viernes, 18 de mayo de 2018

Jardín del Rey

Sucedió en los jardines armónicos de Estocolmo, precisamente en Kungsträdgården, «Jardín del Rey», mejor conocido como Kungsan, parque situado en el corazón de la ciudad, cerca al Palacio Real y de la Ópera.
Cuando llegué a la Plaza de Carlos XII, mi reloj todavía marcaba la hora de Lima: un cuarto para las once de la mañana. Pero debido al cambio de horario, daban las cinco de la tarde del viernes. Al cruzar la acera, en medio de un pasaje escoltado de una arboleda, me vi frente a frente con la estatua del último rey guerrero de Suecia, y sentí que, tal vez, me estaba dando la bienvenida. 
A unos cuantos metros, al centro, pude identificar la Fuente de Molin, obra de Johan Peter Molin, rodeada de cisnes, cuya estructura fue originalmente tallada en yeso y que yo recordaba muy bien al haberla visto en una película en un taller de cine en la universidad. Luego, al llegar a la Plaza de Carlos XIII —la cual, llegado el invierno, se convierte en una pista de hielo— tomé una foto a la estatua neoclásica del rey que lleva su nombre, obra de Gustaf Göthe, la cual se encontraba custodiada por cuatro leones de acero, para luego terminar en la Fuente de Wolodarski, un estanque inmenso con varias fuentes lanzando chorros de agua de manera sincronizada y paralela. 
En Estocolmo hay un hecho curioso que sucede con la llegada de la primavera: la floración de los árboles de cerezo. Por ello, no dejaba de llamar mi atención el rosa malva de las flores que caían como garúa. Y también, como si de una pintura de Georg von Rosen se tratara, divisé de inmediato la simetría de los edificios, las calles alrededor, la iglesia de Jacobs, la Wetterling Gallery y, sobre todo, los conciertos al aire libre y las distintas manifestaciones culturales en las inmediaciones de la plaza. 
En los alrededores del parque se pueden encontrar varias tiendas, restaurantes y cafeterías con mesas al aire libre, por lo que, antes de irme de allí, pensé en acudir a una de ellas para despertar del todo y adaptarme al tiempo, pero opté por conocer primero las empedradas y coloridas calles de esta nueva y magna ciudad. 
De inmediato, al caminar como un ciudadano más de Estocolmo, la sensación de armonía en sus aceras era inevitable, así como el trato amable de la gente ante cualquier duda que me surgía de pronto respecto a alguna calle o avenida que requería visitar, hecho que extrañé y envidié por un momento. Había gente de todas partes del mundo: lugareños, extranjeros, jóvenes y niños, que no dejaban de pasear y compartir un momento agradable entrando y saliendo de las cafeterías de la plaza o apreciando las atracciones de la feria que se habían establecido a los lados de las fuentes. 
Me había hospedado en el Hotel Esplanade, en la avenida Strandvägen, al frente de la bahía Nybroviken, a unas cuantas cuadras del Jardín del Rey. El Hotel Esplanade contaba con amplias habitaciones, decoradas con una elegancia que solo había visto en películas de Hedy Lamarr. Había llegado esa misma mañana y, a pesar de lo agotador que fue el viaje, no quería perder el tiempo mientras estuviera allí. Así que después de establecerme y conocer las instalaciones del Hotel, y de probar un Filmjölk en el desayuno que me dejó más que satisfecho, decidí dar un recorrido en la tan famosa ciudad de Alfred Nobel. 
Siempre había tenido una fascinación con la historia que albergaba Estocolmo, y debido a ello, no dudé un segundo cuando tuve la oportunidad de venir y conocerla en persona. Y comprobé, con entusiasmo de extranjero, que no había punto de referencia ni bastaba con solo imaginarla. No podía disimular la impresión que me causó presenciar tales escenarios que hasta el momento solo había podido apreciar en fotos y vídeos. Entre ellas su arquitectura, que reflejaba, como un consenso, lo bien que el pasado se llevaba con el presente, y sus numerosos parques, la perfecta combinación entre urbanidad y naturaleza, y el agua que recorría por sus canales, tan limpia como la claridad del cielo. 
Mientras recordaba todo ello y apreciaba cada detalle que veía al caminar por las calles de Estocolmo, sentía una especie de paz y de cierto optimismo, como cuando sientes que algo bueno va a suceder, a pesar de que ya estaba sucediendo. Entonces, creí posible que el tiempo que estuviera allí debía de ir a todos los lugares turísticos de la ciudad, pero a medida que iba dándome cuenta de todo lo que había, revisando un folleto para turistas, temía que me perdiera de algo. Era un hecho que el primer lugar que iría a visitar era el Museo Nobel, donde se encuentran los laureados cada año por la academia, así como la exhibición de sus trabajos. 
Al llegar al Museo Nobel, en la calle Stortorget, después de cruzar la bahía de Lilla Värtan, no estaba seguro por dónde empezar. Afortunadamente, unos minutos después, llegó una señorita muy agraciada y formalmente vestida, y nos guió a mí y a un grupo de extranjeros, que no dejaban de tomar fotos con sus celulares, por los pasillos del Museo. El recorrido, que duró a lo mucho una hora, fue realmente impresionante. El Museo de por sí contaba con toda la elegancia que el mismo prestigio del premio representa. Fue increíble ver el trabajo de todos los ganadores de distintas categorías que aportaron algo al mundo con su trabajo, ya sea intelectual o de manifestación por una causa. 
Llegada la noche, al salir del museo, debido a la hora y al cansancio, tomé un taxi y regresé rumbo al Jardín del Rey. Pero, antes de llegar, bajé y caminé por la avenida Jakobs Torg, por donde queda la Ópera Real de Estocolmo. 
En la noche todo era distinto, las luces de la ciudad tenían una sincronización con las fachadas de las casas a tal punto que parecía otro lugar. La cantidad de jóvenes que salían a las calles, atraídos por los clubes nocturnos y por el movimiento de la gente, la convertían en otra, más sublevada a los placeres que al comportamiento mismo. 
Entré al Café Opera para terminar el recorrido del primer día. La arquitectura del lugar estaba conformada por columnas y arcos gigantes, parecidos a las de una catedral, no había duda de que había sido, antiguamente, una casona de una familia aristócrata. La música, auspiciada y mezclada por el DJ en una cabina al aire libre, solo protegida por tubos gigantes, respondía a las luces rojas que salían disparadas de distintos puntos. Me acerqué a la barra después de esquivar a varios chicos y chicas con botellas de cerveza en la mano, bailando y gritando al compás de la música. Le pedí un trago al barman y le pagué con 38 coronas, que era lo que costaba. 
Empecé a tomar del vaso mientras me apoyaba en la barra y veía a la gente bailar. Me recordó las épocas en las que andaba de disco en disco en Barranco y Miraflores. Después de curiosear con la mirada la pista de baile, vi que entre la multitud había un grupo de suecas, o tal vez de otros países, que se movían y alzaban las manos de manera caótica y desmedida, aunque solo entre ellas. Al advertir esto decidí no acercarme, a pesar de que una sueca de cabellos dorados, talla promedio y de sonrisa exagerada y a ratos muy discreta, me había llamado la atención. Cuando acabé de tomar el trago y dejé el vaso en la barra, la perdí de vista, entonces caminé en dirección a la pista de baile, en medio de un electro house que ponía a todos más locos de lo que ya estaban, para olvidarme de ese descuido inútil al fin y al cabo. Pero también me animé a entrar ahí para apreciar mejor los decorados y la formas que había en el techo. 
Mientras mantenía la mirada hacia arriba para ver cómo los símbolos se fusionaban con las luces del lugar, alguien me empujó por detrás mojándome con un poco de cerveza la espalda y el brazo derecho. Incómodo por el hecho volteé a ver quién había sido, y entonces, una chica, la misma sueca que había visto antes, se encontraba al frente de mí disculpándose en un inglés extraño, propio, tal vez, del alcohol y de la fiesta. Respondí en un comienzo en mi lengua natal, después en inglés, diciéndole que no se preocupara, moviendo las manos de un lado a otro y sacudiéndome la manga del brazo. Sin embargo, siguió hablando de manera torpe y apresurada, y al ver que no podía entenderla, me invitó un poco de su botella levantándola al nivel de mi boca, dejándome sin opción más que aceptarla, mientras le agradecía y trataba de irme a la barra. Pero no me dejó ir. Me cogió del brazo y empezó, riéndose, a decir algunas cosas. Yo seguía sin entender bien lo que decía, solo movía la cabeza asentando, sin estar seguro de qué. Cuando de pronto empezó a pronunciar palabras en un castellano masticado: 
—¿Español? —me preguntó, moviendo las manos. 
—No, peruano, soy peruano —le respondí. No comprendió, hasta que después de unos segundos, dijo: 
—Ah, américa latina —replicó, con dificultad al pronunciar la «r»
—Correcto —le dije, acercándome a su oído debido a la bulla. 
Fuimos a la barra, ya más calmados del percance y de la locura que poseía a todos en la pista de baile. En un intento de entendernos mejor, cambiábamos frases en inglés y español, y también en algo de sueco, por parte de ella, y siempre, cada uno, usando las manos para explicar mejor lo que decíamos. 
Estuvimos así, en ese intento de comunicación, alrededor de media hora, y antes de despedirnos, cuando se acercaron sus amigas, me facilitó su dirección. Se había hospedado en el Hotel Hobo, en la calle Brunkebergstorg, y me dijo que si podía que vaya a verla mañana, o eso fue lo que entendí o quise entender. Se estaba quedando con sus amigas y habían llegado hace unos días a Estocolmo. Todas eran de Halmstad, y habían venido unas semanas a pasar tiempo aquí, al igual que yo, aunque en mi caso de más lejos. 
Al día siguiente, después de despertarme en el Hotel Esplanade, sintiendo en el cuerpo una resaca y no solo por la noche anterior, sino por todo lo que había visto y había querido ver desde hace mucho tiempo, decidí probar suerte y fui a buscarla. Caminé por la avenida Strandvägen mientras pensaba en Lima. Mi viaje a Estocolmo había sido planeado cuando era un estudiante, mas no la fecha. Se me dio la oportunidad, muchos años después, gracias a una amiga que trabajaba en una agencia de viajes. Un día me escribió para avisarme de una oferta que no podía rechazar. Yo ya había terminado la carrera de Traducción, trabajaba en una agencia y solo tuve que pedir vacaciones adelantadas. Afortunadamente, mi jefa era joven y sabía que este viaje me haría bien, sobre todo porque hace unos meses mi relación de dos años había terminado, por lo que ella no tuvo ninguna objeción, salvo la de enamorarme de una sueca y ya no querer volver.
