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jueves, 22 de febrero de 2018

Los incautos

Sonó la alarma que anunciaba la salida y, en fila india, después de guardar sus cosas casi por instinto, empezaron a salir. Al bajar por las escaleras, en medio de empujones y alaridos, Castillo y Bustinza susurraban frases de duda entre ellos, mientras Palomino y Aráoz, como apadrinadores, colocaban sus manos, una en cada lado, en los hombros duros y tensos de Zevallos. Era viernes, y aunque todos se sentían enérgicos por la llegada del fin de semana, esta vez se debía por otro motivo. 
«Sácale la mierda», fue lo primero que le dijo Rebatta al encontrarse con Zevallos en el primer piso, antes de salir por la puerta principal. Rebatta solía meterse en problemas, faltaba a clases, no cumplía con las tareas, pero era leal, y era imposible que no vaya con ellos, a pesar de que el director había intentado, sin éxito alguno, retenerlo justo antes de la salida por un tema de faltas. 
Ya en la calle, después de que se juntaron todos en el quiosco de la señora Graciela, caminaron en grupo hasta la avenida Los Villanos y cruzaron inquietos el puente peatonal. Al lado de ellos, también en grupo, caminaban los de quinto, despreocupados, mirándolos de reojo y apadrinando a su representante, el serrano Paucar. Días atrás habían pautado la pelea después de un intercambio de palabras y empujones en un partido de fútbol debido a una jugada entre Paucar y Zevallos. En un intento por llegar al balón, ambos cayeron en el área y, al momento de levantarse, empezaron a insultarse y a darse empujones. Varios fueron a separarlos para luego pautar, los días siguientes, entre gritos y amenazas en los recreos o en los baños, la pelea. 
«Se cree pendejo», vociferó Zevallos, unas cuadras antes de llegar al parque Estrada, lugar donde se daría el encuentro. Detrás de él lo seguían Rebatta, Palomino y Aráoz, que murmuraban frases toscas, despectivas y desafiantes hacia los de quinto. Peralta, quien en un inicio había dudado en ir, al final se decidió para evitar el oprobio del que ya era víctima. Venía junto con Castillo, quien tuvo que mentirle a Daniela para no acompañarla ese día a su casa con la excusa de que irían a jugar fútbol. Y Bustinza, que había hecho lo mismo que Castillo, pero más por obligación porque le había costado mucho estar con Raquel y temía perder su confianza de esta manera. Sin embargo, ese era el acuerdo: habían procurado que las mujeres del salón no se enteraran, porque, como en otras ocasiones, habrían intentado evitarlo. 
De pronto, al llegar al encuentro, una multitud vestida con los mismos colores se había instalado en los alrededores del parque. Alumnos de segundo, tercero y cuarto estaban a la expectativa. Era evidente que se había corrido la voz de que uno de cuarto se iba a pelear con uno de quinto. Para ese momento todos ya se habrían enterado, sobre todo las mujeres del salón. Sin embargo, ya no pensaron en eso y no los intimidó la gente ni la bulla, estaban decididos a acompañar a Zevallos a sacar cara por el salón. Nadie se metería. Pero más gente del colegio empezó a llegar y los vecinos salieron de sus casas, confundidos, sin saber lo que pasaba. 
«Allá vienen», dijo Palomino, señalando a los de quinto, quienes se habían tardado a la espera de otros amigos. Zevallos, al ver que se acercaban, en un arrebato de provocación tiró su mochila junto a la de los demás, se quitó el polo y se quedó en short y zapatillas. Detrás de él estaba Rebata, Palomino y Aráoz, cuidando las cosas. Y a los lados, como espectadores, Peralta, Bustinza y Castillo, junto a otros alumnos más del salón y del colegio. 
