sábado, 27 de abril de 2019

La búsqueda

—Ella es mi abuela y ese señor debe ser mi abuelo —dijo Carolina mirando con curiosidad a la pareja que salía de una casa a unas cuadras de su colegio.
—No mientas, esa casa es enorme y tú nunca has entrado allí —respondió una de sus compañeras del colegio, riendo y empujándose con otras niñas.
Carolina no respondió y siguió mirando la casa y a la pareja que subía a un auto. Quería verlos bien y reconocer en ellos alguna semejanza con ella.
—Cállate, claro que sí —dijo al fin, mirando a sus compañeras para que no la molestaran.
—Bueno, si tú lo dices —respondió una de ellas y empezó a correr con las demás niñas que cargaban sus mochilas y sus loncheras.
Carolina seguía parada y miraba detenidamente. Los señores ya no se encontraban, pero entonces llegó otra mujer y abrió la puerta. «Ella debe ser mi tía», dijo con entusiasmo para sus amigas, pero cuando volteó, vio que estaba sola.
Dio media vuelta y caminó por la calle imaginando cómo sería esa casa por dentro, quiénes más vivirían allí y si sabrían, de alguna manera, de la existencia de ella. Un día, al pasar por allí, vio a su abuelo reparando su auto y lo saludó para saber si él la conocía y si sabría su nombre. Pero el señor, al verla de lejos, solo le respondió el saludo sin más, y siguió haciendo lo suyo. Eso fue hace mucho, pensaba Carolina, cuando era más pequeña y tal vez por eso no se había dado cuenta de que era su nieta, la hija de Aurelio, su hijo mayor.
—¿Por qué llegas tan tarde, Carolina? Tu comida está servida —dijo su madre al verla entrar.
—Fui a ver a mis abuelos —respondió Carolina.
—¿Cómo dices? —preguntó su madre, sorprendida.
—Los vi de lejos —afirmó ella, y dejó sus cosas en la sala. Su madre se acercó, la abrazó y le dio un beso en la frente.
—Ay, mi amor —dijo su madre.
—¿Por qué no podemos visitarlos, mami? —preguntó Carolina.
—Mi amor, lo siento, no quiero que piensen que queremos algo de ellos. Ya hemos hablado de eso —dijo la madre, lamentando ver a su hija triste.
—Pero yo solo quiero conocer a mis abuelos, a mi tía... Abrazar a mi abuelita.
—Lo sé, mi amor, pero ahora no es el momento. Te prometo que iremos un día ¿está bien? —dijo su madre, consolándola. 
—Siempre me dices eso —respondió Carolina y se fue a su habitación.
Por las mañanas, cuando iba al colegio, solía caminar al frente de la casa para ver si salía algún primo o prima de ella, con la intención de saludarlos y decirles quién era. Sin embargo, un auto siempre llegaba antes y llevaba a los niños a sus respectivos colegios, que no eran el mismo que el de ella.
Un día se levantó muy temprano, se vistió rápido sin que su madre se diera cuenta, tomó un poco de yogurt y fue a la casa de sus abuelos. Desde una esquina, escondida detrás de un poste de luz, vio a la señora, que suponía era su tía, ir a la tienda y volver con una bolsa de pan y una lata de leche, a su abuelo sacar el auto de la cochera y limpiarlo y, un rato después, a una niña casi de su edad esperar en la puerta a su hermano o primo para que los recoja su movilidad, un Station Wagon color marrón madera. Pensó acercarse a la niña y saludarla antes de que se vaya, pero al ver que llegó el niño corriendo, desistió y caminó de frente a su colegio, pues ya era un poco tarde.
—No son tus abuelos —dijo una niña de su salón, por molestarla, al escuchar a Carolina hablar nuevamente de ellos en el recreo.
—Tú qué sabes —respondió Carolina—. Hoy iré a verlos —añadió, segura de sí.
—Nunca les has hablado —dijo la niña y sus demás compañeras se rieron.
—Es cierto, solo los miras de lejos pero nunca te acercas, ya deja de mentir —agregó otra.
—¡Cállate la boca! —gritó Carolina, molesta. No sabes lo que dices —añadió.
—Ya déjala —dijo su amiga Amelia, defendiéndola, al ver que Carolina sollozaba—. No les hagas caso, son unas tontas. ¿Vamos a la tienda? Te invito un chupete —sugirió Amelia, amablemente.
Fueron al quiosco del patio y compraron los dulces.
—¿Tú sí me crees, no, Amelia? —preguntó Carolina.
—¿Qué cosa? —dijo Amelia mientras sacaba la envoltura del chupete.
—Que los señores de esa casa son mis abuelos.
—Si tú dices que son tus abuelos, pues te creo. Pero es raro que no te hables con ellos, ¿no crees?
—Lo sé. Pero una vez mi abuelo me saludó —dijo Carolina.
—Eso no es hablar. Yo siempre saludo al señor de la puerta y eso no quiere decir que sea mi abuelo —dijo Amelia y empezó a reír debido a la ocurrencia.
Carolina se quedó callada. Miró con zozobra el patio del colegio y un rato después se levantó del asiento del quiosco.
—Disculpa, no quise molestarte —repuso Amelia.
—No, no pasa nada, vamos —dijo Carolina y volvieron al salón en silencio. 
Al sonar el timbre de la salida, Carolina guardó rápido sus cosas y fue directo a la casa de sus abuelos. Desde la esquina en donde iba siempre, miró si salía alguien. Como no vio a nadie, se armó de valor y fue hasta el jardín, subió las escaleras y tocó el timbre. Al rato, salió una señora, alta, de caderas anchas y bien vestida. Era su abuela. 
—¿Busca a alguien, señorita? —preguntó al verla.
—No, disculpe, me equivoqué de casa —dijo al instante tapándose un poco la cara debido al sol y descendió rápido las escaleras. Caminó hasta la esquina y al doblar, corrió, nerviosa. «Aish, qué tonta eres», se dijo al ver que la señora ya no la veía. Y con los ánimos por los suelos, volvió a su casa.
—¿Te pasa algo, hija? —preguntó su madre cuando la vio entrar.
—Sí, vi a mi abuela y no supe qué decirle.
Su madre tampoco supo qué decir y solo la abrazó. Carolina vivía solo con su madre en una pequeña pensión a varias cuadras de la casa de sus abuelos. Su padre había muerto cuando ella había nacido, y un día, revisando los cajones de su casa, encontró varias fotos de él y su familia, y al observar bien las imágenes, reconoció en una de esas a los señores de aquella gran casa: más altos, más jóvenes, pero sin duda alguna, eran ellos, sus abuelitos.
Carolina no quiso hablar más sobre ello y se metió a su habitación. Abrió su mochila y empezó a dibujar en su cuaderno a sus abuelos, a su tía y a sus primos junto a ella, y a su madre y a su padre también, como si fuera una foto familiar grande en donde todos salen abrazados y sonriendo. Cerró su cuaderno y se echó a dormir.
Al día siguiente, en la escuela, mientras revisaba su cuaderno, encontró el dibujo que había hecho y lo empezó a pintar. Amelia se sentó a su lado y le preguntó que qué hacía. «Termino de pintar a mi familia», dijo ella. Amelia miró con curiosidad el dibujo y le dijo que estaba bonito. «Gracias», respondió Carolina y guardó el cuaderno en su mochila. 
Al salir del colegio, se dirigió a la casa de sus abuelos y desde la misma esquina de siempre, se sentó y sacó su cuaderno para ver el dibujo que había hecho. De pronto, vio que de la puerta grande salió su tía en dirección a la tienda. Carolina pensó que sería un bonito regalo dejar el dibujo en la puerta antes de que vuelva. Se levantó, arrancó la hoja del cuaderno, corrió hasta la puerta y lo deslizó por debajo. Cuando su tía volvió y abrió la puerta, descubrió el dibujo. Lo recogió, miró a los lados y se metió a la casa.
Carolina corría por las calles, emocionada, pero también sollozando, como si hubiera cometido un delito. Unas cuadras antes de llegar a su casa, se detuvo. Se secó las lágrimas, respiró despacio, como si nada pasara. Entró a su casa, saludó a su mamá sin decirle nada y entró a su habitación. Abrió su mochila, sacó su cuaderno y, casi por instinto, empezó a escribir una carta.

Para mis abuelitos de Carolina.

No sé si me conozcan, pero yo sí a ustedes. Me llamo Carolina, pero me dicen Caro, soy hija de Aurelio, su hijo. Tengo nueve años, pero dicen que soy bien grande para mi edad. En el colegio tengo pocas amigas, pero me junto más con Amelia, ella es muy amable conmigo. Me gustan mucho las películas de amor, todos los fines de semana veo una con mi mami Elena. También me gusta muchísimo el verano, porque mi mami me lleva a la playa y jugamos todo el día con la arena y el mar, pero todavía no sé nadar muy bien. Solo quiero que sepan que los quiero mucho, aunque nunca hemos hablado. Mi mami dice que no debo porque tal vez pensaran que queremos algo de ustedes, y tiene razón, yo lo único que quiero es una familia. 