El Hotel Hobo tenía, al lado de la puerta giratoria principal, distintas macetas con plantas enormes, y un ciclo parqueadero en el lado izquierdo. El número de la habitación era el 305, como estaba anotado en la servilleta que me dio la noche anterior. Cuando entré al salón principal, me encontré con un par personas con maletas y periódicos en las manos. Me miraron, pero luego siguieron en lo suyo. Crucé el vestíbulo sin problemas y tomé el ascensor. Al salir de la compuerta, fui a buscar el número del departamento. Caminé por el pasillo limpio y alfombrado mirando de lado a lado y, después de un par de pasos, hallé el 305. Me acerqué y toqué dos veces, el último toque con más fuerza. Escuché que alguien se acercó y, sin abrir la puerta, por la mirilla preguntó, en sueco: «Vem?». No sabía lo que significaba, por lo que solo atiné a pronunciar el nombre de la sueca: «¿Linnea?». Empecé a escuchar voces detrás de la puerta, luego pasos acercándose, cuando de pronto ella salió. Pegó un grito discreto al verme y me abrazó, amistosamente. Yo seguía sin entender nada pero hice lo mismo. Volvió hacia sus amigas y gritó: «Jag är här». Me cogió del brazo y fuimos hacia el ascensor. Le pregunté qué les había dicho a sus amigas mientras empezábamos a descender. «Nada», respondió, y me quedó mirando, sonriendo, con las manos cogidas por la espalda.
Al salir del hotel, caminamos por la calle Brunkebergstorg y doblamos en Jakobsgatan, con dirección al Jardín del Rey. No hablamos mucho en el camino, solo me señalaba casonas o establecimientos y soltaba una que otra frase curiosa con respecto al lugar. No éramos los mismos de la noche anterior, que tratábamos de entendernos a cada segundo, ahora no había prisa, teníamos todo el tiempo del mundo para saber qué pensaba exactamente el uno y el otro. «Why are you here?», me preguntó, en un inglés lento, justo antes de cruzar la calle para entrar a la plaza. «Estocolmo», dije, mirando alrededor con los brazos abiertos, haciéndole entender que con solo decir el nombre de la ciudad mi visita se justificaba. Hizo un gesto de aprobación y fuimos a uno de los cafés que habían en las terrazas. 
Todavía no era mediodía, había un viento fresco y el sol se mostraba débil, y la calle, poco a poco, se llenaba de transeúntes y de autos que se desplazaban con una paciencia aristocrática. «Talk me about Perú», me dijo, de pronto, al momento de sentarnos. Busqué la forma de resumir mi discurso acerca de lo increíble que es mi país, resaltando sus fuerzas, admitiendo también sus debilidades, y comprendiendo, ahora, lo lejos que me encontraba de él. Ella me habló de Halmstad, la ciudad donde vivía. Me contó, de manera breve y en un inglés nórdico, lo bello que era su pueblo, la gente y sobre todo las views.
Salimos de la cafetería y caminamos por la plaza de Carlos XII. Nos sentamos en una banca, al frente de la Fuente de Molin, y seguimos conversando. Ella, como en un juego, me enseñaba algunas palabras en sueco y yo en español. No dejaba de sorprenderme cada vez que pronunciaba bien alguna palabra en el idioma de Cervantes. Después de la pequeña clase de idiomas, me decía lo interesante que le parecía el Perú, no solo por lo lejos que se encontraba, sino por todo lo que alguna vez había escuchado con respecto a su cultura, y, también, ahora, sumado a lo que le pude decir sobre ella. «El imperio incaico», repitió, con dificultad y de manera graciosa al pronunciar la r, alargándola.
La acompañé a su hotel y quedamos en vernos en la noche, en el mismo Jardín del Rey. Eran las dos de la tarde, así que decidí regresar al hotel a comer algo y descansar un par de horas, maldiciéndome por malgastar el tiempo en esa actividad que contrastaba con mis fines, el de conocer la ciudad minuto a minuto, sin embargo, no había descansado bien desde que había llegado, por lo que le cedí esta victoria al cuerpo.
Me desperté de un sueño extraño. Me encontraba en la casa de un amigo de la infancia cuando de pronto una multitud empezó a correr en las calles. Andrés miraba conmigo por la ventana de su sala y un temor nos invadía, cuando de pronto su abuelo llegaba agitado y nos alejaba de ahí tapándonos los ojos. «Aún están muy pequeños», dijo el viejo, sin saber nunca lo que había pasado.
Me dejó un mensaje con su peculiar redacción de estar aprendiendo todavía el idioma español, aunque con más palabras en inglés, para acordar la hora, y le respondí después de unos minutos debido a que me distraje viendo las calles y las casas por la ventana de mi habitación, que parecían salidas de las historias que leía cuando iba en el colectivo en mi ciudad que por ahora no extrañaba mucho.
Me bañé y me cambié sin apuro. Salí del hotel a caminar un rato mientras esperaba a Linnea; pero al ver que aún era temprano, entré al Café Milano para quitarme el sueño. Media hora después, a la hora acordada, despreocupada y alegre, llegó. Vino acompañada de sus amigas y después de saludarme me dijo que irían de nuevo al Café Ópera, pero ella, en un gesto secreto, me dijo que quería visitar otro bar, por lo que decidimos irnos por nuestra propia cuenta. Linnea vestía una falda negra, una blusa corta color gris y unos tacos altos. Fuimos al Cadier Bar, cerca al puerto de la avenida Södra Blasieholmshamnen. Pedimos dos punsch y reanudamos la conversación del mediodía. Al escucharla hablar, pensaba en que no estuvo en mis planes conocer a una sueca, aunque sabía que era inevitable y que si pasaba, no me iba a negar. Pero entraba en contradicción con el fin del viaje, que era conocer Estocolmo. Y sí, podría hacerlo junto a ella, como venía pasando, sin embargo, aunque la idea era agradable, no dejaba de pensar en cómo iba a terminar esto. Ahondó en temas más personales, en su familia, en sus amigos, en sus sueños. Y terminó cogiéndome de las manos para ir a bailar. 
Salimos del bar un par de horas después, riéndonos, diciendo una que otra frase, ya el idioma no importaba. Al rato nos encontramos con dos de sus amigas en la Plaza de Carlos XIII. Hablaron con Linnea y le dijeron que irían a otro lugar, a pesar de ser las 3:30 de la madrugada. Linnea me dijo que se sentía cansada y me pidió que la acompañara al hotel. Fuimos al Hotel Hobo, subimos por el ascensor y entramos a su piso. Nos acomodamos en su mueble mientras abría un vino que había traído de su ciudad. Me preguntó si extrañaba el Perú, le dije que uno siempre extraña su patria, pero que ahora, después de haber planeado venir hace mucho, seguía entusiasmado con la idea y el hecho de estar aquí. Nos recostamos en el mueble, mirándonos, entre el sueño y el cansancio, cuando de pronto, en un acercamiento mutuo, me cogió el rostro y nos besamos. Fue un beso largo, suave, sin ánimos de ir más allá. Nos alejamos un rato después y me preguntó la hora. Un cuarto para las cinco, le dije. Mis amigas deben ya de estar por venir, respondió. Comprendí y salí del Hotel Hobo poco antes del amanecer.
De camino a mi hotel, sentí como si tuviera el síndrome de Estocolmo. Me sentía secuestrado por el encantamiento de magna ciudad y, ahora, por una de sus ciudadanas, y no pude evitar sentir un desprendimiento futuro, una nostalgia por el presente que pasaba, por una complicidad que no había previsto, y quise irme lejos, pero al mismo tiempo seguir aquí. Caminé por más de una hora, sin saber exactamente a dónde. Pedí un taxi rumbo al Hotel Esplanade. Llegué y me eché a dormir.
Me llamó al mediodía. Me preguntó cómo estaba y si podíamos vernos en la noche en el mismo bar de ayer. Acepté sin vacilar, hablamos de un par de cosas triviales sin mencionar en ningún momento lo del beso y nos despedimos casi de manera automática. Salí del hotel y fui a almorzar al restaurante Strandvägen 1, que quedaba a solo unas cuadras. Después de terminar mi Köttbullar, un plato popular en Estocolmo, y ya satisfecho, fui al The King's Royal Stable. 
Al entrar, en una zona de espera, me encontré con unos caballos reales, grandes, robustos, con accesorios de otra época, disfrutando, con una serenidad que envidiaba, las bondades de un pequeño jardín. La excursión duró alrededor de una hora. Entré con una pareja y dos chicas al establo. Era un enorme edificio de ladrillos que quedaba al lado del teatro nacional. El guía nos relataba la historia de los caballos del rey, de las distintas carrozas que se usaron a través de los años. Fue una visita rápida, pero relajante y curiosa. 
Cuando salí, decidí ir al Scenkonstmuseet o The Performing Arts Museum, en la avenida Sibyllegatan. Es un museo dedicado al teatro, la danza y la música, con amplios salones para las exhibiciones de arte y presentaciones. Pero lo que llamaba mi atención era un espectáculo llamado ‘Ilumina’, el cual, antes de venir, me había sido recomendado. La función solo se presentaba de noche, así que acudí a la fila, pagué 30 coronas en la boletería y entré. Ya en el anfiteatro, sentado en una de las butacas, un grupo de hombres y mujeres con ternos y vestidos brillosos aparecieron en un fondo azul cogiendo objetos que, debido a las luces y a la velocidad con la que los movían, formaban figuras inexactas y precisas en el aire, todo ello con música electro house de fondo. Después de media hora de apreciar el show, miré el reloj y salí, para llegar a la hora acordada con Linnea en el Cadier Bar.
Entré al bar y busqué una mesa cerca a la barra. Linnea llegó unos minutos después y, al verme, se sentó al frente de mí. Vestía un traje color negro con detalles plateados, un saco plomo y tacones. Me preguntó si ya había pedido algo. Le respondí que sí, sonriéndole, y llegó una señorita con dos jarras de cerveza, una para cada uno. Le pregunté por su día, por sus amigas, y me respondió, sin ánimo, que se habían ido, de nuevo, al mismo lugar. «Donde te conocí», acoté. Ella sonrío, tomó un sorbo de cerveza y afirmó con un gesto. Sus facciones eran secretas, tiernas y seguras. Sus ojos verdes, como un faro, seguían cada uno de mis movimientos y yo no quería por nada del mundo alejarme de ellos. Linnea siempre tenía un tema de conversación y un humor que te invitaba a participar de él, añadiendo algún comentario para elevar la dicha de la que éramos parte. Y así fue como, un momento después, nuestras manos se encontraron en la mesa y nuestros dedos se cruzaron. Me miraba y sonreía, y yo moría por besarla como la noche anterior. Cuando la cerveza se acabó, nos levantamos para ir a bailar y, en medio de la gente, mientras nos mirábamos a la cara, nos besamos de nuevo. Me abrazó al terminar la canción y yo a ella. 
Salimos del bar y caminamos cogidos de la mano por el Jardín del Rey. Era su lugar favorito, me decía, e imaginábamos los tiempos remotos, la historia que hubo y que hay aquí. «Como la nuestra», le dije, y nos besamos al frente de la Fuente de Molin en plena madrugada. Ella apoyaba su cabeza sobre mi hombro mientras caminábamos abrazados por la plaza de Carlos XIII. «Quisiera que esto fuera para siempre», le susurré, sabiendo que ya estaba enamorado de ella. Linnea me cogió de la mano y me dijo, acercándose: «Siempre es hoy», y fuimos por la avenida Strandvägen.
Llegamos a mi departamento. Abrí la puerta despacio y entramos mirándonos a los ojos. Colgué mi saco y el suyo, saqué un vino, dos vasos y puse algo de música. En el centro de la sala ella me miraba y yo la sostenía de las caderas, delgadas y uniformes. Sus manos cogían mi rostro, sus dedos rozaban con curiosidad cada imperfección, cada lunar, cada ceja. Nuestros labios se hallaron solos, y en ese preciso instante Paul McCartney cantaba "Wanderlust", y yo esperaba, impaciente, que se apaguen las luces.

