antes de dar media vuelta y pronunciar un adiós súbito para partir entre las calles, entre los parques, entre nosotros. 
Tenía razón, yo era un egoísta, solo pensaba en mí. Sin darme cuenta adopté una actitud autoritaria frente a ella, no preguntaba, no sugería, en calidad de espectador, frívolo y distante al mismo tiempo.
Solía creer que caminábamos juntos, que nuestros pasos iban acorde a nuestros pensamientos, y, mi vida, al igual que la suya, se encaminaba en los mismos planes y sueños. Pero nada más alejado de la realidad, y me arrepiento haberme dado cuenta en un tiempo que ya no otorga segundas oportunidades. Es irónico que ahora lo recuerde con tanto detalle, con tanta lucidez. Pero antes, no. No tenía ni la mínima sospecha de que yo actuaba de esa manera tan torpe e injusta. Debí intuirlo, debí aceptarlo, sin embargo, tenía tan nublado el juicio por asuntos tan banales que no podía reaccionar y ver las cosas como ella, que accedía a cada estrategia en la cual el único ganador era yo y mi tan marcado ego. 
¿En qué momento empiezo a verme antes que ella, a poner el paso firme sin ver si aún seguía mi lado? No tengo algún registro en mis memorias, tan cansinas y deleznables, pero sí sus molestias, como pistas, en un mapa en el cual yo cortaba camino. Camino que yo seguía sin cuestionar mis decisiones, sin darle derecho a voto, de la forma más repugnante y vacía, con la actitud de un sujeto despreciable.
«Eres un egoísta», pensaba, discretamente frente a los presentes, que volteaban al vernos discutir en cada encuentro al que acudíamos, cuando ella, en un momento de impotencia, de dolor, se desprendía de mis brazos para estar lo más alejada de mí.
Mi insensatez, mi letargo, mis ganas absurdas de vivir sin pensar realmente en ella, me llevaron a creer que todo estaba bien, que todo iba bien. Por más que intentaba encontrar el argumento perfecto para hacerle entender que mi intención jamás fue dejarla de lado, fallaba estrepitosamente en su muro de palabras, tan seguras ahora, sin dejarme, por lo menos, batallar contra su indiferencia, en la cual perdía casi al instante ante su nueva forma de ver y de vivir la vida.

lunes, 31 de octubre de 2016

Vacío

Qué lamentable es cuando ya no hay pasado, cuando ya no queda registro alguno de los hechos, de las fraternidades, de los amores, de la vida, piensas. Buscas, desesperado, el informe anacrónico que, contra todo pronóstico, en un tiempo de vulnerabilidad absoluta, crees haber olvidado. Dudas si lo que sucedió fue cierto, si lo que pasó fue solo un arranque de histeria colectiva por los ratos que, más amargos que buenos, pasaste creyendo haber vivido lo contrario. No asimilas como ayer, no vives, no te ves como antes. Y empiezas a recrear con la memoria imágenes burdas, intentas colocar todo en su sitio, pero ya nada encaja, ya nada tiene la misma forma. Y enloqueces, te miras al espejo y ya no eres tú, sino una sombra que se bifurca y se pierde entre las grietas, y que regresa con más fuerza y se envuelve en la persona que eras para ya no verla más. Reniegas, gritas, golpeas todo a tu paso, vives ofuscado de la vida, del mundo, de los hombres que ya no hacen más que preocuparse por ellos mismos. Y te sientes como ellos, haciéndole caso a la voz que solo tú escuchas, y tu ego se ríe de ti, te proyecta como una caricatura y vuelve a reírse. Y corres viendo cómo los caminos se deshacen a tu paso, y entiendes que la dicha es solo un estado, fijo, único, y que se vale por sí sola. Y al otro lado de la calle, la muerte, la tragedia, el triunfo del pecado subiendo un peldaño más, mientras todos aplauden eufóricos sin saber por qué. 
