viernes, 15 de febrero de 2019

Traición

Roberto, con los ojos de un rojo arrepentido, mira el techo de su habitación y piensa, contra su voluntad, en plena madrugada. Una voz trémula, pero que era suya, lo cuestionaba implacable, sin tregua: «Ella está con él. Ahora mismo caminan de la mano. Él la mira, la coge de las caderas y se acerca para darle un beso. Ella lo besa y le regala una sonrisa de lado a lado. Ella no ha vuelto a llamarte, ni a escribirte, ni a pensarte. No sabe nada de tu vida y tampoco quiere saber. Tú, en cambio, crees que aún existe alguna posibilidad de volver con ella. Te has vuelto un solitario, un mujeriego, un amargado, un hipócrita. Un idiota en todo el sentido de la palabra. Divagas con los pocos amigos que te quedan y comentas tu tragedia, sí, esa misma que tú provocaste. Y te entra la nostalgia… Ella ahora está feliz, pero en realidad eso poco te importa».
Recordaba muy bien lo que había hecho hace dos años en el cumpleaños de Lucía, la prima de Regina, su entonces enamorada. Jamás podrá olvidar la expresión de dolor y decepción de Regina cuando lo vio besándose con su prima Lucía de manera apasionada en la cama del cuarto de invitados mientras todos bailaban y bebían en el salón principal. Cerró los ojos y los abrió de nuevo, intentando borrar esa imagen de su mente y, en cierto modo, queriendo volver. Pero era inevitable. El recuerdo lo perseguía, lo atormentaba, lo asediaba. Desde entonces había tenido que vivir con las consecuencias de la traición, de una traición que no había planeado. 
Aquel día Roberto y Regina habían sido los primeros en llegar. Se estacionaron, se miraron por el retrovisor para ver cómo estaban. Regina se veía hermosa. Le acomodó el cuello de la camisa a Roberto y le dio un beso. Él se sintió seguro, feliz. Bajaron del auto con dos botellas de Whisky y, agarrados de la mano, tocaron el timbre. Lucía les dio la bienvenida. Ambos saludaron afectuosamente a la cumpleañera, que se veía radiante, y se sentaron en la sala principal a conversar y a tomar mientras esperaban a los demás invitados. Una hora después, la sala y el jardín de la casa de Lucía se había llenado de gente, y no dejaban de llegar amigos y parejas con todo tipo de tragos y bebidas. Al rato, Roberto se encontró con algunos amigos de su promoción y se fue a celebrar con ellos. Regina, por su parte, hizo lo mismo con sus amigas. Las horas pasaron y todo era como en otros cumpleaños, en otras reuniones, en otros años. En el momento más agitado de la fiesta, después de haber tomado varios shots de Whisky, Pisco y Tequila junto a sus amigos, Roberto sintió el calor de la noche y fue a dejar su saco a la habitación de invitados, donde se quedaría a dormir con Regina. Subió tambaleándose, agarrándose de los pasamanos. Al llegar al segundo piso, entró a la habitación, se quitó el saco y lo dejó en la cama. Miró su celular y vio que se había apagado, buscó un cargador y lo puso en el velador hasta esperar a que prenda. 
Lucía bailaba eufórica por la sala principal con sus amigas y amigos, y debido a su onomástico, había tomado más de la cuenta. En un momento en que iba de un lado a otro con la botella de Vodka en la mano haciendo tomar a quien se cruzara por su camino, el taco de uno de sus zapatos se rompió haciéndola tambalear. Una amiga la ayudó a recobrar el equilibrio y, al ver su taco roto, le dijo que subiría a ponerse algo más cómodo después de beber de un sorbo lo que quedaba de Vodka. Subió como pudo a su habitación y al no encontrar nada bonito y cómodo, fue a la habitación de invitados en donde Regina, en otra ocasión, había dejado olvidadas unas balerinas nuevas. Entró sin tocar y vio a Roberto echado en la cama mientras su celular cargaba en uno de los veladores. 
—¿Roberto? ¿qué haces aquí? —preguntó Lucía, un poco ida al reconocerlo.
—Vine a dejar mi saco y a cargar mi celular —respondió Roberto, aturdido y cogiéndose la cabeza—. He tomado mucho —añadió.
—Yo también —dijo Lucía, mientras desamarraba con fuerza los zapatos jalando las tiras sentada en la cama al lado de Roberto, cayéndose de un lado a otro.
—Lucía, cuidado —dijo Roberto, turbado, ayudando a sostenerla por la espalda. Pero, por jalar con tanta fuerza las tiras, terminó cayendo sobre él.
Se miraron en la oscuridad y, por instinto, empezaron a besarse. Y no pensaron en nada más. Lucía estaba soltera, era muy atractiva, tenía los ojos verdes y la piel bronceada. Era una chica de portada. Roberto era alto, bien parecido, fornido, de presencia. Ambos, tal vez, secretamente, se atraían, y cuando la oportunidad se dio, con el alcohol en las venas, sus cuerpos no pudieron decir que no.
Regina había perdido de vista a Roberto. Lo buscaba con la mirada por todos lados pero no lo hallaba. Le dio su vaso a su amiga Fiorella y fue hacia el lugar en donde había estado con sus amigos. Le preguntó a uno con quien lo había visto tomando y este, debido al alcohol, solo hizo un gesto con el dedo índice hacia arriba y siguió tomando y bailando. Regina subió sin pensar en lo que le esperaba. No se había preocupado por Lucía, pues era su cumpleaños y hasta hace un momento la había visto bailar con sus amigos. Fue entonces que al abrir la puerta y prender la luz, los vio a ambos echados en la cama besándose, a punto de quitarse la ropa. Un dolor único se apoderó de ella. Intentó contenerse, pero la imagen era devastadora: su prima de toda la vida y su novio de muchos años, juntos, besándose y tocándose. Miró a Roberto por una última vez y cerró la puerta con tal fuerza que, cuando bajó por las escaleras, a pesar de la bulla y la música, algunos invitados se acercaron para ver qué había pasado. Regina corrió entre el alboroto y la gente tapándose el rostro. Abrió la puerta, se subió al auto llorando y no volvió a esa casa.
Roberto tomó conciencia plena un segundo después de ver a Regina, pero ya era demasiado tarde. Lucía no se había dado cuenta de lo que había pasado, quiso seguir besándolo pero Roberto se levantó, contrariado, y le dijo, nervioso, que qué habían hecho. Miró rápidamente por el balcón para ver si el auto seguía afuera pero no, Regina se había ido para no volver.
Dos años habían pasado desde esa noche. Roberto se encontraba en su habitación, solo, intentando dormir a pesar del mal recuerdo. Regina, con el tiempo, conoció a alguien más, y la noticia de que se irían a casar le trajo de vuelta los infames recuerdos de la noche en que lo perdió todo, de la maldita noche en que perdió el respeto y el amor de ella.