miércoles, 18 de abril de 2018

Trayecto

Desde el colectivo se aprecia, doblando en la esquina de Ciudad de Dios con la avenida San Juan, por debajo del tren y de sus sórdidos carriles con carteles de colores fosforescentes anunciando las fechas de algunos conciertos de cumbia y de salsa, gentes y ambulantes en una suerte de caos ambiguamente organizado, pero al mismo tiempo deprimente. 
Las calles, dentro de su derroche de desperdicios, se encuentran alborotadas de combis y mototaxis que compiten por llegar primero al paradero. La muchedumbre se bifurca y se adentra en los Chifas, en las bodegas, recoge pedidos en las reposterías, acude a las farmacias y algunos timberos entran a los fantasmagóricos tragamonedas. En la esquina del banco se observa un cola interminable, mientras que en las veredas se venden zapatillas de todas las tallas exhibidas sobre una sábana. 
Atravesando la avenida Guillermo Billinghurst, se ven academias universitarias y licorerías, karaokes improvisados, pizzerías, pollerías, todas con un nombre parecido. Colegios privados modernos con las paredes pulcras y las ventanas nuevas, y colegios estatales antiguos con las paredes pintadas y las ventanas rotas. Pequeños locales, discretos y apretados, venden películas piratas y arreglan celulares robados. En los techos de los edificios se ven carteles de publicidad y avisos despintados por la humedad y por la lluvia. Cada dos o tres cuadras se encuentra un Quiosco. Los titulares de los periódicos dan noticias de fútbol, corrupción y feminicidios. Estos dos últimos, lamentablemente, son pan de cada día. Pasaje, pasaje, dice el cobrador, de pronto, llegando entre las filas de pasajeros. Es un sujeto cobrizo y pequeño. Hasta el Consejo le digo, pagando con un sol, y me entrega el boleto. Arrugo el pequeño papel con mis dedos, lo enrollo, lo desato, lo hago una bolita hasta que desaparece, miro de nuevo por la ventana, el mismo escenario sin luz. Ya es de noche. 
En el siguiente paradero, veo caras conocidas. El tipo de relación que haya existido genera un saludo, o sino un simple intercambio de miradas. San Juan de Miraflores es un distrito muy pequeño, pienso.
Los colectivos recogen pasajeros en la esquina de la CT, debajo de un cartel que dice “Paradero Prohibido”, y dejan detrás de ellos una ráfaga de humo. El cobrador grita, la gente se amontona, la barbarie de siempre, pienso. Suben al colectivo ancianos, mujeres embarazadas, solo algunos ceden el asiento, otros se hacen los dormidos. Suben, también, ambulantes, cantantes de música andina, jóvenes venezolanos, bien hablados, que escaparon de la dictadura de su país. 
En la Avenida Canevaro, las grietas de la pista hacen saltar el colectivo, las señoras agarran bien a sus hijos, los estudiantes se cogen bien de los asientos, los señores de los pasamos. Un sujeto en las calles entrega folletos, un loco camina entre dos casas que dan con el semáforo, la ropa rota y la cara sucia, el cabello largo y seco. Un loco. No hace nada, solo mira a los colectivos llegar. Y me mira sin darse cuenta. Al doblar hacia la avenida Belisario, un tumulto de gente baja. El colectivo se siente más solo, ya estoy cerca. 
Restaurantes, lavanderías, tiendas, librerías, la clínica, el mismo trámite: desciende un grupo y el colectivo avanza. Consejo baja, digo después de pararme con un grupo de personas. Algunas se van por el pasaje, otras cruzan la pista y se adentran en la Plaza de la Municipalidad. Yo camino a paso lento, escuchando a Bob Dylan cantar Forever Young, y me acomodo el cuello del saco debido al frío que hace, que siento. Otro día más de invierno, pienso. Ya pasaron años. Las calles albergan presencias que alguna vez caminaron conmigo. La luz del poste alumbra y de las rejas del complejo deportivo se trasluce el óxido, el recuerdo fúnebre de un tiempo y lugar que es parte de mí y que no puedo olvidar.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Inconveniente