Qué inmundo está el sistema, la gente, la sociedad, piensas. Crees que puedes hacer un cambio. Te vistes de gala y te la das de moralista. Redactas un discurso cursi, barato, lleno de clichés esperanzadores con la intención de ser aceptado, bienvenido, en esta guerra llamada vida y que la muerte va ganando. Tal vez compleja, ardua, cínica, bella para los más optimistas. Y lo eres, quieres creer que lo eres, y te abates, te cansas y dejar de serlo. Y entonces encuentras un motivo, una creencia, una misión, pero te enamoras y pierdes el juicio, el sentido, la cordura, la tan cuestionada razón. Te detienes, te juzgas, te juzgan, te ven y te ignoran. Y haces lo mismo, lo entiendes, crees que lo entiendes y perfeccionas ese arte, de ser distante y caprichoso, para no caer en el juego de vivir sin sentir emociones. Porque eres fuerte, tan fuerte que los demás te parecen débiles, ingenuos, vanos, simples espectadores. Y la soberbia te consume, tus actos se vuelven frívolos, ajenos, egoístas como el instinto del hombre.
Qué fútil es la gente viviendo de apariencias, aprobando lo intolerable, imponiendo sus ideas, piensas. Desde los orígenes del tiempo la historia se repite. Gentes gritándose entre ellas, guiadas por un Dios que afirman es el único, tildando a los demás como paganos, herejes, por haber caído, por una suerte de geografía, en un lugar que reza distinto, que piensa distinto. No los entiendes, tampoco pretendes hacerlo. Qué más da, el daño ya está hecho. La espada brota sangre, el arma ha sido usada por defender los campos, la imaginación, la fe, en última instancia, para excusar sus actos. No buscas respuestas, hay veces que es mejor dejar que sigan así, extraviadas, furtivas, como algunos libros, desdichados ellos, pero más nosotros, en las estanterías. Y todos los hombres que han desfilado en la historia, en todos los tiempos, no hemos sido dignos, capaces, y tampoco hemos estado cerca.
Qué trágico es cuando descubres que al final, piensas, lo único que queda es eso, vacío, silencio.

martes, 20 de septiembre de 2016

Documento

Estimada señorita Fabiana Castro, reciba ante todo mi afectuoso saludo. Me dirijo a usted a través de este presente para notificarle sobre la situación que involucra su corazón y el mío, para que de manera diplomática podamos llegar a un acuerdo que favorezca a ambas partes.
Como es de su conocimiento, hemos tenido algunas discrepancias que faltan a nuestro compromiso pactado en el contrato, convenio celebrado por manifestaciones de amor y tiempo de nuestras vidas. Debido a algunas irregularidades que voy a detallar a lo largo de este documento, es de mi sumo interés saber si seguir con este pacto es lo más factible para ambos.
El contrato, por decreto, expone lo siguiente: 
- Ser libres ante todo, y querernos, principalmente, a nosotros mismos. 
Lo fuimos, sin duda, pero en los últimos años hemos fallado torpemente a dicho argumento. El concepto de libertad era un tema de debate constante, sin embargo, pudimos llegar a un acuerdo en aquel viaje que tuvimos y vimos, de cerca, el poder innato que tenemos para decidir si quedarnos o irnos cuando lo sentíamos necesario. Porque para ser uno fue primordial habernos querido y aceptado como éramos, primero, a cada uno, después, a nosotros.
El problema aquí no fue de usted, ni mío, sino del tiempo. Tiempo que supimos aprovechar, acoplándolo propiciamente en nuestros espacios vacíos, para luego llenarlos de nosotros y convertirlos en los momentos cumbres del día en la vida de ambos. Pero que, a pesar de dicha asociación, se nos fue de las manos como la arena que sujetamos en las épocas de exilio compartido.
- La duda, para no evadir la verdad, ni jugar con la mentira.
He aquí uno de los principales motivos que rigen este documento. No somos, ni fuimos, personas capaces de ejercer una mentira, debido a que desde los orígenes de nuestra historia, lo sabíamos, o creíamos saberlo todo. Desde tu pasado y el mío, desde mis amores y tus amores, desde mis sueños y tus sueños. Supimos tratar la palabra para que encaje, como engranaje, en cada una de nuestras dudas. Sin embargo, el infortunio fue el culpable de la mala interpretación cuando no estábamos juntos.
- Actuar sin esperar nada a cambio, que el instinto y el desinterés nos gobiernen. 
