lunes, 29 de febrero de 2016

Obstinado

Aún no logro descubrir de dónde proviene este afán de querer vivir siempre en exilio, alejado de todas esas sensaciones, de todo el cansancio que provoca el afecto. Siempre lo digo: mi paz es primero. Pero al fin y al cabo, esa paz nunca está completa. 
Me cuesta aceptar que estoy equivocado, que elegí el camino incorrecto. Me niego a creer que así fue, que estoy perdiendo el hilo mortal de la cosas. Vivo siempre dándome la contra para pasar desapercibido, para no ser parte de ese juego en el que siempre termino peor de lo que empiezo. No pienso doblegarme ni faltar a mi palabra, moriré con esta idea, con este cambio tan radical que me roba el sueño y que poco a poco, me apaga la vida.
Tal vez peco de soberbio y mi ego no lo acepta, mi obstinación rompe los parámetros y mis miedos se ven opacados por mis deseos de conseguir siempre la victoria. No quiero ser yo quien caiga de nuevo, quien se quiebre y destruya todo a su paso.
Ya no muestro ese lado que alguna vez me definió ante todos los presentes, y que en esencia soy pero que hoy, o quizás mucho antes, ya ha muerto.
Vivo en un conflicto constante de no sentir y mis palabras, como dagas, me defienden, me cubren y me matan al mismo tiempo. Mírame, estoy a salvo en este mundo que he construido, donde solo vivo yo y un sinfín de historias. Aquí estamos bien, hemos logrado encontrar la paz interna, la dicha, el deseo inminente de estar bien con nosotros mismos. No les creas si te dicen lo contrario, este lugar existe y puedo demostrarlo.
Sin embargo, mirando a los lados, yendo a lugares prohibidos y observando cada cosa al detalle y con una pasión que poco a poco va desapareciendo, me doy cuenta de que estoy a un paso de perderlo todo, de perderme en mí mismo y quedarme atrapado en el infierno que crea el orgullo. 
Trato de no hacerme caso, de no cautivarme por un corazón que cree lo que digo con tanta euforia y que en realidad, es cierto; pero que he evitado sentir pues creo que al final, es lo mejor, es lo correcto. 
He olvidado las bondades que ofrece el afecto, las formas y secretos que te hacen, de manera increíble, morir y resucitar de nuevo. Y se me ha concedido, como el peor de los castigos, convertir a mi soledad, aquella a la que tanto he amado, en mi propio juez y verdugo.
Y muero un poco en todo este silencio, caigo en abismos, cada vez más distintos y más hondos, y me pregunto: ¿Acaso esto no era lo que quería? Si tanto lo prediqué, si fui yo quien buscó desesperadamente este estado. Maldigo el momento en que cambió todo, en el cual la vida me mostró el lado que jamás hubiera querido ver y me convirtió en este ser que no soy yo y que hoy se confiesa.


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