Ernesto detuvo el auto en la esquina del bosque El Olivar, en la calle La República, al frente de la casa de su exnovia. «Necesito verla», dijo de pronto, mientras cogía el volante y miraba con los ojos exaltados en dirección a la casa de Silvana. A pesar de saber de que ella ya había empezado a salir con David, un chico de la facultad de Negocios, no le importó perder la poca dignidad que le quedaba y se dio ánimos sin escuchar ninguna de mis sugerencias. 
—Ya supérala, hermano —le dije, colocando mi mano encima de su hombro—. Es lo mejor.
Miró su celular y empezó a buscar su número. Silvana lo había bloqueado en todas sus redes sociales ante la constante —y molesta— reiteración de Ernesto por entablar algo de nuevo con ella. «Quiero decirle algo», balbuceó. 
—Qué hablas, huevón, no sabes lo que dices. 
—Tengo que ir a buscarla. 
—No debí decirte para tomar unas latas sabiendo lo pollo que eres —me quejé, sintiendo también culpa debido a su situación. 
Ernesto era mi amigo desde el primer ciclo de la universidad, y ahora ya estábamos a un año de acabar la carrera de Ingeniería Civil. Ambos habíamos cambiado mucho, sin embargo, su condición de tomar y embriagarse rápido no, y esta no era la excepción. Y, además, porque ahora vivía una pena de amor. 
—Es que no lo entiendes, ella me ha dado a entender que aún piensa en mí. 
En ese momento pensé dos cosas: o decía la verdad o su desesperación lo llevaba a creer eso. La relación de Ernesto con Silvana había durado un año y un poco más, pero a los seis meses, según me había contado, las cosas ya iban en declive, por más que él había intentado reponer lo que en su momento había funcionado, al menos los primeros meses. 
—¿Estás seguro de lo que dices? Porque ya lleva un buen tiempo saliendo con ese chico. 
—Pero no han formalizado. ¡Por eso mismo! 
—No tiene nada que ver, en cualquier momento pueden hacerlo. 
—¿Eres mi amigo o no? Parece que no quisieras que regrese con ella. 
—Claro que sí, cojudo, pero ya no quiero que sigas así, desviviéndote por algo que ya pasó. 
Me sentía mal por Ernesto, era mi amigo y en verdad quería que esté tranquilo. Pero era terco, y ya habíamos hablado de esto unas ¿mil veces? que el tema ya me tenía angustiado, casi al igual que él. Era una situación incómoda, todo era Silvana esto, Silvana aquello. ¿Y mis problemas qué? También tenía asuntos amorosos que resolver: no sabía si quedarme con Lucía o con Fabiola. Pero Ernesto era mi amigo y tenía que estar para él.
—Bueno, está bien, yo ya cumplí con advertirte. Si quieres ir a hablarle, anda. Yo no te voy a detener. 
Ernesto me miró, desconcertado, pensando que intentaría evitar que cometa una nueva locura, como siempre, pero al sentir que lo apoyaba, no supo qué hacer. 
—¿Y si me dicen que no está? ¿Y si sale de la mano con ese sujeto?
—Total, no que querías decirle algo, anda y quítate la duda. 
Cogí la lata de cerveza que tenía un lado y se la di. «Para que te des valor», le dije. Ernesto tomó un sorbo rápido, abrió un poco la puerta, sacó la pierna izquierda y se quedó quieto. 
—Hoy es 15. 
—¿Y qué tiene? 
—Hoy es nuestro aniversario. 
—Era, huevón, era. Pero si quieres que vuelva a ser, búscala de una vez. 
—Ya. 
Ernesto cruzó la pista, avanzó por la acera y subió las escaleras que daban con la puerta de la casa de Silvana. Tocó el timbre y espero un rato. Cuando salió la empleada y lo reconoció, juntó un poco la puerta, con desconfianza. 
—¿Qué desea, joven? 
—Hola, Irene. ¿Se encuentra Silvana? 
—Ha salido. 
—¿Sabe a qué hora llegará? 
—No lo sé, joven. 
Ernesto puso cara de molestia, pero luego se compuso. 
—Cuando venga, ¿puedes decirle que vine a verla? 
—Está bien, joven. 
Irene, la empleada, tenía órdenes de negar a la señorita Silvana cuando venga a buscarlo el exnovio, debido a las noches que Ernesto había ido a la casa a hacer escándalo, como llamarla desesperadamente después de tomar o, en un arrebato total de rencor, llevarle las cosas que ella le había regalado. Pero ya habían pasados meses de estos actos, que se pensó que ya no volvería a venir por aquí. «Ya entendió que no», les decía Silvana a sus padres. 
Vi que Ernesto regresaba al auto y pensé que por fin haríamos lo que habíamos planeado —buscar algunas amigas e ir a la disco—y que se olvidaría de este tema por el hecho de haberlo intentado; pero cuando llegó, me di cuenta de que no sería así. 
—Irene dice que salió, pero nunca le creo nada a esa vieja. Vamos a esperar un rato. 
—¿Qué? ¿Esperarla? ¡Ya vámonos, las chicas ya están listas! 
—Ella no ha salido. Está en su casa. 
—¿Y tú cómo lo sabes? 
—Porque me lo dijo. 
En este punto no sabía si creerle o si estaba alucinando. Me parecía raro que Silvana, después de tanto tiempo, le haya dado cuerda, sobre todo sabiendo lo mucho que ella lo había choteado después de que terminaron, y con razón, pues Ernesto se había vuelto un celoso compulsivo. Pero como uno nunca sabe con las mujeres, le di el beneficio de la duda. 
—Está bien, Ernesto, vamos a esperar un rato. Pero solo un rato, que ya es tarde. Además, esta casa me trae malos recuerdos.
Nunca me llevé bien con Silvana, nuestro trato era cordial solo por Ernesto. Lo cierto era que yo había salido con una de sus mejores amigas a quien, por cosas que pasan, no supe corresponder a pesar de haber sido yo quien empezó a buscarla. Ella lo tomó a mal pensando que yo había ilusionado a su amiga, pero yo me excusaba diciendo que a veces sucede así, que cuando no fluye, no fluye y es mejor ser sinceros que alargar algo que sabes que no funcionará. Ella nunca me lo perdono y desde entonces me miraba con desprecio. Sin embargo, Ernesto la defendía —qué gran amigo, ¿no?— y decía que yo había tenido la culpa, que Renata era una gran chica y que esto y lo otro. Y aunque lo decía por quedar bien con ella, en parte era cierto, pero yo ya no podía hacer nada. 
—Ya son las 11, ya esperamos mucho, vámonos. 
—No, un rato. Saldrá en un momento. 
—¿Y cómo lo sabes? Si te ha borrado de todas sus redes. 
—Por mensaje de texto. 
—¿Estás seguro de que es ella? 
—Claro que sí. 
Me pareció raro que lo haga esperar tanto. Si le había dicho que podían verse, podía salir por la puerta de servicios y encontrarse con él en el garaje. Esperamos unos minutos más. Ernesto prendió el auto y dio la vuelta. Efectivamente, se verían por la puerta trasera. Tal vez Silvana quería evitar que la vean sus padres, pensé. 
—¿Entonces por qué la buscaste? 
—Es que no me respondía, solo me dijo que estaba en su casa. 
—Eres un huevón, ahora la empleada les dirá a sus padres. 
—Ya sé, ya sé, pero ya me dijo que ya habló con ella. 
Ernesto estaba desesperado por verla, encima nos habíamos acabado unas six pack de Pilsen entre los dos, como unas previas para ir a la disco más tarde. 
«Ya va a salir, espérame aquí», me dijo, bajando del auto, mirando a todas partes. Yo agaché la cabeza desde el asiento para evitar que Silvana me vea. 
Vi que la puerta de servicios se abrió y salió Silvana. Ernesto tenía razón, pensé. Ella lo miró con cara de sorpresa. Se saludaron y hablaron un rato, aunque él más que ella. Silvana, por increíble que parezca, se había puesto guapa, estaba más delgada y tenía un corte de cabello distinto, ya no era la bruja de antes. 
Veía la escena desde el auto mientras respondía algunos mensajes por Whatsapp a las chicas que teníamos que recoger para ir a la disco. Les decía que ya estábamos en camino, que nos esperaran. De pronto, de la misma puerta, salió David, el chico con el que Silvana salía. «Mierda», grité en silencio dentro del auto, levantándome un poco. Cogí la puerta para salir si algo malo pasaba. El tipo se puso detrás de ella. Era un poco más alto y robusto que Ernesto. Empezó a señalarlo, intenté leer sus labios. «Conchetumare», fue lo que descifré. En ese momento ya había bajado del auto para acercarme. Ernesto estaba fuera de sí, insultándolo. Silvana intentaba separarlos, hasta que me vio. 
—¿Y tú qué haces acá? —gritó, y al ver que nosotros ya éramos dos, intentó meter a David a la casa empujándolo. Este no se dejó y se lanzó hacia Ernesto cayendo ambos en el jardín. «Deja de escribirle a mi flaca, huevón», gritaba mientras lanzaba varios golpes. Yo llegué y le agarré de los brazos para que pare. «Está ebrio, huevón, suéltalo». Ernesto se levantó, tenía la camisa rota y un poco de sangre en el labio. Al recobrar el equilibrio, le lanzó un golpe directo a la cara mientras yo lo tenía agarrado. David cayó al suelo. Silvana gritaba pidiendo ayuda. «Carajo, Ernesto, ya fue», le gritaba, preocupado de que alguien viniera y llamara a la policía. Lo jalé hasta el auto, abrí la puerta y lo metí, como sea, y encendí el motor. 
—¿Eres imbécil? —le reclamé al momento de acelerar—. ¿Por qué hiciste eso? 
—Ese huevón empezó —decía, mientras se limpiaba la sangre de la boca. 
—Nos pueden cagar, no entiendes. 
Ernesto empezó a reír, no sé si de alegría o de pena. 
—¿Ahora qué pasa? —le pregunté mientras manejaba. 
—Le metí un puñetazo en la jeta. 
—Sí vi, pendejo —respondí, y ambos empezamos a reír—. De todos modos se lo merecía —añadí.
Íbamos por el Ovalo Gutiérrez a medianoche y a toda velocidad, en busca de Daniela y las demás chicas. Vi la hora e imaginé lo peor por haberlas hecho esperar tanto.
—No fue Silvana quien me escribió —dijo Ernesto, un momento después, ya sereno — Fue él. Ya son enamorados. 
—No me digas. Era obvio, todo fue tan raro —respondí, y doblé en la calle Elías Aguirre.
—Qué idiota que fui, carajo. Pero ya no volveré a buscarla, palabra. 
—Después de todo esto, espero que no. Ya olvídala, hermano, no vale la pena. Además, ya vamos a llegar donde las chicas, pero arréglate un poco que estás hecho un asco. 
Al llegar a la casa de Daniela, en la Avenida Pardo, la llamé a su celular y salió molesta por la demora junto a tres de sus amigas, pero, extrañamente, tampoco podían dejar de reír. Se habían tomado todo el vino de sus padres mientras esperaban por nosotros. «¿Qué te pasó, Ernesto?», preguntó una de ellas al subir al auto. «Un inconveniente», respondí por él. Pero no se preocupen, hoy es un hombre nuevo. Y Ernesto me miró con el ojo morado, con el labio hinchado, pero con una sonrisa en su rostro.