Se fue deteriorando, con el tiempo, con el peso de los años, las ganas de hacernos compañía, de regalarnos algún detalle, algún destello que manifieste la emoción y la dicha, sin sentir que nos debiéramos nada y saber al mismo tiempo que lo merecíamos y no. No fuimos capaces de mantenerlo vivo, se fue, así como lo lee, la melancolía compartida, la tragedia olvidada por uno de estos arrebatos de locura e innata devoción. 
- La comunicación como puente a la tolerancia y a la sabiduría.
Nos dedicábamos una serie de citas, desde Sócrates hasta Dickens, desde Góngora hasta Lope de Vega, desde Hegel hasta Tolstói, desde Flaubert hasta Carpentier, desde Sartre hasta Camus, desde Faulkner hasta Hemingway, desde Whitman hasta Borges, desde Rimbaud hasta Vallejo… Para ser un todo y complacer a las almas, por medio de un estímulo que involucra la curiosidad, la belleza y el afán eterno de entender la vida.
Y así, entre voces de otros tiempos y de las nuestras, desde luego, el verso, la oración, la comunicación en sí misma, fue clave para llegar a ser más precisos, para ir de la mano al camino de la paz, la tolerancia y la sabiduría. Hecho que logramos mantener, hasta ahora, como lo demuestra este documento. Pero que, sin embargo, se fue perdiendo al encontrarnos con nosotros mismos, con una verdad incómoda que fuimos buscando, con el fin de las épocas doradas, con el origen de la decadencia y la mala fortuna de vivir anclados a un momento de duda y de lucidez comprendida. 
- La fidelidad es decisión de los valientes, la confianza es pilar de la unión.
Ser fiel es más que renunciar a actos y situaciones que pongan en duda mis palabras; porque de eso se trata, de ser coherentes, antes que contigo, conmigo, con mis ideales, con mis principios. Fallarte hubiera significado el fin de mi integridad como persona, por ello, cuando viva lo mismo con alguien más, mientras diga amarte cuando no es contigo, lo habré perdido todo. Pero me alegra saber que este no ha sido el caso. Por ese mismo motivo te hago llegar este documento, porque sé que no fallamos en este aspecto, porque desde un inicio prometimos no ser rehenes ni prisioneros del amor que en algún momento sentimos.
- Somos seres de alma, la piel cambia, la esencia no.
Nos hemos querido desde jóvenes, pasando por momentos claves en la vida de cada uno. Cambiando ante nuestros ojos, perdiendo la voz en cada lamento, en cada alegría, en cada instante de vida que hemos atravesado. Pero a pesar del tiempo, nos vemos iguales, porque nos vemos desde adentro, compartiendo sentimientos e ideas, teorías, verdades, fantasías y sueños, para que la piel cambie pero sigamos siendo los mismos.
Por ello, necesito expresarle, y no solo por el hecho de haber compartido juntos casi toda una vida, sino por la clase de persona que sé que es usted, que no tengo ni tendré nada en contra suya. Pues, realizando las pertinentes indagaciones, he llegado a la conclusión de que la culpa la tienen los recuerdos, el tiempo y la vida misma, alegando que nos fue consumiendo en un letargo sórdido e inacabable. De esta manera, es importante saber y clasificar lo que valen cada uno de ellos, para terminar con esta odisea sin que nadie salga desfavorecido, porque eso es lo último que quiero, que usted, con todo el tiempo que llevo conociéndola, pierda esa sonrisa que tanto he admirado.  
Debido a todo ello, y en cumplimiento a lo dispuesto en el art. 14, inc. 2 de la constitución y de las bases de las emociones vivas, vigente por el convenio de poetas y escritores, pongo a su conocimiento mi intención para dar por finalizado el contrato que, con el peso de los años, no hemos podido cumplir a carta cabal. No será necesario un certificado acreditando el tiempo compartido, por definición, nos compete a ambos dichos momentos. Sino, una respuesta contundente para saber si te amé demasiado cuando te bastaba tu soledad, o si tú, a tu manera, lo hiciste en mis ratos de locura, que ponían a prueba mi intención de quedarme y tus ganas de hacer lo mismo.