Escuchó que su mamá abría la puerta y tapó la carta con su mochila.
—¿Todo bien, hija? —preguntó su mamá.
—Sí, mamá, tengo mucha tarea.
—Está bien, hijita —dijo su mamá, mirándola extrañada mientras cerraba lentamente la puerta.
Cuando se fue, arrancó la hoja de su cuaderno, la puso en un sobre y la metió en su mochila. 
Al día siguiente, en la escuela, le contó a Amelia de la carta. 
—¿Estás segura de darles la carta? —preguntó Amelia.
—Sí, a la salida iré y pondré la carta debajo de su puerta —respondió Carolina, sin dudar.
—Bueno… —susurró Amelia.
—¿Qué pasa? —preguntó Carolina.
—Nada, no lo sé, solo no me parece buena idea. No sabes nada de ellos, no sabes cómo son ni qué pensarán cuando lean tu carta.
—Sí, pero… Solo quiero que sepan que soy su nieta.
Sonó el timbre de salida y Carolina guardó sus cosas. Amelia se ofreció a acompañarla. «No, prefiero ir sola», respondió. Amelia entendió y se despidió de ella. «Suerte», dijo, antes de irse. 
Carolina caminó despacio, nerviosa. Pensó en lo que le había dicho Amelia. ¿En realidad sabía cómo eran sus abuelos? Su madre le había hablado muy poco, casi nada de ellos. Pero sí de su padre, que era muy amable y atento. Se aferró a esa posibilidad, si él era así, sus abuelitos tendrían que ser iguales. 
Siguió caminando, imaginando qué podría pasar. Tal vez ni tomarían en serio la carta, la leerían y la tendrían por ahí, guardada, olvidada. O tal vez, pensó, les gustaría saber de mí. Sonrió al pensar en aquella posibilidad. 
Al llegar a la esquina, se ocultó detrás del poste de luz y miró detenidamente a la casa. Pasaron varios minutos y nadie salía. Era el momento, pensó. Sacó el sobre de su mochila y caminó, despacio, mirando a todos lados. Cuando se encontró en la puerta y se agachó para dejarla debajo, alguien salió, despacio, y, al mirar abajo, vio a la niña soltando el sobre. Era su abuela. Carolina se espantó y echó a correr. La señora empezó a gritar: «¡Niña, niña!», pero Carolina no volteó. «Se te ha caído algo», dijo luego, y levantó el sobre, extrañada, y un momento después lo abrió.
Carolina no volvió a pasar por esa calle. Se sintió muy avergonzada después de lo que sucedió y no quiso contarle a nadie. Llegaba del colegio y se encerraba en su habitación. Su madre notó el comportamiento extraño de su hija y no dejaba de preguntarle qué sucedía. Ella decía que nada, que solo se sentía cansada. Unos días después se sintió mal, o creía sentirse mal, y no fue al colegio. Faltó cerca de tres días. Amelia, preocupada, fue a buscarla a su casa a dejarle la tarea de esos días. Su madre salió y conversaron. Amelia quería saber cómo estaba Carolina. Su madre le dijo que le dio fiebre y que por eso no pudo ir a clases. Luego, al ver que Amelia callaba, le preguntó si sabía algo que ella no. Amelia solo le comentó de una carta que ella le había escrito a sus abuelos. Su madre lo entendió en ese momento. 
Cuando Amelia se fue, su madre se dirigió a la habitación de Carolina. La vio dormida, volvió a cerrar la puerta, cogió unas cosas y salió. Fue a la casa de los abuelos de Carolina. Tocó la puerta y esperó. Salió la señora y le preguntó qué deseaba.
—Hola, señora Natia. Seguro no me recuerda. Me llamo Elena.
—Elena —dijo Natia, y la miró con cautela, intentando recordar.
—Soy una exnovia de Aurelio. Creo que mi hija ha estado viniendo a dejarle recados. Le pido disculpas. Es solo una niña.
—La niña que vino es su hija —dijo, sorprendida—. ¿Entonces es cierto lo que dijo?
—¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Elena, sin saber a lo que se refería.
—Que ella es hija de Aurelio. 
Elena se quedó callada y pensó. En los diez años que habían pasado desde la muerte de Aurelio, nunca se atrevió a decirles sobre Carolina. Ellos no la conocían y ella no sabía cómo iban a reaccionar. Decidió cuidarla sola.
—Sí —respondió.
Natia la miró, hizo un gesto de duda, pero su rostro expresaba cierta emoción. 
—Quisiera verla —dijo, unos segundos después.
—Señora Natia, yo no quiero incomodar a nadie ni que piense que busco algo de ustedes, quisiera que dejemos pasar esto. Yo hablaré con ella y le explicaré las cosas... 
—No, quiero verla, he dicho —repitió la señora interrumpiendo el discurso de Elena.
—Ella ahora está durmiendo, ha estado un poco enferma estos días, disculpe —dijo Elena.
—Vengan mañana o cuando puedan, quiero verla —volvió a decir.
Elena asintió y se fue.
Al llegar a su casa, entró a la habitación de Carolina y la vio despertar.
—Mami —dijo Carolina.
—Hijita, ¿cómo te sientes? —preguntó su madre.
—Mejor, mami.
—Está bien, mi amor. Descansa. Mañana hablamos, ¿si? —y le dio un beso en la frente.
Carolina se acomodó y volvió a dormir, sin imaginar la conversación que su madre había tenido con su abuela.
Al día siguiente, Carolina volvió a la escuela con normalidad y se sorprendió al ver que, a la salida, su madre la esperaba para irse con ella. Ella la abrazó y caminaron en la dirección que ella tomaba para ir a ver sus abuelos. Carolina tuvo un sobresalto, pero no dijo nada. Cuando estuvieron al frente de la casa, Carolina apretó fuerte la mano de su madre y la miró, nerviosa, pero con una sonrisa. «Alguien quiere verte, amor. Te comportas, ¿está bien?», dijo y Carolina solo asintió. Subieron las escaleras y tocaron la puerta. Salió la tía y, al ver a Elena y a la niña, llamó a su madre.
—Hola, señora Natia —dijo Elena al verla.
—Hola —agregó Carolina, tratando de esconderse detrás de su madre.
—Tú eres Carolina —dijo la señora, y se agachó un poco para verla—. Eres igual que tu padre —susurró, emocionada. Y no pudo evitar soltar una lágrima. Su tía se encontraba detrás y se acercó. La miró y le preguntó si ella había hecho este dibujo, y le mostró el papel.
—Sí —dijo Carolina.
—Está muy bonito —respondió su tía.
—Gracias —dijo Carolina.
La señora Natia las invitó a pasar y le dijo a Carolina que había leído su carta. Carolina sonrió, tímida. Su abuelo Augusto bajó a la sala, las saludó y la miró atentamente. No había dudas, tenía todos los gestos de Aurelio y se conmovió al recordar a su hijo. Un rato después, tocaron la puerta. La movilidad había traído a sus primos del colegio. Su tía le presentó a Romina y a Esteban. Carolina, con una sonrisa de lado a lado, no creía lo que vivía. Su abuela le hacía muchas preguntas, la mayoría relacionadas a la carta que había escrito. Carolina respondía tímida, pero detallaba mejor lo que había escrito en la carta. La señora Natia la miraba con ternura y su abuelo también. Habían sido como su madre había descrito a su padre, y por fin, después de mucho tiempo, se sintió en familia.
Carolina, mientras tomaba el té, miraba a sus abuelos y recordaba, en cuestión de segundos, cómo fue que había llegado aquí hace ya más de quince años junto a su madre, a la vez que miraba con ellos las fotos de su padre cuando era un niño. Se veía idéntica a él en aquellas fotos amarillas y lo imaginaba a su lado, como en el dibujo que había hecho de él y de toda su familia.