domingo, 20 de enero de 2019

Remordimiento

No nos importaba jugar en la última losa, ¿la que tenía el suelo como lija?, sí, esa misma, recuerdo que siempre llegaba a mi casa con las rodillas arañadas, rojas, magulladas, y mi vieja pero hijo qué te pasó, nada, ma', no es nada, sí, era una total cagada jugar allí, solo que los huevones de la "C" se agarraban las otras canchas y nos jodían pues, sobre todo Lucho Chema, ese mierda se creía dueño del complejo, nosotros siempre llegábamos antes y de la nada se metía con sus patas y nos decía ya, ya, chibolos, fuera de aquí o les saco su mierda, matón se creía ese, y lo puteábamos, conchatumare le gritábamos ya en la otra losa, y seguro nos escuchaba pero se hacía el cojudo el maricón. Siempre era así y no tuvimos otra que acostumbrarnos a jugar en esa cancha de mierda, pero qué tales golazos me hice allí, ah, ¿recuerdas mis chacalas?, te salían de chiripa, pendejo, yo era el único que las intentaba, huevón, me sacaba la entreputa pero las huevas, valía la pena, golazo gritaban todos, ya, ya, no te creas, yo también me hice golazos, de palomita, me acuerdo, al gordo Esteban lo tenía de hijo, malo era ese gordo, no sé por qué piensan que todos los gordos pueden tapar bien solo porque son gordos, si cuando la pelota iba rápido no la alcanzaban, lentos eran los mierdas. La cosa es que un día el Chato Óscar, ese era bien piraña, me acuerdo, sí pues, me dijo vamos a la tienda, la tía Nela se ha ido al mercado y ha olvidado cerrar la puerta, vamos, vamos, Chino, me decía, jalándome del brazo, chizitos gratis, huevón. Yo no sabía si acompañarlo, tenía miedo pe’, era chibolazo, y entonces dije qué chucha, vamos y fuimos. Ni bien llegamos se agarró varias bolsas de chizitos, papitas, chifles, yo solo agarré unos caramelos de limón, un super hiper ácido, unas pastillas de color rosado, amarillo, celeste, también los Chups, esas huevadas eran veneno pero eran ricas, ¿te acuerdas?, también metí Chocopunch, Olé, Olé, varias cosas pequeñas para no hacer mucho roche, además mi viejita me había dicho que robar era malo, pero el huevón pe’, el chato, me hizo verla fácil, aun así solo metí esas huevaditas en una bolsa, y el chato, rata era, también agarró gaseosas, Coca-Cola, Inca Kola, se llevó varias Chiquis, me dijo agarra mierda, ponlo en tu bolsita, aprovecha, y yo putamare, chato, nos van a cagar, se van a enterar, mejor ya vamos, y el chato no seas cojudo, lleva todo lo que puedas, pero ya es mucho le dije, y cuando volteé a ver la puerta principal, vi a la tía Nela entrando, me dio pena, huevón, la tía jalaba un costal con varias cositas para vender, se veía hasta las huevas, flaquita, tenía su mote, venía de Ayacucho, una vez me contó de niña siempre quise conocer Lima, en mi pueblo nada había, puro campo, pura tierra, pero lo extraño, niño, buena gente era, y recordé eso y la conciencia pues, entonces dejé mi bolsa con todas las huevadas, me llevé solo la Chiqui porque yo amaba la Chiqui, sobre todo la de naranja, recuerdo que mi viejita siempre me compraba para mi lonchera, y ahí fue que le dije chato corre, ahí viene la tía, y el chato pendejo corrió con todo, no dejó ni mierda, trepamos la reja que daba al pampón y pim, pam, chaca, chaca, subimos y no volteamos hasta estar lejos, y qué te dijo el chato, espera pues, ahí voy, el chato me dijo huevón, ¿y tus cosas?, y le mostré solo la Chiqui, eres un cojudo, me empezó a gritar, me daba pena la tía pues, le explicaba, huevón, gritaba, yo también quería esas huevadas que agarraste, íbamos a repartirnos entre los dos, ahora no te doy ni mierda, huevón, saca la vuelta pes, le dije, tampoco quiero tus huevadas, choro eres, Chato, le recriminé, si dices algo te saco la mierda, Chino, estás advertido. Y yo me fui nomas, puta, qué cagón ese Chato, sí pues. 
Los días siguientes yo iba donde la tía y la veía toda triste, todo me han robado, decía, mocosos de miercha, y yo putamare, pensaba, y sentí remordimiento, culpa. Entonces, sin que se diera cuenta, le dejé la china que costaba la Chiqui ahí en su tienda, ah, verdad, cincuenta céntimos costaba esa huevada, sí pues y me fui, pateando piedras, puteando al chato de mierda, choro eres, pensaba. ¿Y qué pasó con él?, nada, iba como si las huevas, saludaba a la tía como siempre. Tiene que tener cuidado pues, tía Nela, aquí roban, decía el cínico de mierda, yo quería acusarlo, sacarle la mierda, pero ese chato era cholón, maceta, fuerte el conchesumare, cuando jugábamos fútbol se metía feo, no le daba miedo meter golpe, sí recuerdo verlo pelear, al colorao' Richard lo dejó rojo de golpes, sácate, pum, sácate, pum en toda la cara y el colorao' ya no podía defenderse, lo tuvieron que agarrar al chato, una mierda era. Entonces, un día, cuando estábamos jugando en la canchita, el chato me miraba todo serio pues, y en eso se me acercó y me volvió a decir sigue callado nomas, Chino, sino ya sabes. No le respondí, fui a traer el balón después de un pelotazo y al regresar, el chato se me pegó y me volvió a decir ya sabes, y yo no le hacía caso. Al acabar el partido, me fui nomas, con la gente, ya no quería meterme. Pero un día que fui temprano para agarrar la cancha, lo vi dando vueltas por la tienda de nuevo, andaba con el negro Jeta, ese negro también era arrebatado, y puta, huevón, ni bien la tía salió, los huevones fueron a robar, por la ventanita, el negro ese era flaco pues y se metió fácil, y este le tiraba cosas por ahí al chato, que se quedó afuera, chizitos, gaseosas, galletas, todo se llevaban, y puta, me llegó al huevo pues, ya era mucho, la tía Nela no se merecía eso, y entonces yo empecé a gritar, ¡están robando la tienda!, ¡choros, choros!, la tía Nela regresó con el jardinero y lo chaparon al negro nomas, el chato se escapó conchesumare, lo dejó al negro ahí, solito, pobrecito, negro huevón pues, el tío le sacó su mierda, toma por choro, pum, morado lo dejaron, no debió confiar en el Chato. 
Al día siguiente, el Chato estaba sentado en las bancas viendo pelotear a todos, y era raro pues, no jugaba, solo miraba y miraba, eso me dijo el Johny, está sentado ahí hace rato, no dice nada tampoco, tal vez porque ayer lo chaparon a su pata el negro robando la tienda de la tía Nela, le dije, debe estar asado. Entonces, cuando me vio, se levantó y dijo para jugar, y a mí ya se me hacía raro, vamos a jugar, decía tranquilo y yo ya pues, normal, arma el equipo. 
El partido empezó y al rato nomas yo veía al chato pegado a mí, me jalaba, me marcaba, seguro me quiere romper, yo ya sabía ya. En eso el Johnny me pasó la pelota, yo corrí al área y el chato me barrió por detrás y salí volando, ahora grita pe’ conchatumare, me dijo, crees que no sé que fuiste tú, por tu culpa lo cagaron al negro, me gritó y se abalanzó hacia mí, pum, pam, empezó a lanzar golpes, en la cara, en la barriga, me dolió como mierda, pero yo con la cólera lo empujé y empecé a tirarle golpes, nos caímos y rodamos en la losa, nos arañamos todo, parecía lija esa losa, conchesumare, la gente hizo un círculo y que nadie se meta, carajo y pum, pam, otro golpe, ese chato era una mierda, nada lo detenía, eres choro pe, conchatumare, no te da pena la tía Nela, choro, eres un choro de mierda y seguían los golpes. Yo ya estaba sangrando, el labio lo tenía hinchado, el ojo morado, todo cagado, pero yo también le acerté algunos golpes, ni cagando me iba a dejar pe’, pero lo agarraron porque empezó a patearme en el suelo y yo ya veía luces putamare, todo me daba vueltas y solo gritaba eres un choro, un choro, cubriéndome. Al llegar a mi jato mi vieja se asustó, qué te pasó hijito, ya no me sales, carajo, en este barrio hay puros cholos, pirañas, delincuentes, vamos al hospital a curarte, ya ma’, tamare’, no es nada, dije, hasta que me vi al espejo, estaba hecho mierda, pero al menos no era un choro, carajo.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Amigos

Movía de un lado a otro el vaso que sostenía con la mano jugando a que no se rebalse la cerveza sobre la mesa. La espuma, como una ola en la orilla, rozaba el borde y regresaba al centro del vaso.
—¿Nos vamos? —preguntó Romina.
—Sí, mejor —respondió él, como despertando del juego.
La gente seguía en su trance, bebiendo, conversando, bailando. Romina salió con Fernando esquivando el gentío. La noche había ofrecido el ambiente perfecto como para ir a embriagarse, bailar y olvidar los problemas de la semana, del mes, del año. Pero la pesadez pudo más y decidieron irse tan solo media hora después de haber llegado.
—Vamos a tu casa, me ha dado hambre —sugirió Romina.
—¿Cuándo no tienes hambre? —preguntó Fernando, riendo.
—Ya, no jodas, vamos —insistió Romina.
Fernando asintió y pidieron un taxi desde un aplicativo en el celular de Romina. Unos minutos después llegó un carro con la placa que buscaban y subieron. Romina empezó a responder algunos mensajes de su celular y Fernando miraba a través de la ventana. Pensaba. La salida había terminado más temprano de lo previsto, pero no se sentían incómodos. Al contrario, se divertían pasando tiempo juntos. Se conocían desde el colegio y desde entonces habían sido inseparables. Fernando recordó que entre ellos habían desfilado novios, novias, salientes y todo tipo de personas que intentaron, en ocasiones, por los celos, terminar con su amistad. Pero al final, implacables, allí seguían ellos, recordando y riendo de todas las situaciones que vivieron y que nadie más sabía.
Al llegar, Fernando sacó su llave y abrió la puerta. Romina se dirigió a la cocina y calentó una pizza que encontró, como si fuera su casa.
—Trae algunas latas —dijo Fernando—. Aún tengo sed.
—Eso estaba a punto de hacer —acotó Romina, abriendo el frigobar.
Se sentaron en el mueble con las cosas en la mesa. La sala era pequeña, algo desordenada, pero Romina ya estaba acostumbrada a verla de ese modo que solo atinó a decir, nuevamente: «Bonito tu cuchitril».
—Hoy no me puso Rachanga. ¿O éramos nosotros? —dijo Romina antes de empezar a comer una tajada de pizza.
—Éramos nosotros —respondió Fernando.
—¿Estás diciendo que ya hemos perdido las ganas de tomar?
—No, eso nunca.
—¿Entonces?
—Hemos perdido las ganas de conocer gente nueva.
Romina lo miró, dejó la pizza en la mesa y dijo:
—Ya, Fernando, no empieces.
—¿Qué cosa? Es la verdad.
—No me digas que sigues pensando en Raquel.
—Ja, ja, ja, ¿pero qué tiene que ver Raquel? No me refería a eso. Además, ya no sé nada de ella.
—Claro que sí, te presento amigas y no te animas a salir con ellas.
Fernando la miró, suspicaz, y respondió como solía hacerlo cuando hablaban de estos temas.
—No tiene nada que ver con Raquel, es solo que tus amigas están locas. Y tú también. Y no me hagas hablar de Mario, el pobre no merecía lo que le hiciste.
Romina soltó una risotada y lo empujó.
—Por favor, sabes bien que él me engañó. Ay, ya, mejor no digo nada de lo que tú haces porque sales perdiendo.
Fernando rió y tomó otro sorbo de cerveza. Se levantó y puso algo de música.
—Hablando en serio, hace tiempo que no salimos con nadie —dijo Fernando al regresar al mueble.
—Yo soy la que no ha salido con nadie. Eres tú el que no se aburre de salir con varias chicas.
—Ya pasaron más de dos meses de la última chica con la que salí. Y no la volví a ver desde entonces.
—¿Y qué pasó? Sí la recuerdo, era linda. ¿cómo se llamaba?
—Sabina. 
—La de cabello corto, ¿no?
—Sí. Y nada, nos llevábamos bien pero no había ese «algo».
—¿Emoción, atracción?
—No estoy seguro. Solo no tenía ganas de nada.
—Siempre dices eso.
—Pero es cierto.
Fernando la miró y le preguntó:
—¿No te ha pasado?
—¿Qué cosa? 
—Aburrirte de todo. Hasta de la gente.
—Me aburrí de Joel, se creía vivo el muy idiota. Solo me buscaba para ya sabes qué.
—No hablo de alguien en específico. 
—Sé a lo que te refieres. Pero es normal, supongo. Hemos intentado con varias personas desde que nos conocemos y henos aquí, tomando cerveza, comiendo y reflexionando sobre nuestros fracasos.
—La cuestión es clara. Lo he estado pensando ya hace buen tiempo. He perdido el asombro.
—Me consta, te digo. Pero también ha sido tu culpa. A mi amiga Julia le gustabas mucho, no dejaba de preguntar por ti. Y tú ni cuenta te dabas.
—Exacto, no era mi intención. Si mi asombro fuera el mismo, mi entusiasmo por verla hubiera seguido.
—Yo digo que eres un distraído, o un idiota.
—También lo he considerado. No me gustaría que fuera eso, pero es posible. Yo, el idiota, lidiando con cosas sin sentido.
—Fernando.
—¿Qué?
—¿Te vas a terminar esa pizza?
—Sí.
Romina lo miró con cara de cólera y con tristeza al ver cómo Fernando se terminaba la última tajada de pizza.
—¿Y qué sabes de Mario? —preguntó Fernando, limpiándose con una servilleta.
—Ay, ya no me hables de ese tipo.
—Me caía muy bien, más que los otros chicos que me presentaste.
—Sí, pero era un pendejo.
—Lástima.
—Ay, no me hagas reír porque tú también lo eres.
—Pruebas.
Romina levantó el dedo señalándolo y se quedó callada.
—¿Lo ves? —se defendió Fernando.
—Bueno, te gusta ilusionar a las chicas que te presento.
—Claro que no. Solo soy amable y ellas también lo son. No digo nada fuera de lugar.
—Eso no quita que no seas coqueto. 
—Yo no me siento coqueto. Tú eres la coqueta. Siempre que conozco a alguien quieres que te lo presente.
—Si es guapo, sí.
Fernando dio una risotada.
—¿Adónde iremos a parar? —dijo, riendo.
—No lo sé, pero siempre y cuidando no salgas con chicas como Elisabeth, que detestaba que te veas conmigo, todo estará bien.
—Es cierto, era un poco celosa.
—¿Un poco? Por favor, papito, si no dejaba de stalkearme. Un día se le escapó un like en una foto de mi Instagram de hace años, qué roche.
—Es que tenemos muchas fotos juntos, pues.
—Lo sé, pero era una desconfiada total. Cuando salíamos juntos me miraba con una cara.
—Ya olvídalo. Yo tampoco lo soporté y por eso terminamos.
—Gracias.
—De nada.
El celular de Romina empezó a sonar. Era Silvana. Habló un rato con ella y colgó.
—¿Quién era? —preguntó Fernando.
—Silvana, me preguntó en dónde estaba. Acaba de llegar a Rachanga, pensó que nos vería allí. Olvidé decirle que nos fuimos.
—¿Y ahora?
—Nada, no pienso volver. Qué flojera. Además me ha dicho que ha visto a Javier.
—¿El de la barba?
—Ese mismo. Me dijo para vernos la semana pasada y le dije que no, pero insistió tanto que tuve que bloquearlo.
—Los vuelves locos, pues. Bueno, está bien...
—Sí, pero, ¿por qué preguntas? No me digas que quieres ver a Silvana. Ya perdiste tu oportunidad hace tiempo, ah.
Fernando la miró entrecerrando los ojos y dijo: «Solo pregunto».
—Es broma, me dijo que quería verte —respondió Romina riendo.
—¿En serio?
—Sí. Está soltera y no está saliendo con nadie.
Fernando recordó a Silvana. Un amiga de ambos de la universidad. Hubo un tiempo que se hablaba mucho con ella pero luego él estuvo con Elisabeth y Silvana con Roberto, un estudiante de arquitectura.
—Le voy a escribir —dijo Fernando.
—Nunca es tarde —respondió Romina.
—A veces sí —acotó Fernando, abriendo otra lata de cerveza moviéndola de lado a lado haciendo rodar la espuma por el borde de la lata. Romina hizo lo mismo y brindaron por el simple hecho de estar allí, de seguir allí.