Agradeceré que pueda replicar mi solicitud para poder llegar a un acuerdo, porque así como yo, usted tiene voz y voto. Sin embargo, en el caso de darse lo contrario, de que su silencio sea la única respuesta, quiero comunicarle que, con el dolor que embarga la desdicha, me veré obligado a tomar acciones legales, propias de un corazón sin calma. Una infracción como esta no sería profesional de su parte, y prefiero evitar vernos en el juzgado entre trámites y papeleo que desgastan a uno, pues para eso nos basta el paraíso. Pero creo en usted y estoy seguro de que no será necesario. Espero podamos solucionar este altercado lo más pronto posible y de manera pacífica, sin que queden alterados, si es que ya no lo están, mi corazón y el suyo.
Habiendo expuesto la situación, la saludo cordialmente.

Atentamente.

Leonel Estrada.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Discusión

«He leído lo que escribes», me dice de repente, en plena madrugada, mientras intento acomodar mi cabeza en la almohada para poder dormir. «No sabía eso de ti, eso explica muchas cosas», agrega al instante. La escucho curioso, sin moverme, antes de que me gane el sueño que está por venir. Y continua la oración con una pregunta: «¿Acaso yo también soy solo un personaje más de tus historias?», y culmina en el acto. De pronto, como si de una pesadilla se tratara, abro los ojos, casi por instinto, y toda la habitación queda en un silencio súbito.
De madrugada y sin advertirlo, empieza la discusión más extraña de mi vida, con una pregunta que nunca antes me habían hecho, y que desde luego no esperaba en lo absoluto. «Hace cuánto tiempo haces esto», me cuestiona de nuevo, sin dejarme responder, pero esta vez acabando con la serenidad de la noche. «Dime cuándo te vas a deshacer de mí para empezar a escribir una nueva historia», me lo dice, ahora, como queriendo despertarme al empujar sus manos contra mi espalda. 
Empiezo a sentirme asediado, no solo por sus preguntas y sus ademanes, sino por la forma en cómo entiende todo, como si supiera cada párrafo que voy a escribir después de este encuentro, a pesar de que cada historia es distinta. «Mírame a los ojos», me dice, cada vez más desafiante, como si mi silencio le otorgara la razón. Intento despertarme del todo, pero aún no asimilo la ametralla de preguntas y solo opto por mirarla y pensar un momento. ¿Qué te hace pensar eso? Le respondo, apropósito, con una pregunta por interrumpir mi sueño, porque sé que ella odia cuando lo hago, y porque me divierte ver su rostro amargo, a pesar de que se sigue viendo hermosa. Me lanza una mirada frunciendo el ceño y me dice: No empieces, dímelo, quiero saber. ¿Saber qué? Le pregunto, ya un poco ofuscado. Si solo me buscas para saciar tu ego de dizque escritor y terminar en alguna de tus historias, en las cuales nunca te quedas con la protagonista como dictan la mayoría de tus textos. No puedo evitar reírme con dicha afirmación, aunque no exacta, por cierto, y le contesto, ya más calmado, o tal vez más despierto: No sé de qué estás hablando, mujer. No te hagas, me dice. Cuando estamos juntos te distraes de todo, te quedas mirando los paisajes, los escenarios, los rostros de las personas y su comportamiento. Siempre tienes un libro a la mano, una libreta de apuntes, una frase para remarcar el momento o una cita de alguno de tus escritores favoritos. Haces preguntas que nadie haría, reconstruyes con palabras y al detalle, los caminos que recorremos juntos, y me dices cosas como si fuera la última vez que nos veamos. Y todo para culminar en uno de tus tontos relatos que de ficción no tienen nada, y en los que, al parecer, inviertes mucho tiempo, pues lo único que dices, sin explicarme, es que necesitas estar solo. Me sorprendió su minucioso análisis en cada una de sus palabras, pero tuve que interceder en una parte para que no caiga en una idea errónea. Me conoces más de lo que creía, pero te equivocas en algunas cosas, le respondo. Es cierto, escribo, pero no retrato la misma realidad que vivo, son solo eso: historias, relatos, ficciones, afirmo.