jueves, 22 de febrero de 2018

Los incautos

Sonó la alarma que anunciaba la salida y, en fila india, después de guardar sus cosas casi por instinto, empezaron a salir. Al bajar por las escaleras, en medio de empujones y alaridos, Castillo y Bustinza susurraban frases de duda entre ellos, mientras Palomino y Aráoz, como apadrinadores, colocaban sus manos, una en cada lado, en los hombros duros y tensos de Zevallos. Era viernes, y aunque todos se sentían enérgicos por la llegada del fin de semana, esta vez se debía por otro motivo. 
«Sácale la mierda», fue lo primero que le dijo Rebatta al encontrarse con Zevallos en el primer piso, antes de salir por la puerta principal. Rebatta solía meterse en problemas, faltaba a clases, no cumplía con las tareas, pero era leal, y era imposible que no vaya con ellos, a pesar de que el director había intentado, sin éxito alguno, retenerlo justo antes de la salida por un tema de faltas. 
Ya en la calle, después de que se juntaron todos en el quiosco de la señora Graciela, caminaron en grupo hasta la avenida Los Villanos y cruzaron inquietos el puente peatonal. Al lado de ellos, también en grupo, caminaban los de quinto, despreocupados, mirándolos de reojo y apadrinando a su representante, el serrano Paucar. Días atrás habían pautado la pelea después de un intercambio de palabras y empujones en un partido de fútbol debido a una jugada entre Paucar y Zevallos. En un intento por llegar al balón, ambos cayeron en el área y, al momento de levantarse, empezaron a insultarse y a darse empujones. Varios fueron a separarlos para luego pautar, los días siguientes, entre gritos y amenazas en los recreos o en los baños, la pelea. 
«Se cree pendejo», vociferó Zevallos, unas cuadras antes de llegar al parque Estrada, lugar donde se daría el encuentro. Detrás de él lo seguían Rebatta, Palomino y Aráoz, que murmuraban frases toscas, despectivas y desafiantes hacia los de quinto. Peralta, quien en un inicio había dudado en ir, al final se decidió para evitar el oprobio del que ya era víctima. Venía junto con Castillo, quien tuvo que mentirle a Daniela para no acompañarla ese día a su casa con la excusa de que irían a jugar fútbol. Y Bustinza, que había hecho lo mismo que Castillo, pero más por obligación porque le había costado mucho estar con Raquel y temía perder su confianza de esta manera. Sin embargo, ese era el acuerdo: habían procurado que las mujeres del salón no se enteraran, porque, como en otras ocasiones, habrían intentado evitarlo. 
De pronto, al llegar al encuentro, una multitud vestida con los mismos colores se había instalado en los alrededores del parque. Alumnos de segundo, tercero y cuarto estaban a la expectativa. Era evidente que se había corrido la voz de que uno de cuarto se iba a pelear con uno de quinto. Para ese momento todos ya se habrían enterado, sobre todo las mujeres del salón. Sin embargo, ya no pensaron en eso y no los intimidó la gente ni la bulla, estaban decididos a acompañar a Zevallos a sacar cara por el salón. Nadie se metería. Pero más gente del colegio empezó a llegar y los vecinos salieron de sus casas, confundidos, sin saber lo que pasaba. 
«Allá vienen», dijo Palomino, señalando a los de quinto, quienes se habían tardado a la espera de otros amigos. Zevallos, al ver que se acercaban, en un arrebato de provocación tiró su mochila junto a la de los demás, se quitó el polo y se quedó en short y zapatillas. Detrás de él estaba Rebata, Palomino y Aráoz, cuidando las cosas. Y a los lados, como espectadores, Peralta, Bustinza y Castillo, junto a otros alumnos más del salón y del colegio. 
«Pendejo te crees, serrano», le gritó Zevallos, provocando la ira de Paucar. Este salió de entre sus amigos y se acercó sin decir nada, levantando los puños y cubriéndose la cara. Zevallos daba vueltas alrededor de él, mirándolo fijamente. «Ya te cagaste, chibolo huevón», dijo Paucar, de pronto, escupiendo a un lado, y los golpes empezaron precipitados y torpes. Acertaban y fallaban, pero nadie parecía ceder, entonces se agarraron y cayeron en el pasto, se revolcaron dándose golpes y se levantaron limpiándose un poco el cuerpo. Cuando de pronto, al frente de ellos, dos autos frenaron de golpe en la acera, haciendo bulla con sus sirenas. Los alumnos de otros salones empezaron a correr. Rebata gritó: «La policía». Zevallos se miró con el serrano llegando a una tregua silenciosa, y de inmediato levantaron sus mochilas y empezaron a correr, torpemente, empujándose, cada uno por su lado y con su gente. 
Algunos se escaparon por el puente que daba con la estación del tren, otros por la avenida tomando los colectivos o por las calles angostas que lindaban con el parque. La policía empezó a coger a cualquier alumno que vestía el uniforme del colegio y a golpearlos con los bastones si hacía falta. 
«Auch, mi brazo, pero yo no hice nada, jefe, suélteme, ya, cállese, dese vuelta, pero jefe, quieto, me duele, maldita sea, el serrano escapó, qué, nada, jefe, suba, suba, vamos a la comisaria, ya, ya, ya perdí, pero me invita su Inka Kola, solo un poco, mira, chapa a ese, quiere escapar, suélteme, la puta madre, qué dijiste, nada, jefe, nada». 
Palomino vio cómo se llevaban a algunos y gritó: «Corre, corre, ahí vienen». Aráoz corrió hacia el puente peatonal, subió las largas escaleras y miró atrás: «Los perdí», pensó. Al bajar del otro lado, cruzó la avenida, llegó al parque y se sacó la casaca color verde que lo podía inculpar. Y caminó, más tranquilo, pensando: «Y si obligan a Zevallos a confesar y da nombres, nos pueden botar del colegio, no, no creo, no se atrevería, pero seguro Peralta confiesa, ese es un maricón, siempre tiene miedo, aunque Rebatta no lo dejaría, le sacaría su mierda, aunque igual él ya está jodido, mejor me olvido de esto, me iré a mi casa, dormiré, el lunes se sabrá todo». 
En una esquina, después de haber corrido muchas cuadras, Palomino encontró a su prima Eloísa conversando con una de sus amigas. «Se los llevaron», le dijo, agitado, intentando respirar. «¿A quiénes?», preguntó su prima, preocupada. «Se los llevaron, se los llevaron», repitió. «A quienes», gritó Lucia. «A los de mi salón y a otros alumnos», dijo, señalando la avenida, tomando aire. «Vino la policía en plena pelea y se llevaron a todos», culminó. 
Castillo y Bustinza corrieron por las calles y entraron a una tienda, se escondieron hasta que el alboroto pasó. «¿Ya se fueron?», preguntó Bustinza. «Sí, vamos», dijo Castillo, después de varios minutos allí dentro. Salieron mirando a todas partes y caminaron a paso ligero a sus casas, más preocupados por lo que pasaría con Daniela y Raquel cuando se llegaran a enterar que también estuvieron implicados y, peor, que por esa razón les habían mentido. «Ya se jodió todo», dijo Castillo. «No, cállate, iré ahora mismo donde Raquel», balbuceó Bustinza. «La cagarías peor, sabe que estás con nosotros», respondió Castillo, molesto y angustiado a la vez. «Vamos nomas, el lunes se sabrá». 
Rebatta miraba a los dos policías sentados adelante, conduciendo hacia la comisaría. «Nos jodimos», pensó, tomando la gaseosa que le pidió a uno. Peralta temblaba. «Pero jefe, yo no hice nada». Rebatta le tiró un codazo, diciéndole que se calle. Peralta bajó la mirada, resignado. Zevallos no decía nada, miraba por la ventana y se limpiaba la sangre de los labios, pensando con rabia en el serrano. «Colegio García Romero», dijo el policía, de pronto. «Ya se jodieron, llamaremos a sus auxiliares y a su director». «Esto les pasa por hacer huevadas», añadió el policía que conducía. 
El lunes siguiente, en la formación, Rebatta, Zevallos y Peralta se encontraban al frente de todos, al lado de los profesores y del director. «No podemos dejar que el nombre del colegio se manche por actitudes callejeras», decía el director, serio, y su voz se oía a través de los parlantes. «El viernes hubo una pelea cerca de aquí entre alumnos de distintos salones». Palomino y Aráoz se miraban las caras, preocupados. «Los vecinos se alarmaron y llamaron a la policía», seguía, mientras Castillo y Bustinza miraban a sus respectivas enamoradas, pero Daniela y Raquel los ignoraban, molestas, sin voltear a sus llamados. «Y atraparon a estos alumnos en medio de la escena». Rebatta quería reírse. Peralta quería llorar. Zevallos solo miraba con rabia al serrano, que se encontraba al frente de él. «Por lo que quedarán suspendidos por una semana con el compromiso de que no volverá a ocurrir». Y todos los alumnos empezaron a hablar entre ellos, a hacer bulla, mientras los miraban con compasión, a pesar de haber sido ellos los culpables, por su llamativa presencia, del castigo. «Vayan a sus aulas», terminó el sermón el director. «Y tú, Rebatta, no te rías mucho, que de esta no te salvas».