jueves, 8 de noviembre de 2018

La Herradura

Bajamos sin prisa del auto y el mar, frente a nosotros, rompía sus olas negras por la noche y el invierno. Habíamos llegado a la Herradura para celebrar el cumpleaños de Elena, una amiga de la universidad, y también por haber terminado los exámenes de fin de ciclo. 
Después de pagar el taxi, Ramiro y Roberto se fueron a comprar unos cigarros y Mariano se quedó conmigo esperando la llegada de las chicas. Llamé a Celeste para saber a qué hora venían. Me dijo que en veinte minutos estarían aquí. Ramiro y Roberto regresaron y nos ofrecieron unos puchos. Fumamos, nos ajustamos el cuello por el frío y decidimos avanzar para comprar unas cervezas. Cruzamos la pista y entramos a un bar, subimos una escalera y en la azotea se escuchaba la música y la bulla de la gente. Buscamos un lugar cerca al balcón, juntamos el dinero y compramos una caja. La música se escuchaba fuerte, habían parlantes en cada esquina y el lugar era amplio. 
Mariano miraba con atención a las chicas que llegaban, pues entre ellas estaba seguro que vería a su exnovia, que no tenían menos de un mes de haber puesto fin a su relación. Me hizo un gesto y me acerqué a él: «Me avisas si ves a Cristina», me dijo. Asentí con la cabeza y cogí el vaso de cerveza. Intenté buscarla con la mirada pero solo vi a otras amigas. Fui a saludarlas, hablamos un rato y regresé con los chicos. Revisé mi celular y tenía llamadas perdidas de Celeste, y en uno de sus mensajes decía que ya había llegado, y cuando la llamé, la vi entrar con sus amigas. Caminé hasta la entrada y nos saludamos. Celeste era una de mis mejores amigas y de Elena, la cumpleañera, por lo que no podía faltar. Hablamos sobre el lugar, sobre quienes vendrían y sobre Raúl, su nuevo pretendiente. Raúl no me caía mal, pero tampoco me agradaba mucho. Era un tipo normal, sin gracia, pero dentro de todo amable. Celeste no lo veía así, por ello había aceptado salir con él un par de veces, y esperaba verlo hoy. Le di un beso en la frente y le dije que me avisara cualquier cosa, que estaría con los chicos, y me fui. 
Cuando me propuse regresar al balcón, advertí el tumulto, que unos minutos antes no había. Caminé entre la gente para atravesar la enorme sala. Mientras intentaba salir de allí, me encontré con Cristina, quien me saludó amistosamente y me presentó a su amiga Fernanda. Delgada, de rostro limpio y de unos ojos claros. Fernanda era linda. Me miró unos segundos y yo hice lo mismo. Cristina me dijo algunas cosas y un momento después me jaló del brazo: «¿Mariano está aquí?», me preguntó. «Sí, vine con él y los chicos. ¿Por qué?», dije. Cristina empezó a buscarlo y a mirar a los lados, cautelosa. Se acercó y me dijo que había venido con un chico, un amigo, un saliente. La miré sorprendido y empecé a buscar a alguien con la mirada, primero al chico en cuestión, después a Mariano y luego a Fernanda, quien me miraba de lejos. «¿Pasa algo?», me preguntó Cristina, jalándome el brazo. «Tu amigo terminó conmigo, por si no lo sabías», añadió. Yo no lo sabía, por alguna razón Mariano nunca me lo comentó. «No pasa nada», dije, de pronto. «Pero sería mejor que evites que te vea», añadí. «No tengo por qué hacerlo, Miguel», me respondió, frunciendo el ceño y colocando ambas manos en sus caderas. «Está bien, no te preocupes, solo decía», respondí, sereno, para evitar algún malentendido. Cristina se fue y me miró como queriendo que se lo dijera. La miré confundido y seguí por la sala hasta llegar al balcón.
—¿Dónde estabas? —me preguntó Mariano.
—Fui a ver a Celeste. Ya llegó.
—¿Viste por ahí a Cristina?
—Sí.
—¿Y estaba con alguien?
—Sí, con su amiga Fernanda.
—¿Fernanda, una bonita?
—Sí, era muy bonita.
Decidí no decirle lo que me había dicho Cristina. Al parecer, Mariano sabía que había cometido un error al terminar con ella y se hubiera puesto mal si se enteraba. Tal vez luego los vería juntos, pero ya no sería mi problema y habría evitado malograrle la noche que apenas comenzaba. Le dije que me pasara la cerveza y me serví un vaso lleno. Me encontraba con mucha sed. Ramiro y Roberto estaban con unas amigas conversando, fumando y tomando. Las reconocí de lejos: Liliana y Carla. Fui a saludarlas y a brindar con ellos. Regresé donde Mariano y me dijo que quería dar una vuelta. No era difícil adivinar que aquella vuelta era para buscar a Cristina y hablarle, así que lo acompañé para evitar que la vea. Hice que me siga por otro camino y llegamos al bar. Le dije que mejor saliéramos a comprar un cigarro, como para hacer hora, pero de pronto apareció Celeste con Raúl. Lo saludé con fuerza para molestar a Celeste y luego ambos saludaron a Mariano.
—¿Qué tal la están pasando? —nos preguntó.
—Bien —dijo Mariano.
—Solo que aún no vemos a Elena y queremos saludarla —intervine.
—Está por allá —señaló Celeste una sección de la sala que no había visto.
—Bien, ahora voy —dije, codeando a Mariano para que me acompañe.
—Estaré con las chicas por las mesas —me dijo Celeste, y se fue con Raúl.
Fuimos hacia donde nos había señalado Celeste y vimos a Elena. Estaba bebiendo tragos cortos con sus amigas y bailando. Me acerqué con Mariano y empecé a bailarle a Elena hasta que me vio. Volteó y me abrazo. Sonreí y le dije: «Feliz cumpleaños, amiga». «Gracias, Micky. Toma, bebe», y me alcanzó un shot de pisco. Luego hizo lo mismo con Mariano. Siguió bailando y nos fuimos de regreso con los chicos. Mariano seguía distraído, ni el pisco lo había despertado de ese estado. No prestaba atención a nada de lo que pasaba, él solo buscaba a Cristina. Llegamos donde los chicos a abrir otra botella, a tomar, a escuchar la música, a relajarnos y celebrar el fin de exámenes finales.
La playa se veía vasta desde donde nos encontrábamos. Las olas no habían dejado de romper en la orilla haciendo sonar las piedras y mojando a veces el muro que las dividía de la calle y la pista. Abajo se encontraban algunos autos, pero la neblina limeña los hacía ver fantasmagóricos, así como a los que pasaban por ahí. Volteé a ver a Mariano, ahora lo notaba preocupado. Al parecer necesitaba hablar con Cristina más de lo que yo pensaba, pero no quería imaginar lo que sucedería si la veía acompañada. Me dije a mí mismo que no era mi problema y me tomé otro vaso de cerveza.
En eso pensé en Fernanda, la amiga. La busqué con la mirada, por donde me había encontrado con Cristina. Repare en que si decidía buscarla, Mariano me seguiría y por lo tanto el encuentro con su exnovia sería inevitable. Tuve que idear una manera de lograr lo primero sin provocar lo segundo. Le dije a Mariano que iría a comprar más cerveza, pero inmediatamente me dijo que aún quedaban botellas en la caja. Fui ingenuo, pero creí que no me diría nada porque cuando se trataba de comprar más trago, no ponía objeciones. Mientras pensaba en algo más, llegó Celeste con Raúl y dos de sus amigas: las inseparables Sandra y Camila. Nos saludamos.
—¿Qué le pasa a Mariano? —me preguntó Celeste en un momento que estuvimos a solas.
—Cristina ha venido y está acompañada —dije, de manera rápida.
—¿Cómo? Pero si hace poco terminaron.
—Él le terminó. No sé por qué, pero está arrepentido. Me parece que Cristina lo ha hecho para molestarlo, aunque no podría asegurarlo. No le vayas a decir nada, por favor.
—Está bien, no te preocupes. Espera, ahí viene.
Mariano se acercó y nos ofreció otra botella de cerveza. «Salud», dijimos los tres. Raúl llegó con una jarra de ron y nos las ofreció. Le dijimos que después, mostrándole la cerveza.
—¿Todo bien? —preguntó Mariano.
—Sí, ¿y tú? Te veo apagado —respondió Celeste.
—Más o menos. Necesito hablar con Cristina, ¿la has visto? —consultó Mariano.
Celeste me miró y llamó a Raúl. Volvió a Mariano y le dijo:
—No, no sabía que había venido.
