jueves, 16 de marzo de 2017

Visita

Camina por la habitación ignorando mi presencia, se detiene al observar algunas fotos en uno de los estantes y recorre con la mirada los rostros impresos, planos, inanimados, en esos cuadros diminutos y de madera. La miro por encima del hombro sin que lo advierta y, para no perturbar la escena, me abstengo a decirle que muchas de esas personas ya no están en este mundo. 
Continúa el recorrido y observa con calma los cuadros colgados en la pared, que se encuentran uno al lado del otro, en orden de tamaño, para luego señalar con el dedo y preguntarme en dónde han sido tomadas, sin mirarme, pero sabiendo que existo. En los Alpes Suizos, respondo. Enseguida, coge una fotografía que se encuentra en mi velador y comenta, serena, que mi familia parece ser muy unida. Eso intentamos, repongo, susurrando, por el frío, por la noche. 
Sigue recorriendo la habitación, vacilando, tocando, viendo, y llega a mi lugar favorito: el librero. Coge un libro al azar y me pregunta de qué trata, mostrándome la portada sin quitar la mirada al librero, y le describo, de manera breve, la historia de un hombre que no concibe el amor en la vida. Lo deja en su lugar y me mira, por vez primera y después de mucho. ¿Y este otro?, pregunta, intrigada. Es la historia de una mujer que vive intentando colmar sus aspiraciones humanas basadas en las novelas que leyó, respondo, al instante. Y vuelve hacia mí, entrecerrando los ojos. 
De pronto, realiza el mismo movimiento para dejarlo en su sitio y preguntarme: ¿Por qué tantos libros? No creo que los hayas leído todos, añade, como retándome. Porque nunca es suficiente, le respondo, pero me doy tiempo para cada uno. Me mira curiosa, intenta sonreír y asiente con la cabeza. Se acomoda a mi lado, al borde de la cama, la miro y juego con sus cabellos que alguna vez adoré y le pregunto a qué ha venido. Quería verte, responde, viendo a otro lado, siguiendo con el juego de intentar ignorarme. Hace mucho que no sé de ti, y voltea, ahora, a mirarme. Pues, aquí estoy, le digo, mirando directamente a sus ojos. Me alegro, responde, sarcásticamente, y se levanta. ¿Y sigues escribiendo?, pregunta, al instante. A veces, pero ya no como antes, le respondo. ¿Y eso por qué? ¿Acaso desde que me fui no consigues inspirarte? Y se ríe vilmente. La miro y sonrío. He estado ocupado, solo eso, respondo. Ya veo, comenta. Pero mejor, escribir te abstraía del mundo. Ahora sí me escuchas, por lo menos, añade. Te equivocas, le digo, siempre lo hice. Eso crees tú, corazón, afirma. Y empiezo a recordar sus arrebatos y molestias, y me echo sobre la cama para pensar en otra cosa. ¿Se puede saber a qué has venido?, vuelvo a preguntar, sobando mis manos sobre mi frente y mirando a la superficie. Ya te dije, quería verte, responde, sin dudar. Pero, para qué, vuelvo a preguntar. Para saber si has cambiado o si sigues siendo el mismo de siempre. ¿Y qué has notado?, le pregunto. Que sigues siendo el mismo de siempre, pero también has cambiado, responde. Voy a darle sentido a tu comentario, ¿ok?, le digo. No te gastes, cariño, me dice, guárdatelo para cuando escribas. No lo necesito, le respondo. Bueno, yo solo quería ayudar, añade. Ya me ayudaste mucho, contesto. Pero puedo volver a hacerlo, interviene. ¿Cómo?, le pregunto, levantándome. Y me besa, me abraza, se aleja y me vuelve a besar, coge con sus manos mi rostro y, con un leve movimiento, separa sus labios de los míos. Así, me dice. Qué astuta eres, le digo. Vamos, no digas que no te gustó. No pienso responderte, le digo. Está bien, no te emociones, me dice, riendo. ¿Emocionarme? Bueno, si eso crees tú, te seguiré el juego, respondo. No lo hagas si ya sabes que vas a perder, me dice, con un gesto rebelde, típico de ella, y me quedo intrigado, aunque no le digo nada. ¿Tienes agua para tomar?, pregunta. No, contesto. Ay, ya pues, no seas pesado, invítame un poco, me dice. Ya, bueno, espera, voy a ver si hay, respondo, cediendo. Está bien, no te demores, añade.