miércoles, 20 de marzo de 2019

El taco

Solía ir con Rubén, un amigo del colegio, al taco, un billar de mala muerte en el segundo piso de la calle Riojas. Allí se juntaban vagos, colegiales, universitarios y gente del barrio para fumar, tomar y timbear en esas mesas maltratadas por los años y en la cual nunca faltaban las peleas que, cada fin de semana, solían darse debido al exceso de alcohol y a la ambición por el dinero.
Había un tipo al que llamaban Ronquero, debido a su voz ronca por el cigarro y a la chata de ron que siempre llevaba consigo. Era alto, delgado, moreno y de cabello largo. Recuerdo que uno de esos días, cuando nos tiramos la pera del colegio para ir al billar, pues en las mañanas no había mucha gente, nos vio entrar con nuestras mochilas y, amablemente, al encontrarse solo, nos enseñó a jugar. Hablaba del taco como si fuera otra extremidad de su cuerpo y se movía por la mesa con una destreza y elegancia que parecía bailar con ella mientras sus dedos cambiaban de posición, y miraba con una total concentración las bolas antes de encajarlas en cada tronera. «Así, la concentración es importante», decía, y tomaba un sorbo de su chata de ron. 
Rubén me contó, días después, enterado por unos amigos del barrio, que el padre de Ronquero había muerto cuando él era un niño, y que su madre, quien vivía en Chile, le mandaba dinero para sus gastos y estudios. Sin embargo, a él solo le importaba el billar. «Ya lleva más de cinco años jugando el taco», me decía Rubén viéndolo apuntar a una de las bolas. «No sé por qué nunca ha jugado de manera profesional», siguió, y se escuchó que embocó tres bolas en un solo tiro. «Lo mismo se preguntan todos», añadió el dueño del billar, un gordo desaliñado de bigotes gruesos pero bonachón. Nos contó un poco más de la vida de Ronquero al escucharnos cuchichear sobre él sentados en una banca esperando una mesa libre para jugar. «Ha ganado todos los torneos que hacemos aquí, pero cuando le decimos que vaya a otros, no lo hace, no le interesa». Mientras el dueño del taco hablaba, Ronquero seguía embocando las bolas, fumaba y recibía el dinero de la apuesta ganada. «Nadie lo entiende», acotó. «Lo tiene todo para llegar lejos, pero simplemente no le importa», dijo y se fue a atender a un cliente. Rubén y yo nos quedamos viéndolo, estupefactos, deseando algún día jugar como él.
Desde que conocimos a Ronquero, íbamos todas las tardes y no nos perdíamos ninguno de sus juegos, que, para nosotros, eran más que un espectáculo. Le ganaba a todos los del barrio, incluso a los más experimentados, quienes, asombrados por su talento, llegaron a tratarlo con respeto, aunque con cierta envidia también. Rubén y yo empezamos a practicar casi a diario, el colegio ya ni nos importaba. Con el tiempo logramos aprender algunas mañas, desde la posición de los dedos para coger el taco, hasta medir, con una total concentración, como decía Ronquero, la distancia entre las bolas y los troneros. 
Con el tiempo, la gente del taco ya nos conocía, éramos los chibolos de allí. Después de varias semanas practicando, decidimos jugar apostando el dinero de nuestros recreos. Empezamos con algunos universitarios, que, cada tarde, llegaban saliendo de estudiar para intentar ganarse algunas monedas. Como aún éramos escolares, creían que seríamos fácil de ganar, pero se llevaron una sorpresa al ver que Rubén y yo, cada uno en su juego, embocábamos las bolas con una facilidad que ellos, a pesar de su experiencia, desconocían.
Así fue como logramos ganar unos cuantos soles extras gracias a los consejos de Ronquero. Al día siguiente, al verlo en la calle camino al taco, con cigarrillo en mano, nos acercamos a él para contarle, emocionados y agradecidos por habernos enseñado algunas cosas. «Me alegro, chatos», nos decía. «Pero tranquilos, solo tómenlo como un juego», nos advirtió, de modo paternal. No lo entendimos en ese momento, pero asentimos con la cabeza.
Las semanas siguientes logramos ganarle unas cuantas veces más a los universitarios, y en los recreos del colegio Rubén ya hablaba de comprarse un taco propio. «Necesito uno como el de Ronquero, hecho de fresno», decía. «Para eso tendrás que ganarle a muchos universitarios», dije, riendo «Ya sé que es caro, pero voy a ahorrar». «Bueno», dije. «¿Acaso no quieres jugar como Ronquero?», me preguntó. «Claro que sí», respondí. «Entonces hay que practicar mucho más», agregó Rubén.
Un fin de semana fuimos temprano, pero nos dimos con la sorpresa de que el taco estaba cerrado. El dueño del billar salió por la ventana y nos dijo que abriría más tarde, que están supervisando varios locales en la cuadra y necesitaba limpiar el desastre de ayer. «Los viernes por la noche siempre se llena de gente de mala muerte», nos dijo. «Unos fumones se pelearon y rompieron algunos vasos y botellas», acotó, furioso. Nosotros nos ofrecimos en ayudarle a limpiar sin cobrarle nada, pues solo queríamos practicar. Nos miró un momento, pensando, y nos hizo pasar al ver lo mucho que insistíamos. «Solo no se lo comenten a nadie», nos dijo, y empezamos a limpiar todo el desastre lo más rápido posible.
Mientras Rubén echaba agua al suelo para trapear, yo pasaba trapo a las mesas, recogía las botellas rotas y los vasos. Estuvimos limpiando cerca de dos horas y, al terminar, le preguntamos si podíamos jugar en una de las mesas. El dueño revisó el salón y accedió sin problemas.
Rubén intentaba embocar tres bolas en un solo tiro, como solía hacer Ronquero, pero no lograba darle con la fuerza que él tenía. Yo intentaba poner en posición algunas bolas mientras embocaba otras, de la misma forma que hacía Ronquero para no perder su turno y ganar rápido. Estuvimos jugando varias horas mientras la gente llegaba después de que el dueño abriera el local. Decidimos parar un rato para comprar unas gaseosas y fue entonces que vimos llegar a unos sujetos que no eran del lugar. Escogieron una mesa y, haciendo alboroto, empezaron a jugar. Uno de ellos, de cabellos parados y aretes, no dejaba de burlarse cada vez que embocaba una bola. «Así se juega, huevonasos», gritaba. Tenía un estilo de juego particular. Colocaba las bolas de sus contrincantes a su favor y las embocaba con una fuerza que el sonido del impacto retumbaba en todo el local. Ganó varias veces seguidas y se reía sin parar cada vez que cobraba el dinero de sus rivales. «No tiene ningún respeto», dijo Rubén al escucharlo insultar a sus rivales. «No puedes humillar así a la gente en el billar», siguió, ya un poco molesto, y lo empezó a mirar con rostro desafiante. El tipo seguía riéndose y al voltear, advirtió el gesto en la cara de Rubén y se acercó a nuestra mesa. «¿Tienes algún problema conmigo, chibolo?», dijo, desafiante. Rubén y yo nos quedamos fríos, sin saber qué decir. «No, señor», dijo Rubén un momento después, intimidado, y el tipo se le acercó un poco más y preguntó: «¿Y entonces por qué chucha me miras así?», colocando la punta del taco en el pecho de Rubén, que él, asustado, siguió con la mirada. Entonces, cuando vi que empezó a poner fuerza al bastión como para empujarlo, se apareció Ronquero y cogió la puntera con las manos. «Deja en paz a los niños», dijo, muy tranquilo. El tipo guardó su taco y preguntó: «¿Y quién carajo eres tú?». «Nadie», dijo Ronquero, sobrio. Y agregó de inmediato: «¿Mejor por qué no jugamos una ronda?», abriendo ligeramente los brazos. «Para eso estamos acá, ¿no?», continuó. El tipo lo miró desconfiado, pero después de unos segundos aceptó el reto y, golpeando el taco en la mesa, preguntó: «¿Cuánto apuestas?». «Lo que tú propongas», respondió Ronquero. «Empecemos con cincuenta soles, ya que te crees muy valiente», dijo, seguro de sí. Y Ronquero aceptó, dándole la mano. El sujeto lo miró extrañado por su comportamiento pero aceptó apretando fuertemente su mano. Rubén y yo lo miramos y nos hizo un gesto tapándose la boca con un dedo para que no digamos nada. Entendimos y nos quedamos callados, esperando que empezara el juego.
El sujeto se acercó a sus amigos y les dijo algo, a la vez que frotaba con tiza la punta de su taco. Por su parte, Ronquero acomodaba las bolas dentro del triángulo, alineándolas en el punto final de la banda larga. El sujeto empezó a petición de Ronquero y rompió el triángulo con un fuerte golpe. Embocó dos bolas en su primer tiro. Se acomodó en una esquina y volvió a lanzar. Embocó una y acomodó un par. Al tercer tiro, por cuestión de milímetros, no logró embocar ninguna. Le tocaba jugar a Ronquero. Se acomodó como siempre lo hacía y logró embocar dos en un tiro. Cogió la tiza y empezó a frotarla en la punta del taco. Se sentó en la mesa y, con los brazos detrás de su espalda, embocó con fuerza dos bolas más. El sujeto, entonces, lo miró preocupado. Ronquero siguió jugando y embocó una bola más, pero las que restaban quedaron dispersas y con poca opción de embocarlas. Ronquero apagó su cigarro, miró concentrado la mesa, midió las distancias y se acomodó en el lado derecho de la mesa para empujar una e intentar embocar otra. Golpeó con fuerza, las bolas rebotaron en toda la mesa, pero no entró ninguna, y un gesto de molestia se pudo relucir en su rostro. El sujeto lanzó una carcajada junto a sus amigos y cogió su taco con violencia. Sin pensarlo embocó una e inmediatamente otra. Volvió a acomodarse en una esquina y, echando la mitad de su cuerpo en la mesa, embocó dos más. Ronquero miraba el juego tranquilo, tomando ron de su botella pequeña, a pesar de que ya llevaba dos bolas de desventaja. El sujeto, confiado, quiso embocar las dos bolas que faltaban más la número 8, para así acabar el juego humillándolo. Se subió a un lado de la mesa, midió la distancia, jaló hacia atrás el taco y golpeó la bola blanca con fuerza. Las bolas empezaron a rodar con velocidad, una detrás de otra, sin embargo, no le dio con la fuerza suficiente y quedaron al filo de las troneras. «¡Mierda!», gritó el sujeto. Rubén no pudo con su emoción sabiendo que Ronquero acabaría con el juego y soltó un: «¡Eso!», que sonó fuerte en la sala. El sujeto, al escucharlo, se volvió hacia él furioso y le gritó: «¡Qué celebras, chibolo de mierda!», y lo cogió del cuello. Rubén intentó zafarse y yo traté de ayudarlo, pero uno de sus amigos me jaló y me tumbó al suelo. Ronquero se abalanzó sobre el sujeto que inmediatamente soltó a Rubén y empezaron a agarrarse a golpes. Roberto, un chico que siempre practicaba con Ronquero, se metió para ayudarlo y tumbó al tipo que me tiró al suelo. La gente, entre el humo y la cerveza, empezó a separarlos, pero no evitó que el sujeto golpeara a Ronquero con el taco en la cabeza, dejándolo aturdido. Este se levantó y trató de hacer lo mismo, pero el sujeto había ido con tres amigos y estos no se lo permitieron. La cabeza de Ronquero empezó a sangrar y a Roberto lo agarraron a patadas. Rubén y yo no sabíamos qué hacer, mirábamos asustados todo lo que sucedía. Botellas y vasos empezaron a volar por todo el local y nosotros optamos por salir antes de que nos pasara algo. En eso, el dueño del bar, con dos señores gordos como él, agarraron a los sujetos y empezaron a golpearlos hasta sacarlos del local. «¡Viejos de mierda!», gritaban. «¡Vamos a volver, conchatumare!», siguieron balbuceando todo tipo de insultos.
Al día siguiente, al volver al billar, no pudimos encontrar a Ronquero. El dueño nos dijo que no había venido todo el día. Vimos llegar a Roberto, su amigo, hablamos un rato con él, agradeciéndole por lo de ayer y le preguntamos en dónde vivía Ronquero. Fuimos a buscarlo, tocamos la puerta y al rato salió una viejita. Le preguntamos por él y nos dijo que se encontraba descansando. Al escuchar que habían llamado a la puerta, le preguntó a su abuela quién había venido. Ella le dijo que dos chicos y él le dijo que nos haga pasar. Su abuela nos acompañó a su habitación y lo encontramos echado en su cama fumando y con un parche en la cabeza. «Hola, Ronquero», dijo Rubén, con voz trémula. «Perdón por lo de ayer, todo ha sido mi culpa», siguió, lamentándose. «Tranquilo, chato, no pasa nada. Además, no es la primera vez que lidio con gente así», replicó. «Sí, pero…», Rubén intentó decir algo más. «Ese sujeto era un abusivo», lo interrumpió Ronquero. «No pasa nada, chato», agregó, para calmarlo, mientras palmeaba su espalda. «¿Cómo te encuentras?», pregunté yo. «Mejor, pero sigo un poco adolorido. Por cierto, ¿cómo llegaron hasta aquí?», preguntó. «Fuimos a buscarte al billar y no estabas. Roberto fue quien nos dijo en dónde vivías», respondí. «¿Y cómo se encuentra él?», preguntó. «Bien, bueno, algo adolorido también, solo nos dijo eso». «Puedes contar con nosotros para lo que quieras, Ronquero», dijo Rubén. «Descuiden, chatos, todo está bien, no se preocupen, pero ahora quisiera descansar un rato». Le dimos la mano y salimos de su habitación. Su abuela nos agradeció por visitarlo y nos despedimos de ella también.
Rubén aún se sentía culpable por lo que había pasado. «Vamos, ya pasó, Ronquero está bien», le dije, dándole palmos en el hombro. Caminamos callados hasta su casa. Ya no quiso regresar al billar. «No es un sitio para nosotros», me dijo en su puerta. «Lo de ayer fue peligroso», agregó, pensativo. «Ya, olvídalo, siempre supimos que ese lugar era así», dije. «Sí, pero no pensé que tanto», respondió. «Nos vemos en el colegio», le dije, dándole la mano. Y nos despedimos. La siguiente semana, cuando fui a buscarlo para ir al billar, me dijo que no iría por un tiempo, que había descuidado mucho el colegio y que su madre se había enterado por los vecinos lo que pasó y que no quería verlo metido allí. Y fue allí que yo también dejé de ir. 
A los meses me enteré que Ronquero había viajado a Chile a vivir con su madre, pues su abuela había fallecido y ya no tenía con quién quedarse. Nunca pudimos despedirnos de él, y por mucho tiempo no supimos nada de su vida.
Años después, mientras cambiaba de canal en la televisión en vez de estudiar para mis exámenes finales, lo vi jugando billar profesionalmente en un canal deportivo. Se lo comenté a Rubén un día que nos vimos y se alegró mucho. «Siempre lo tuvo», dijo, mientras intentaba embocar tres bolas en un tiro como lo hacía Ronquero.