«Pendejo te crees, serrano», le gritó Zevallos, provocando la ira de Paucar. Este salió de entre sus amigos y se acercó sin decir nada, levantando los puños y cubriéndose la cara. Zevallos daba vueltas alrededor de él, mirándolo fijamente. «Ya te cagaste, chibolo huevón», dijo Paucar, de pronto, escupiendo a un lado, y los golpes empezaron precipitados y torpes. Acertaban y fallaban, pero nadie parecía ceder, entonces se agarraron y cayeron en el pasto, se revolcaron dándose golpes y se levantaron limpiándose un poco el cuerpo. Cuando de pronto, al frente de ellos, dos autos frenaron de golpe en la acera, haciendo bulla con sus sirenas. Los alumnos de otros salones empezaron a correr. Rebata gritó: «La policía». Zevallos se miró con el serrano llegando a una tregua silenciosa, y de inmediato levantaron sus mochilas y empezaron a correr, torpemente, empujándose, cada uno por su lado y con su gente. 
Algunos se escaparon por el puente que daba con la estación del tren, otros por la avenida tomando los colectivos o por las calles angostas que lindaban con el parque. La policía empezó a coger a cualquier alumno que vestía el uniforme del colegio y a golpearlos con los bastones si hacía falta. 
«Auch, mi brazo, pero yo no hice nada, jefe, suélteme, ya, cállese, dese vuelta, pero jefe, quieto, me duele, maldita sea, el serrano escapó, qué, nada, jefe, suba, suba, vamos a la comisaria, ya, ya, ya perdí, pero me invita su Inka Kola, solo un poco, mira, chapa a ese, quiere escapar, suélteme, la puta madre, qué dijiste, nada, jefe, nada». 
Palomino vio cómo se llevaban a algunos y gritó: «Corre, corre, ahí vienen». Aráoz corrió hacia el puente peatonal, subió las largas escaleras y miró atrás: «Los perdí», pensó. Al bajar del otro lado, cruzó la avenida, llegó al parque y se sacó la casaca color verde que lo podía inculpar. Y caminó, más tranquilo, pensando: «Y si obligan a Zevallos a confesar y da nombres, nos pueden botar del colegio, no, no creo, no se atrevería, pero seguro Peralta confiesa, ese es un maricón, siempre tiene miedo, aunque Rebatta no lo dejaría, le sacaría su mierda, aunque igual él ya está jodido, mejor me olvido de esto, me iré a mi casa, dormiré, el lunes se sabrá todo». 
En una esquina, después de haber corrido muchas cuadras, Palomino encontró a su prima Eloísa conversando con una de sus amigas. «Se los llevaron», le dijo, agitado, intentando respirar. «¿A quiénes?», preguntó su prima, preocupada. «Se los llevaron, se los llevaron», repitió. «A quienes», gritó Lucia. «A los de mi salón y a otros alumnos», dijo, señalando la avenida, tomando aire. «Vino la policía en plena pelea y se llevaron a todos», culminó. 
Castillo y Bustinza corrieron por las calles y entraron a una tienda, se escondieron hasta que el alboroto pasó. «¿Ya se fueron?», preguntó Bustinza. «Sí, vamos», dijo Castillo, después de varios minutos allí dentro. Salieron mirando a todas partes y caminaron a paso ligero a sus casas, más preocupados por lo que pasaría con Daniela y Raquel cuando se llegaran a enterar que también estuvieron implicados y, peor, que por esa razón les habían mentido. «Ya se jodió todo», dijo Castillo. «No, cállate, iré ahora mismo donde Raquel», balbuceó Bustinza. «La cagarías peor, sabe que estás con nosotros», respondió Castillo, molesto y angustiado a la vez. «Vamos nomas, el lunes se sabrá». 
Rebatta miraba a los dos policías sentados adelante, conduciendo hacia la comisaría. «Nos jodimos», pensó, tomando la gaseosa que le pidió a uno. Peralta temblaba. «Pero jefe, yo no hice nada». Rebatta le tiró un codazo, diciéndole que se calle. Peralta bajó la mirada, resignado. Zevallos no decía nada, miraba por la ventana y se limpiaba la sangre de los labios, pensando con rabia en el serrano. «Colegio García Romero», dijo el policía, de pronto. «Ya se jodieron, llamaremos a sus auxiliares y a su director». «Esto les pasa por hacer huevadas», añadió el policía que conducía. 