Discúlpame si te hice pensar mal al no explicarte lo que hacía, es una actividad solitaria, que no la comparto con nadie más que conmigo. Me mira asintiendo, pero algo sigue sin convencerla. Y qué hay de los personajes que supuestamente has creado, no me digas que no existen, porque sé que están allá afuera y te atormentan cada vez que no estás conmigo; pero sí cuando estás escribiendo, me lo dice de una forma como si ya lo supiera todo. No confundas las cosas, le digo, tratando de apaciguar el momento, debido a la hora, debido al cansancio que siento. Son producto de la imaginación, de una fusión de actitudes y rasgos y de situaciones que percibo a diario, y que no son necesariamente mías. No tienes por qué alterarte de esta forma, de hechos y personajes que solo viven en un mundo paralelo. No te creo nada, me dice, segura de sus palabras, creyendo que tiene razón, porque la tiene, pero no de la forma que ella cree. 
Sin embargo, para ceder, porque es casi imposible ganar una discusión con una mujer, le respondo, sereno y con un poco de humor: Está bien, está bien, lo confieso. Eres parte de un argumento que tengo planeando, todo ha sido premeditado, estudiado, y ahora que ya sé todo de ti, puedo plasmarte de la misma forma. Idiota, me dice, ni se te ocurra. Pero ya lo ves, solo juegas conmigo para escribir tus historias, y aunque no lo creas, eso no es lo que más me molesta, sino que me dejes de lado para terminar de escribirlas. La escuchaba con atención y pensaba en ese preciso instante, de nuevo, en que no había otra persona que me conozca tanto como ella, y no entiendo cómo fue que sucedió; pero, curiosamente, me empezó a gustar esa sensación de alivio, de cariño y de preocupación hacia mí. Ya calmada y sin hacer más preguntas, me mira con una ternura que no había presenciado antes en ella, y la beso para calmar sus dudas, y con un poco de humor le susurro al oído: «Si escribo de ti, será para olvidarte después de que me hayas roto el corazón». Sonríe y me dice que ella no haría eso, que solo tenía curiosidad y que no pudo evitar preguntarme todas esas cosas. Me abraza fuerte y me besa, y por el sueño empieza a olvidarse de esta conversación. Yo, mientras tanto, la observo quedarse dormida entre mis brazos, al tiempo que voy repasando en mi mente la discusión tan curiosa que hemos tenido, y pienso que, debido a la particular situación y a las diferentes emociones que me transmitieron este momento extraño pero agradable, sería una interesante historia para escribir.

miércoles, 13 de julio de 2016

Lara

Salgo de una conferencia en el Centro Cultural Cori Huasi, el tema era sobre el futuro de los libros y los ebooks, los libros electrónicos. Personalmente, no me acostumbro a ellos, pero se mostraron alternativas muy interesantes para complementar la experiencia de la lectura. Era temprano y hacía frío, así que decidí entrar a una de las cafeterías de las tantas que hay en el Parque Kennedy. Encuentro un lugar vacío y me siento, y mientras pienso qué pedir, saco de mi maletín un libro que me regaló una amiga por el día de mi cumpleaños, “El arte de la resurrección” de Hernán Rivera Letelier. Empiezo a leerlo con la calma de saber que tengo el día libre, pero enseguida alguien interrumpe mi lectura con una delicadeza que capta mi atención y que, sin más, pregunta por mi nombre. Era una joven de cabellos muy largos, llevaba una casaca color beige, jean y botas, look casual de las mujeres limeñas en temporada de invierno. La miro con extrañeza y pienso en uno de los tres nombres que tengo y le respondo, curioso, con el que más me conocen: Hola, le digo. Me llamo Alonso. La había visto en alguna parte, pero no tenía el recuerdo exacto de ella ni la mínima sospecha de cuál era su nombre. ¡Alonso! Dice muy efusiva, soy Lara, Lara Muente. Bonito nombre, pienso. Trato de localizarla en algún lugar de la memoria pero fracaso en el intento, aunque su apellido me suena familiar. Entonces pregunto: Sí, ¿puedo ayudarte en algo? Espero no haberte incomodado, me responde. Te vi llegar y, curiosamente, me acordé de ti. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de Sofía Vela, hace ya cinco años, si no me equivoco. Soy la hermana menor de Dánae, ¿la recuerdas? La miro con asombro y empiezo a asimilar toda la información, y poco a poco, atando cabos, logro recordar. ¿Lara?, ¿Eres tú, la hermanita de Dánae Muente? Pregunto y me respondo: ¡Claro! Ya recuerdo, han pasado años. ¿Cómo has estado? ¿Qué es de tu hermana? Sonríe y me dice: Me alegra que te acuerdes, por un momento pensé que no me reconocerías. Estamos muy bien, gracias a Dios. No estaba segura si eras tú, nunca te había visto por aquí, esta es mi cafetería favorita. A decir verdad, es la primera vez que vengo, le digo. Acabo de salir de una conferencia por aquí cerca y quise tomarme un café. ¡Ah, con razón! ¿Me puedo sentar? Sí, claro, cómo no, respondo. Y le digo: Tengo que confesarte que me costó un poco reconocerte, estás muy diferente, has cambiado mucho. Sí, bueno, ya no tengo quince años, me dice riendo y yo río con ella. Es cierto, es cierto, le digo. Pero, cuéntame, ¿qué haces por la vida y qué ha sido de tu hermana? Bueno, yo estudio Psicología, y Dánae ya se graduó este año como arquitecta. Sí te veo como psicóloga, le digo. Y Dánae siempre fue muy creativa, qué bueno que ya haya terminado su carrera. Y a ti, ¿cómo te ha ido? Me pregunta. Con altos y bajos, pero muy bien, le respondo. Este año ya acabo la carrera de Derecho y directo a pensar en la maestría. 
Estuvimos conversando de todo un poco, poniéndonos al día nuestras vidas, y recordando esas épocas de cuando éramos adolescentes. Fue curioso verla después de tantos años, tan cambiada, tan joven todavía, pero a la vez tan segura de lo que quería para ella. La última vez que la vi era una chica de tan solo quince años, y yo en ese entonces recién había cumplido los veinte. Pero ya nos habíamos conocido hace mucho tiempo atrás. Su hermana, Dánae, quien estudió conmigo en el mismo salón toda la etapa de la secundaria, en las reuniones de promoción -reuniones que en los últimos años ya no se daban- llevaba a su hermanita Lara. Recuerdo con detalle la fiesta de Sofía Vela, compañera también de nosotros en el colegio, pues ese fue el día en que nos conocimos. Dánae llegó con Lara y me la presentó a mí como a todos los demás compañeros de la promoción. Recuerdo que en las reuniones, ella, a pesar de ser la menor, le encantaba bailar y no se avergonzaba de ello. Y yo, a quien bailar se le daba muy bien, terminamos siendo pareja de baile en cada reunión que había. 
Hablando con ella de todos esos momentos, recordando poco a poco algunas anécdotas, pude percatarme de lo rápido que habían pasado estos últimos cinco años. Me dijo que su hermana, por la Universidad, ya no se veía con casi nadie de su promoción, y que, por lo tanto, ella tampoco. Le dije algo similar, que con el tiempo, los estudios y el trabajo, me fui alejando de ellos. Y pensar que antes se reunían seguido, qué lástima que ya no sea así, me dice. La última vez que vi a tu hermana fue en una discoteca, aquí, en Miraflores, hace un par de años, después no supe nada de ella, salvo por algunas fotos que vi en las redes sociales. No me tienes en Facebook, ingrato, me dijo, como queja, y también, burlándose un poco, tal vez, por mi porte un tanto serio. Me causó gracia la naturalidad con la que hablaba, como si nunca hubiéramos dejado de vernos, y le dije: No sabía con qué nombre estabas, pero te voy a agregar, aunque no soy de usar mucho las redes sociales, me distraen un poco de lo que leo. ¿Qué libro tienes allí? Me pregunta. Uno que recién voy a empezar a leer, es un regalo de una amiga. Interesante, dice. Lees mucho, seguro. Eso intento, cada vez que hay tiempo. Y me imagino que ya tienes enamorada, que ya piensas casarte y todas esas cosas, me dice, casi riendo. Me