—Miguel la vio hace rato con una amiga.
Celeste me miró y yo asentí.
—Sí, pero tal vez ya se fue —sugerí—. Un momento, ya vuelvo —dije, aprovechando la ocasión para buscar a Fernanda.
Caminé entre ellos, brindé con Ramiro y Roberto. Liliana y Carla me empezaron a bailar, les seguí el baile hasta poder salir de la rotonda y me fui.
Me apoyé en la barra al otro lado de la sala y empecé a buscar a Cristina y a Fernanda. Compré una cerveza personal y me acerqué para ver mejor. La vi bailando con sus amigas, y Cristina, efectivamente, se encontraba con un sujeto que no había visto antes. Un momento después el chico se fue con unos amigos y ellas se quedaron bailando en la mitad de la sala. Caminé por ahí como quien intenta llegar al otro lado y pasé al lado de ellas, confiando en mi suerte, que nunca había sido mucha, pero creía en el simbolismo del lugar en el que estábamos. Entonces, Fernanda se percató de mí y le dijo algo a Cristina. «Miguel, Miguel», me empezó a llamar. «Ven, ven», me dijo Cristina. «Baila con mi amiga», sugirió y yo miré a Fernanda y ella me miró sonriendo. La saqué a bailar. Volví a ver a Cristina y me miró con una risa traviesa. Cristina era esbelta, tenía el cabello largo y unos gestos muy traviesos. «Tal vez Mariano no confiaba en ella», pensé. Fernanda me preguntó si yo bailaba salsa. Le dije que haría mi mejor esfuerzo. La sostuve de las manos y ella empezó a moverse de un lado a otro y con una energía que dejaba en ridículo a la mía. Le di una vuelta y se acercó a mí. Nuestras mejillas se rozaron y nuestras miradas se quedaron fijas. Mi mano cogía su espalda y dábamos otra vuelta. Ella pegaba su cuerpo al mío y nos mirábamos en cada giro. La música cambió y nos paramos a un lado. 
—Bailas bien —me dijo.
—Solo intenté seguirte el ritmo —respondí.
Cristina nos había visto bailar y ahora ella bailaba con el chico que la acompañaba. Fernanda y yo nos quedamos viéndolos mientras conversábamos.
—Cristina me contó que estaba con tu amigo —comentó Fernanda, de pronto. Y yo recordé a Mariano.
—Sí, estuvieron hasta hace poco —dije, mirando a ambos lados, buscándolo. 
—¿Él está aquí? —me preguntó.
—Sí, vino conmigo —respondí.
—Uy, qué complicada situación —agregó.
Pensé lo mismo. Ahora no sabía qué hacer. Ya estaba con Fernanda, pero tenía que volver donde Mariano porque sino él vendría a buscarme y me vería con Fernanda y a Cristina con el chico nuevo, y nada bueno podría salir de eso.
—Espérame un momento —le dije a Fernanda, cogiéndola de las manos—. Ya vuelvo.
Fui enseguida donde los chicos y seguían allí. Habían comprado otra caja de cerveza y se veían entretenidos. Me acerqué a Celeste y le conté lo que pasaba. Le dije que distrajera a Mariano mientras yo me quedaba con Fernanda. Celeste me miró molesta, pero luego entendió. Me dijo que sus amigas Sandra y Camila querían bailar con Mariano pero parece que con él no era la cosa. «Está muy distraído con lo de Cristina», me dijo. En ese momento me sentí un mal amigo, pero lo único que quería era evitar algún pleito y, claro, pasar más tiempo con Fernanda. Celeste me dijo que haría todo lo posible y me fui sin que Mariano se diera cuenta.
Vi la hora en mi celular y daban las dos de la madrugada. Aún quedaba mucho tiempo, pensé, y volví donde Fernanda. Se encontraba tomando con dos amigas mientras Cristina seguía bailando con el chico. Pero me vio volver y miró a Fernanda. Ella rió e inmediatamente la saqué a bailar. 
—¿Adónde fuiste? —me preguntó.
—Donde mis amigos, se están divirtiendo sin mí —dije.
—Entonces no te vayas —me dijo, y ambos sonreímos. Dimos unas vueltas y nos juntamos más. Fernanda se miraba con Cristina y sonreían.
—¿Hasta qué hora te quedas? —le pregunté un momento después.
—Un par de horas más. Yo vivo cerca —me dijo.
Fue cuando vi que Mariano pasó al frente de nosotros pero sin darse cuenta, ni de mí y mucho menos de Cristina. De todas formas intenté esconderme con el baile hasta que se fue. Fernanda me miraba cada vez más cerca y yo hacía lo mismo. Bailamos un par de canciones más y yo ya no quería irme a otro lado. Cuando de pronto escuché botellas y vasos caer de una mesa y romperse en el suelo. Fernanda me volteó y gritó: «¡Se están peleando!».
Fui corriendo mientras pensaba: «No, no, no, que no sea Mariano». Y cuando llegué, vi que Mariano había golpeado en el rostro al acompañante de Cristina y este había caído encima de unas de las mesas haciendo caer todo a su paso. Ramiro y Roberto lograron controlarlo para cuando yo había llegado. Cristina empezó a gritarle todo tipo de adjetivos, desde “maricón”, “cobarde”, “imbécil”, entre otras cosas.
Me acerqué a Mariano y le pregunté que qué había hecho. Y me soltó el brazo, con fuerza. «Tú sabías que Cristina había venido con ese huevón», y lo señaló. «Te hiciste el cojudo, nomás», añadió, molesto. «De qué estás hablando», dije, sintiéndome un hipócrita. Celeste me agarró del brazo y me dijo que Mariano estaba borracho, pero que me había visto bailando con Fernanda junto a Cristina y el otro sujeto. En ese momento supe que la había cagado. Los de seguridad invitaron a Mariano a retirarse, y Ramiro y Roberto lo acompañaron a salir.
Cristina me miró molesta. Fernanda no entendía lo que había pasado. Le expliqué todo en cuestión de segundos. Me acerqué a Cristina y solo atiné en decirle: «Yo te lo advertí, solo quería evitar que algo así pasara». Cristina seguía molesta, pero me dio la razón. «Debí ser más precavida», se dijo mientras miraba el golpe que su nuevo chico había recibido. El sujeto era un idiota, ni siquiera se defendió del golpe de Mariano. Cristina le dijo a Fernanda que se iría con él. Fernanda me cogió de la mano y le dijo que se quedaría. Cristina me miró y quiso decir algo, pero solo me señaló con el dedo y se fue con su acompañante. Fernanda me miró y me dijo que no quería que me quedara solo. 
—Tus amigos te dejaron.
—Sí, luego hablaré con Mariano.
—Estaba muy molesto.
—Él es así, sobre todo cuando se pone borracho.
La gente empezó a retornar a sus lugares y a volver a bailar y a beber. Me acerqué al bar con Fernanda y nos tomamos unas cervezas. Ella me sujetaba de la mano y yo la miraba. En un cambio de canción, sus labios se acercaron a mi boca y nos besamos por un buen rato. Bailamos un par de canciones más mientras nos besábamos. Al ver la hora, cuatro y media, salimos de allí y caminamos por las veredas de la Herradura. El viento corría fuerte y estuvimos abrazados. Fuimos a esperar el taxi. Mientras esperábamos que llegue, ella se puso a responder algunos mensajes de su celular y yo hice lo mismo. Ramiro me dijo que ya habían dejado a Mariano en su casa y que pensaban seguirla. Le dije que no se preocuparan por mí, que ya me iba. Celeste me escribió diciendo que ya se había ido, que me vio muy cariñoso con Fernanda y por eso no se despidió. Le dije que ya iría a visitarla para conversar. 
La cabeza me dolía a mares, había tomado más de la cuenta pero estaba consciente de lo que sucedía. Fernanda no dejaba de abrazarme y besarme. Se veía hermosa bajo los faros en plena madrugada. Llegó el Uber que habíamos pedido y subimos. Los bares y las calles empezaron a perderse con la gente. La playa y la neblina desaparecieron y llegamos a un condominio. «Aquí es», dijo Fernanda, y bajamos del taxi. Entramos a su sala y nos acostamos en el mueble. Sus labios besaban mi cuello y mis manos buscaban más de ella. En silencio pensaba en todo lo que había pasado y estaba por pasar. Y fue inevitable no sentir un sentimiento de culpa por lo que había hecho. «¿Qué clase de amigo era yo?», me preguntaba mientras me desprendía de mis prendas y Fernanda me miraba y me besaba. Entonces, sintiendo a Fernanda tan cerca de mí, la noche dejó de ser noche y cada vez dejó de ser fría.

