viernes, 5 de junio de 2015

Viernes

Fue un viernes de un mes y de un año que nadie recuerda. Nos vimos extraños, con mil preguntas y verdades de por medio. Nadie logró advertirlo. Estábamos tan perdidos en los recuerdos que teníamos en común que nos tomó tiempo decir alguna palabra. Era absurdo saludarnos como si no nos conociéramos, pero lo hicimos tan bien que nadie pudo percatarse que entre nosotros había una atmósfera de nostalgia, la viva presencia del fantasma ingrato de un amor perdido. Nos rodeaba tanta hipocresía, tanta ausencia, tanta injusticia por parte de nosotros. Supimos fingir bien, decir lo justo y necesario para no levantar sospechas del romance que tuvimos.
Mientras las horas pasaban y la gente disfrutaba el ameno encuentro, nos costaba más disimular la verdad entre nosotros. Empecé a recordar las promesas, el último encuentro, los hechos que relataban en silencio una historia atrapada en la discreción de las miradas, en los recuerdos que nos atan y desatan, que nos complican de una manera que ninguno pensó vivir aquel día. Habíamos acordado olvidarnos de todo, dejar atrás lo vivido y continuar así con nuestras vidas. Pero no contábamos con volvernos a ver de esta manera tan inesperada.
Nos mirábamos con cautela, con la intención secreta de hacer notar nuestra presencia. Cada quien con sus amistades, con sus nuevas vidas hechas y derechas, ya casi imposibles de volverse a quebrar, pensábamos con una dudosa certeza. Habías cambiado ese ondulado que tanto adoraba, pero tu esencia era la misma. Tus gestos, tus movimientos tan precisos y delicados, tu manera tan correcta de comportarte, tan digna y poderosa, seguía intacta.
Pero de lejos pude darme cuenta. Seguíamos siendo los mismos de siempre, orgullosos, indiferentes, los que sienten pero optan por el silencio. No nos habíamos dicho ni una palabra desde que nos saludamos, solo nos mirábamos de reojo e ignorábamos por completo. Sin embargo, había algo que nos impulsaba a estar cada vez más cerca. Sin sospechas de nadie, aparentando ninguna molestia, nos vimos otra vez, frente a frente, sin desviar las miradas. Por un momento dejamos de lado el miedo de cometer un error más, y nos arriesgamos sin tanta suspicacia y muy obstinados al respecto. Estuviste allí por horas, y yo allá, en la vida, con las dudas, pensándote todo este tiempo.

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