río de nuevo y le digo que no, que aún soy muy joven para esas cosas y que por ahora vivo solo para mí. Y tú, ¿tienes enamorado? No, tampoco, me dice. Tuve una relación de casi tres años, pero no terminó muy bien que digamos, y por eso, ahora, me siento mejor así. Además, le estoy dando duro a los estudios, me comenta eso último con mucho entusiasmo. De eso se trata, le digo. Lo demás llega después, y sin siquiera buscarlo. Tienes razón, me dice, además, ahora paso más tiempo con mis amigas y mi familia. Mi padre ya vino de España, estuvo viviendo allá por muchos años, ¿lo recuerdas? Es bueno tenerlo de nuevo en casa. ¿El señor Muente? Claro, le digo. Siempre nos trató bien a mí y a los muchachos cuando íbamos a tu casa a hacer trabajos de la escuela. No sabía que se había ido de viaje. Sí, me dice. Justo después de que Dánae terminó la escuela, se le presentó una oportunidad de trabajo allá que no podía rechazar. Ya me imagino, siempre hay que aprovechar esas oportunidades, pero qué bueno que ya está de regreso. Sí, lo extrañaba mucho, sobre todo porque yo me llevo mejor con él que con mi madre, Dánae siempre fue la favorita de ella, me lo dice pero sin demostrar molestia. No existen hijos favoritos, le digo. Tal vez, solo sentía que ella necesitaba más apoyo por aquel entonces. Es cierto, pero no es que me lleve mal con mi madre, solo que no le gustaba que vaya a las reuniones de ustedes, y era mi padre quien me daba permiso. Si no hubiera sido por él, no te hubiera conocido, me dice. Sonrío nuevamente y le digo: Bueno, es cierto, pero a veces así se dan las cosas. Además, tu padre siempre fue muy amable con nosotros, me conoce a mí y a varios de la promoción desde que estábamos en el jardín. Mándale mis saludos, no vaya ser que luego me olvide. Sí, claro, se los haré llegar, le agradará saber de ti. Y también a Dánae, años que no hablo con ella, y somos promoción, imagínate, ahora sí me siento un ingrato. Lo eres, me dice, y sonríe, asintiendo a mi encargo. Sin percatarnos del tiempo, estuvimos conversando por más de una hora, hasta que sonó su celular y contestó la llamada con un gesto de molestia, y me dijo que ya se tenía que ir. Me alegra mucho saber de ti, Alonso, ya no te pierdas. Te dejo mi número para estar en contacto, ahora vivo por aquí cerca y tal vez, podamos vernos otro día. De igual manera, Lara, qué gusto verte después de tanto tiempo. Aún tenemos mucho de qué conversar, te llamo estos días y quedamos. Perfecto, me dice, espero tu llamada. Y salió de la cafetería despidiéndose con un gesto cómplice, como si, por mucho tiempo, hubiera planeado encontrarme en este lugar, o tal vez en otro, pero en una situación parecida, o, al menos, eso fue lo que sentí. 
A pesar de los años, seguía tan alegre como la recordaba, y mucho más linda, por supuesto. Y ahora, pensando un poco en aquellos tiempos, no sé por qué nos perdimos el rastro, de un momento a otro no supe de ella, terminaron las reuniones y jamás volví a verla. Pero por alguna razón, siempre tenía el recuerdo de cuando nos conocimos, pues a pesar de la diferencia de edad, que tampoco era mucha, no había olvidado su forma tan tierna y divertida de ser, y que, ahora, podía comprobar que no había cambiado. 
Unos días después, luego de haber recopilado recuerdos en común, la llamé y quedamos en vernos en el mismo lugar, y ella aceptó encantada. Y así los encuentros se hicieron cada vez más seguidos, entre cafés, cines, teatros, restaurantes, o simplemente caminar por los lugares que nos vieron crecer. Y ahí estaba yo, de nuevo, empezando a sentir algo que ya había sentido hace mucho tiempo atrás, y que, tal vez, había pasado lo mismo con ella, y pensé en lo extraña pero curiosa que es la vida, que nos separa y nos vuelve a poner personas en el camino, pero que, ahora, en el momento exacto, para empezar, lo que tal vez en el pasado, entre miradas, bailes, juegos y encuentros casuales, ya había comenzado.