lunes, 22 de enero de 2018

Siglo XXI

El óxido del metal desprendía el color amarillo con el que años atrás fue inaugurado. El negro rojizo empezaba a mostrarse y nos pintaba la palma de las manos, haciéndonos dudar. «Trepa», me dijo Alcántara al borde de la calle, precisamente al frente de uno de los postes que sujetaban las rejas que rodeaban el perímetro. La puerta principal, la única en ese entonces, se encontraba cerrada con unas cadenas enormes debido a la hora. «No hay otra forma», añadió Alcántara. Miré lo alto de aquel poste, las rejas, la arena, el pasto, el pavimento y el paraje que se encontraba al otro lado si lográbamos cruzar. 
Cada poste tenía a los lados como un pasamos por cada metro y era posible trepar, en teoría. Pero teníamos miedo, principalmente por la altura. Algunos lo habían intentado con el mayor entusiasmo, sin embargo, habían sufrido la burla y el golpe de caer desde lo alto hasta el pavimento. Yo lo había visto. Cornejo, un amigo que vivía a la vuelta de mi casa, de nuestra misma edad, lo intentó un domingo por la noche, en verano. Empezó a trepar a vista y paciencia de todos, y cuando solo le faltaba un metro más para dar la vuelta y descender, un mal paso acabó con su objetivo y se resbaló en el último peldaño. Todos vimos cómo sus manos intentaron cogerse de las rejas, pero el peso de su cuerpo le ganó y terminó cayendo al pavimento, adolorido y con el brazo magullado. La única forma de lograrlo, sin terminar como Cornejo, era esperar a que la naturaleza haga lo suyo y crecer, pero eso implicaba tiempo y uno no podía esperar tanto.
«Primero tú», le dije, retrocediendo y empujándolo por la espalda. Alcántara me miró y luego dirigió su mirada a lo alto del poste. También dudaba, pensé. «De noche no hay nadie, tenemos todo para nosotros», me dijo, tratando de animarme para que yo vaya primero. «Ya sé», le dije, nervioso. Cerré los ojos, tomé aire y luego miré arriba, a nuestro objetivo. «Trepa tú y yo te sigo, palabra», añadí. «Trepemos juntos», respondió. Lo miré y asentí con la cabeza. 
Elegimos los postes que se veían menos oxidados, que resistieran más, pensando evitar, ingenuamente, una posible caída con todo y reja. Cada uno se paró al frente de un poste, levantó el muslo derecho y colocó la pierna al filo del muro, cogió con su mano izquierda el metal y se impulsó para trepar el primer peldaño agarrándose con la mano derecha. Inmediatamente volteamos a vernos mientras seguíamos sujetados del poste para ver si estábamos sincronizados, para ver si cumplíamos nuestra palabra. Subimos el segundo peldaño intentando estar cada vez más lejos del suelo. «No mires abajo», le dije a Alcántara y este volvió de inmediato la cabeza y se sujetó más fuerte. Fuimos por el tercer peldaño. Pierna derecha, brazo izquierdo, pierna izquierda, brazo derecho. Faltaban unos cuantos más pero la subida parecía ser infinita, y la tarde noche se hacía más noche y los postes de luz empezaban a prenderse en toda la calle. 
De pronto llegó un grupo de chicos, mayores que nosotros, y treparon de lo más rápido y sin miedo, aventaron el balón hacia el campo y empezaron a jugar. Eso nos levantó el ánimo, pero al mismo tiempo nos intimidó: si nos caíamos nos verían y se reirían de nosotros, o sino todo lo contrario, nos invitarían a jugar con ellos. Alcántara empezó a trepar sin esperarme y yo no me quería quedar atrás, por lo que me moví más rápido. A pesar del miedo, ya no mirábamos abajo, lo único que nos importaba era llegar al otro lado. Después de trepar los peldaños que faltaban, con un esfuerzo irracional, llevados por el instinto y la adrenalina, llegamos a la cima. Nos quedamos sentados en el filo, absortos, mirando el horizonte. El cielo había perdido su forma, grumos grises se acercaban, confinaban al exilio los pocos rayos de luz que dejó la tarde. Y en el norte un mar de arena, casas a medio construir, pistas y veredas incompletas. Pero del otro lado, al sur, tres grandes campos de fútbol, una grada inmensa al centro, bancos en lugares específicos, una pista de correr rodeada de arbustos y árboles, y dentro de ella todo tipo de máquinas para ejercitarse, trepar, subir y jugar. En una de las esquinas había una rueda giratoria de metal, columpios y una improvisada casa de árbol. Al otro extremo, dos piscinas sin agua pero llenas de ramas e insectos.
Todo para nosotros, pensábamos, a excepción del campo del medio que ya había sido cogido por los chicos que llegaron. Pero, más allá de ello, había algo en el complejo deportivo Siglo XXI a horas de la noche que lo hacía distinto. Era como un pequeño pueblo fantasma que alguna vez albergó gente y alegría, con entradas secretas y caminos no explorados. Y queríamos experimentar aquello, porque solo los grandes podían acceder a esas horas.
Empezamos a bajar del poste, despacio, cogiéndonos de los peldaños, y descendíamos con la emoción de saber que era la primera vez que entrábamos a esas horas como prófugos, sin la supervisión del señor de bigote que cuidaba la entrada, regaba el pasto y recorría el área para descubrir a los intrusos como nosotros. Pero todo ello no solo implicaba entrar allí de noche, sino algo más importante: dejar de ser niños para convertirnos en grandes, para empezar a tener un lugar en común, un espacio, un escape, una abertura de posibilidades en medio de la niñez y la adolescencia.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Miedos

«Mi peor miedo es volverme loco», le confesé, mientras esperábamos sentados y tomábamos unas latas de cerveza en una de las bancas de la residencial en donde vivía su amiga Fabiola. No sabía exactamente a qué me refería con eso, tal vez la conversación que estábamos teniendo no iba por ese camino, y sin embargo quise sincerarme en algo, para que ella también hiciera lo mismo. 
«El mío es perder a los que quiero», respondió unos segundos después con la mirada clavada al suelo, llevando de inmediato la lata de cerveza a sus labios. Mi confesión, de pronto, resultó egoísta. No quiso ahondar en ese miedo por el simple de hecho de no querer imaginarlo. Pero sentí su angustia cuando lo dijo y pensé, por ella, la desdicha que sería perder a quienes amamos.
«No es bueno hablar de cosas negativas», añadió, serena. Estuve de acuerdo, aunque a veces creía que era necesario, como plan de contingencia o, simplemente, para estar alerta. Pero era verano y el sol tampoco se prestaba para hablar de temas inciertos, aunque esta vez sus rayos no quemaban como en otros años. Lima y sus cambios de clima, pensaba. «Tienes razón», respondí, compartiendo lo dicho por ella.
«Borges, en uno de sus cuentos, dice: “Los actos de los locos exceden las previsiones del hombre cuerdo”, así que no temas en volverte en uno», me dijo, de pronto, rompiendo el silencio, en relación a la confesión que había hecho. Yo solo la miré, aliviado, y reí, al igual que ella, y seguí tomando mi cerveza. 
Pasados los minutos, y ya con las latas vacías, decidimos ir a comprar un par más. Salvador y Fabiola se estaban demorando más de lo normal, y aunque ya imaginábamos qué estaban haciendo, optamos por no decirles nada y tomárnoslas nosotros. Después de todo, también merecíamos pasarla bien, a nuestro modo, a la antigua.
A medida que íbamos tomando, el influjo causado por el alcohol había cambiado el clima de la conversación, y pasamos de una timidez discreta, a una suerte de burla indiscriminada y épica sobre amoríos pasados. Ella narraba pasajes de pretendientes que se iban y volvían cada cierto tiempo, y yo le contaba algunas anécdotas y desventuras amorosas en esos viajes al interior del país que había hecho el verano pasado.
«Deberíamos viajar, con Salvador y Fabiola, me refiero», me dijo, corrigiéndose, después de acomodarse el cabello y de reír por una de las anécdotas que le había contado. Por un momento tomé en serio su propuesta, pero luego recordé que cuando uno toma —ya llevábamos muchas latas encima— promete lo que sea, porque no siente miedo, porque se siente capaz de todo. Y yo no fui la excepción y acepté, buscando en el celular el calendario para quedar alguna fecha y aprovechar el verano que estaba a punto de terminar. «Te tomo la palabra», le dije, y chocamos las palmas de las manos.
Ella, ahora, lucía mucho más linda que antes. Estaba sentada en la banca abrazando sus rodillas y el sol venía por detrás y le brindaba un aura especial que, tal vez, sin el alcohol de por medio, me hubiera parecido una situación como cualquier otra. Y yo le decía, por bromear, a pesar de que en realidad me parecía una escena fantástica, que se veía linda, pero con cierto tono sarcástico y burlón. Ella, pienso, lo notó, pero sus gestos cambiaron y me miró con una ternura que nunca antes había visto en ella, y entonces me pareció no oír nada, como si todo estuviera en cámara lenta, y empezó a acercarse hacia mí y yo, instintivamente, empecé a hacer lo mismo, cuando de pronto vi gotas de cerveza saliendo de la lata volando directamente hacia mi rostro y el sonido volvió con ella riéndose a carcajadas mientras yo empezaba a limpiarme la cara los restos de alcohol.
«Creí que al menos me darías un beso», le dije, sin pensarlo, secándome el polo de cerveza. «Idiota, ¿crees que no me di cuenta de tu broma?», replicó, riendo y disfrutando aún de su venganza. Ya no éramos nosotros, o tal vez sí, y nos mostrábamos sin vergüenza alguna y decíamos cosas que en otra ocasión u en otro tiempo no diríamos.
Unos minutos después, cansados de esperar a Salvador y Fabiola y porque tampoco respondían las llamadas, decidimos ir a buscarlos. En el camino, unos cuantos edificios antes de llegar, cogió mi mano, por sorpresa, por voluntad. La sujetó fuerte sin mirarme y yo hice lo mismo. Y entonces advertí que era lo más cerca que habíamos estado.
Era cierto que la conocía desde hace un par de años, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de compartir tanto tiempo a solas, como ahora. Que mi mejor amigo haya empezado una relación con la mejor amiga de ella fue el empujón que necesitábamos para conocernos más, para disminuir la distancia que había entre nosotros, para perder el miedo que sentíamos. Por ello, al sentir sus manos junto a las mías, imaginé que era posible que algo real suceda. Y entonces, al llegar al edificio, a punto de tomar el ascensor, me besó. La escena duró alrededor de unos minutos. Me dejé llevar por ella, por el tiempo que habíamos perdido, por los otros amores que se habían interpuesto, por las miradas que nos habíamos hecho en la facultad, en alguna reunión o en cualquier otro lugar, y por esas respuestas tan nítidas, reales y sobrias que daba y que eran como si yo hablara conmigo mismo, y fue en ese momento en que perdí el miedo de volverme loco, porque, sin advertirlo, ya lo estaba por ella.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Situación