viernes, 15 de febrero de 2019

Traición

Roberto, con los ojos de un rojo arrepentido, mira el techo de su habitación y piensa, contra su voluntad, en plena madrugada. Una voz trémula, pero que era suya, lo cuestionaba implacable, sin tregua: «Ella está con él. Ahora mismo caminan de la mano. Él la mira, la coge de las caderas y se acerca para darle un beso. Ella lo besa y le regala una sonrisa de lado a lado. Ella no ha vuelto a llamarte, ni a escribirte, ni a pensarte. No sabe nada de tu vida y tampoco quiere saber. Tú, en cambio, crees que aún existe alguna posibilidad de volver con ella. Te has vuelto un solitario, un mujeriego, un amargado, un hipócrita. Un idiota en todo el sentido de la palabra. Divagas con los pocos amigos que te quedan y comentas tu tragedia, sí, esa misma que tú provocaste. Y te entra la nostalgia… Ella ahora está feliz, pero en realidad eso poco te importa».
Recordaba muy bien lo que había hecho hace dos años en el cumpleaños de Lucía, la prima de Regina, su entonces enamorada. Jamás podrá olvidar la expresión de dolor y decepción de Regina cuando lo vio besándose con su prima Lucía de manera apasionada en la cama del cuarto de invitados mientras todos bailaban y bebían en el salón principal. Cerró los ojos y los abrió de nuevo, intentando borrar esa imagen de su mente y, en cierto modo, queriendo volver. Pero era inevitable. El recuerdo lo perseguía, lo atormentaba, lo asediaba. Desde entonces había tenido que vivir con las consecuencias de la traición, de una traición que no había planeado. 
Aquel día Roberto y Regina habían sido los primeros en llegar. Se estacionaron, se miraron por el retrovisor para ver cómo estaban. Regina se veía hermosa. Le acomodó el cuello de la camisa a Roberto y le dio un beso. Él se sintió seguro, feliz. Bajaron del auto con dos botellas de Whisky y, agarrados de la mano, tocaron el timbre. Lucía les dio la bienvenida. Ambos saludaron afectuosamente a la cumpleañera, que se veía radiante, y se sentaron en la sala principal a conversar y a tomar mientras esperaban a los demás invitados. Una hora después, la sala y el jardín de la casa de Lucía se había llenado de gente, y no dejaban de llegar amigos y parejas con todo tipo de tragos y bebidas. Al rato, Roberto se encontró con algunos amigos de su promoción y se fue a celebrar con ellos. Regina, por su parte, hizo lo mismo con sus amigas. Las horas pasaron y todo era como en otros cumpleaños, en otras reuniones, en otros años. En el momento más agitado de la fiesta, después de haber tomado varios shots de Whisky, Pisco y Tequila junto a sus amigos, Roberto sintió el calor de la noche y fue a dejar su saco a la habitación de invitados, donde se quedaría a dormir con Regina. Subió tambaleándose, agarrándose de los pasamanos. Al llegar al segundo piso, entró a la habitación, se quitó el saco y lo dejó en la cama. Miró su celular y vio que se había apagado, buscó un cargador y lo puso en el velador hasta esperar a que prenda. 
Lucía bailaba eufórica por la sala principal con sus amigas y amigos, y debido a su onomástico, había tomado más de la cuenta. En un momento en que iba de un lado a otro con la botella de Vodka en la mano haciendo tomar a quien se cruzara por su camino, el taco de uno de sus zapatos se rompió haciéndola tambalear. Una amiga la ayudó a recobrar el equilibrio y, al ver su taco roto, le dijo que subiría a ponerse algo más cómodo después de beber de un sorbo lo que quedaba de Vodka. Subió como pudo a su habitación y al no encontrar nada bonito y cómodo, fue a la habitación de invitados en donde Regina, en otra ocasión, había dejado olvidadas unas balerinas nuevas. Entró sin tocar y vio a Roberto echado en la cama mientras su celular cargaba en uno de los veladores. 
—¿Roberto? ¿qué haces aquí? —preguntó Lucía, un poco ida al reconocerlo.
—Vine a dejar mi saco y a cargar mi celular —respondió Roberto, aturdido y cogiéndose la cabeza—. He tomado mucho —añadió.
—Yo también —dijo Lucía, mientras desamarraba con fuerza los zapatos jalando las tiras sentada en la cama al lado de Roberto, cayéndose de un lado a otro.
—Lucía, cuidado —dijo Roberto, turbado, ayudando a sostenerla por la espalda. Pero, por jalar con tanta fuerza las tiras, terminó cayendo sobre él.
Se miraron en la oscuridad y, por instinto, empezaron a besarse. Y no pensaron en nada más. Lucía estaba soltera, era muy atractiva, tenía los ojos verdes y la piel bronceada. Era una chica de portada. Roberto era alto, bien parecido, fornido, de presencia. Ambos, tal vez, secretamente, se atraían, y cuando la oportunidad se dio, con el alcohol en las venas, sus cuerpos no pudieron decir que no.
Regina había perdido de vista a Roberto. Lo buscaba con la mirada por todos lados pero no lo hallaba. Le dio su vaso a su amiga Fiorella y fue hacia el lugar en donde había estado con sus amigos. Le preguntó a uno con quien lo había visto tomando y este, debido al alcohol, solo hizo un gesto con el dedo índice hacia arriba y siguió tomando y bailando. Regina subió sin pensar en lo que le esperaba. No se había preocupado por Lucía, pues era su cumpleaños y hasta hace un momento la había visto bailar con sus amigos. Fue entonces que al abrir la puerta y prender la luz, los vio a ambos echados en la cama besándose, a punto de quitarse la ropa. Un dolor único se apoderó de ella. Intentó contenerse, pero la imagen era devastadora: su prima de toda la vida y su novio de muchos años, juntos, besándose y tocándose. Miró a Roberto por una última vez y cerró la puerta con tal fuerza que, cuando bajó por las escaleras, a pesar de la bulla y la música, algunos invitados se acercaron para ver qué había pasado. Regina corrió entre el alboroto y la gente tapándose el rostro. Abrió la puerta, se subió al auto llorando y no volvió a esa casa.
Roberto tomó conciencia plena un segundo después de ver a Regina, pero ya era demasiado tarde. Lucía no se había dado cuenta de lo que había pasado, quiso seguir besándolo pero Roberto se levantó, contrariado, y le dijo, nervioso, que qué habían hecho. Miró rápidamente por el balcón para ver si el auto seguía afuera pero no, Regina se había ido para no volver.
Dos años habían pasado desde esa noche. Roberto se encontraba en su habitación, solo, intentando dormir a pesar del mal recuerdo. Regina, con el tiempo, conoció a alguien más, y la noticia de que se irían a casar le trajo de vuelta los infames recuerdos de la noche en que lo perdió todo, de la maldita noche en que perdió el respeto y el amor de ella.

domingo, 20 de enero de 2019

Remordimiento

No nos importaba jugar en la última losa, ¿la que tenía el suelo como lija?, sí, esa misma, recuerdo que siempre llegaba a mi casa con las rodillas arañadas, rojas, magulladas, y mi vieja pero hijo qué te pasó, nada, ma', no es nada, sí, era una total cagada jugar allí, solo que los huevones de la "C" se agarraban las otras canchas y nos jodían pues, sobre todo Lucho Chema, ese mierda se creía dueño del complejo, nosotros siempre llegábamos antes y de la nada se metía con sus patas y nos decía ya, ya, chibolos, fuera de aquí o les saco su mierda, matón se creía ese, y lo puteábamos, conchatumare le gritábamos ya en la otra losa, y seguro nos escuchaba pero se hacía el cojudo el maricón. Siempre era así y no tuvimos otra que acostumbrarnos a jugar en esa cancha de mierda, pero qué tales golazos me hice allí, ah, ¿recuerdas mis chacalas?, te salían de chiripa, pendejo, yo era el único que las intentaba, huevón, me sacaba la entreputa pero las huevas, valía la pena, golazo gritaban todos, ya, ya, no te creas, yo también me hice golazos, de palomita, me acuerdo, al gordo Esteban lo tenía de hijo, malo era ese gordo, no sé por qué piensan que todos los gordos pueden tapar bien solo porque son gordos, si cuando la pelota iba rápido no la alcanzaban, lentos eran los mierdas. La cosa es que un día el Chato Óscar, ese era bien piraña, me acuerdo, sí pues, me dijo vamos a la tienda, la tía Nela se ha ido al mercado y ha olvidado cerrar la puerta, vamos, vamos, Chino, me decía, jalándome del brazo, chizitos gratis, huevón. Yo no sabía si acompañarlo, tenía miedo pe’, era chibolazo, y entonces dije qué chucha, vamos y fuimos. Ni bien llegamos se agarró varias bolsas de chizitos, papitas, chifles, yo solo agarré unos caramelos de limón, un super hiper ácido, unas pastillas de color rosado, amarillo, celeste, también los Chups, esas huevadas eran veneno pero eran ricas, ¿te acuerdas?, también metí Chocopunch, Olé, Olé, varias cosas pequeñas para no hacer mucho roche, además mi viejita me había dicho que robar era malo, pero el huevón pe’, el chato, me hizo verla fácil, aun así solo metí esas huevaditas en una bolsa, y el chato, rata era, también agarró gaseosas, Coca-Cola, Inca Kola, se llevó varias Chiquis, me dijo agarra mierda, ponlo en tu bolsita, aprovecha, y yo putamare, chato, nos van a cagar, se van a enterar, mejor ya vamos, y el chato no seas cojudo, lleva todo lo que puedas, pero ya es mucho le dije, y cuando volteé a ver la puerta principal, vi a la tía Nela entrando, me dio pena, huevón, la tía jalaba un costal con varias cositas para vender, se veía hasta las huevas, flaquita, tenía su mote, venía de Ayacucho, una vez me contó de niña siempre quise conocer Lima, en mi pueblo nada había, puro campo, pura tierra, pero lo extraño, niño, buena gente era, y recordé eso y la conciencia pues, entonces dejé mi bolsa con todas las huevadas, me llevé solo la Chiqui porque yo amaba la Chiqui, sobre todo la de naranja, recuerdo que mi viejita siempre me compraba para mi lonchera, y ahí fue que le dije chato corre, ahí viene la tía, y el chato pendejo corrió con todo, no dejó ni mierda, trepamos la reja que daba al pampón y pim, pam, chaca, chaca, subimos y no volteamos hasta estar lejos, y qué te dijo el chato, espera pues, ahí voy, el chato me dijo huevón, ¿y tus cosas?, y le mostré solo la Chiqui, eres un cojudo, me empezó a gritar, me daba pena la tía pues, le explicaba, huevón, gritaba, yo también quería esas huevadas que agarraste, íbamos a repartirnos entre los dos, ahora no te doy ni mierda, huevón, saca la vuelta pes, le dije, tampoco quiero tus huevadas, choro eres, Chato, le recriminé, si dices algo te saco la mierda, Chino, estás advertido. Y yo me fui nomas, puta, qué cagón ese Chato, sí pues. 
Los días siguientes yo iba donde la tía y la veía toda triste, todo me han robado, decía, mocosos de miercha, y yo putamare, pensaba, y sentí remordimiento, culpa. Entonces, sin que se diera cuenta, le dejé la china que costaba la Chiqui ahí en su tienda, ah, verdad, cincuenta céntimos costaba esa huevada, sí pues y me fui, pateando piedras, puteando al chato de mierda, choro eres, pensaba. ¿Y qué pasó con él?, nada, iba como si las huevas, saludaba a la tía como siempre. Tiene que tener cuidado pues, tía Nela, aquí roban, decía el cínico de mierda, yo quería acusarlo, sacarle la mierda, pero ese chato era cholón, maceta, fuerte el conchesumare, cuando jugábamos fútbol se metía feo, no le daba miedo meter golpe, sí recuerdo verlo pelear, al colorao' Richard lo dejó rojo de golpes, sácate, pum, sácate, pum en toda la cara y el colorao' ya no podía defenderse, lo tuvieron que agarrar al chato, una mierda era. Entonces, un día, cuando estábamos jugando en la canchita, el chato me miraba todo serio pues, y en eso se me acercó y me volvió a decir sigue callado nomas, Chino, sino ya sabes. No le respondí, fui a traer el balón después de un pelotazo y al regresar, el chato se me pegó y me volvió a decir ya sabes, y yo no le hacía caso. Al acabar el partido, me fui nomas, con la gente, ya no quería meterme. Pero un día que fui temprano para agarrar la cancha, lo vi dando vueltas por la tienda de nuevo, andaba con el negro Jeta, ese negro también era arrebatado, y puta, huevón, ni bien la tía salió, los huevones fueron a robar, por la ventanita, el negro ese era flaco pues y se metió fácil, y este le tiraba cosas por ahí al chato, que se quedó afuera, chizitos, gaseosas, galletas, todo se llevaban, y puta, me llegó al huevo pues, ya era mucho, la tía Nela no se merecía eso, y entonces yo empecé a gritar, ¡están robando la tienda!, ¡choros, choros!, la tía Nela regresó con el jardinero y lo chaparon al negro nomas, el chato se escapó conchesumare, lo dejó al negro ahí, solito, pobrecito, negro huevón pues, el tío le sacó su mierda, toma por choro, pum, morado lo dejaron, no debió confiar en el Chato. 
Al día siguiente, el Chato estaba sentado en las bancas viendo pelotear a todos, y era raro pues, no jugaba, solo miraba y miraba, eso me dijo el Johny, está sentado ahí hace rato, no dice nada tampoco, tal vez porque ayer lo chaparon a su pata el negro robando la tienda de la tía Nela, le dije, debe estar asado. Entonces, cuando me vio, se levantó y dijo para jugar, y a mí ya se me hacía raro, vamos a jugar, decía tranquilo y yo ya pues, normal, arma el equipo. 
El partido empezó y al rato nomas yo veía al chato pegado a mí, me jalaba, me marcaba, seguro me quiere romper, yo ya sabía ya. En eso el Johnny me pasó la pelota, yo corrí al área y el chato me barrió por detrás y salí volando, ahora grita pe’ conchatumare, me dijo, crees que no sé que fuiste tú, por tu culpa lo cagaron al negro, me gritó y se abalanzó hacia mí, pum, pam, empezó a lanzar golpes, en la cara, en la barriga, me dolió como mierda, pero yo con la cólera lo empujé y empecé a tirarle golpes, nos caímos y rodamos en la losa, nos arañamos todo, parecía lija esa losa, conchesumare, la gente hizo un círculo y que nadie se meta, carajo y pum, pam, otro golpe, ese chato era una mierda, nada lo detenía, eres choro pe, conchatumare, no te da pena la tía Nela, choro, eres un choro de mierda y seguían los golpes. Yo ya estaba sangrando, el labio lo tenía hinchado, el ojo morado, todo cagado, pero yo también le acerté algunos golpes, ni cagando me iba a dejar pe’, pero lo agarraron porque empezó a patearme en el suelo y yo ya veía luces putamare, todo me daba vueltas y solo gritaba eres un choro, un choro, cubriéndome. Al llegar a mi jato mi vieja se asustó, qué te pasó hijito, ya no me sales, carajo, en este barrio hay puros cholos, pirañas, delincuentes, vamos al hospital a curarte, ya ma’, tamare’, no es nada, dije, hasta que me vi al espejo, estaba hecho mierda, pero al menos no era un choro, carajo.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Amigos

