martes, 12 de junio de 2018

Largenta

«Buenas noches», me dijo un señor, amablemente, al entrar a un café librería que encontré a unas cuadras del parque Kennedy. Era mayor, vestía un traje gris y una boina a cuadros de los años veinte. Asentí con la cabeza y crucé el portón. Caminé por el salón y me puse a buscar la sección de literatura universal. «Al fondo a la derecha», me indicó una señorita que ordenaba algunos libros al preguntarle. Ubiqué en seguida a Chekhov, Kafka, Dickens, Borges, Dostoyevski, Faulkner, Wilde, Cortázar, Proust; todos los libros se encontraban en distintas y bonitas ediciones, pero también a un precio muy elevado. Seguí revisando, sacando libros, leyendo las sinopsis, preguntando por ciertos títulos y autores. Después de un rato, y con dolor en el alma, salí de allí solo con un libro en la mano: “El Villorio” de William Faulkner. 
Era sábado por la noche y me encontraba en Miraflores, con ganas de leer, pero también con ganas de tomar. Revisé mi celular y le escribí a Pierre, preguntándole qué planes tenía para hoy. Me respondió después de unos minutos diciéndome que justo se encontraría con unos amigos en casa de Rubén, y que, si podía, caiga por allí en un rato. La casa de Rubén quedaba cerca, así que lo llamé para avisarle, después de confirmarle a Pierre, que iba para allá. Se alegró al recibir mi llamada, me dijo que vaya nomas y que me esperaría. No nos veíamos hace mucho tiempo y por ello, antes de ir, fui a comprar unas latas de cerveza para celebrar el reencuentro. Al salir del grifo, caminé unas cuadras hasta la calle Manuel Bonilla. Lo llamé y salió. 
—¡Hermano! ¡Cuánto tiempo! —dijo eufóricamente y nos abrazamos. 
—Andaba por aquí pues, hermano —respondí. 
—Hoy bebemos hasta morir, ah —añadió, haciendo con las manos como si fueran pistolas. 
—Ustedes siempre la hacen y no avisan, ¿no? Malditos —le reclamé. 
—Paras perdido pues, hermano —se excusó—. Pero hoy nos desquitamos. 
Lo empujé y entramos a su sala a esperar a Pierre. Nos sentamos y me contó cómo le había ido después de terminar la universidad, sobre su trabajo y de la chica con la que estaba saliendo. «Ya la vas a conocer, ah, y vendrá con sus amigas», me dijo. «No cambias», le respondí, abriendo las latas. «Salud», me dijo, tomando un sorbo largo y yo hice lo mismo. Al rato tocaron el timbre. Era Pierre con su amigo Matías. Nos saludamos y se sentaron. Empezamos a conversar y a tomarnos las cervezas y el ron que habían traído, para «empilarnos» como decía Pierre. Luego de media hora, llegó Claudia, la saliente de Rubén, con dos de sus amigas, Verónica y Regina. Las chicas, después de saludarnos, preguntaron a dónde iríamos. Cada uno sugirió una discoteca distinta: Gótica, Help, Antiqua, Caos, Aura, Toro, sin saber adónde ir. Pero al final acordamos ir a Noise, en Barranco. Y así fue como mi plan de salir a comprar algunos libros —aunque solo llevé uno, maldita pobreza—, se convirtió en ir a tomar con unos amigos en Miraflores para luego ir a Barranco. 
Después de tomar con las chicas las cervezas y el ron que quedaba, contándonos de dónde nos conocíamos y lo que habíamos hecho en la universidad, dejamos nuestras cosas en casa de Rubén y salimos en dos taxis. En un taxi fue Pierre, Matías y Verónica, y en el otro Rubén, Claudia, Regina y yo. Regina era pequeña, rubia y muy conversadora, no tenía vergüenza al hablar y se notaba, a leguas, sus ganas por llegar a la discoteca a bailar. Por ello, en el taxi, le decía al conductor que suba el volumen de la radio. Y, también, a causa de lo que habíamos tomado, o tal vez porque ella era así, les gritaba a las personas por la ventana, asustándolas, y se mataba de la risa. Verónica, en cambio, era alta, morena y más discreta, pero ya conocía a Pierre y a Matías, y con Rubén pegado a Claudia, me convertía a mí en el único extraño del grupo. 
Al llegar a la discoteca, nos encontramos con una fila de casi tres cuadras. Las chicas se desanimaron, nosotros, en cambio, no nos hacíamos problema, habíamos tomado lo suficiente para divertirnos en donde sea. Sin embargo, la cola empezó a avanzar y decidimos ser pacientes. Mientras la gente de a poco entraba, Rubén se fue con Claudia a comprar cigarros. Pierre molestaba a Verónica preguntándole si conocía a alguien para que nos hiciera entrar sin esperar tanto. «Ni que yo fuera qué», decía Verónica, y Matías y yo nos reíamos de su reacción. Regina se movía con la bulla que se escuchaba adentro, quejándose de las canciones que nos estábamos perdiendo. 