Escribir de ti sería una imprudencia, un atrevimiento propio de un demente o de un psicópata. Es cierto que apenas te conozco, que hemos cruzado palabras solo un par de veces, y aunque tal vez puedas reconocerme a duras penas si me vieras entre un grupo de gentes, de luces y de caos, como son las calles de Lima, no sería suficiente si yo no actúo ahora. Entonces, te preguntarás: ¿cuál es el motivo? Tal vez un presentimiento me impulse a dejar un testimonio, mismo de una autopsia, de un futuro encuentro, en circunstancias todavía no claras, pero sí seguras.
Es probable que un día, no importa la hora tampoco el lugar, te vea cruzar la calle o entrar a un establecimiento. En el primero es preciso que yo me encuentre del otro lado, esperando que la luz del semáforo cambie a verde para cruzarme contigo y empezar así un inesperado juego de miradas, para luego sortear la posibilidad de que me recuerdes, no importa si esa remembranza durase un segundo, pues bastaría para que yo me acercara con la misma intención frustrada de ayer, que fue la última vez que te vi, para llamarte por tu nombre —dando por sentado que no fui ajeno a tus pensamientos— e iniciar una conversación contigo.
En el otro escenario, en el establecimiento, también es preciso que yo me encuentre allí, pero, ahora, antes que tú, para realizar movimientos previamente coordinados al advertir tu llegada, por ejemplo, en las oficinas de una notaría: yo te vería avanzar hacia una de las cabinas, dejar tu documento y sentarte a esperar, en la fila de asientos en las que yo me encuentro, con la paciencia que yo he tenido todos estos años para verte precisamente allí. Me acercaría, haría algún comentario típico sobre lo mucho que se demoran los sujetos que atienden y sobre la burocracia que hay en nuestro país, y en ese momento tú replicarías mi queja o la ignorarías, demostrando que no eres como los demás para quejarte de banalidades como lo dicho en mi comentario, más allá de ser cierto o no. En ese caso, sería un escenario inútil, que me alejaría totalmente de ti, por hacerte sentir incómoda debido a mi irritable actuación, por más que me hayas reconocido al verme.
Es claro, entonces, que podría imaginar una y mil situaciones en las cuales, la mayoría, podrían no salir a mi favor. Sin embargo, he aquí la diferencia en ambos casos: en el primero, al cruzar la calle, no había ningún indicio de llamar tu atención, fue una situación particular, no calculada, dada por la casualidad, por más que en un momento, como ahora, lo haya pensado y escrito. Por lo tanto, por ser natural, de caso fortuito, resultó parcialmente exitosa, si contamos que el objetivo era solo entablar una conversación. En cambio, en el establecimiento, hubo una coacción muy notoria de mi parte, y dejé entrever, por medio de comentarios que podrían considerarse insolentes o poco tolerantes hacia los demás, una actitud poco amigable y nada risueña. Todos estos factores, sumados a un personaje con tendencias hostiles, reflejan un rendimiento insuficiente e ineficaz, que termina con mi desaparición total de tu vida.
En conclusión, si en los próximos días eligiera cambiar ambas situaciones por una real, concreta, podría evitarme o, también, ganarme tu indiferencia, que por ahora no es absoluta, pero sí parcial, si sigo en una posición clandestina y solitaria. Por lo tanto, la posibilidad optimista o negativa de ser correspondido solo se definiría con mi accionar en el presente, dejando de lado las hipotéticas situaciones que podrían o no suceder en un futuro, más allá del presentimiento de que serán reales en algún momento de nuestras vidas si es que las dejo escritas, como sucesos pasados o que están a punto de suceder.

jueves, 12 de octubre de 2017

Lapso

Miro su rostro con asombro y detenimiento, con la fiel intención de saber y comprender, en un comienzo, lo que inquieren sus ojos: cuando los cierra, cuando los abre, cuando me descubre, cuando los muestra; sus pestañas curvas, modeladas; sus lunares dispersos, pequeños, como constelaciones exactas que forman figuras mitológicas; sus cejas perfectas, cuidadas al detalle, al silencio. 
Su rostro cambia ante mí y no se acaba, sino que rejuvenece, se adapta, no como el mío, maltrecho con los años, perdiendo detalle con cada experiencia, con rastros de huellas por algún descuido, por alguna enfermedad mal curada, con cortes que se ven con el cambio de luz, con el movimiento brusco del ceño fruncido, con unas cejas nada discretas y abultadas, con el resultado incierto de un golpe en la parte frontal de la nariz, con el desorden de una barba improvisada, inexperta en los cuidados de aquel aspecto dícese varonil del hombre. 
No pierdo el asombro al verla, mirándome y no, jugando a que la observo. Respiro con dificultad pero con calma, por ella, por este momento. Sigo buscando un camino, una forma entre sus formas que admiro sin cuestionamientos ni influencias. Reposo la mirada en sus pómulos, descanso en ellos con las ganas de acertar un beso en esa plaza que cambia de color con cada recuerdo que invoco, bueno o malo. Me resbalo en su barbilla, pronunciada y definida, que sostienen sus labios en un caudal de besos que rememoro y que muero por probar, de nuevo, despacio, sintiendo sus manos deslizándose por mi cuello hasta llegar a mis mejillas. 
Quédate, sugiero, a pesar del tiempo, a pesar de mis injustificadas mentiras en el pasado. Me hace bien estar contigo, concluyo. No responde, cierra los ojos de nuevo y el silencio se hace ruido en mi mente por mis palabras que no digo pero que pienso de manera caótica. Intento olvidar lo que dije previniendo lo que viene, y su respuesta, que no dice nada y que dice, en parte, todo lo que he provocado. Y me pregunto: ¿qué me pasa con ella, qué me hace ponerme así cuando la veo, cuando la tengo cerca después de varios intentos por revivir lo que en su momento fue tan intenso, tan bello? Desconozco al sujeto que escribe estas líneas, él no piensa de este modo. Ya no. Pero tal vez sí, como ahora. Y escribe para no olvidar y confesar que es capaz de sentir algo, a pesar de que no lo diga. 
Su cabello se ve más vivo, más fresco y no puedo evitar enroscar en mi dedo un mechón de él, para saber que es cierto. Mi mano coge la de ella y tiemblo, tiemblo por lo que no sabe, por todo lo que he hecho en este tiempo en nombre de ella y de mí. No me veo a su lado, pero estoy, ahora, y no quiero nada más. Pero cuando se va, nada ha pasado, nadie se dice alguna palabra, nadie se extraña como antes, nadie se pierde de nuevo, a oscuras, en cualquier momento, en cualquier lugar. Todo eso pienso y recreo en cuestión de segundos, teniéndola a mi lado, queriendo decirle tantas cosas y haciéndolo pero de manera torpe, ingenua, improvisada en un tiempo que fue preparado. 
Ya me voy, pronuncia, en un ultimátum. Nunca sé cuándo la veré de nuevo, ni sé si pensará en mí después de cruzar la puerta. Nuestro tiempo ha pasado pero no lo acepto, no lo creo, a pesar de que su libertad es causal de la mía. No busco pretextos, comprendo su idiosincrasia y la dejo ir en un intento de saber si está en lo cierto, de saber si me quiere como antes o de la forma en como lo hace ahora, efímera, precisa, insospechada.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Complicado