Salgo de la habitación y me digo: ¿A qué ha venido? Hace meses que no sé de ella, llego a la cocina, cojo la jarra y lleno el vaso con agua, ojalá tenga algo importante que decirme, pienso, y regreso. Aquí tienes, le digo, coge el vaso, gracias, responde y se da media vuelta. Bebe de un sorbo y lo deja en el escritorio. ¿Por qué me miras así?, pregunta al volverse hacia mí y ver mis ojos concentrados en ella. Quiero saber el verdadero motivo de tu visita, replico. Ya te lo dije, repite. No es suficiente, añado. Entonces, ¿qué más quieres que te diga?, me pregunta. La verdad, le digo. ¿La verdad? ¿Alguna vez tú me dijiste la verdad?, me espetó. Sí, respondo. Por favor, Gustavo, jamás fuiste sincero. Tenías miedo de seguir con lo nuestro, añade, ofuscada. ¿De qué estás hablando?, le pregunto, confundido. Nada, olvídalo, responde. Ya ves, dices cosas a medias, le digo. Porque tú lo sabes, sabes lo que hiciste y te consta, responde, todavía molesta. ¿Qué fue lo que hice, según tú?, pregunté, mirándola a los ojos. Alejarte, respondió en el acto y dio media vuelta. ¿Y tú no hiciste lo mismo?, pregunté. Y volvió hacia mí. ¡No! Pero creí que eso querías, responde, con la mirada hacia abajo. Nunca sabes lo que quiero, respondo. Y tú tampoco lo dices, contesta. Ya, basta. ¿Vienes después de mucho tiempo para esto?, le pregunto, un poco alterado. No quería que fuera así, me dice, mirando a la nada, con los brazos cruzados. Está bien, entonces, dejémoslo ahí, ¿te parece?, le digo, buscando un acuerdo. Ok, responde. Además, ya no nos veremos, me dice, de pronto, como amenazándome. ¿Qué?, ¿a qué te refieres?, pregunto, desconcertado. Me iré del país en unos días y solo vine a despedirme de ti, eso era lo que quería decirte. Me tomó unos minutos asimilar la noticia, al mismo tiempo que me sentía un idiota al repasar mi comportamiento egoísta desde que llegó; pero tome conciencia de que ella seguía allí, a unos centímetros de distancia, y de que, por unos minutos, a pesar de las diferencias y altercados, me había sentido igual que antes, entre todo ese caos que irónicamente adorábamos, y vi pasar ante mí todo lo que habíamos vivido juntos y lo que no... Lo siento, no lo sabía, respondí. Hubieras empezado por eso, yo… No tienes que decir nada, me interrumpe, ya es tarde, me tengo que ir, añadió, solloza. Cristina, la miro como antes, resaltando cada detalle de su rostro: su nariz pequeña, pecosa; sus ojos vivos, oscilantes; sus labios perfectos y resecos, y le digo, de manera pausada pero segura, cogiendo su mano, antes de que abra la puerta: Te he extrañado, y lamento no haberlo dicho antes, afirmo. La habitación se contrae en un silencio vivo y, un rato después, me dice: Yo también te he extrañado, Gustavo, mirando de lado, donde solo se aprecia el perfil de su sombra, y avanza sin voltear, soltando mi mano, abriendo la puerta y desapareciendo en el pasillo que tantas veces cruzó para verme, para acompañarme, para quererme a su manera por una última vez más.

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