Movía de un lado a otro el vaso que sostenía con la mano jugando a que no se rebalse la cerveza sobre la mesa. La espuma, como una ola en la orilla, rozaba el borde y regresaba al centro del vaso.
—¿Nos vamos? —preguntó Romina.
—Sí, mejor —respondió él, como despertando del juego.
La gente seguía en su trance, bebiendo, conversando, bailando. Romina salió con Fernando esquivando el gentío. La noche había ofrecido el ambiente perfecto como para ir a embriagarse, bailar y olvidar los problemas de la semana, del mes, del año. Pero la pesadez pudo más y decidieron irse tan solo media hora después de haber llegado.
—Vamos a tu casa, me ha dado hambre —sugirió Romina.
—¿Cuándo no tienes hambre? —preguntó Fernando, riendo.
—Ya, no jodas, vamos —insistió Romina.
Fernando asintió y pidieron un taxi desde un aplicativo en el celular de Romina. Unos minutos después llegó un carro con la placa que buscaban y subieron. Romina empezó a responder algunos mensajes de su celular y Fernando miraba a través de la ventana. Pensaba. La salida había terminado más temprano de lo previsto, pero no se sentían incómodos. Al contrario, se divertían pasando tiempo juntos. Se conocían desde el colegio y desde entonces habían sido inseparables. Fernando recordó que entre ellos habían desfilado novios, novias, salientes y todo tipo de personas que intentaron, en ocasiones, por los celos, terminar con su amistad. Pero al final, implacables, allí seguían ellos, recordando y riendo de todas las situaciones que vivieron y que nadie más sabía.
Al llegar, Fernando sacó su llave y abrió la puerta. Romina se dirigió a la cocina y calentó una pizza que encontró, como si fuera su casa.
—Trae algunas latas —dijo Fernando—. Aún tengo sed.
—Eso estaba a punto de hacer —acotó Romina, abriendo el frigobar.
Se sentaron en el mueble con las cosas en la mesa. La sala era pequeña, algo desordenada, pero Romina ya estaba acostumbrada a verla de ese modo que solo atinó a decir, nuevamente: «Bonito tu cuchitril».
—Hoy no me puso Rachanga. ¿O éramos nosotros? —dijo Romina antes de empezar a comer una tajada de pizza.
—Éramos nosotros —respondió Fernando.
—¿Estás diciendo que ya hemos perdido las ganas de tomar?
—No, eso nunca.
—¿Entonces?
—Hemos perdido las ganas de conocer gente nueva.
Romina lo miró, dejó la pizza en la mesa y dijo:
—Ya, Fernando, no empieces.
—¿Qué cosa? Es la verdad.
—No me digas que sigues pensando en Raquel.
—Ja, ja, ja, ¿pero qué tiene que ver Raquel? No me refería a eso. Además, ya no sé nada de ella.
—Claro que sí, te presento amigas y no te animas a salir con ellas.
Fernando la miró, suspicaz, y respondió como solía hacerlo cuando hablaban de estos temas.
—No tiene nada que ver con Raquel, es solo que tus amigas están locas. Y tú también. Y no me hagas hablar de Mario, el pobre no merecía lo que le hiciste.
Romina soltó una risotada y lo empujó.
—Por favor, sabes bien que él me engañó. Ay, ya, mejor no digo nada de lo que tú haces porque sales perdiendo.
Fernando rió y tomó otro sorbo de cerveza. Se levantó y puso algo de música.
—Hablando en serio, hace tiempo que no salimos con nadie —dijo Fernando al regresar al mueble.
—Yo soy la que no ha salido con nadie. Eres tú el que no se aburre de salir con varias chicas.
—Ya pasaron más de dos meses de la última chica con la que salí. Y no la volví a ver desde entonces.
—¿Y qué pasó? Sí la recuerdo, era linda. ¿cómo se llamaba?
—Sabina. 
—La de cabello corto, ¿no?
—Sí. Y nada, nos llevábamos bien pero no había ese «algo».
—¿Emoción, atracción?
—No estoy seguro. Solo no tenía ganas de nada.
—Siempre dices eso.
—Pero es cierto.
Fernando la miró y le preguntó:
—¿No te ha pasado?
—¿Qué cosa? 
—Aburrirte de todo. Hasta de la gente.
—Me aburrí de Joel, se creía vivo el muy idiota. Solo me buscaba para ya sabes qué.
—No hablo de alguien en específico. 
—Sé a lo que te refieres. Pero es normal, supongo. Hemos intentado con varias personas desde que nos conocemos y henos aquí, tomando cerveza, comiendo y reflexionando sobre nuestros fracasos.
—La cuestión es clara. Lo he estado pensando ya hace buen tiempo. He perdido el asombro.
—Me consta, te digo. Pero también ha sido tu culpa. A mi amiga Julia le gustabas mucho, no dejaba de preguntar por ti. Y tú ni cuenta te dabas.
—Exacto, no era mi intención. Si mi asombro fuera el mismo, mi entusiasmo por verla hubiera seguido.
—Yo digo que eres un distraído, o un idiota.
—También lo he considerado. No me gustaría que fuera eso, pero es posible. Yo, el idiota, lidiando con cosas sin sentido.
—Fernando.
—¿Qué?
—¿Te vas a terminar esa pizza?
—Sí.
Romina lo miró con cara de cólera y con tristeza al ver cómo Fernando se terminaba la última tajada de pizza.
—¿Y qué sabes de Mario? —preguntó Fernando, limpiándose con una servilleta.
—Ay, ya no me hables de ese tipo.
—Me caía muy bien, más que los otros chicos que me presentaste.
—Sí, pero era un pendejo.
—Lástima.
—Ay, no me hagas reír porque tú también lo eres.
—Pruebas.
Romina levantó el dedo señalándolo y se quedó callada.
—¿Lo ves? —se defendió Fernando.
—Bueno, te gusta ilusionar a las chicas que te presento.
—Claro que no. Solo soy amable y ellas también lo son. No digo nada fuera de lugar.
—Eso no quita que no seas coqueto. 
—Yo no me siento coqueto. Tú eres la coqueta. Siempre que conozco a alguien quieres que te lo presente.
—Si es guapo, sí.
Fernando dio una risotada.
—¿Adónde iremos a parar? —dijo, riendo.
—No lo sé, pero siempre y cuando no salgas con chicas como Elisabeth, que detestaba que te veas conmigo, todo estará bien.
—Es cierto, era un poco celosa.
—¿Un poco? Por favor, papito, si no dejaba de stalkearme. Un día se le escapó un like en una foto de mi Instagram de hace años, qué roche.
—Es que tenemos muchas fotos juntos, pues.
—Lo sé, pero era una desconfiada total. Cuando salíamos juntos me miraba con una cara.
—Ya olvídalo. Yo tampoco lo soporté y por eso terminamos.
—Gracias.
—De nada.
El celular de Romina empezó a sonar. Era Silvana. Habló un rato con ella y colgó.
—¿Quién era? —preguntó Fernando.
—Silvana, me preguntó en dónde estaba. Acaba de llegar a Rachanga, pensó que nos vería allí. Olvidé decirle que nos fuimos.
—¿Y ahora?
—Nada, no pienso volver. Qué flojera. Además me ha dicho que ha visto a Javier.
—¿El de la barba?
—Ese mismo. Me dijo para vernos la semana pasada y le dije que no, pero insistió tanto que tuve que bloquearlo.
—Los vuelves locos, pues. Bueno, está bien...
—Sí, pero, ¿por qué preguntas? No me digas que quieres ver a Silvana. Ya perdiste tu oportunidad hace tiempo, ah.
Fernando la miró entrecerrando los ojos y dijo: «Solo pregunto».
—Es broma, me dijo que quería verte —respondió Romina riendo.
—¿En serio?
—Sí. Está soltera y no está saliendo con nadie.
Fernando recordó a Silvana. Un amiga de ambos de la universidad. Hubo un tiempo que se hablaba mucho con ella pero luego él estuvo con Elisabeth y Silvana con Roberto, un estudiante de arquitectura.
—Le voy a escribir —dijo Fernando.
—Nunca es tarde —respondió Romina.
—A veces sí —acotó Fernando, abriendo otra lata de cerveza moviéndola de lado a lado haciendo rodar la espuma por el borde de la lata. Romina hizo lo mismo y brindaron por el simple hecho de estar allí, de seguir allí.