El lunes siguiente, en la formación, Rebatta, Zevallos y Peralta se encontraban al frente de todos, al lado de los profesores y del director. «No podemos dejar que el nombre del colegio se manche por actitudes callejeras», decía el director, serio, y su voz se oía a través de los parlantes. «El viernes hubo una pelea cerca de aquí entre alumnos de distintos salones». Palomino y Aráoz se miraban las caras, preocupados. «Los vecinos se alarmaron y llamaron a la policía», seguía, mientras Castillo y Bustinza miraban a sus respectivas enamoradas, pero Daniela y Raquel los ignoraban, molestas, sin voltear a sus llamados. «Y atraparon a estos alumnos en medio de la escena». Rebatta quería reírse. Peralta quería llorar. Zevallos solo miraba con rabia al serrano, que se encontraba al frente de él. «Por lo que quedarán suspendidos por una semana con el compromiso de que no volverá a ocurrir». Y todos los alumnos empezaron a hablar entre ellos, a hacer bulla, mientras los miraban con compasión, a pesar de haber sido ellos los culpables, por su llamativa presencia, del castigo. «Vayan a sus aulas», terminó el sermón el director. «Y tú, Rebatta, no te rías mucho, que de esta no te salvas».

jueves, 15 de junio de 2017

El balón

Los primeros minutos de la mañana, antes de empezar la formación, lo aprovechábamos jugando fútbol en el campo del medio con una botella de plástico; sin embargo, ese día nadie llevó una. 
Sabíamos que en cualquier momento bajaría de su oficina el Director del colegio —un oficial del ejército peruano que vestía un traje con varias distinciones pegadas a la altura del hombro— junto a los docentes y los auxiliares para realizar la rutina de la formación que, después de tantos años, nos parecía absurda. “¡Firmes! ¡Descanso! ¡Atención!”, eran las órdenes que recibíamos por parte del auxiliar para alinearnos y estar atentos, como dictaba la última frase.
Luego de que izaran la bandera, empezaba a oírse el sonido de las trompetas a través de los parlantes para cantar el himno nacional, colocando la mano en el pecho, a la altura del corazón —acto de solidaridad creado por futbolistas peruanos en el mundial de México 70’ en memoria de las víctimas por una tragedia ocurrida en aquel entonces—, para luego gritar: “¡Viva el Perú! ¡Viva!”, demostrando así lo patriotas que éramos. Acto seguido, sonaba el tedioso himno del colegio que, me temo, ya no recuerdo bien la letra, y, antes de escuchar las palabras del Director, nos persignábamos para rezar un padre nuestro y un ave maría. El ritual se repetía todas las mañanas, de lunes a viernes, de la misma manera, o tal vez en distinto orden, para al final gritar tres veces el lema del colegio: “Trabajo, amor y disciplina”, y pasar a retirarnos a nuestros respectivos salones.
Era otoño, aunque no podría precisarlo; vestíamos camisas blancas, pantalones grises y llevábamos las chompas amarradas a la cadera por si algún viento fuerte llegaba. Los primeros en llegar temprano elegían a los integrantes de su equipo señalando a los que estuvieran ahí sin importar qué tan buenos o malos fueran, con el único afán de aprovechar el tiempo y divertirnos. Roberto nos dijo que buscáramos una botella de plástico para usarla de balón, pues ese día no nos tocaba Educación Física y no contábamos con uno. Nos apresuramos porque solo nos quedaba diez minutos antes iniciar la formación. Fuimos al quiosco, una pequeña tienda que quedaba al lado de la puerta principal, pero estaba cerrado, buscamos en los almacenes de limpieza pero ya se habían llevado todo. Entonces, al no encontrar una botella, vimos, cerca de donde construían nuevos salones, un grumo de yeso o de cemento, mezclado con trozos de botellas de plástico, piedras, periódicos y bolsas. Al ser lo único en tener forma esférica, aunque era casi como un puño, decidimos usarlo para empezar el partido. No pesaba mucho, pero sí más que un balón normal, y al patearla, debido al grueso de la punta de nuestros zapatos escolares, no nos hacía daño.