martes, 16 de octubre de 2018

Destierro

Era cuestión de tiempo. Todo lo que habías construido terminaría por destruirse. Fue inevitable. El diálogo acabó. «Ya no importa», piensas, mientras caminas con las manos en los bolsillos por la transitada alameda. La ciudad, en este momento, es solo un excusa. Los edificios, los autos, la gente que sube y baja de los colectivos, que pasea por las veredas, que se besa en las bancas, que saluda desde los balcones, nada. Todo era parte de una parodia de la urbe que hay detrás. ¡Te han desterrado! La calles te estorban. El viento te absorbe. Te parece absurdo pensar en la vida que ya no está, que ya se fue. Sin embargo, no la has vuelto a ver por más que pensabas en ella. Te hace daño hablar, pensar en hablarle. Pensar que sigue aquí. Cambias de nombre y de apariencia para lograr tu cometido, pero eso no altera el hecho de que te han desterrado. Todos te desconocen. Tú también los repudias, sordos, ciegos, ingenuos. «Era cuestión de tiempo», piensas. Lo sabías. Siempre lo supiste y caíste parado. Nunca tuviste miedo de decir lo que pensabas, de hacer lo que pensabas. Ella ha trascendido en la existencia, recuérdalo. Pero tú sigues vivo, en una especie de muerte camuflada, mas no para ellos. 
Los hombres se cansan, se mueren, se descomponen. No hacen falta, no son tan especiales. Dicen, hacen cosas por miedo a la fatalidad. Piensas en irte. Lo has intentado. Te dolió, ¿cierto? No es preciso que me lo digas, ya no pienses en eso. Vamos, levántate, no llores. El sol espera, la noche no. En la vereda, el señor de barba coge sus cosas y cambia de esquina, coloca un cartón y se sienta. Saca una lata y pide monedas. Le das lo que tienes y caminas. Te preguntas qué hizo él para merecerlo. Lo sabes pero no lo dices, no quieres exponer la cruda verdad. Te controlas, doblas en la siguiente esquina. ¡Te han desterrado! Te abandonaste, te entregaste a la nada y empezaste a buscar la vida en la muerte. 
Juventud te conquisto, te dio sus mejores años. Supiste amarla, emocionarla, pero te venció, te consumió y no quisiste saber más de ella. Y ahora solo aparece cuando te miras a los ojos. Era encantadora y tenía mucha energía, quería hacer de ti el rey del mundo. Y lo hizo. Pero ese mundo colapsó. De pronto, un infante te ofrece un dulce. Lo miras con miedo. Ves en sus ojos la verdad. Le das unas monedas y sigues tu camino. Tu cuerpo se ha entumecido, no eres el mismo de ayer y tampoco serás el mismo mañana. No concibes el presente y temes cuando ves que el tiempo pasa. Tu miedo es extinguirte, evaporarte, morirte. Caer en la desgracia de ser pensado, extrañado, querido. De provocar nostalgia, de ser un recuerdo. No es el caso. No es él, no eres tú, no es ella. Es. Y te duele en lugares que desconoces. 
Una humareda oscurece la avenida, los cláxones retumban en tu cabeza y los moribundos que lustran las botas en la esquina de la calle se rehúsan a hacerlo a hombres como tú. Los quioscos cierran sus puertas, guardan sus noticias, sus tragedias, su pan y su agua. Perros crueles le roban la comida a los locos, los locos se hacen pasar por locos. La gente se hace pasar por gente. Tú te haces pasar por ellos. Quieres pasar desapercibido, quieres volver. Volver con aplausos entre el vitoreo de multitudes, con los ojos llorosos de ella viéndote y gritando tu nombre, saludándote a lo lejos y tú reconociéndola e ir corriendo y abrazarla para decirle que has vuelto por ella, que te han perdonado, que ya no eres el infame sujeto que fue desterrado de aquí. Quieres pensar que suceda eso y quieres que suceda sin que nadie lo sepa, excepto ella. Ella debe saberlo todo. Ellos tienen la culpa. Te inmortalizaron, te hicieron creer que lo merecías. 
El semáforo cambia a verde, cruzas la pista, miras la plaza, subes las escaleras, caminas por la fuente, bajas las escaleras, entras por un callejón, miras la hora, tiras un folleto a la basura. Fallas. Un viejo te mira con odio, pero no dice nada. «Ya es hora», piensas. Nadie te sigue, nadie te mira. Inténtalo. La búsqueda. El sepulcro de la vida. Te enfureces y cambias de rumbo. El tiempo es inaudito a tu causa. Nada te complace, nada te convence. Recuerda lo que dijo madre: «No todos son como piensas, no todos son como tu padre». Sus palabras eran fruto de una serie de hechos confirmados por los ojos que heredé de ella. En ellos la vi sangrar. Vi cómo dejaba este mundo. Vi cómo se sacrificaba por mí. El destierro había sido heredado por él, por mí, por ella.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El sujeto

Escribir duele, y el dolor, a veces, causa placer. Pensarla también duele, pero el placer de escribir sobre ella alivia, de alguna forma, esa sensación. Sin embargo, antes de seguir con este relato de sospechosa contradicción, debo aclarar que no soy yo quien intenta escribir. Lo suelo llamar, por tratar de darle forma, 'El sujeto', y se manifiesta como una voz o una presencia. Desde hace varios años, mediante pensamientos e ideas, me usa para sus fines, hasta llegar, en ocasiones, a suplantarme sin que yo lo advierta. 
Empezó a susurrarme frases los últimos años del colegio, que yo escribía en hojas sueltas para después romperlas en un arrebato sumamente inmaduro, propio de un adolescente susceptible como yo. Pero años después, ya en la universidad, empezó a formular oraciones e ideas más elaboradas, como por ejemplo: «Sus modos son creíbles para el personaje, no finge, es. Ella es quien buscas», «Es conveniente saber sus manías, sus miedos, sus motivaciones. Sé su amigo, su compañero». Ya por ese entonces, y debido a ello, había empezado a crear ficciones. Al comienzo no hacía caso creyendo que eran solo ideas, alucinaciones, delirios de escribidor. Pero luego empezó a intervenir con más frecuencia y de manera egocéntrica e imprudente: «No es apta para la historia: es trivial, vacía», «Bella, elegante, pero frívola». Me susurraba frases así de vez en cuando y me causaba asombro y miedo. Con el tiempo supe que era una presencia que no podía evitar, y por ello, un día, decidí hacerle frente: «No puedes usar a la gente a tu conveniencia. No son cosas, ¡sienten!», dije o me dije, para mis adentros, pero aún no estaba seguro si podía escucharme como yo a él. Ahora, cuando aparece, con una voz que reconozco desde antes de que llegue, vivo, trato de obviar esa discusión con ese sujeto y vivo. O creo vivir. Pero se manifiesta cuando menos me lo espero: «Mírala, acércate, involúcrate, crea una situación», y se calla. Me hallo en la escena y ya no sé qué hacer para no sentirme controlado. Por creer que tengo libre albedrío, hago caso omiso y sigo de frente, evitando algún tipo de contacto. Pero no es nada fácil. 
Ahora sucede a diario. Estoy con un grupo de amigos. Conversamos, reímos, estamos tomando unos tragos y aparece de nuevo susurrándome al oído: «No hables, solo obsérvalos. Mira su comportamiento, piensa en lo que piensan y crea la historia. Ya tienes la imagen, solo escríbela», y vuelve a callar. Sacudo la cabeza, hago como si nada hubiera pasado y sigo viviendo. Estoy besando a una chica que acabo de conocer en una fiesta y él ya está allí: «Suéltala, dile algo, intenta confundirla y sigue besándola, tal vez mañana ya no sepas de ella, despídete», y el sujeto vuelve a desaparecer. Y exactamente eso pasó, pero no fui consciente de ello. Él intervino y actuó por mí, o no sé si yo lo dejé. «Lo de ayer fue absurdo, una escena burda, sin más implicaciones que los bajos instintos. No tiene nada de extraño, no lo escribas», sugirió al día siguiente, y mis dedos automáticamente cambiaron de tema, dejaron de lado aquella experiencia inútil y pensé —¿o él?— en la escena del otro día. Caminaba por la avenida Tomás Marsano para tomar un taxi. Cuando llegué al paradero de la estación Jorge Chávez, un auto, en la esquina en la que yo estaba parado, cruzó pisando la acera y se estrelló en la casa de al frente. «Pudiste haber muerto», dijo el sujeto de pronto. Yo miraba la escena sin creer lo que veía. «Pero estás vivo viendo el auto destrozado, corres hacia él, estás ayudando al hombre a salir del auto con alguien más que vio el accidente, el hombre está ebrio, casi te atropella pero lo estás ayudando, y no lo haces por solidaridad, sino por querer tener algo para escribir, cambiando algunas cosas y hacer que la historia quede como hubieras querido que suceda», no dejaba de hablar. Solté al hombre cuando lo vi a los ojos, un odio entró en mí y me fui, mientras una muchedumbre venía corriendo para socorrerlo. No miraba a nadie, solo escuchaba la voz del sujeto dándome órdenes, diciendo lo que tenía que hacer para luego escribirlo. Él tomaba las decisiones, yo solo actuaba. Allí mismo tomé un taxi y fui donde Camila. Al llegar, le conté lo sucedido con el sujeto en la escena del accidente. No me creyó. Sacó unas cervezas y tomamos un poco. «Voces por aquí, voces por allá; solo necesitas relajarte, cariño, ven», me dijo. Me eché en su mueble y apoyé mi cabeza sobre sus piernas. Camila jugaba con mis cabellos, me acariciaba y me daba besos. Y en ese preciso instante, después de mucho tiempo, ella apareció. La vi a través de la mampara mirando por el balcón. Me levanté enseguida. «¿Te pasa algo?», preguntó Camila. «No, estoy bien», balbuceé y volví a sentarme. «Iré donde mi madre en un rato, ¿te jalo en el auto?», me dijo, un rato después. «¿Fabrizzio? ¿Fabrizzio me escuchas?», repitió despertándome del trance. «Sí, no. No te preocupes, iré donde Enrique», respondí. Al salir del departamento de Camila, llamé a Enrique para ir a buscarlo. Cuando le conté lo sucedido, creyó que lo estaba «hueveando». «Puta, hermano, ahora no puedo, saldré con Jimena», me respondió cuando le dije para ir a buscarlo. «Dale, no te preocupes, estamos hablando», respondí y colgué. «Y así se hace llamar mi amigo», me dijo, ofuscado. Caminé de madrugada por la Avenida Joaquín de la Madrid discutiendo con el sujeto que apareció de nuevo: «Busca a Bianca», sugería. Esta vez no quería que me diera órdenes, intenté rebelarme contra él: «¡No lo haré! Ella está bien sin mí», grité. «No es ella, pero te ayudaba mucho verla», seguía. «¡Basta!», grité de nuevo, apretando mi cabeza con ambas manos para evitar escucharlo, aunque no servía de nada. Nadie oyó mi grito, la calle estaba oscura, desierta, pocos autos pasaban por la avenida a esas horas. Y pensé de nuevo en ella. Un dolor empezó a recorrer mi cuerpo, una sensación casi sanguínea entorpeció mis pasos. Me costaba caminar. «Estoy vivo», pensé, para calmarme. Ella aparecía y desaparecía a su antojo, como el sujeto. «Escribe lo que te pasa», sugirió de nuevo. No le hice caso. Miraba con atención a cualquier lado, quería gritar. Me detuve en un pasaje y en cuestión de segundos todo volvió a la normalidad. 
Al cabo de un rato revisé mi celular, un Whatsapp de David decía: «¿Dónde estás? Tengo una reu, vamos». Vi la hora: 1:30. Necesitaba un respiro. «Estoy cerca, vamos», respondí. Tomé un taxi y llegué a su casa. «¿De quién es la reu?», pregunté después de saludarlo. «De unas amigas, te van a caer bien», respondió. Al llegar, una casona con un minibar en el sótano nos acogió. «Estoy vivo», pensé de nuevo. Y el sujeto, al presenciar el lugar y la situación, apareció. Empezó a susurrarme cosas: «Mira». Yo miraba, a la vez que intentaba no hacerle caso. Me senté con David después de saludar a sus amigas. «Sírvete», me dijo una de las chicas. Me serví un trago. Tomé. Algunas de ellas cantaban una canción de José José que aparecía en el proyector. «Acércate a esa chica, no ha dejado de mirarte», comentó el sujeto. Me paré y salí de la sala. «¡No!», grité en el espejo del baño cuando me lo repitió un rato después. «Háblale, dile lo que te pasa», insistió. Regresé, brinde, canté, bailé. «Tú no eres de aquí», me dijo la mujer. «Me di cuenta cuando te vi entrar», añadió. «Es mayor que tú, déjala que hable», sugirió de nuevo el sujeto. Moví la cabeza de nuevo haciéndolo desaparecer y escuché a la mujer con atención: el pasado humilde, el esfuerzo, el dinero, la posición social, la política, la corrupción, el Perú, la gente de mierda. «Se acerca cada vez más, se siente cómoda, tú también», me susurraba el sujeto y yo bebía un trago tras otro. «Te está acariciando la pierna», pienso y él me lo dice a su vez. «¿Vamos por más trago?», sugirió la mujer un rato después. «Ve», susurró él. «La botella de Whisky ya se acabó y ella te acerca la suya, te quiere convencer», siguió. «Déjate convencer», repitió. La mujer empezó a besarte, te mordía, te empujaba hacia la pared, te soltaba, tú veías a David en el mueble de al frente besando a su amiga, mucho mayor que él, sin duda y te reías. No sabías cuántas horas habían pasado. «¿Son las cuatro o cinco de la madrugada?», pensaste y no sabías qué hacías allí. Pero ¿es él el que narra o soy yo? Ya no lo sabes, él te ordena, tú actúas y viceversa. Aparece, te sugiere cosas que no harías pero sabe que un empujón basta para meterte en situaciones que quisieras no haber vivido. «Estoy vivo», pienso nuevamente. Y el rostro de ella aparece de nuevo. Te mira, te llora, te besa. Duele un poco. Sigue doliendo. «Te sientes solo, estás solo», susurra, casi burlándose de tu desgracia. «Escribe», me sugiere el sujeto. «Vuélvela eterna, no hay peor condena que la inmortalidad», añade en un arranque de serenidad y sensatez que ya no recordaba en él. Regresé a la sala, cogí mi casaca y salí del sótano. «¿Y David?», me pregunté —¿o a él?— desconcertado. «Él está bien, vete», seguía dándome órdenes. «¿Y qué le digo a la mujer?», lo interrogué. «No tienes por qué decirle algo», añadió. Subí las escaleras, abrí la puerta, caminé hasta la avenida y paré un taxi. «10 soles», me dijo el taxista. «Vamos», respondí, entré al auto y cerré los ojos. «Tienes la historia», susurró. Golpeé la puerta del auto con cólera, el taxista me miró frunciendo el ceño pero no dijo nada. El rostro de ella apareció de nuevo, besándote. Abriste los ojos, ya era de día. Empezaste a toser, miraste al taxista, te disculpaste, viste la calle, estabas cerca. El sujeto ya no decía nada, ya no existía. El sujeto eras tú, era yo.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La promesa