jueves, 8 de noviembre de 2018

La Herradura

Bajamos sin prisa del auto y el mar, frente a nosotros, rompía sus olas negras por la noche y el invierno. Habíamos llegado a la Herradura para celebrar el cumpleaños de Elena, una amiga de la universidad, y también por haber terminado los exámenes de fin de ciclo. 
Después de pagar el taxi, Ramiro y Roberto se fueron a comprar unos cigarros y Mariano se quedó conmigo esperando la llegada de las chicas. Llamé a Celeste para saber a qué hora venían. Me dijo que en veinte minutos estarían aquí. Ramiro y Roberto regresaron y nos ofrecieron unos puchos. Fumamos, nos ajustamos el cuello por el frío y decidimos avanzar para comprar unas cervezas. Cruzamos la pista y entramos a un bar, subimos una escalera y en la azotea se escuchaba la música y la bulla de la gente. Buscamos un lugar cerca al balcón, juntamos el dinero y compramos una caja. La música se escuchaba fuerte, habían parlantes en cada esquina y el lugar era amplio. 
Mariano miraba con atención a las chicas que llegaban, pues entre ellas estaba seguro que vería a su exnovia, que no tenían menos de un mes de haber puesto fin a su relación. Me hizo un gesto y me acerqué a él: «Me avisas si ves a Cristina», me dijo. Asentí con la cabeza y cogí el vaso de cerveza. Intenté buscarla con la mirada pero solo vi a otras amigas. Fui a saludarlas, hablamos un rato y regresé con los chicos. Revisé mi celular y tenía llamadas perdidas de Celeste, y en uno de sus mensajes decía que ya había llegado, y cuando la llamé, la vi entrar con sus amigas. Caminé hasta la entrada y nos saludamos. Celeste era una de mis mejores amigas y de Elena, la cumpleañera, por lo que no podía faltar. Hablamos sobre el lugar, sobre quienes vendrían y sobre Raúl, su nuevo pretendiente. Raúl no me caía mal, pero tampoco me agradaba mucho. Era un tipo normal, sin gracia, pero dentro de todo amable. Celeste no lo veía así, por ello había aceptado salir con él un par de veces, y esperaba verlo hoy. Le di un beso en la frente y le dije que me avisara cualquier cosa, que estaría con los chicos, y me fui. 
Cuando me propuse regresar al balcón, advertí el tumulto, que unos minutos antes no había. Caminé entre la gente para atravesar la enorme sala. Mientras intentaba salir de allí, me encontré con Cristina, quien me saludó amistosamente y me presentó a su amiga Fernanda. Delgada, de rostro limpio y de unos ojos claros. Fernanda era linda. Me miró unos segundos y yo hice lo mismo. Cristina me dijo algunas cosas y un momento después me jaló del brazo: «¿Mariano está aquí?», me preguntó. «Sí, vine con él y los chicos. ¿Por qué?», dije. Cristina empezó a buscarlo y a mirar a los lados, cautelosa. Se acercó y me dijo que había venido con un chico, un amigo, un saliente. La miré sorprendido y empecé a buscar a alguien con la mirada, primero al chico en cuestión, después a Mariano y luego a Fernanda, quien me miraba de lejos. «¿Pasa algo?», me preguntó Cristina, jalándome el brazo. «Tu amigo terminó conmigo, por si no lo sabías», añadió. Yo no lo sabía, por alguna razón Mariano nunca me lo comentó. «No pasa nada», dije, de pronto. «Pero sería mejor que evites que te vea», añadí. «No tengo por qué hacerlo, Miguel», me respondió, frunciendo el ceño y colocando ambas manos en sus caderas. «Está bien, no te preocupes, solo decía», respondí, sereno, para evitar algún malentendido. Cristina se fue y me miró como queriendo que se lo dijera. La miré confundido y seguí por la sala hasta llegar al balcón.
—¿Dónde estabas? —me preguntó Mariano.
—Fui a ver a Celeste. Ya llegó.
—¿Viste por ahí a Cristina?
—Sí.
—¿Y estaba con alguien?
—Sí, con su amiga Fernanda.
—¿Fernanda, una bonita?
—Sí, era muy bonita.
Decidí no decirle lo que me había dicho Cristina. Al parecer, Mariano sabía que había cometido un error al terminar con ella y se hubiera puesto mal si se enteraba. Tal vez luego los vería juntos, pero ya no sería mi problema y habría evitado malograrle la noche que apenas comenzaba. Le dije que me pasara la cerveza y me serví un vaso lleno. Me encontraba con mucha sed. Ramiro y Roberto estaban con unas amigas conversando, fumando y tomando. Las reconocí de lejos: Liliana y Carla. Fui a saludarlas y a brindar con ellos. Regresé donde Mariano y me dijo que quería dar una vuelta. No era difícil adivinar que aquella vuelta era para buscar a Cristina y hablarle, así que lo acompañé para evitar que la vea. Hice que me siga por otro camino y llegamos al bar. Le dije que mejor saliéramos a comprar un cigarro, como para hacer hora, pero de pronto apareció Celeste con Raúl. Lo saludé con fuerza para molestar a Celeste y luego ambos saludaron a Mariano.
—¿Qué tal la están pasando? —nos preguntó.
—Bien —dijo Mariano.
—Solo que aún no vemos a Elena y queremos saludarla —intervine.
—Está por allá —señaló Celeste una sección de la sala que no había visto.
—Bien, ahora voy —dije, codeando a Mariano para que me acompañe.
—Estaré con las chicas por las mesas —me dijo Celeste, y se fue con Raúl.
Fuimos hacia donde nos había señalado Celeste y vimos a Elena. Estaba bebiendo tragos cortos con sus amigas y bailando. Me acerqué con Mariano y empecé a bailarle a Elena hasta que me vio. Volteó y me abrazo. Sonreí y le dije: «Feliz cumpleaños, amiga». «Gracias, Micky. Toma, bebe», y me alcanzó un shot de pisco. Luego hizo lo mismo con Mariano. Siguió bailando y nos fuimos de regreso con los chicos. Mariano seguía distraído, ni el pisco lo había despertado de ese estado. No prestaba atención a nada de lo que pasaba, él solo buscaba a Cristina. Llegamos donde los chicos a abrir otra botella, a tomar, a escuchar la música, a relajarnos y celebrar el fin de exámenes finales.
La playa se veía vasta desde donde nos encontrábamos. Las olas no habían dejado de romper en la orilla haciendo sonar las piedras y mojando a veces el muro que las dividía de la calle y la pista. Abajo se encontraban algunos autos, pero la neblina limeña los hacía ver fantasmagóricos, así como a los que pasaban por ahí. Volteé a ver a Mariano, ahora lo notaba preocupado. Al parecer necesitaba hablar con Cristina más de lo que yo pensaba, pero no quería imaginar lo que sucedería si la veía acompañada. Me dije a mí mismo que no era mi problema y me tomé otro vaso de cerveza.
En eso pensé en Fernanda, la amiga. La busqué con la mirada, por donde me había encontrado con Cristina. Repare en que si decidía buscarla, Mariano me seguiría y por lo tanto el encuentro con su exnovia sería inevitable. Tuve que idear una manera de lograr lo primero sin provocar lo segundo. Le dije a Mariano que iría a comprar más cerveza, pero inmediatamente me dijo que aún quedaban botellas en la caja. Fui ingenuo, pero creí que no me diría nada porque cuando se trataba de comprar más trago, no ponía objeciones. Mientras pensaba en algo más, llegó Celeste con Raúl y dos de sus amigas: las inseparables Sandra y Camila. Nos saludamos.
—¿Qué le pasa a Mariano? —me preguntó Celeste en un momento que estuvimos a solas.
—Cristina ha venido y está acompañada —dije, de manera rápida.
—¿Cómo? Pero si hace poco terminaron.
—Él le terminó. No sé por qué, pero está arrepentido. Me parece que Cristina lo ha hecho para molestarlo, aunque no podría asegurarlo. No le vayas a decir nada, por favor.
—Está bien, no te preocupes. Espera, ahí viene.
Mariano se acercó y nos ofreció otra botella de cerveza. «Salud», dijimos los tres. Raúl llegó con una jarra de ron y nos las ofreció. Le dijimos que después, mostrándole la cerveza.
—¿Todo bien? —preguntó Mariano.
—Sí, ¿y tú? Te veo apagado —respondió Celeste.
—Más o menos. Necesito hablar con Cristina, ¿la has visto? —consultó Mariano.
Celeste me miró y llamó a Raúl. Volvió a Mariano y le dijo:
—No, no sabía que había venido.
—Miguel la vio hace rato con una amiga.
Celeste me miró y yo asentí.
—Sí, pero tal vez ya se fue —sugerí—. Un momento, ya vuelvo —dije, aprovechando la ocasión para buscar a Fernanda.
Caminé entre ellos, brindé con Ramiro y Roberto. Liliana y Carla me empezaron a bailar, les seguí el baile hasta poder salir de la rotonda y me fui.
Me apoyé en la barra al otro lado de la sala y empecé a buscar a Cristina y a Fernanda. Compré una cerveza personal y me acerqué para ver mejor. La vi bailando con sus amigas, y Cristina, efectivamente, se encontraba con un sujeto que no había visto antes. Un momento después el chico se fue con unos amigos y ellas se quedaron bailando en la mitad de la sala. Caminé por ahí como quien intenta llegar al otro lado y pasé al lado de ellas, confiando en mi suerte, que nunca había sido mucha, pero creía en el simbolismo del lugar en el que estábamos. Entonces, Fernanda se percató de mí y le dijo algo a Cristina. «Miguel, Miguel», me empezó a llamar. «Ven, ven», me dijo Cristina. «Baila con mi amiga», sugirió y yo miré a Fernanda y ella me miró sonriendo. La saqué a bailar. Volví a ver a Cristina y me miró con una risa traviesa. Cristina era esbelta, tenía el cabello largo y unos gestos muy traviesos. «Tal vez Mariano no confiaba en ella», pensé. Fernanda me preguntó si yo bailaba salsa. Le dije que haría mi mejor esfuerzo. La sostuve de las manos y ella empezó a moverse de un lado a otro y con una energía que dejaba en ridículo a la mía. Le di una vuelta y se acercó a mí. Nuestras mejillas se rozaron y nuestras miradas se quedaron fijas. Mi mano cogía su espalda y dábamos otra vuelta. Ella pegaba su cuerpo al mío y nos mirábamos en cada giro. La música cambió y nos paramos a un lado. 
—Bailas bien —me dijo.
—Solo intenté seguirte el ritmo —respondí.
Cristina nos había visto bailar y ahora ella bailaba con el chico que la acompañaba. Fernanda y yo nos quedamos viéndolos mientras conversábamos.
—Cristina me contó que estaba con tu amigo —comentó Fernanda, de pronto. Y yo recordé a Mariano.
—Sí, estuvieron hasta hace poco —dije, mirando a ambos lados, buscándolo. 
—¿Él está aquí? —me preguntó.
—Sí, vino conmigo —respondí.
—Uy, qué complicada situación —agregó.
Pensé lo mismo. Ahora no sabía qué hacer. Ya estaba con Fernanda, pero tenía que volver donde Mariano porque sino él vendría a buscarme y me vería con Fernanda y a Cristina con el chico nuevo, y nada bueno podría salir de eso.
—Espérame un momento —le dije a Fernanda, cogiéndola de las manos—. Ya vuelvo.
Fui enseguida donde los chicos y seguían allí. Habían comprado otra caja de cerveza y se veían entretenidos. Me acerqué a Celeste y le conté lo que pasaba. Le dije que distrajera a Mariano mientras yo me quedaba con Fernanda. Celeste me miró molesta, pero luego entendió. Me dijo que sus amigas Sandra y Camila querían bailar con Mariano pero parece que con él no era la cosa. «Está muy distraído con lo de Cristina», me dijo. En ese momento me sentí un mal amigo, pero lo único que quería era evitar algún pleito y, claro, pasar más tiempo con Fernanda. Celeste me dijo que haría todo lo posible y me fui sin que Mariano se diera cuenta.
Vi la hora en mi celular y daban las dos de la madrugada. Aún quedaba mucho tiempo, pensé, y volví donde Fernanda. Se encontraba tomando con dos amigas mientras Cristina seguía bailando con el chico. Pero me vio volver y miró a Fernanda. Ella rió e inmediatamente la saqué a bailar. 
—¿Adónde fuiste? —me preguntó.
—Donde mis amigos, se están divirtiendo sin mí —dije.
—Entonces no te vayas —me dijo, y ambos sonreímos. Dimos unas vueltas y nos juntamos más. Fernanda se miraba con Cristina y sonreían.
—¿Hasta qué hora te quedas? —le pregunté un momento después.
—Un par de horas más. Yo vivo cerca —me dijo.
Fue cuando vi que Mariano pasó al frente de nosotros pero sin darse cuenta, ni de mí y mucho menos de Cristina. De todas formas intenté esconderme con el baile hasta que se fue. Fernanda me miraba cada vez más cerca y yo hacía lo mismo. Bailamos un par de canciones más y yo ya no quería irme a otro lado. Cuando de pronto escuché botellas y vasos caer de una mesa y romperse en el suelo. Fernanda me volteó y gritó: «¡Se están peleando!».
Fui corriendo mientras pensaba: «No, no, no, que no sea Mariano». Y cuando llegué, vi que Mariano había golpeado en el rostro al acompañante de Cristina y este había caído encima de unas de las mesas haciendo caer todo a su paso. Ramiro y Roberto lograron controlarlo para cuando yo había llegado. Cristina empezó a gritarle todo tipo de adjetivos, desde “maricón”, “cobarde”, “imbécil”, entre otras cosas.
Me acerqué a Mariano y le pregunté que qué había hecho. Y me soltó el brazo, con fuerza. «Tú sabías que Cristina había venido con ese huevón», y lo señaló. «Te hiciste el cojudo, nomás», añadió, molesto. «De qué estás hablando», dije, sintiéndome un hipócrita. Celeste me agarró del brazo y me dijo que Mariano estaba borracho, pero que me había visto bailando con Fernanda junto a Cristina y el otro sujeto. En ese momento supe que la había cagado. Los de seguridad invitaron a Mariano a retirarse, y Ramiro y Roberto lo acompañaron a salir.
Cristina me miró molesta. Fernanda no entendía lo que había pasado. Le expliqué todo en cuestión de segundos. Me acerqué a Cristina y solo atiné en decirle: «Yo te lo advertí, solo quería evitar que algo así pasara». Cristina seguía molesta, pero me dio la razón. «Debí ser más precavida», se dijo mientras miraba el golpe que su nuevo chico había recibido. El sujeto era un idiota, ni siquiera se defendió del golpe de Mariano. Cristina le dijo a Fernanda que se iría con él. Fernanda me cogió de la mano y le dijo que se quedaría. Cristina me miró y quiso decir algo, pero solo me señaló con el dedo y se fue con su acompañante. Fernanda me miró y me dijo que no quería que me quedara solo. 
—Tus amigos te dejaron.
—Sí, luego hablaré con Mariano.
—Estaba muy molesto.
—Él es así, sobre todo cuando se pone borracho.
La gente empezó a retornar a sus lugares y a volver a bailar y a beber. Me acerqué al bar con Fernanda y nos tomamos unas cervezas. Ella me sujetaba de la mano y yo la miraba. En un cambio de canción, sus labios se acercaron a mi boca y nos besamos por un buen rato. Bailamos un par de canciones más mientras nos besábamos. Al ver la hora, cuatro y media, salimos de allí y caminamos por las veredas de la Herradura. El viento corría fuerte y estuvimos abrazados. Fuimos a esperar el taxi. Mientras esperábamos que llegue, ella se puso a responder algunos mensajes de su celular y yo hice lo mismo. Ramiro me dijo que ya habían dejado a Mariano en su casa y que pensaban seguirla. Le dije que no se preocuparan por mí, que ya me iba. Celeste me escribió diciendo que ya se había ido, que me vio muy cariñoso con Fernanda y por eso no se despidió. Le dije que ya iría a visitarla para conversar. 
La cabeza me dolía a mares, había tomado más de la cuenta pero estaba consciente de lo que sucedía. Fernanda no dejaba de abrazarme y besarme. Se veía hermosa bajo los faros en plena madrugada. Llegó el Uber que habíamos pedido y subimos. Los bares y las calles empezaron a perderse con la gente. La playa y la neblina desaparecieron y llegamos a un condominio. «Aquí es», dijo Fernanda, y bajamos del taxi. Entramos a su sala y nos acostamos en el mueble. Sus labios besaban mi cuello y mis manos buscaban más de ella. En silencio pensaba en todo lo que había pasado y estaba por pasar. Y fue inevitable no sentir un sentimiento de culpa por lo que había hecho. «¿Qué clase de amigo era yo?», me preguntaba mientras me desprendía de mis prendas y Fernanda me miraba y me besaba. Entonces, sintiendo a Fernanda tan cerca de mí, la noche dejó de ser noche y cada vez dejó de ser fría.

