miércoles, 24 de agosto de 2016

Discusión

«He leído lo que escribes», me dice de repente, en plena madrugada, mientras intento acomodar mi cabeza en la almohada para poder dormir. «No sabía eso de ti, eso explica muchas cosas», agrega al instante. La escucho curioso, sin moverme, antes de que me gane el sueño que está por venir. Y continua la oración con una pregunta: «¿Acaso yo también soy solo un personaje más de tus historias?», y culmina en el acto. De pronto, como si de una pesadilla se tratara, abro los ojos, casi por instinto, y toda la habitación queda en un silencio súbito.
De madrugada y sin advertirlo, empieza la discusión más extraña de mi vida, con una pregunta que nunca antes me habían hecho, y que desde luego no esperaba en lo absoluto. «Hace cuánto tiempo haces esto», me cuestiona de nuevo, sin dejarme responder, pero esta vez acabando con la serenidad de la noche. «Dime cuándo te vas a deshacer de mí para empezar a escribir una nueva historia», me lo dice, ahora, como queriendo despertarme al empujar sus manos contra mi espalda. 
Empiezo a sentirme asediado, no solo por sus preguntas y sus ademanes, sino por la forma en cómo entiende todo, como si supiera cada párrafo que voy a escribir después de este encuentro, a pesar de que cada historia es distinta. «Mírame a los ojos», me dice, cada vez más desafiante, como si mi silencio le otorgara la razón. Intento despertarme del todo, pero aún no asimilo la ametralla de preguntas y solo opto por mirarla y pensar un momento. ¿Qué te hace pensar eso? Le respondo, apropósito, con una pregunta por interrumpir mi sueño, porque sé que ella odia cuando lo hago, y porque me divierte ver su rostro amargo, a pesar de que se sigue viendo hermosa. Me lanza una mirada frunciendo el ceño y me dice: No empieces, dímelo, quiero saber. ¿Saber qué? Le pregunto, ya un poco ofuscado. Si solo me buscas para saciar tu ego de dizque escritor y terminar en alguna de tus historias, en las cuales nunca te quedas con la protagonista como dictan la mayoría de tus textos. No puedo evitar reírme con dicha afirmación, aunque no exacta, por cierto, y le contesto, ya más calmado, o tal vez más despierto: No sé de qué estás hablando, mujer. No te hagas, me dice. Cuando estamos juntos te distraes de todo, te quedas mirando los paisajes, los escenarios, los rostros de las personas y su comportamiento. Siempre tienes un libro a la mano, una libreta de apuntes, una frase para remarcar el momento o una cita de alguno de tus escritores favoritos. Haces preguntas que nadie haría, reconstruyes con palabras y al detalle, los caminos que recorremos juntos, y me dices cosas como si fuera la última vez que nos veamos. Y todo para culminar en uno de tus tontos relatos que de ficción no tienen nada, y en los que, al parecer, inviertes mucho tiempo, pues lo único que dices, sin explicarme, es que necesitas estar solo. Me sorprendió su minucioso análisis en cada una de sus palabras, pero tuve que interceder en una parte para que no caiga en una idea errónea. Me conoces más de lo que creía, pero te equivocas en algunas cosas, le respondo. Es cierto, escribo, pero no retrato la misma realidad que vivo, son solo eso: historias, relatos, ficciones, afirmo.
Discúlpame si te hice pensar mal al no explicarte lo que hacía, es una actividad solitaria, que no la comparto con nadie más que conmigo. Me mira asintiendo, pero algo sigue sin convencerla. Y qué hay de los personajes que supuestamente has creado, no me digas que no existen, porque sé que están allá afuera y te atormentan cada vez que no estás conmigo; pero sí cuando estás escribiendo, me lo dice de una forma como si ya lo supiera todo. No confundas las cosas, le digo, tratando de apaciguar el momento, debido a la hora, debido al cansancio que siento. Son producto de la imaginación, de una fusión de actitudes y rasgos y de situaciones que percibo a diario, y que no son necesariamente mías. No tienes por qué alterarte de esta forma, de hechos y personajes que solo viven en un mundo paralelo. No te creo nada, me dice, segura de sus palabras, creyendo que tiene razón, porque la tiene, pero no de la forma que ella cree. 
Sin embargo, para ceder, porque es casi imposible ganar una discusión con una mujer, le respondo, sereno y con un poco de humor: Está bien, está bien, lo confieso. Eres parte de un argumento que tengo planeando, todo ha sido premeditado, estudiado, y ahora que ya sé todo de ti, puedo plasmarte de la misma forma. Idiota, me dice, ni se te ocurra. Pero ya lo ves, solo juegas conmigo para escribir tus historias, y aunque no lo creas, eso no es lo que más me molesta, sino que me dejes de lado para terminar de escribirlas. La escuchaba con atención y pensaba en ese preciso instante, de nuevo, en que no había otra persona que me conozca tanto como ella, y no entiendo cómo fue que sucedió; pero, curiosamente, me empezó a gustar esa sensación de alivio, de cariño y de preocupación hacia mí. Ya calmada y sin hacer más preguntas, me mira con una ternura que no había presenciado antes en ella, y la beso para calmar sus dudas, y con un poco de humor le susurro al oído: «Si escribo de ti, será para olvidarte después de que me hayas roto el corazón». Sonríe y me dice que ella no haría eso, que solo tenía curiosidad y que no pudo evitar preguntarme todas esas cosas. Me abraza fuerte y me besa, y por el sueño empieza a olvidarse de esta conversación. Yo, mientras tanto, la observo quedarse dormida entre mis brazos, al tiempo que voy repasando en mi mente la discusión tan curiosa que hemos tenido, y pienso que, debido a la particular situación y a las diferentes emociones que me transmitieron este momento extraño pero agradable, sería una interesante historia para escribir.

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