Mientras esperábamos en la cola, vimos que detrás de nosotros había un grupo de chicas cantando, el acento de sus voces era inconfundible: eran argentinas. Se reían eufóricamente, cantaban, movían las manos hacia arriba coreando letras de barras de fútbol y saltaban. Matías y yo, que estábamos más cerca a ellas, no pudimos evitar contagiarnos de su alegría y volteamos y empezamos a hacer lo mismo. «El que no salta, no va al mundial», gritó Matías, para unirnos a su coro, y las argentinas empezaron a saltar con más energía y ya habíamos formado una pequeña barra. «Yo te llevo adentro, de mi corazón, gracias por esa alegría, de salir primeros, de salir campeón», coreábamos junto a ellas. «Nos vamos a Rusia, eh» dijo una de ellas. Y a nosotros, que hace unas semanas habíamos cumplido el sueño de clasificar al mundial, oír eso nos volvió locos. «El que no salta, no va al mundial», volvimos a corear y las argentinas saltaban con nosotros en plena cola, que había vuelto a avanzar despacio, aunque ya ni nos importaba. 
Unas de las argentinas se llamaba Delfina, como nos había dicho al momento de presentarse, y, desde luego, amaba el fútbol, y si hubiera querido, cantaba toda la noche. Renata, la chica que la acompañaba, era muy parecida a ella: colorada, rubia, y no dejaba de cantar junto a Matías otras canciones del River Plate. Delfina, con quien empecé a hablar más, tenía los ojos verdes, el cabello ondulado y todo su brazo estaba lleno de pulseras. 
—Che, nunca vamos a entrar o qué —me preguntó después de un buen rato hablando y esperando. 
—No lo sé, pero la calle es una fiesta y es nuestra —le dije, con una sonrisa. 
—¿Vos sabés dónde venden puchos? —me preguntó. 
—Sí, a la vuelta, si quieres te acompaño —le dije. 
—Renata —dijo, y volvió hacia su amiga—. Iré a comprar puchos —añadió y me jalo del brazo. 
Caminamos por plaza de Barranco, nos acercamos donde una señora y compré una caja. 
—¿Eres de Buenos Aires? —le pregunté, ofreciéndole un pucho. 
—Sí, estaré en Lima por unos días —me dijo, y me echó el humo de su cigarro en mi cara—. ¿No fumas? —me preguntó, cogiéndome la mano, 
—Ya no —dije, dándole la caja de cigarros—. Ahora solo en pipa, como Cortázar —añadí, bromeando, me miró y sonrió. 
«Ah, Cortázar. Prefiero a Borges», dijo ella. Yo pensaba lo mismo, pero no me dejó siquiera responder porque ya estaba al frente de mí dándome un beso en la boca, sin dejarme respirar. «Vamos», me dijo, casi en silencio, después de soltarme, y empezó a sonreír. Tenía las mejillas rojas, ¡coloradas! Regresamos cogidos de la mano. Todo en ese rato fue extraño. Pero lo recuerdo bien. Yo besándola en cada esquina, con su polera en mis manos, intentando quedarme más tiempo con ella. Ella mirándome con esos ojos verdes en plena madrugada, cogiéndome del rostro con sus manos y uñas largas de distintos colores y besándome, de nuevo. «Che, nos deben estar esperando», me decía, riendo. «Eres tú la que no me suelta», le decía. Luego, cerca de llegar, vimos a un sujeto golpeando como loco un quiosco y llorando de borracho. Un chico y una chica trataban de calmarlo. Delfina no me soltaba la mano y me la cogía más fuerte. Cuando llegamos a la fila, vimos que faltaba poco para poder entrar. Matías seguía hablando con Renata y Rubén ya había regresado con Claudia a la cola. Regina, Verónica y Pierre, del aburrimiento, revisaban sus celulares. 
—¿Lo conoces? —le pregunté a Delfina. 
—¿A quién? —me preguntó, confundida. 
—Al chico de la esquina —dije. 
—Ah, es mi exnovio —respondió, despreocupada, y me quedé en silencio unos segundos. 
—Parece que se ha pasado de tragos —respondí. 
—Sí, es un reverendo pelotudo —me dijo. 
No sé si me importó en ese momento que me dijera que fuera su exnovio, pero ella lo tomó a la ligera y yo también, aunque el pobre chico se veía destruido. Tal vez nos vio y en su borrachera se puso así, pero me calmó que se haya desquitado con el quiosco que conmigo. 
Un rato después me acerqué a Rubén, le comenté lo sucedido con Delfina y me dijo que no me preocupe —aunque tampoco lo estaba—, porque ya íbamos a entrar. Y en efecto, la fila empezó a avanzar. Yo estaba cogido de la mano con Delfina en la boletería, cuando de pronto me soltó y me dijo que se tenía que ir. «Renata quiere ir a otro lado», me dijo. Me sorprendió. La miré unos segundos y le dije: «Descuida, no te olvides de tu polera», y se la entregué, sin decirle que se quedara. «Gracias», me dijo. La cogió, pensativa. «Sabés», volvió hacia mí. «Tampoco quiero ver a mi exnovio, está re mamado», añadió y me besó, por última vez, despidiéndose así de mí. 
Lo que pasó después fue un mar de gente dentro de la discoteca. Compramos dos jarras de cervezas y, después de beberlas, nos fuimos de allí. Volvimos a Miraflores, fuimos a la calle de las pizzas, pero todo estaba «en muere», como decía Regina, y entonces terminamos en Loki, bailando y cantando entre todos, como locos, sin pensar en un mañana. Desperté en mi casa —no sé cómo— con mi libro al lado. Le quité el empaque, entusiasmado, y empecé a leerlo.

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