La última vez que la vi vestía una blusa de color azul, falda y tacones, de su brazo colgaba una cartera grande y su definido rostro denotaba el cansancio de una larga jornada de trabajo. Había venido sin avisarme, como siempre solía hacerlo. Sonó el celular poco antes de anochecer y su voz me dijo: «Ábreme la puerta, estoy afuera». La hice pasar y le preparé un café. Se sentó como en su casa y empezó a arreglar las cosas de su cartera. Le llevé la taza y me senté a su lado.
—¿Todo bien? —pregunté, intrigado.
—Sí, solo vine un momento —respondió, sobria, mientras enviaba algunos mensajes desde su celular.
—Entiendo —respondí.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó, volviendo hacia mí y apagando el celular para ponerlo en la mesa de centro.
—Pues, sorprendido —dije.
—Vamos, en serio —dijo—. Me escribiste el otro día, dime —añadió.
—Lo recuerdo —dije, sin mirarla.
—¿Qué ha pasado, cariño? —preguntó, y puso su mano encima de la mía.
Era cierto, la noche del viernes pasado le escribí un mensaje: «¿Estás ocupada? Necesito hablar contigo». Pero no respondió. Supuse que estaba con su novio y no insistí para no incomodarla. Sabía que en algún momento se aparecería, pero no cuándo.
—Olvídalo, ya pasó —respondí.
—Cuéntame, no seas así. No pude responder, ya sabes cómo es Gustavo cuando estoy con él —respondió, excusándose. 
—No hace falta que me lo digas. Mándale mis saludos, por cierto.
—No seas tonto, te odia, sabe que fuiste mi primer amor. Pero ya, ¿me vas a decir lo que te pasa?
La miré de soslayo y recordé, en cuestión de segundos, los años que estuve con ella, el primer beso, la primera vez que hicimos el amor, las alegrías, las tristezas, pero sobre todo, su forma maternal de calmar el caos, de acabar en paz la guerra. Ella sabía escuchar y responder sin rodeos, de manera exacta y breve como quien consulta un diccionario. Sus palabras no eran vacías, estaban llenas de ella, de vitalidad, y parecía que vivía sin dudas y decidida, todo lo contrario a mí, que solía vivir desorientado en el tiempo y en el recuerdo de pérdidas irremediables, con miedos que habían calado en lugares que desconocía pero que ella, como nadie, conocía muy bien. «Estaré siempre contigo», me dijo una noche y yo respondí de la misma manera, abrazándola muy fuerte a causa de una promesa que en ese momento no sabíamos hasta dónde nos llevaría. Los años habían pasado desde entonces y parecía que la habían tratado mejor. Sin embargo, a veces acudía a mí a pesar de todo, con una fragilidad que era impensable en ella. Y del mismo modo yo también acudía a su lado, pues cuando me hundía en lo más hondo, Danae siempre estaba allí, para escucharme, para salvarme. Aunque mi ingratitud y mi pesar por mentir nos llevó a alejarnos un buen tiempo y a dejar de vivir, por cuestión de una noche, lo que sentíamos de adolescentes sin miedo al recuerdo y al amor de un pasado que solo era parte de nosotros. 
—Me escribió Marién. Quiere que deje todo aquí y vaya a vivir con ella a Uruguay —dije, de manera pausada.
—¿Y eso es lo que quieres? —preguntó, dejando la taza de café en la mesa.
—No, no lo sé —balbuceé.
—Ella te quiere, siempre fue linda contigo, Mauricio —recordó.
Vino a mi mente la imagen de Marién en la fiesta de año nuevo. Sus ojos color caramelo, su cabello corto, sus lunares exactos debajo del labio y a la altura de las mejillas. Ella me abrazaba y besaba mientras veíamos el espectáculo de luces en el cielo y nos jurábamos amor sin saber que las cosas muy pronto cambiarían. A inicios de febrero tuvo que partir a Uruguay a estudiar y yo no pude acompañarla. Me encontraba a un año de acabar la carrera de Derecho y el trabajo me absorbía el poco tiempo que tenía. Su padre vivía en Montevideo y por más que intentó no pudo convencerlo de quedarse a estudiar en Lima. Se despidió de mí entre lágrimas en el aeropuerto Jorge Chávez pero decidimos seguir juntos aunque en el fondo sabíamos que ya nada sería lo mismo. Nos tomó cerca de seis meses para que todo se enfriara y ella y yo nos veamos envueltos en nuestras vidas lejos del uno y del otro. No obstante, algunas llamadas por parte de ella me hacían pensarla y extrañarla, e imaginaba lo que hubiera pasado si nunca se hubiera ido. Estuvimos juntos cerca de un año en Lima, año en el cual solo me vi un par de veces con Danae. Ella tenía una relación tóxica con su novio de entonces, el distinguido pero posesivo Ernesto, un estudiante de Medicina, y en sus momentos más amargos, de desdicha y de dolor, aparecía de pronto y perdíamos el miedo a la soledad en alguna habitación de Barranco. 
—Aún pienso en ella, pero no sé si sería lo mismo. Además, irme y dejarlo todo, no es fácil… Y ya no te vería —respondí después de unos segundos.
—No pienses en eso, ambos sabemos que en algún momento pasará.
—¿Y será este el momento?
—No lo sé. ¿Piensas aceptar la propuesta de Marién?
—Me escribió el viernes. No sé, tengo que pensarlo.
—Si te lo ha dicho después de un año, es porque aún te quiere. Ella siempre me pareció linda, a pesar de que me dejaste de lado todo ese tiempo.
—Ya hablamos de eso... Solo quería hacer bien las cosas.
—Y no te culpo. Fue lo mejor. Las veces que nos vimos te notaba raro. ¿La querías mucho, no?
—Sí, no me gustaba mentirle a Marién… Pero sé que no la estabas pasando bien en ese entonces con Ernesto… Lo siento.
—Ya no importa, ya pasó mucho tiempo. Gustavo es totalmente diferente.
Pensé en la noche en que la vi con Gustavo. En ese entonces recién se habían conocido y él la pretendía. Danae me saludó con cortesía cuando pasó por mi lado y me vio con Romina, una chica que había conocido en el trabajo y con la que salía a tomar los viernes por la noche para luego terminar en su departamento de Surco, totalmente ebrios, desnudos y oliendo a marihuana. Gustavo se enteró que yo había estado con Danae tiempo después, cuando ya eran novios y había más confianza entre ellos. Le contó que fuimos enamorados en el colegio, pero jamás le mencionó que seguiríamos viéndonos en la universidad y después de terminar la carrera, hasta hoy, como amantes furtivos de una promesa desnaturalizada por los años y por el apego y el amor libre, racional y discreto. Desde entonces me miraba con desconfianza en las reuniones que teníamos en común Danae y yo, pero ella se encargaba de que no piense en mí besándolo siempre que yo pasaba al lado de ellos.
—Espero que sí. ¿Qué le dijiste hoy? —pregunté, encendiendo un cigarro.
—Que iría donde Brenda. ¿No te conté? Se casa a fines de año, con Rubén.
—Rubén… Nunca me cayó bien ese tipo, en la universidad se la daba de intelectual y no tenía ni idea de lo que hablaba. 
—Ya, Mauricio, olvídalo, Brenda lo quiere y eso es lo importante. Y no me cambies de tema.
—No he cambiado de tema —repuse—. La verdad no sé qué hacer. Sé que necesito irme de aquí, al menos por un tiempo, pero ¿dejarlo todo por ella? 
—Date la oportunidad. ¿Y si la cosas salen bien? No tienes hijos, tus padres viven fuera y se encuentran bien de salud. Tu hermana ya hizo su vida con Miguel. Vives solo, sales con distintas chicas. ¿No crees que necesitas un cambio?
Tenía razón. ¿Qué pasaba conmigo? Me sentía abrumado, insatisfecho, vacío. Me había cansado de todo, de mí, pero no de ella. Danae era paz entre todo el caos que había. Sin embargo, era cierto que había pensado mucho en Marién. Extrañaba sus manías, sus intentos de hacerme molestar cuando lo único que lograba era hacerme reír. Sus celos de niña, sus miedos, sus dramas tan tragicómicos pero ciertos. Sus besos, su cuerpo, su nobleza, su integridad y su lucha constante contra las injusticias. La extrañaba de una manera egoísta. Quería verla pero no estaba seguro de quedarme a su lado. Y aún así me consideraba para seguir compartiendo junto a ella. Si aceptaba su propuesta cambiaría todo. Tengo miedo, es verdad. Miedo a fallarle, a fallarme a mí con respecto a lo que siento por ella. No lo merece. No soy para ella, pero ella es para mí.
—No es tan sencillo.
—Ay, es lo único que dices. ¡Nada en esta vida es fácil, Mauricio! Arriésgate.
—Para ti es fácil decirlo. Te veo entusiasmada con Gustavo. ¿Por eso no me besaste al entrar?
—Eso no tiene nada que ver. 
—Claro que sí. Si me voy, no volvería a verte.
—Pues entonces vete.
—Parece que lo dices en serio.
—Lo digo en serio… He pensado mucho en esto. En algún momento tienen que terminar estos encuentros —dijo, me soltó la mano y se levantó del mueble, sin mirarme. Se acercó a la ventana que daba a la avenida.
—Danae, disculpa. No era mi intención —dije, y me acerqué a ella. La abracé por detrás y cogí su mano.
—No pasa nada —respondió, se volteó y me dio un beso—. Siempre serás mi primer amor, el amor de...
—Mi vida —concluí, y me miró con una sonrisa en el rostro
Nos quedamos en silencio, abrazados. Mi corazón latía, me sentía vulnerable. El pasado sería por primera vez eso y no imaginaba cómo sería. La miré una vez más a los ojos. Ella sollozaba, pero sonreía. ¿Por qué nunca nos decidimos a estar siempre juntos? Me pregunté. Tal vez porque en el fondo no lo queríamos. Vivíamos del recuerdo, de lo bonito que se sentía el amor cuando éramos adolescentes. Nada se comparaba a esa sensación y nos refugiábamos en nosotros por querer seguir sintiéndolo, aún así sea de mentira, a pesar de nuestros nuevos amores, a pesar de nuestro presente, a pesar de nosotros.
—Ve con Marién. Prométeme que irás por ella —dijo, después de besarme, y una lágrima empezó a rodar por su mejilla.
—Lo prometo —dije, con la voz entrecortada pero segura.
—Una promesa se rompe con otra promesa —concluyó.
En la calle, a través de la ventana, se oían los sonidos propios de la noche. Danae se subía a un taxi y nuestras miradas se cruzaban por una última vez.