El juego inició sin problemas. Corríamos detrás de ese balón improvisado dándonos empujones y golpeándonos, con la intención de clavarlo en el arco contrario —que en este caso era cualquiera— a pesar de que, debido a su forma, de dimensiones inexactas, solo iba arrastrado por los suelos. Fue entonces que el objeto llegó al arco en cámara lenta tras un mal tiro, y el portero, al ver que venían varios a su área, lo cogió con las manos para gritar: "¡Salimos!", lanzando ese balón hecho de yeso y de otras cosas más por los aires. Parecía un meteorito dando vueltas y serpenteando los trozos de papel periódico y de bolsas que tenía incrustado. Debido al peso y a la forma extraña que tenía, descendió con rapidez e impactó en la cabeza de Juan, empujándolo de cara al suelo y rompiendo sus lentes al instante. Todos corrimos a verlo sorprendidos por el fuerte golpe. De su cabeza empezó a brotar chorros de sangre, que se cogía con la mano izquierda mientras que con la derecha buscaba sus lentes, o lo que quedaba de ellos. Lo ayudamos a levantarlo y a recoger los restos de los cristales y las varillas que se encontraban partidas en dos. Él lloraba de dolor y nosotros no sabíamos qué hacer, pues al igual que Juan, estábamos muy asustados, aunque él, sin duda, había llevado la peor parte. Tuvimos suerte, pudo caerle a cualquiera de nosotros, pensé en ese momento y años después, como ahora. 
Después de unos minutos, llegó la auxiliar Irene, avisada por Felipe, quien, debido al susto, no supo explicarle lo que había pasado. Apresuró el paso al vernos a todos reunidos en medio del campo rodeando a Juan, quien seguía derramando sangre por la cabeza. Cuando vio la escena gritó, llena de pánico: “¡¿Qué ha pasado?!”. Lo cogió de la mano y se lo llevó de inmediato al tópico, pues Juan no dejaba de tocarse la cabeza con llantos y lágrimas en los ojos. Días después, Juan apareció en el salón con la cabeza parchada, con lentes nuevos y listo para volver a jugar, sin saber nada de lo que había pasado luego.
Lo último que recuerdo de ese día fue vernos a todos los involucrados del partido en la sala de dirección, parados y pegados al filo de la pared, esperando una sanción o una papeleta, que era lo peor que podía pasarnos. Nos mirábamos las caras, asustados, sin saber qué pasaría con nosotros. Nunca habíamos estado en esa oficina que, se decía, nada bueno podía pasar. Y aunque estábamos juntos y podíamos compartir el miedo, así como el castigo, no iba a ser lo mismo con los golpes en la casa.
Al cabo de unos minutos, el Director entró y cerró la puerta. Con un gesto serio y sin mirarnos a la cara, se sentó en su oficina, acomodó algunas de sus cosas y nos preguntó, sin más, qué había pasado, cómo es que uno de nosotros había terminado con la cabeza rota en un partidito de fútbol. Todos tragamos saliva, nadie habló. Solo se oía el sonido del ventilador en el techo y nuestra respiración cada vez más agitada. Éramos solo unos niños pavos de cuarto de primaria que lo único que queríamos era jugar fútbol. No nos atrevíamos a explicar lo que había pasado por miedo a ser expulsados, pues la culpa era de todos por jugar con un objeto como ese. Y mientras que la oficina del Director se llenaba de silencio y de miedo, nos miraba a cada uno esperando una respuesta, como un león acechando a su presa. 
—¿No van a decir nada? —preguntó el Director. 
Yo sentía ganas de decir algo, pero la voz no me salía, y solo me imaginaba haciéndolo sin temor a las consecuencias. Pero la realidad era distinta y no me hubiera atrevido, ni siquiera los más avispados del salón, como Roberto o José, ni el zambo Benji, que era el más achorado de nosotros. 
—Bueno, ya que no quieren hablar, tendré que llamar a sus padres —dijo el Director, amenazándonos. 
Pero de pronto, salvándonos del interrogatorio y, tal vez, de una posible papeleta, uno de nosotros dio un paso adelante y habló, nervioso, como si tartamudeara, diciendo que el golpe fue por el balón con el que habíamos jugado, que alguien lo lanzó por los aires y terminó impactando en la cabeza de Juan. Todos lo miramos atónitos, pues había sido el mismo arquero, Rafael, quien confesó el hecho, tal vez movido por la conciencia, pero sin intención de declararse culpable. Ante tal afirmación y para nuestro asombro, el Director no preguntó quién fue y solo nos dijo que nos retiráramos, pero que antes le dijéramos con qué clase de balón habíamos jugado.