martes, 16 de octubre de 2018

Destierro

Era cuestión de tiempo. Todo lo que habías construido terminaría por destruirse. Fue inevitable. El diálogo acabó. «Ya no importa», piensas, mientras caminas con las manos en los bolsillos por la transitada alameda. La ciudad, en este momento, es solo un excusa. Los edificios, los autos, la gente que sube y baja de los colectivos, que pasea por las veredas, que se besa en las bancas, que saluda desde los balcones, nada. Todo era parte de una parodia de la urbe que hay detrás. ¡Te han desterrado! La calles te estorban. El viento te absorbe. Te parece absurdo pensar en la vida que ya no está, que ya se fue. Sin embargo, no la has vuelto a ver por más que pensabas en ella. Te hace daño hablar, pensar en hablarle. Pensar que sigue aquí. Cambias de nombre y de apariencia para lograr tu cometido, pero eso no altera el hecho de que te han desterrado. Todos te desconocen. Tú también los repudias, sordos, ciegos, ingenuos. «Era cuestión de tiempo», piensas. Lo sabías. Siempre lo supiste y caíste parado. Nunca tuviste miedo de decir lo que pensabas, de hacer lo que pensabas. Ella ha trascendido en la existencia, recuérdalo. Pero tú sigues vivo, en una especie de muerte camuflada, mas no para ellos. 
Los hombres se cansan, se mueren, se descomponen. No hacen falta, no son tan especiales. Dicen, hacen cosas por miedo a la fatalidad. Piensas en irte. Lo has intentado. Te dolió, ¿cierto? No es preciso que me lo digas, ya no pienses en eso. Vamos, levántate, no llores. El sol espera, la noche no. En la vereda, el señor de barba coge sus cosas y cambia de esquina, coloca un cartón y se sienta. Saca una lata y pide monedas. Le das lo que tienes y caminas. Te preguntas qué hizo él para merecerlo. Lo sabes pero no lo dices, no quieres exponer la cruda verdad. Te controlas, doblas en la siguiente esquina. ¡Te han desterrado! Te abandonaste, te entregaste a la nada y empezaste a buscar la vida en la muerte. 
Juventud te conquisto, te dio sus mejores años. Supiste amarla, emocionarla, pero te venció, te consumió y no quisiste saber más de ella. Y ahora solo aparece cuando te miras a los ojos. Era encantadora y tenía mucha energía, quería hacer de ti el rey del mundo. Y lo hizo. Pero ese mundo colapsó. De pronto, un infante te ofrece un dulce. Lo miras con miedo. Ves en sus ojos la verdad. Le das unas monedas y sigues tu camino. Tu cuerpo se ha entumecido, no eres el mismo de ayer y tampoco serás el mismo mañana. No concibes el presente y temes cuando ves que el tiempo pasa. Tu miedo es extinguirte, evaporarte, morirte. Caer en la desgracia de ser pensado, extrañado, querido. De provocar nostalgia, de ser un recuerdo. No es el caso. No es él, no eres tú, no es ella. Es. Y te duele en lugares que desconoces. 
Una humareda oscurece la avenida, los cláxones retumban en tu cabeza y los moribundos que lustran las botas en la esquina de la calle se rehúsan a hacerlo a hombres como tú. Los quioscos cierran sus puertas, guardan sus noticias, sus tragedias, su pan y su agua. Perros crueles le roban la comida a los locos, los locos se hacen pasar por locos. La gente se hace pasar por gente. Tú te haces pasar por ellos. Quieres pasar desapercibido, quieres volver. Volver con aplausos entre el vitoreo de multitudes, con los ojos llorosos de ella viéndote y gritando tu nombre, saludándote a lo lejos y tú reconociéndola e ir corriendo y abrazarla para decirle que has vuelto por ella, que te han perdonado, que ya no eres el infame sujeto que fue desterrado de aquí. Quieres pensar que suceda eso y quieres que suceda sin que nadie lo sepa, excepto ella. Ella debe saberlo todo. Ellos tienen la culpa. Te inmortalizaron, te hicieron creer que lo merecías. 
El semáforo cambia a verde, cruzas la pista, miras la plaza, subes las escaleras, caminas por la fuente, bajas las escaleras, entras por un callejón, miras la hora, tiras un folleto a la basura. Fallas. Un viejo te mira con odio, pero no dice nada. «Ya es hora», piensas. Nadie te sigue, nadie te mira. Inténtalo. La búsqueda. El sepulcro de la vida. Te enfureces y cambias de rumbo. El tiempo es inaudito a tu causa. Nada te complace, nada te convence. Recuerda lo que dijo madre: «No todos son como piensas, no todos son como tu padre». Sus palabras eran fruto de una serie de hechos confirmados por los ojos que heredé de ella. En ellos la vi sangrar. Vi cómo dejaba este mundo. Vi cómo se sacrificaba por mí. El destierro había sido heredado por él, por mí, por ella.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El sujeto