jueves, 12 de julio de 2018

El final

El final está cerca. Lo presiento. Ayer, mientras esperaba el colectivo en el paradero, un hombre, de unos treinta años aproximadamente —lo intuí por su forma de vestir—, esperó a una mujer que nunca vino, o al menos eso creyó. Lo sé porque, desde que llegó, lo vi esperar por mucho rato. Sin embargo, cuando la mujer llegó, él ya no estaba, se había ido de la impaciencia. La situación me desconcertó. Así como lo que vi la otra tarde. Un perro buscaba comida en la basura, abrió bolsas, hurgó en cajas, pero no halló nada comestible. Avanzó por la acera y se echó al filo, cansado, donde más quemaba el sol. Su hocico pegado al suelo dejaba ver su lengua reseca, negra de suciedad. Es el fin, pensé. Otro hecho reforzó mi idea. Caminaba por la vereda y vi cómo un auto cruzó tan rápido la autopista que levantó un pedazo de grieta. Siempre me había preguntado en qué momento terminaban así las pistas, quebradas, con hoyos enormes. Pero esta vez fui testigo y la destrucción duró solo un par de segundos. Esa escena me persiguió durante toda la semana. Pude haber mirado a otro lado y haberme perdido el momento, pero no. Sigue aquí, metida en mi retina, como un volcán en erupción que acaba con todo. 
El hombre impaciente, el perro moribundo, la creación de la grieta. Son situaciones distintas, pero que juntas pueden significar algo: que el final está cerca. Estoy convencido, y cada día más. Mis zapatos se ensucian más rápido que antes, mi cuerpo suda por cualquier movimiento que hago, mi boca se reseca cuando dejo de hablar, mis ojos se ponen rojos, y sin embargo, me siento sano, sé que no estoy enfermo, porque lo he estado casi toda mi vida y cuando mi cuerpo está enfermo, mi mente, mi alma y el día también. Y en esta ocasión, todo es un caos, ya no hay orden, mi equilibrio, del cual ya no he hablado desde hace mucho, está desbalanceado. 
Propongo una tregua al suceso que está próximo a llegar: el final de los tiempos, los ojos caídos, como el mármol de Grecia. Nadie lo sospecha, parece ser como un secreto íntimo, privado. ¡Pero el final está cerca! Nadie escucha, nadie pregunta, nadie hace nada. Recuerdo un día, en la mañana, que me desperté sin aire. No podía respirar por más que lo intentaba, y el sueño, curiosamente, había sido una combinación de polvo y arena. El polvo no es igual que la arena. Hay polvo de piel muerta, de libros guardados, de objetos vencidos. Esta, sin embargo, era distinta. Volví del sueño como si este me hubiera afectado físicamente. Me miré al espejo, tenía el torso descubierto y sudaba a caudales. Me mojé tomando el agua del caño. El vidrio del espejo tenía una rajadura que deformaba mi rostro. El ahogo se me pasó. Y entonces me vi con detenimiento: mi pecho, flácido, delineaba caminos que ya no se habían fortalecido desde la adolescencia. Mi abdomen, que alguna vez fue liso, vibraba, en la parte inferior, como arenas movedizas. Cerré el caño y volví a la habitación. Pero eso no es lo importante, sino el hecho de que algo había muerto en mí en ese momento, como una extensión de tiempo imprevisto o la premonición de que todo iba a terminar. Se lo comenté a un sujeto, en el colectivo, cuando se sentó a mi lado. «Queda poco tiempo», le susurré. Volteó, se acomodó los lentes, me miró unos segundos y me preguntó: «¿Para qué?». Miré a ambos lados, despacio. «Para el fin», respondí. Cogió su periódico, su maletín y se sentó más adelante. Habrá pensado que estaba loco, no lo sé. Pero cuando bajó, lo hizo un paradero antes, porque siguió caminando lo que quedaba del camino y yo lo seguía con la mirada mientras el semáforo estaba en rojo. Quería que me responda, de nuevo, con otra pregunta, pero solo me miró parco y se fue. Me extraña la gente que no siente curiosidad por las cosas. Además, era una alerta, y se lo decía a un desconocido, debió de ser más considerado, no todos hacen eso. Algo así me pasó en el banco. La señorita que me atendió tenía los ojos pardos. El color de sus ojos no son importantes, pero necesito recordarlos para recordar todo lo demás. Es como un punto de partida que construye la escena. En fin, me preguntó qué necesitaba y le dije que quería hacer un depósito. Cuando le di mi nombre completo, que consta de dos y uno compuesto, más mis apellidos, soltó una sonrisa. «Tiene usted nombre de aristócrata», replicó. La miré con gracia, y le dije que había planes de ponerme uno más, y cuando empezó a digitar algo en la computadora, añadí: «Pero el tiempo se acaba». Dejó de escribir y me miró confundida. «¿Disculpe?», preguntó. «¿Tiene prisa?», añadió enseguida. Le dije que no, que el tiempo en el que estamos sí. Que mañana será hoy pero con menos tiempo de por medio. Que haga lo que tenga que hacer. Y me entregó mis documentos, torpemente, y gritó: «Siguiente», sin mirarme. No era mi intención asustarla, solo quise advertirle. Pero creo que no me sé explicar bien. Y es que no se necesita explicación, solo hay que tener criterio. Pero parece que nadie por aquí lo tiene y yo no puedo hacer todo. Ya es de madrugada, me duelen mis dedos y mis uñas están largas, sucias. Tengo mucha sed, pero mi botella de agua está vacía. También se acabó el tiempo para ella. Ese es un ejemplo claro. Podría mencionar muchos más, pero el final ha llegado.