Cada vez es más complicado escribir, formular la frase precisa, encontrar la palabra correcta. 
Abro en el ordenador portátil la carpeta de textos. Retomo archivos de hace meses, tal vez de hace años, y los vuelvo a leer. No me gustan, no me convencen. Los elimino y abro un nuevo documento, desafiándome. Recuerdo que antes era más laborioso, pero también, dentro de su peculiaridad, más sincero. Coger la libreta de notas, escribir a mano lo que sentía, lo que pensaba, leer en voz baja lo escrito y arrancar al instante la hoja para tirarla al tacho sin ver si acertaba o no. Ya acabaron esos años insensatos, pienso, o quizás recién comienzan. Regreso al presente. Redacto una historia que vengo tramando hace un par de noches, escribo nombres, lugares, situaciones. Punto. 
Me levanto del asiento, reviso el librero y cojo un libro al azar para que me salve de este bloqueo infame que tengo desde hace mucho tiempo. Me adentro en la historia, en sus escenarios, empiezo a conocer al personaje y me transporto a otras épocas. Mi historia, la que acabo de escribir, queda relegada y minimizada por voces y palabras de escritores que ya están muertos. Y me cuesta, pienso, escribir de la forma que quiero. No como ellos, sino como yo. No quiero, como antes, redactar un texto por pura rebeldía, por pura necesidad de decir algo. Tampoco por el hecho de conocer a una mujer y dotarla de actitudes que yo quisiera haber descubierto, o, tal vez, motivado por amores pasados que en mi memoria ya no existen. Ni siquiera por los actuales, que no cumplen con el tiempo suficiente para denominarlos como uno, y califico de tragedia esta dicha de estar solo.
¿Es necesario, al momento de escribir, buscar la perfección? No sé hasta qué punto sea posible, pero desde luego que no. Sin embargo, aunque suene obstinado, no encuentro satisfacción en el hecho de escribir solo por escribir. Ya no. Y estoy seguro que no soy ni seré el único en busca de esa utopía. Además, mentiría si dijera que jamás lo hice, pues, pruebas hay. Es más, me divertía mucho haciéndolo —la verdad es que aún lo hago—, creando situaciones, burlándome un poco de la vida, como si escribir fuera un poder, y que lo es, para sobrellevarla y alterarla a mi manera. Todo era más sencillo antes, pero también más banal. No había despojos ni muestras de compromiso, solo un caos de alguien desesperado por querer decir cosas, cosas que, al fin y al cabo, no transcienden. Pero están, siguen ahí, y me llevan a esta reflexión, algo tardía, tal vez, pero justa.

Regreso al ordenador y releo el relato: 

"Sebastián alista su equipaje para viajar a Buenos Aires y enterrar al hombre que fue su padre, quien después de haber luchado años contra el cáncer de pulmón, cedió a la fatalidad que le provocaba aquella adicción al cigarrillo. Romina, su hermana mayor, fue quien le dio la trágica noticia. Las llamadas de madrugada siempre llegan con esta mala sensación que, desgraciadamente, en la mayoría de casos, terminan con la muerte de alguien. No le sorprendió la noticia, sabía que su padre estaba mal, que el cáncer había avanzado, según decían los correos que le enviaba su hermana cada cierto tiempo, reclamándole a la vez, pero conociendo sus motivos, la ingratitud hacia su padre. Por ello, a pesar de haberse distanciado de él por varios años, no pudo evitar sentir la impotencia que sienten los hijos de haber podido, si quiera, intentar arreglar las cosas con él, así sea en sus últimos días de vida. Sebastián no lo odiaba, pero el cariño que alguna vez le tuvo no fue más que la decepción que sintió cuando descubrió que su padre tenía otra familia. No obstante, en un acto racional, y movido también por la naturaleza del desprendimiento, apartó sus emociones y rencores que lo marcaron de adolescente y decidió viajar y enterrar, junto con su padre, todo el tiempo perdido que no pudo vivir junto a él...".

Lo guardo en un archivo sin todavía decidir el nombre, documento uno basta. Cierro la ventana de textos y bajo la pantalla de la laptop. Cojo el celular y respondo algunos mensajes. Me baño, me cambio y salgo al encuentro. Amigos, amigas, música, bailes, tragos, abrazos, besos, taxi, madrugada, habitación. Al despertar, con o sin resaca, acompañado o no, retomo el texto. Lo leo, le cambio algunas frases pero no me convence del todo. Lo guardo y lo cierro. Abro un nuevo archivo y empiezo desde cero.

jueves, 17 de agosto de 2017

Desván

¿No te resulta extraño? ¿No te causa desconcierto? Todo este caos, este vacío, más arquitectónico que espontáneo pregunta y se responde así mismo—. No sé de lo qué estás hablando —responde, indiferente—. Lo sabes perfectamente: tu familia, tus amigos, tus amores, todos se han ido. ¿Qué es lo quieres? —pregunta mientras voltea a verlo, rechina los dientes y alza el mentón—. Habla de una vez. Quiero saber si estás consciente de lo que hiciste, de lo que causaste —protesta. Sé muy bien lo que hice —afirma, con cólera—. Entonces, no lo niegues —ve entrar una luz de ocaso por la ventana del desván, tiñe parte del suelo rajado—, y acepta tu desdicha por pensar que no ibas a ocasionar algún daño. Y tú quién eres para juzgarme así, por qué me reclamas todas estas cosas —pregunta, ofuscado—. Porque te conozco, y más que nadie diría yo. No puedes asegurarlo —afirma, cerrando los ojos—. Mírate —observa su rostro reflejado a través de un vidrio, las ojeras reposan debajo de sus ojos como un charco, se abren y cierran los orificios de su nariz, su respiración se impregna en el reflejo y desdibuja su rostro, lo hace borroso, indefinido—, ya no eres el mismo. ¿Qué pensaste, que revelando algunos secretos por medio de historias y personajes no ocasionarían algún daño? No, no revelé nada que ya no se sepa —se defiende. ¡Pero los pusiste en vitrina, los expusiste a un mundo del que no estaban preparados! Y ahora nadie confía en ti. Tú qué sabes. Lo sé muy bien. Te quedaste solo, sin amistades, sin amores y sin herencia. Mira en dónde pasas las noches —observa a su alrededor, encuentra un sofá viejo color carmesí, un buró con un globo terráqueo encima, unas cajas en las esquinas con unos cuantos libros y unos manuscritos—, no tienes nada. Te equivocas. ¿Qué, ahora me vas a decir que te basta lo que tienes? Recuerda a tu familia, la mansión en la que vivías, los viajes a Europa que hacías, la biblioteca que te dejó tu abuelo, las fiestas tan elegantes que se celebraban cada fin de semana y las chicas tan lindas, hijas de las amigas de tu madre, que conocías y a las cuales quisiste sin sentir nada. ¿Y tú qué puedes saber de lo que siento? —escruta con la mirada, se concentra, reniega así mismo—. Romina te extraña, le hiciste mucho daño con tus manías. ¡Que no son manías! —exclama, molesto. Bah, eres solo un egoísta y un mentiroso. Tus historias no eran solo eso que decías: fantasías, ficciones. Viste afectada tu realidad por vanidad —lo mira de soslayo, no acepta tales declaraciones, baja la mirada, abraza sus rodillas, se lamenta—, por soberbia y arrogancia. ¿Sabes algo de Delia? —interrumpe, desvía la mirada al globo terráqueo—. Se fue a Madrid, no quería seguir viviendo en el mismo país que tú. Le escribiré algo. No, ya has escrito suficiente de ella. No fue mi intención —saca una foto del cajón del buró y observa con nostalgia el rostro de ella caminando por las calles de Lima—, debí contenerme, ser más discreto. Pero no lo fuiste, y ahora ella está mejor sin ti. Y Santiago tampoco quiere verte, le das lástima, y él que te confío tanto. ¿Qué vamos hacer ahora? No puedes ir por ahí pidiendo perdón a todo el mundo después de lo que hiciste. Además, ni siquiera te arrepientes, solo buscas excusarte con argumentos que avalen tus innobles actos. David fue el más afectado, sabías lo delicado que era para él el tema de su hermana. Pero lo convertiste en un drama que no te pertenecía, pusiste en evidencia su humanidad, pero también la privacidad de su vida. Bueno, qué puedo pensar si lo mismo hiciste con tu familia, contando cómo fue que obtuvieron su fortuna, revelando un pasado corrupto que no debía salir a la luz pública. ¿Pensaste que nadie se daría cuenta de que se trataba de ellos? Tu abuelo estaría avergonzado de tener a un nieto como tú. Felizmente ya no vive para saberlo. Ah, ahora eres tú el que se avergüenza de su familia, claro, por eso lo hiciste, eres un héroe, bravo. Tus padres, tus hermanos y tu novia no tenían la culpa —se tapa los oídos para evitar oír el sermón, no lo logra, se levanta del suelo impulsándose con sus manos, se sienta en el sofá y coge una vela que encuentra dentro del cajón—, pero igual lo hiciste. Mis motivos van más allá de lo que crees. No lo entenderías —se excusa—. Lo único que sé es que perdiste a la gente que te quería, dime ahora ¿valió la pena? No respondas, sé muy bien lo que dirías —lo ve prender la vela con un fósforo, lo coloca en el buró, alumbra el reducido espacio, afuera ya es de noche—, que sí. Lo sé porque tus delirios son los míos, lo sé porque estuve allí y no pude evitar que lo hagas, que expongas, de manera casi total, la vida de los demás. Cambiar los nombres, los lugares y las fechas no iba a funcionarte siempre. Meterte con las historias de tus más allegados amigos, de tu novia y tus amantes, de tu familia, revelar sus secretos, contar tu experiencia al lado de ellos, recrearlos de manera fiel y contar lo que pensabas de cada uno sin dejar nada a la imaginación, sin filtros, sin escrúpulos, sin remordimiento, ¿te parece poco? Entra una ráfaga de viento por la ventana que compromete el fuego de la vela y lo apaga, toscamente, dejando ver el humo. Busca otro fósforo y la vuelve a prender, el azul naranja crece, el desván se ilumina de esquina a esquina y descubre que está solo, que no hay nadie más que él.