Escribir duele, y el dolor, a veces, causa placer. Pensarla también duele, pero el placer de escribir sobre ella alivia, de alguna forma, esa sensación. Sin embargo, antes de seguir con este relato de sospechosa contradicción, debo aclarar que no soy yo quien intenta escribir. Lo suelo llamar, por tratar de darle forma, 'El sujeto', y se manifiesta como una voz o una presencia. Desde hace varios años, mediante pensamientos e ideas, me usa para sus fines, hasta llegar, en ocasiones, a suplantarme sin que yo lo advierta. 
Empezó a susurrarme frases los últimos años del colegio, que yo escribía en hojas sueltas para después romperlas en un arrebato sumamente inmaduro, propio de un adolescente susceptible como yo. Pero años después, ya en la universidad, empezó a formular oraciones e ideas más elaboradas, como por ejemplo: «Sus modos son creíbles para el personaje, no finge, es. Ella es quien buscas», «Es conveniente saber sus manías, sus miedos, sus motivaciones. Sé su amigo, su compañero». Ya por ese entonces, y debido a ello, había empezado a crear ficciones. Al comienzo no hacía caso creyendo que eran solo ideas, alucinaciones, delirios de escribidor. Pero luego empezó a intervenir con más frecuencia y de manera egocéntrica e imprudente: «No es apta para la historia: es trivial, vacía», «Bella, elegante, pero frívola». Me susurraba frases así de vez en cuando y me causaba asombro y miedo. Con el tiempo supe que era una presencia que no podía evitar, y por ello, un día, decidí hacerle frente: «No puedes usar a la gente a tu conveniencia. No son cosas, ¡sienten!», dije o me dije, para mis adentros, pero aún no estaba seguro si podía escucharme como yo a él. Ahora, cuando aparece, con una voz que reconozco desde antes de que llegue, vivo, trato de obviar esa discusión con ese sujeto y vivo. O creo vivir. Pero se manifiesta cuando menos me lo espero: «Mírala, acércate, involúcrate, crea una situación», y se calla. Me hallo en la escena y ya no sé qué hacer para no sentirme controlado. Por creer que tengo libre albedrío, hago caso omiso y sigo de frente, evitando algún tipo de contacto. Pero no es nada fácil. 
Ahora sucede a diario. Estoy con un grupo de amigos. Conversamos, reímos, estamos tomando unos tragos y aparece de nuevo susurrándome al oído: «No hables, solo obsérvalos. Mira su comportamiento, piensa en lo que piensan y crea la historia. Ya tienes la imagen, solo escríbela», y vuelve a callar. Sacudo la cabeza, hago como si nada hubiera pasado y sigo viviendo. Estoy besando a una chica que acabo de conocer en una fiesta y él ya está allí: «Suéltala, dile algo, intenta confundirla y sigue besándola, tal vez mañana ya no sepas de ella, despídete», y el sujeto vuelve a desaparecer. Y exactamente eso pasó, pero no fui consciente de ello. Él intervino y actuó por mí, o no sé si yo lo dejé. «Lo de ayer fue absurdo, una escena burda, sin más implicaciones que los bajos instintos. No tiene nada de extraño, no lo escribas», sugirió al día siguiente, y mis dedos automáticamente cambiaron de tema, dejaron de lado aquella experiencia inútil y pensé —¿o él?— en la escena del otro día. Caminaba por la avenida Tomás Marsano para tomar un taxi. Cuando llegué al paradero de la estación Jorge Chávez, un auto, en la esquina en la que yo estaba parado, cruzó pisando la acera y se estrelló en la casa de al frente. «Pudiste haber muerto», dijo el sujeto de pronto. Yo miraba la escena sin creer lo que veía. «Pero estás vivo viendo el auto destrozado, corres hacia él, estás ayudando al hombre a salir del auto con alguien más que vio el accidente, el hombre está ebrio, casi te atropella pero lo estás ayudando, y no lo haces por solidaridad, sino por querer tener algo para escribir, cambiando algunas cosas y hacer que la historia quede como hubieras querido que suceda», no dejaba de hablar. Solté al hombre cuando lo vi a los ojos, un odio entró en mí y me fui, mientras una muchedumbre venía corriendo para socorrerlo. No miraba a nadie, solo escuchaba la voz del sujeto dándome órdenes, diciendo lo que tenía que hacer para luego escribirlo. Él tomaba las decisiones, yo solo actuaba. Allí mismo tomé un taxi y fui donde Camila. Al llegar, le conté lo sucedido con el sujeto en la escena del accidente. No me creyó. Sacó unas cervezas y tomamos un poco. «Voces por aquí, voces por allá; solo necesitas relajarte, cariño, ven», me dijo. Me eché en su mueble y apoyé mi cabeza sobre sus piernas. Camila jugaba con mis cabellos, me acariciaba y me daba besos. Y en ese preciso instante, después de mucho tiempo, ella apareció. La vi a través de la mampara mirando por el balcón. Me levanté enseguida. «¿Te pasa algo?», preguntó Camila. «No, estoy bien», balbuceé y volví a sentarme. «Iré donde mi madre en un rato, ¿te jalo en el auto?», me dijo, un rato después. «¿Fabrizzio? ¿Fabrizzio me escuchas?», repitió despertándome del trance. «Sí, no. No te preocupes, iré donde Enrique», respondí. Al salir del departamento de Camila, llamé a Enrique para ir a buscarlo. Cuando le conté lo sucedido, creyó que lo estaba «hueveando». «Puta, hermano, ahora no puedo, saldré con Jimena», me respondió cuando le dije para ir a buscarlo. «Dale, no te preocupes, estamos hablando», respondí y colgué. «Y así se hace llamar mi amigo», me dijo, ofuscado. Caminé de madrugada por la Avenida Joaquín de la Madrid discutiendo con el sujeto que apareció de nuevo: «Busca a Bianca», sugería. Esta vez no quería que me diera órdenes, intenté rebelarme contra él: «¡No lo haré! Ella está bien sin mí», grité. «No es ella, pero te ayudaba mucho verla», seguía. «¡Basta!», grité de nuevo, apretando mi cabeza con ambas manos para evitar escucharlo, aunque no servía de nada. Nadie oyó mi grito, la calle estaba oscura, desierta, pocos autos pasaban por la avenida a esas horas. Y pensé de nuevo en ella. Un dolor empezó a recorrer mi cuerpo, una sensación casi sanguínea entorpeció mis pasos. Me costaba caminar. «Estoy vivo», pensé, para calmarme. Ella aparecía y desaparecía a su antojo, como el sujeto. «Escribe lo que te pasa», sugirió de nuevo. No le hice caso. Miraba con atención a cualquier lado, quería gritar. Me detuve en un pasaje y en cuestión de segundos todo volvió a la normalidad. 
Al cabo de un rato revisé mi celular, un Whatsapp de David decía: «¿Dónde estás? Tengo una reu, vamos». Vi la hora: 1:30. Necesitaba un respiro. «Estoy cerca, vamos», respondí. Tomé un taxi y llegué a su casa. «¿De quién es la reu?», pregunté después de saludarlo. «De unas amigas, te van a caer bien», respondió. Al llegar, una casona con un minibar en el sótano nos acogió. «Estoy vivo», pensé de nuevo. Y el sujeto, al presenciar el lugar y la situación, apareció. Empezó a susurrarme cosas: «Mira». Yo miraba, a la vez que intentaba no hacerle caso. Me senté con David después de saludar a sus amigas. «Sírvete», me dijo una de las chicas. Me serví un trago. Tomé. Algunas de ellas cantaban una canción de José José que aparecía en el proyector. «Acércate a esa chica, no ha dejado de mirarte», comentó el sujeto. Me paré y salí de la sala. «¡No!», grité en el espejo del baño cuando me lo repitió un rato después. «Háblale, dile lo que te pasa», insistió. Regresé, brinde, canté, bailé. «Tú no eres de aquí», me dijo la mujer. «Me di cuenta cuando te vi entrar», añadió. «Es mayor que tú, déjala que hable», sugirió de nuevo el sujeto. Moví la cabeza de nuevo haciéndolo desaparecer y escuché a la mujer con atención: el pasado humilde, el esfuerzo, el dinero, la posición social, la política, la corrupción, el Perú, la gente de mierda. «Se acerca cada vez más, se siente cómoda, tú también», me susurraba el sujeto y yo bebía un trago tras otro. «Te está acariciando la pierna», pienso y él me lo dice a su vez. «¿Vamos por más trago?», sugirió la mujer un rato después. «Ve», susurró él. «La botella de Whisky ya se acabó y ella te acerca la suya, te quiere convencer», siguió. «Déjate convencer», repitió. La mujer empezó a besarte, te mordía, te empujaba hacia la pared, te soltaba, tú veías a David en el mueble de al frente besando a su amiga, mucho mayor que él, sin duda y te reías. No sabías cuántas horas habían pasado. «¿Son las cuatro o cinco de la madrugada?», pensaste y no sabías qué hacías allí. Pero ¿es él el que narra o soy yo? Ya no lo sabes, él te ordena, tú actúas y viceversa. Aparece, te sugiere cosas que no harías pero sabe que un empujón basta para meterte en situaciones que quisieras no haber vivido. «Estoy vivo», pienso nuevamente. Y el rostro de ella aparece de nuevo. Te mira, te llora, te besa. Duele un poco. Sigue doliendo. «Te sientes solo, estás solo», susurra, casi burlándose de tu desgracia. «Escribe», me sugiere el sujeto. «Vuélvela eterna, no hay peor condena que la inmortalidad», añade en un arranque de serenidad y sensatez que ya no recordaba en él. Regresé a la sala, cogí mi casaca y salí del sótano. «¿Y David?», me pregunté —¿o a él?— desconcertado. «Él está bien, vete», seguía dándome órdenes. «¿Y qué le digo a la mujer?», lo interrogué. «No tienes por qué decirle algo», añadió. Subí las escaleras, abrí la puerta, caminé hasta la avenida y paré un taxi. «10 soles», me dijo el taxista. «Vamos», respondí, entré al auto y cerré los ojos. «Tienes la historia», susurró. Golpeé la puerta del auto con cólera, el taxista me miró frunciendo el ceño pero no dijo nada. El rostro de ella apareció de nuevo, besándote. Abriste los ojos, ya era de día. Empezaste a toser, miraste al taxista, te disculpaste, viste la calle, estabas cerca. El sujeto ya no decía nada, ya no existía. El sujeto eras tú, era yo.