martes, 12 de junio de 2018

Largenta

«Buenas noches», me dijo un señor amablemente al entrar a un café librería que encontré a unas cuadras del parque Kennedy. Era mayor, vestía un traje gris y una boina a cuadros de los años veinte. Asentí con la cabeza y crucé el portón. Caminé por el salón y me puse a buscar la sección de literatura universal. «Al fondo a la derecha», me indicó una señorita que ordenaba algunos libros al preguntarle. Ubiqué en seguida a Chekhov, Kafka, Dickens, Borges, Dostoyevski, Faulkner, Wilde, Cortázar, Proust; todos los libros se encontraban en distintas y bonitas ediciones, pero también a un precio muy elevado. Seguí revisando, sacando libros, leyendo las sinopsis, preguntando por ciertos títulos y autores. Después de un rato, y con dolor en el alma, salí de allí solo con un libro en la mano: “El Villorio” de William Faulkner. 
Era sábado por la noche y me encontraba en Miraflores, con ganas de leer, pero también con ganas de tomar. Revisé mi celular y le escribí a Pierre, preguntándole qué planes tenía para hoy. Me respondió después de unos minutos diciéndome que justo se encontraría con unos amigos en casa de Rubén, y que, si podía, caiga por allí en un rato. La casa de Rubén quedaba cerca, así que lo llamé para avisarle, después de confirmarle a Pierre, que iba para allá. Se alegró al recibir mi llamada, me dijo que vaya nomás y que me esperaría. No nos veíamos hace mucho tiempo y por ello, antes de ir, fui a comprar unas latas de cerveza para celebrar el reencuentro. Al salir del grifo, caminé unas cuadras hasta la calle Manuel Bonilla. Lo llamé y salió. 
—¡Hermano! ¡Cuánto tiempo! —dijo eufóricamente y nos abrazamos. 
—Andaba por aquí pues, hermano —respondí. 
—Hoy bebemos hasta morir, ah —añadió, haciendo con las manos como si fueran pistolas. 
—Ustedes siempre la hacen y no avisan, ¿no? Malditos —le reclamé. 
—Paras perdido pues, hermano —se excusó—. Pero hoy nos desquitamos. 
Lo empujé y entramos a su sala a esperar a Pierre. Nos sentamos y me contó cómo le había ido después de terminar la universidad, sobre su trabajo y de la chica con la que estaba saliendo. «Ya la vas a conocer, ah, y vendrá con sus amigas», me dijo. «No cambias», le respondí, abriendo las latas. «Salud», me dijo, tomando un sorbo largo y yo hice lo mismo. Al rato tocaron el timbre. Era Pierre con su amigo Matías. Nos saludamos y se sentaron. Empezamos a conversar y a tomarnos las cervezas y el ron que habían traído, para «empilarnos» como decía Pierre. Luego de media hora, llegó Claudia, la saliente de Rubén, con dos de sus amigas, Verónica y Regina. Las chicas, después de saludarnos, preguntaron a dónde iríamos. Cada uno sugirió una discoteca distinta: Gótica, Help, Antiqua, Caos, Aura, Toro, sin saber adónde ir. Pero al final acordamos ir a Noise, en Barranco. Y así fue como mi plan de salir a comprar algunos libros —aunque solo llevé uno, maldita pobreza—, se convirtió en ir a tomar con unos amigos en Miraflores para luego ir a Barranco. 
Después de tomar con las chicas las cervezas y el ron que quedaba, contándonos de dónde nos conocíamos y lo que habíamos hecho en la universidad, dejamos nuestras cosas en casa de Rubén y salimos en dos taxis. En un taxi fue Pierre, Matías y Verónica, y en el otro Rubén, Claudia, Regina y yo. Regina era pequeña, rubia y muy conversadora, no tenía vergüenza al hablar y se notaba, a leguas, sus ganas por llegar a la discoteca a bailar. Por ello, en el taxi, le decía al conductor que suba el volumen de la radio. Y, también, a causa de lo que habíamos tomado, o tal vez porque ella era así, les gritaba a las personas por la ventana, asustándolas, y se mataba de la risa. Verónica, en cambio, era alta, morena y más discreta, pero ya conocía a Pierre y a Matías, y con Rubén pegado a Claudia, me convertía a mí en el único extraño del grupo. 
Al llegar a la discoteca, nos encontramos con una fila de casi tres cuadras. Las chicas se desanimaron, nosotros, en cambio, no nos hacíamos problema, habíamos tomado lo suficiente para divertirnos en donde sea. Sin embargo, la cola empezó a avanzar y decidimos ser pacientes. Mientras la gente de a poco entraba, Rubén se fue con Claudia a comprar cigarros. Pierre molestaba a Verónica preguntándole si conocía a alguien para que nos hiciera entrar sin esperar tanto. «Ni que yo fuera qué», decía Verónica, y Matías y yo nos reíamos de su reacción. Regina se movía con la bulla que se escuchaba adentro, quejándose de las canciones que nos estábamos perdiendo. 
Mientras esperábamos en la cola, vimos que detrás de nosotros había un grupo de chicas cantando, el acento de sus voces era inconfundible: eran argentinas. Se reían eufóricamente, cantaban, movían las manos hacia arriba coreando letras de barras de fútbol y saltaban. Matías y yo, que estábamos más cerca a ellas, no pudimos evitar contagiarnos de su alegría y volteamos y empezamos a hacer lo mismo. «El que no salta, no va al mundial», gritó Matías, para unirnos a su coro, y las argentinas empezaron a saltar con más energía y ya habíamos formado una pequeña barra. «Yo te llevo adentro, de mi corazón, gracias por esa alegría, de salir primeros, de salir campeón», coreábamos junto a ellas. «Nos vamos a Rusia, eh» dijo una de ellas. Y a nosotros, que hace unas semanas habíamos cumplido el sueño de clasificar al mundial, oír eso nos volvió locos. «El que no salta, no va al mundial», volvimos a corear y las argentinas saltaban con nosotros en plena cola, que había vuelto a avanzar despacio, aunque ya ni nos importaba. 
Unas de las argentinas se llamaba Delfina, como nos había dicho al momento de presentarse, y, desde luego, amaba el fútbol, y si hubiera querido, cantaba toda la noche. Renata, la chica que la acompañaba, era muy parecida a ella: colorada, rubia, y no dejaba de cantar junto a Matías otras canciones de River Plate. Delfina, con quien empecé a hablar más, tenía los ojos verdes, el cabello ondulado y todo su brazo estaba lleno de pulseras. 
—Che, nunca vamos a entrar o qué —me preguntó después de un buen rato hablando y esperando. 
—No lo sé, pero la calle es una fiesta y es nuestra —le dije, con una sonrisa. 
—¿Vos sabés dónde venden puchos? —me preguntó. 
—Sí, a la vuelta, si quieres te acompaño —le dije. 
—Renata —dijo, y volvió hacia su amiga—. Iré a comprar puchos —añadió y me jalo del brazo. 
Caminamos por plaza de Barranco, nos acercamos donde una señora y compré una caja. 
—¿Eres de Buenos Aires? —le pregunté, ofreciéndole un pucho. 
—Sí, estaré en Lima por unos días —me dijo, y me echó el humo de su cigarro en mi cara—. ¿No fumas? —me preguntó, cogiéndome la mano, 
—Ya no —dije, dándole la caja de cigarros—. Ahora solo en pipa, como Cortázar —añadí, bromeando, me miró y sonrió. 
«Ah, Cortázar. Prefiero a Borges», dijo ella. Yo pensaba lo mismo, pero no me dejó siquiera responder porque ya estaba al frente de mí dándome un beso en la boca, sin dejarme respirar. «Vamos», me dijo, casi en silencio, después de soltarme, y empezó a sonreír. Tenía las mejillas rojas, ¡coloradas! Regresamos cogidos de la mano. Todo en ese rato fue extraño. Pero lo recuerdo bien. Yo besándola en cada esquina, con su polera en mis manos, intentando quedarme más tiempo con ella. Ella mirándome con esos ojos verdes en plena madrugada, cogiéndome del rostro con sus manos y uñas largas de distintos colores y besándome, de nuevo. «Che, nos deben estar esperando», me decía, riendo. «Eres tú la que no me suelta», le decía. Luego, cerca de llegar, vimos a un sujeto golpeando como loco un quiosco y llorando de borracho. Un chico y una chica trataban de calmarlo. Delfina no me soltaba la mano y me la cogía más fuerte. Cuando llegamos a la fila, vimos que faltaba poco para poder entrar. Matías seguía hablando con Renata y Rubén ya había regresado con Claudia a la cola. Regina, Verónica y Pierre, del aburrimiento, revisaban sus celulares. 
—¿Lo conoces? —le pregunté a Delfina. 
—¿A quién? —me preguntó, confundida. 
—Al chico de la esquina —dije. 
—Ah, es mi exnovio —respondió, despreocupada, y me quedé en silencio unos segundos. 
—Parece que se ha pasado de tragos —respondí. 
—Sí, es un reverendo pelotudo —me dijo. 
No sé si me importó en ese momento que me dijera que fuera su exnovio, pero ella lo tomó a la ligera y yo también, aunque el pobre chico se veía destruido. Tal vez nos vio y en su borrachera se puso así, pero me calmó que se haya desquitado con el quiosco que conmigo. 
Un rato después me acerqué a Rubén, le comenté lo sucedido con Delfina y me dijo que no me preocupe —aunque tampoco lo estaba—, porque ya íbamos a entrar. Y en efecto, la fila empezó a avanzar. Yo estaba cogido de la mano con Delfina en la boletería, cuando de pronto me soltó y me dijo que se tenía que ir. «Renata quiere ir a otro lado», me dijo. Me sorprendió. La miré unos segundos y le dije: «Descuida, no te olvides de tu polera», y se la entregué, sin decirle que se quedara. «Gracias», me dijo. La cogió, pensativa. «Sabés», volvió hacia mí. «Tampoco quiero ver a mi exnovio, está re mamado», añadió y me besó, por última vez, despidiéndose así de mí. 
Lo que pasó después fue un mar de gente dentro de la discoteca. Compramos dos jarras de cervezas y, después de beberlas, nos fuimos de allí. Volvimos a Miraflores, fuimos a la calle de las pizzas, pero todo estaba «en muere», como decía Regina, y entonces terminamos en Loki, bailando y cantando entre todos, como locos, sin pensar en un mañana. Desperté en mi casa —no sé cómo— con mi libro al lado. Le quité el empaque, entusiasmado, y empecé a leerlo.